Por un antihumanismo cristiano, por Gastón Fabián

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Por un antihumanismo cristiano, por Gastón Fabián

31 Marzo 2021

 

Por Gastón Fabian

Si tuviéramos que identificar un líder global en la lucha de los pueblos contra el neoliberalismo, no caben dudas de que quien se llevaría todos los galardones sería el Papa Francisco. Frente a la crueldad del capitalismo globalizado y las miserias a las que nos vienen acostumbrando las relaciones internacionales entre las grandes potencias, el jefe de la Iglesia Católica aparece como un faro moral, como una luz que alumbra en la oscuridad. Las encíclicas firmadas por el Sumo Pontífice representan verdaderos manifiestos políticos. En ellas pululan temas tan actuales como la crítica del egoísmo, el llamado de conciencia sobre la explotación desmesurada que el ser humano hace de la naturaleza o la necesidad de construir lazos comunitarios basados en el amor y la solidaridad. A resumidas cuentas, el magisterio de Francisco ha pretendido denunciar los rasgos inhumanos del capitalismo, que por supuesto descansa en la impersonalidad de la técnica moderna, en la preponderancia de la economía sobre la política y en la acumulación ilimitada del capital.

No obstante y sin hilar fino, debemos mencionar que lo fundamental de esta perspectiva no constituye ningún invento reciente. En rigor, los mismos enunciados formaban parte de aquello que durante el siglo XX se conoció como Doctrina Social de la Iglesia. De ahí se derivan las nociones de justicia social, de comunidad organizada (en sentido corporativista) y de tercera posición frente al “capitalismo liberal” (atribuido a “Occidente”) y el “comunismo totalitario” (atribuido a “Oriente”). Como sabemos los peronistas, el propio Perón suscribió a su manera a estas tesis, igual que Arturo Sampay, el principal impulsor de la Constitución de 1949. Si el exceso de individualismo desencadena la “guerra de todos contra todos” y el exceso de Estado el aplastamiento o la “insectificación” del individuo, entonces la fórmula del éxito consistirá en generar un equilibrio razonable entre individuo y Estado, que permita la realización simultánea del individuo y la sociedad. Todo lo dicho puede encuadrarse dentro de una tradición que es la del humanismo cristiano. Perón sostuvo en una de las “verdades peronistas” más famosas que la filosofía justicialista es “profundamente cristiana” y “profundamente humanista”.

La idea básica del humanismo es que debemos poner al ser humano en el centro, en tanto le reconocemos una dignidad y una serie de derechos inalienables. Immanuel Kant lo expresó con la máxima de que es una obligación moral pensar a cada ser racional como un fin en sí mismo y no solo como un medio. Ahora bien, unir “humanismo” y “cristianismo” resulta bastante paradójico, sobre todo si partimos del hecho de que el humanismo es un discurso moderno (que emana del Renacimiento) cuyo propósito esencial es colocar al “hombre” en el lugar que entonces ocupaba Dios. El concepto de un “humanismo cristiano” se construyó retroactivamente, gracias al triunfo de la Reforma, que encontró en teólogos como Agustín la dimensión de una “interioridad” capaz de anticipar, en cierta medida, el cogito cartesiano, que los filósofos suelen denominar con términos como “alma”, “conciencia” o “razón”, incurriendo a menudo en un dualismo ontológico (lo espiritual versus lo corporal, la res cogitans versus la res extensa) que muy poco tiene que ver con el planteo cristiano original. Algunas formulaciones supuestamente “humanistas” del siglo XX quisieron sortear el problema mediante el argumento de que “somos cuerpo” (no hay un ser separado del cuerpo) y de un elogio de la “finitud”. La pregunta que deberíamos hacernos, en todo caso, es cuán disruptiva es esta visión de las cosas para luchar contra el opresivo capitalismo de hoy, que condenamos sin saber muy bien hacia dónde ir.  

Desde el punto de vista de la militancia, el humanismo no es interesante y tampoco lleva demasiado lejos. Para el humanismo, se trata siempre de ayudar a un otro que sufre, en el fondo inocente; a un otro alienado por las circunstancias en las que vive y que es imperioso que se reencuentre consigo mismo. El objetivo último de un militante, en cambio, es que el otro milite, lo que implica ver al otro como responsable. Es factible rastrear en el inmenso legado cristiano una posición de enunciación que bien podemos calificar de militante. El ejemplo paradigmático de la misma es el del apóstol Pablo. Como hace ya más de veinte años escribió Alain Badiou, Pablo “practica y enuncia rasgos invariantes de lo que se puede llamar la figura militante”. Sería un absurdo sostener que en las epístolas paulinas existe algo parecido a una apología del ser-humano, en tanto “esencia” que compartimos. A los ojos de Pablo, la humanidad es un problema, no una solución. No deja de ser llamativo que a Badiou sencillamente no le interese la biografía de Saulo, la “vida” de Pablo anterior a la caída camino a Damasco. En rigor, sabemos que Pablo era un perseguidor de cristianos y que sufrió una transformación radical al escuchar la voz de Cristo. De ahí en más, permaneció fiel al Acontecimiento que, interpelándolo, lo convocó y reclutó. Para Badiou, el Acontecimiento no es otro que la Resurrección (la de Jesús al tercer día, que será también la de Pablo en Cristo), de la que es posible desprender el feliz mensaje (evangelion) de que una vida más allá de esta “vida” es posible para nosotros. Cuando en sus epístolas Pablo escribe “nosotros”, siempre se refiere a nosotros en tanto llamados.

Se podría considerar que la experiencia propiamente cristiana no comienza con la “conversión”, el éxtasis, el momento místico en el que se accede a la verdad revelada, sino con la proclamación, el anuncio de la buena nueva (kerygma). Pablo deviene militante en el instante en que lo declara, en que da testimonio, en que se presenta ante las comunidades como un apóstol de Cristo Jesús, el Mesías, el que Resucitó después de ser Crucificado. ¿Qué tiene que ver todo esto con el humanismo? Para empezar, lo que Cristo hace y facilita como gracia (resucitar) es algo tremendamente inhumano. Típico del ser humano es la finitud, o sea, la muerte (nuestro lema y nuestra gran hipótesis política es que la organización vence al tiempo). Cuando Cristo habla ante las multitudes o ante sus discípulos, se dirige a seres humanos frágiles, pero en tanto confía en que ellos también pueden experimentar la vida nueva y participar de la eternidad, ergo, volverse cristianos. Cristiano significa mesiánico, ungido, marcado, elegido. En otras palabras: cristiano es el militante. Si Tertuliano escribió una vez que “los cristianos no nacen; se hacen”, lo mismo podemos argüir de la militancia. Un militante jamás es per se. No somos individuos metafísicos. Y por eso carece de sentido afirmar que el ser humano está en el centro, porque justamente lo que acaece con la revelación o el llamado (que vienen de afuera, del otro) es un descentramiento. El Acontecimiento nos saca de nosotros mismos.

La militancia puede no reconocerse como hija de Dios, pero debe asumirse como hija del antagonismo, el Acontecimiento que, al manifestarse, nos hizo caer y perder todas las garantías de una existencia sustancial en la que las cosas “son lo que son” y se explican “por sí mismas”. Muerto Dios en la Cruz, muere también el Sentido. Solo entonces se nos habilita la chance de la Resurrección, que es siempre un proceso subjetivo. Quien ha sido llamado, ya no puede observar la realidad con “los mismos ojos”. De repente, todo se vuelve más intenso, más problemático, más espinoso. En cierto modo, la familia ya no es la familia, los amigos ya no son los amigos y la vida anterior se vuelve tonta y vergonzante, perdida y descarriada, hasta el punto de que donde vislumbrábamos inocencia se nos presenta la terrible e insoportable carga de la responsabilidad. Por eso el Acontecimiento Cristo se revela, en las palabras del mismo Mesías, como antagonismo, como espada, como división. Nada es igual que antes. Las identidades preestablecidas sucumben. Momento nihilista que, sin embargo, abre también la posibilidad. Que la historia que nos han contado sea una farsa, no significa que no se manifieste a su vez otra historia. Pablo, en su Primera Epístola a los Corintios, habla de la recapitulación de todas las cosas en Cristo. Esto implica que “nadie puede poner otro fundamento que el de Jesucristo” (1 Cor 3:11). El fundamento se pone, se asume, se sostiene. Está dado sólo para quienes lo reciben comprometidamente.

Apóstol significa enviado. Un militante es enviado siempre por la conducción de otro militante. El militante, o el cristiano, es en tanto abocado (vocación) a una misión universal, la de dirigir a todos y todas el anuncio mesiánico, la buena nueva (la resurrección del animal humano como militante). Un militante no es alguien que se libera o se ilumina a sí mismo (debemos deshacernos con urgencia del poderoso ascendiente que todavía conserva sobre nosotros el gnosticismo). En palabras de Peter Sloterdijk: “un cristiano es sólo quien ha convertido en cristiano al menos a una segunda persona”. Somos militantes porque otros han solicitado nuestra presencia como militantes y porque tenemos la responsabilidad de encuadrar y organizar como militantes a más compañeros y compañeras. Lejos de representar esto un hiperactivismo donde la voluntad individual todo lo puede, partimos de la base de que el “hacerse cargo” de la militancia es de carácter derivado. Como bien observó Jacques Derrida, una auténtica decisión es pasiva. No soy yo el que decide. La decisión es la decisión del otro en mí. De-cidir, etimológicamente, quiere decir cortar. Somos cortados por la decisión. La decidida vida del militante es no-individual.

Volviendo a nuestro ejemplo, Pablo era testigo de que la transformación subjetiva es lo más difícil. ¿Cómo resistir la tentación de la carne? Carne, aclaremos, no significa lo mismo que cuerpo. El orden de la carne es el de la oposición al Espíritu divino, el de lo perecedero contra lo eterno. Somos esclavos de la carne, porque somos esclavos del pecado, en la medida en que el ser humano se pone en el centro o se cree una sustancia. La carne es el ego. Solo parece haber una vía para romper su yugo: dejarse penetrar por la gracia de Dios. Lo que es lo mismo que despojarse de todo lo viejo y renunciar al punto de vista del “Yo”, para revestirnos del “hombre nuevo” (Ef 4), que es la vida-en-la-verdad. “Porque si alguno se imagina ser algo, no siendo nada, se engaña a sí mismo” (Ga 6). De tal manera, no podemos atribuirnos ningún triunfo parcial, porque toda victoria es de Dios. La salvación, para Pablo, no depende de las obras y los méritos por el simple hecho de que jamás son nuestros. ¿Hay algo más insoportable que llevar una vida así, basada en el descentramiento y el desprendimiento absolutos? Únicamente la fe permite aguantarla. Fe no-individual, anclada en la comunidad del amor. Ella nos abre a la gracia, aunque para participar de su triunfo tengamos primero que perderlo todo. Solo renace en Cristo quien antes muere crucificado con Cristo.

Pero, la pregunta es: ¿cómo pueden un grupo de hombres y mujeres tan diverso y sin grandes capacidades conmover las bases de un Imperio o, en nuestro caso, del putrefacto capitalismo de hoy? Quienes siguieron originalmente a Jesús dejaron atrás numerosos oficios o profesiones. Ninguno de ellos, sin embargo, se destacaba por sus virtudes políticas ni se había ocupado de los asuntos públicos en el Foro o en los Tribunales. ¿Con qué herramientas iban a cumplir con el mandato encomendado por Cristo? Aquí es donde entra en juego el Espíritu Santo. Un pasaje muy interesante de Hechos de los Apóstoles muestra cómo luego de que Pedro y Juan hablaran ante el Sanedrín y los sumos sacerdotes todos quedaron sorprendidos, porque no podían creer que hombres sin instrucción y cultura dieran un discurso de ese tenor (Hch 4). ¿Fue un milagro? El entusiasmo, la solidaridad y el amor que caracterizan a la vida no-individual de la militancia, nos enseñan que hombres y mujeres concretos, con historias y problemas muy diferentes, se encuentran de repente con un potencial que no sabían que tenían. ¡Y es que no lo tenían por sí mismos, en tanto “individuos”! Aquel potencial, que es también el potencial que Pablo explotó, debe computarse como uno de los “milagros” de la organización política, capaz de destinar todos los esfuerzos a una única causa y, aun así, respetar y aprovechar la diversidad que convive en su seno.

Desde esta perspectiva, la militancia no puede considerarse humanista. Que el otro asuma responsabilidades implica, como para el cristiano, responder al llamado, para ocuparse de asuntos que no son ya los suyos, o que son los suyos en la medida en que son de otros. Por eso, en rigor, más que de “amor al prójimo”, deberíamos recuperar la prescripción nietzscheana de “amar al lejano”, o sea, al übermensch, el superhombre o, dicho correctamente, transhombre, más allá del hombre. Cuando el militante solicita la presentación del otro, parte del axioma de la confianza en el otro, porque yo es otro. En ese punto reside la crítica más contundente que la militancia dirige contra la ilustración (humanista), porque si esto es así, entonces mi pensamiento no es en realidad mío, sino que es de otro. Ergo, no hay interioridad, porque la interioridad se ha vaciado, en el sentido de que se muestra insustancial.

La militancia está más allá de lo humano porque no se deja encapsular en ninguna sustancia, en ninguna naturaleza. Es sabido que la palabra humano viene de humus, tierra, y refiere a una autoctonía, es decir, a que nacemos de la propia tierra. Un militante, por el contrario, siempre proviene del otro (igual que en la creación divina, un militante parece creado de la nada). Deberíamos esforzarnos, entonces, por destacar en la prédica de Francisco menos sus mensajes humanistas (que moralmente compartimos, pero que no son suficientes a la hora de plantear una estrategia política a largo plazo) que su convocatoria al empoderamiento y la organización. En su última encíclica, sobresale el siguiente pasaje: 

“Vista de esta manera, la política es más noble que la apariencia, que el marketing, que distintas formas de maquillaje mediático. Todo eso lo único que logra sembrar es división, enemistad y un escepticismo desolador incapaz de apelar a un proyecto común. Pensando en el futuro, algunos días las preguntas tienen que ser: ‘¿Para qué? ¿Hacia dónde estoy apuntando realmente?’. Porque, después de unos años, reflexionando sobre el propio pasado la pregunta no será: ‘¿Cuántos me aprobaron, cuántos me votaron, cuántos tuvieron una imagen positiva de mí?’. Las preguntas, quizás dolorosas, serán: ‘¿Cuánto amor puse en mi trabajo, en qué hice avanzar al pueblo, qué marca dejé en la vida de la sociedad, qué lazos reales construí, qué fuerzas positivas desaté, cuánta paz social sembré, qué provoqué en el lugar que se me encomendó?’”.

Reformulando: ¿cuántos militantes sumamos? ¿Cuánta organización política construimos? Nada interesa más en la política. De ahí que la praxis de la militancia sea básicamente cristiana y no haga falta creer en Dios para advertirlo. Para ella la elección (recordemos que apóstol quiere decir enviado, o sea, elegido para) no es un privilegio. La elección es responsabilidad. El cristiano responde al llamado de Dios (el Acontecimiento) dando las gracias (eucharistein, eucaristía). Lo cual implica mantener y fortalecer la Iglesia de Cristo (la organización), que es la causa de Cristo. Para seguir a Cristo es requisito dejarlo todo, resignificarlo todo (de ahí la célebre expresión paulina como si no). La palabra “Pascua” proviene del hebreo pésaj, que lo podemos traducir como “salto”. No sería osado afirmar que toda la enseñanza de Jesús de Nazaret, contenida en los Evangelios, es una enseñanza no del paso gradual, no de la transición lógica, no del aggiornamento, sino del salto, el salto más radical, el salto inimaginable.