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Internacionales //// 22.07.2016
Turquía: golpe y contragolpe

A una semana del intento de golpe de Estado contra Erdogan, existen tantas dudas sobre el surgimiento de la sublevación como acerca de los factores que determinaron su fracaso. La única certeza es el recrudecimiento de la represión sobre la oposición y la censura a toda forma de expresión contraria al cada vez más autoritario régimen del presidente.

Por Andrés Ruggeri (*)
El fracasado golpe de estado en Turquía conmocionó al mundo. La violencia de la intentona, la cantidad de muertos y heridos, la incertidumbre que reinó por algunas horas sobre el destino del presidente Racip Tayyip Erdogan, la respuesta callejera y las represalias posteriores configuran un panorama impactante y complejo. Pero, además de estas características, la situación turca es de una enorme importancia en el cada vez más complejo tablero internacional, plagado de amenazas para los pueblos –y no sólo los vecinos a Turquía. En un contexto en el que los acontecimientos parecen precipitarse día a día hacia un abismo de guerra, violencia, represión y racismo, que se conjugan con la crisis económica mundial y la vuelta del neoliberalismo salvaje en regiones de las que parecía haber sido desterrado, como América Latina, la situación turca agrega una cuota de inquietud, con serias implicancias locales y regionales.
El intento de golpe fue cruento, y su fracaso fue aprovechado por el presidente turco para acentuar las características represivas y cada vez más autoritarias de su gobierno, con detenciones en masa y represalias de sus partidarios en las calles a opositores y adversarios de todo tipo, llegando a plantear el restablecimiento de la pena de muerte y declarando un estado de emergencia que le da poderes aún más extraordinarios que los que ya tenía. Si la asonada intentaba acabar con su poder, las primeras consecuencias parecen haberlo reforzado hasta límites insospechados. El impacto de la situación en la política interna de Turquía todavía está en curso, y sus consecuencias en la compleja situación de los países vecinos, asolados por la guerra como Siria e Irak, las relaciones con Rusia, con Israel, los Estados Unidos y, primordialmente, con la Unión Europea, aún están por verse. Y para el movimiento social turco, la izquierda y el cada vez más asolado Kurdistán, nada bueno parece avecinarse.
Sin embargo, quedan muchos cabos sueltos en la situación. Por empezar, es necesario hacer una lectura de lo que pasó que logre trascender tanto la información que dejan entrever los medios como la traslación de nuestros marcos de referencia latinoamericanos a una realidad muy distinta a la nuestra. Como plantea un comunicado de la Unión de Comunidades del Kurdistán, si hay algo que no estuvo en juego fue “la democracia”, porque hace tiempo que se perdió en Turquía, con Recep Tayyip Erdogan como su primer saboteador. En esta serie de artículos vamos a tratar de analizar no sólo los últimos acontecimientos, sino la dinámica de la situación política en el que éstos se enmarcan, tanto hacia el interior de Turquía como en sus derivaciones internacionales. Para ello nos basamos en informes provenientes de miembros de organizaciones populares de la propia Turquía con quienes mantenemos contacto, así como información pública de distinto tipo.
 
El golpe y sus efectos inmediatos
Los acontecimientos son conocidos. En la noche del viernes 15 de julio, una facción importante de las Fuerzas Armadas turcas intentó tomar el poder, desplegando tropas en sitios estratégicos de las grandes ciudades, apoderándose de edificios públicos, medios de comunicación, aeropuertos, puentes, declarando que habían conformado un nuevo gobierno para “restablecer el orden constitucional” en el país. El paradero del controvertido presidente Erdogan era desconocido. El golpe fue sangriento: hubo ataques aéreos y terrestres a edificios públicos y enfrentamientos con los partidarios del AKP (el partido gobernante, Partido de la Justicia y el Desarrollo) en las calles, con centenas de víctimas. Pero a las pocas horas Erdogan reapareció en el aeropuerto de Istanbul, y poco a poco el golpe se reveló como un fracaso. A la mañana siguiente, estaba claro que Erdogan había retomado el control.
A partir de eso momento, las dudas sobre lo acontecido, lógicas en medio de la confusión de los hechos, empezaron a ser cada vez mayores. La primera cuestión: ¿quiénes eran los golpistas y por qué habían actuado? La segunda, las razones del fracaso. La tercera cuestión en juego, si Erdogan saldría fortalecido o debilitado, quedó despejada bastante pronto: las represalias no se hicieron esperar, y todo indica un reforzamiento de la deriva autoritaria de su gobierno. Las teorías sobre si se trató de un autogolpe o un golpe inducido para comenzar una definitiva purga de opositores y rivales comenzaron a proliferar.
Para avanzar sobre estas cuestiones, podemos empezar con algunos datos que ilustran lo acontecido. De acuerdo al periódico turco Cumhuriyet  y al sitio web Diken, el saldo del enfrentamiento fue de 240 muertos y 1491 heridos. Muchos de estos muertos y heridos son civiles que salieron a las calles a enfrentar a los golpistas, siguiendo el llamado del gobierno a movilizarse, otros son policías y militares que tomaron parte de las acciones armadas y, algunos de ellos, soldados linchados por los manifestantes después de haber depuesto las armas. Es importante saber que en Turquía hay servicio militar obligatorio, por lo que estos soldados atacados por los partidarios de Erdogan eran por lo general conscriptos de veinte años que prestaban servicio en las unidades sublevadas. La movilización para resistir a los golpistas fue masiva, llamada desde los minaretes de las mezquitas, y con un gran activismo de radicales islamistas que, todo parece indicar, fueron los responsables directos de estas represalias contra los militares capturados. Grupos de militantes del AKP, generalmente acompañados por la policía, incursionaron en los barrios frecuentados por los opositores de izquierda, agrediendo a los que no vestían según los preceptos religiosos, a los que estaban en los parques del barrio de Kadıköy bebiendo alcohol (prohibido por el Islam) o a las comunidades alevíes (una línea moderada del Islam, muy tolerante, bastante extendida en Turquía), a los kurdos e incluso a los refugiados sirios. Estos ataques, que generaron enfrentamientos callejeros, se dieron especialmente una vez fracasada la intentona golpista.
Erdogan produjo en los días siguientes una purga de opositores en gran escala. Siguiendo a Cumhuriyet, al 21 de julio, las cifras eran impactantes: 49608 empleados estatales suspendidos; 6746 soldados detenidos y 1258 soldados encarcelados; detenidos 113 sobre 360 generales (casi un tercio de los activos); 30 gobernadores suspendidos; 7900 agentes de policía suspendidos, 121 detenidos y 43 encarcelados. Además, 1094 jueces y fiscales fueron detenidos y 597 encarcelados, incluyendo a dos miembros del Tribunal Constitucional. En la educación, la purga fue mayúscula: suspendidos 22000 empleados del Ministerio de Educación (docentes y otros), mientras que en las universidades, cuatro rectores y 1577 decanos fueron obligados a dimitir por el Consejo Supremo de Educación (1). Además, 85 académicos fueron suspendidos en la Universidad de Istanbul (la más grande del país) (2).
El Ministerio de Religión (Diyanet) ha anunciado que los imanes no van a celebrar ceremonias funerarias para los golpistas muertos, una medida simbólica pero sin precedentes en el país. Y, como corolario, Erdogan proclamó tres meses de estado de emergencia, durante los cuales puede gobernar por decreto, prohibir reuniones, protestas o clausurar asociaciones. Está bastante claro que, si no estaba esperando el momento para aplicar estas medidas persecutorias, le viene como anillo al dedo para consolidar su poder en un sentido autocrático. De hecho, declaró que el golpe era “un regalo de Dios” para “purificar de una vez por todas las Fuerzas Armadas. Es decir, no cabe duda que Erdogan está haciendo todo lo posible para endurecer su régimen y consolidar su autoridad más allá de lo que había alcanzado antes y lo que podría soñar sin mediar esta situación.
 
Las causas del fracaso golpista
Proliferan las versiones sobre quiénes fueron los golpistas y las razones de su fracaso, y la confusión sigue siendo grande. El ejército turco, uno de los más poderosos de la OTAN, tiene una tradición de fuerte influencia política y de haber protagonizado varios golpes de Estado en las últimas décadas. Este papel político y una autopercepción de ser guardianes del republicanismo tienen origen en la propia formación del Estado turco moderno, fundado por Mustafá Kemal Atatürk sobre las ruinas del viejo Imperio Otomano, descuartizado por las potencias coloniales después de la derrota en la Primera Guerra Mundial. Mustafá Kemal era, justamente, un militar, y el ejército fue, bajo su conducción, la institución fundacional de la Nación turca, basando la nueva conformación estatal en la occidentalización de Turquía y la laicidad como contraste con la identificación de la antigua institucionalidad otomana con la religión. Además, su política significó la consolidación de un feroz nacionalismo que, años antes y en manos de los llamados Jóvenes Turcos provocó el genocidio armenio, y que en los primeros años de la nueva República se ensañó con las restantes minorías y expulsó a 1.200.000 griegos. La represión en el Kurdistán actual es heredera de esa idea excluyente de nación.
Desde esta tradición nacionalista laica, la primera interpretación que se podría hacer del intento de golpe es que fue un capítulo más de este intervencionismo, generalmente pro-occidental y buscando poner límites al Islam político. Sin embargo, apenas Erdogan retomó el control de la situación, no dudó en acusar a los partidarios de Fetullah Gülen, un clérigo islámico que vive en Estados Unidos y que, después de haber sido aliado de Erdogan durante años, rompió relaciones con él en 2013, tras denunciar actos de corrupción que implicaban incluso al hijo del presidente. De acuerdo al gobierno turco, los partidarios de Gülen estaban tejiendo una suerte de “Estado paralelo” (no solo en las Fuerzas Armadas).
Hay indicios fuertes de que la purga en las Fuerzas Armadas y en otros organismos estatales estaba siendo preparada por Erdogan desde antes del golpe, lo que explica la rápida confección de listas de personas para detener o tomar represalias. También, se conocía que en la reunión prevista en el mes de agosto del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, en las que participa el presidente y los principales jefes militares, se planificaba la exclusión de la mayoría de los generales y oficiales superiores opositores al AKP. Esta información puede haber precipitado el golpe, tratando de adelantarse a la pérdida de poder que hubiera resultado de esa decisión.
La improvisación resultante del apresuramiento es, probablemente, la causa del fracaso. Entre los planes de los golpistas estaba el control de los medios de comunicación como un factor clave, así como la detención o incluso el asesinato de Erdogan. Pero aunque el grupo golpista dominó la Fuerza Aérea, la Marina y la Gendarmería, no consiguió arrastrar a la mayoría del Ejército (se calcula que sólo el 30% de los mandos adhirieron).
Un dato clave es que los golpistas no consiguieron que se plegara el Primer Ejército, con sede en Istanbul, mientras que sí lo hicieron el Segundo y el Tercero, con base en Ankara, la capital, y el sudeste del país. Estos dos cuerpos son los que llevan el peso de la guerra contra el pueblo kurdo. Al ser descabezados luego del golpe, puede haber un debilitamiento de la estrategia de Erdogan de represión en la zona kurda, al no poder confiar en los mandos o directamente quedar esos sectores sin conducción. En cambio, el fracaso en tomar el control del Primer Ejército debilitó el golpe en la mayor ciudad del país, la antigua capital imperial, incluyendo el aeropuerto Atatürk (donde poco tiempo antes tuvo lugar un sangriento ataque terrorista). El comandante de esta unidad, al que los golpistas intentaron sumar, dio aviso a Erdogan de lo que se venía, lo que parece haber sido el factor decisivo para que escapara del lugar de veraneo donde se encontraba (los golpistas llegaron a bombardear el hotel, pero el presidente ya no estaba allí). El mandatario logró escapar y este sector del Ejército garantizó su reaparición pública en el aeropuerto internacional de Istanbul. A partir de allí, el llamado a sus partidarios a manifestarse, hecho incluso desde los minaretes de las mezquitas, sumó el factor de la movilización a lo que hasta entonces se venía dando como un conflicto que se resolvía entre militares.
Otra cuestión decisiva fue que no consiguieron apoderarse de todos los medios de comunicación, especialmente los privados, que reprodujeron el llamado de Erdogan a movilizarse. Hay que tener en cuenta que el gobierno había clausurado o disciplinado a casi todos los medios opositores en los años anteriores.
No es menor el papel de la población en la derrota de los golpistas. Los manifestantes salieron por miles y demostraron un gran valor frente a fuerzas militares que en muchos casos no dudaron en usar sus armas en forma brutal. La gente rodeó a los tanques y en algunos casos intentaron y lograron desarmar a los soldados. Sin embargo, no parece haberse tratado siempre de una muchedumbre pacífica dispuesta a defender la democracia, como pasó en Argentina en la rebelión “carapintada” de Semana Santa de 1987. Los militantes del AKP encabezaron a los manifestantes, como es lógico, ya que estaban defendiendo su gobierno y siguiendo el llamado de su líder. Pero, junto con ellos, se ha detectado presencia de islamistas radicales, partidarios de la oposición siria, gente con experiencia de combate en estas organizaciones con las cuales el gobierno de Erdogan ha sostenido una clara aunque errática relación. En varias de las fotos de las manifestaciones, se ven mezcladas junto a las banderas turcas algunas de la oposición armada en Siria. También aparecen partidarios del movimiento de ultraderecha “Lobos Grises” (ahora un partido político con representación parlamentaria, el MHP, Partido del Movimiento Nacionalista), que se plegaron activamente en la defensa del gobierno. Estos grupos parecen ser los responsables de los linchamientos de jóvenes soldados conscriptos desarmados, indefensos después de haberse rendido. Incluso uno de ellos fue decapitado, siguiendo las prácticas aberrantes del ISIS. En otra foto, un militante de los Lobos Grises hace el gesto que identifica al movimiento posando frente al cadáver de un soldado. A pesar de eso, no hay que concluir necesariamente que el movimiento  haya tomado la decisión orgánica de hacer estos actos, aunque han apoyado la declaración del estado de emergencia y califican a Gülen de “terrorista”, sino más bien que Erdogan ha logrado arrastrar al activismo de este partido.
El golpe parece haber sido derrotado no sólo por la concentración de poder que ya ostentaba Erdogan y por la movilización de grandes masas de la población, sino por la propia improvisación y apuro de los golpistas. Aparentemente, los partidarios de Gülen (él niega toda vinculación, desde Estados Unidos) pueden haberse unido con otros grupos descontentos, incluyendo el viejo sector kemalista, purgado por Erdogan (todavía en alianza con el propio Gülen) en 2009. Se trata de los sobrevivientes de la antigua tradición laica, republicana y pro-occidental de las Fuerzas Armadas que ven cómo el Estado Nación fundado por Mustafá Kemal Ataturk va siendo progresivamente destruido por el AKP, y cómo la concentración de poder de Erdogan los va dejando sin espacio en las estructuras del Estado.
El resultado del fracaso es no sólo la extirpación de todo opositor dentro de cualquier organismo del Estado, sino el aumento del camino autocrático y cada vez más antidemocrático de Erdogan. Un poder que no sólo es autoritario, sino antipopular. La represión que ahora se concentra en destruir el poder de los que dentro del aparato estatal no apoyan su liderazgo, se empieza a convertir rápidamente en un aumento de la represión contra la oposición social, contra los grupos que en 2013 protagonizaron la rebelión del parque Gezi, contra los trabajadores (con el pretexto del estado de emergencia, la policía impidió a un grupo de obreros municipales en huelga desde hace 80 días instalar su carpa de protesta en el distrito Avcilar de Istanbul, en la mañana del 21), contra los movimientos del Kurdistán, donde se vive un toque de queda permanente y un terrorismo de Estado contra la población civil, y un disciplinamiento social masivo hacia todo movimiento de disidencia. En los próximos días, se verá hasta dónde logra Erdogan consolidar su proyecto.
 
(1) El gobierno destituyó a la totalidad de los decanos de las 165 universidades del país (públicas y privadas).
(2) No es la primera vez que Erdogan ataca a las universidades: en enero de 2016, tomó represalias contra 1128 académicos firmantes de un manifiesto por la paz en el Kurdistán (“Académicos por la paz”: https://barisicinakademisyenler.net/English). Cuatro profesores fueron encarcelados y 40 despedidos. Tanto la fiscalía del Estado como las propias universidades iniciaron investigaciones contra los firmantes por “terrorismo”. A consecuencia del golpe fallido, la persecución se reanudó, y 10 profesores fueron despedidos de la Universidad de Van (https://www.evrensel.net/haber/285696/vanda-baris-icin-akademisyenlerin-gorevden-alinmasi-kinandi). 
(*) Antropólogo social y director del programa Facultad Abierta de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Especial para AGENCIA PACO URONDO.