fbpx Roberto Perdía: "Esta pandemia es una expresión del mundo actual y la profundidad de sus debilidades" | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Internacionales //// 27.05.2021
Roberto Perdía: "Esta pandemia es una expresión del mundo actual y la profundidad de sus debilidades"

El ex dirigente montonero habló en exclusiva con AGENCIA PACO URONDO y reflexionó sobre la situación crítica que atraviesa el mundo, en el marco de la crisis sanitaria. Los 70, el peronismo y los horizontes políticos del mañana. 

Por Juan Borges | Fotografía Radio Gráfica

Roberto Perdía, el ex dirigente montonero y militante revolucionario, dialogó con AGENCIA PACO URONDO. El dirigente habló sobre su nuevo libro “Prisioneros de esta Democracia”, publicado por editorial La Comarca. Además, ofreció multiples lecturas sobre su experiencia política y el panorama actual de la pandemia.

APU: ¿Cómo nació el título de su nuevo libro "Prisioneros de esta democracia"?

Roberto Perdía-Se trata de una metáfora alimentada por una casualidad y muchas realidades.

La casualidad tiene que ver con el hecho de que, mientras le buscaba un título al libro que había terminado, veo sobre la mesa otro que estaba leyendo. Su título “Prisioneros de la Geografía”, era del periodista británico Tim Marshall. Allí explica que, si bien es cierto que la geografía no determina el desarrollo de las relaciones y los acontecimientos, no puede dudarse de su incidencia en los vínculos entre personas, pueblos y naciones a lo largo de la historia.

La existencia de Cuba, una pequeña isla y vanguardia del socialista, a pocos kilómetros del centro del poder mundial capitalista, parecía desafiar las tesis de ese británico, desde que la Revolución Cubana se proclamó socialista en las propias narices de aquel poder imperialista. Pero la tesis de la fuerza de la vecindad geográfica recuperaba impulso a poco de penetrar en la realidad cotidiana con variadas semejanzas culturales, a pesar de los constantes roces y dificultades en sus vínculos.

Inmediatamente pensé en el texto que estaba terminando y ese libro sobre el rol de la geografía en las relaciones.

Me pareció lógica aquella influencia de la geografía, con sus montañas, ríos, mares o llanuras. Eran datos de la naturaleza que estaban allí desde tiempos inmemoriales y su presencia era, en sus rasgos centrales, innegables e inmodificables. Recordé un absurdo gag de Gila, un conocido humorista español fallecido hace años, quien proponía y exhibía un nuevo mapa donde acomodaba los países y sus vecindades -cómo si eso fuera posible- de acuerdo a sus coincidencias político ideológicas, de ese modo -decía- se evitarían los riesgos de una nueva guerra.

Ese absurdo pone en evidencia que la geografía es una cosa, mientras que lo que produce la humanidad, más allá de sus vinculaciones, es otra.

Por eso llama la atención que se pretenda eternizar, fijar para siempre, a fenómenos humanos que son producto de avances y retrocesos que se registran a lo largo del tiempo.

Sin embargo fue intentado y se puso todo el aparato cultural del sistema al servicio de esa idea. Un joven treintañero elaboró, en 1992 y siendo empleado del Departamento de Estado norteamericano, el punto más alto de ese intento. Se trata de Francis Fukuyama y su idea se conoció bajo el nombre de “El último hombre y el fin de la Historia”. Según esa concepción, la democracia liberal -típico fenómeno de occidente- había logrado poner fin a las disputas ideológicas que caracterizaban a la historia y establecer un sistema que regirá desde allí en adelante.

Así es como entramos en la multiplicidad de realidades que definen los aspectos centrales de ese tipo de democracias que la alianza de los países centrales e industrializados de occidente (Estados Unidos, Europa y Japón) trataron de imponer al mundo. Lo hicieron bajo la idea de que era “el único sistema político con algún tipo de dinamismo”

Sus antecedentes se pueden rastrear en la modernidad europea que, desfigurando historia y realidad, se auto identificó como “universal”.

El capitalismo, con su paradigma de libertad comenzando por la economía de libre mercado, la vigencia del sistema representativo, la llamada división de poderes, constituyeron las bases de esa democracia. Ella llega hasta nuestros días.

Ésa era, para dicha concepción, la forma superior de organización institucional y ella debía ser impuesta al resto del mundo. Estados Unidos fundamentó algunos de sus crímenes más horrendos, como la invasión, ocupación y destrucción de Irak y Libia, entre otros, en que lo estaba haciendo para darle vigencia a la democracia.

Para nuestros pueblos, esa democracia (con sus leyes e instituciones) era el “plato” dentro del cual debíamos actuar. Todo lo que ocurriera fuera de esa lógica debía ser sancionado por las leyes y el aparato represivo del Estado.

Bajo dichos principios, la democracia representativa, el capitalismo vigente y las formas institucionales del actual Estado constituyen la trilogía del poder, de un poder legitimado por el voto y naturalizado por el paso del tiempo.

Apelando al título del libro podemos decir que fuera de esa lógica del poder, la vida transcurre bajo el símbolo de una “libertad vigilada”.

APU: En su libro plantea modelos organizativos como las comunas o la conformación de un Estado Plurinacional vigentes en otros países. ¿Lo ve factible en nuestro país teniendo en cuenta nuestra tradición y prácticas políticas?

RP:  Me parece que debo empezar diciendo que, lo que no veo factible -en nuestro país- es la continuidad del actual modelo organizativo, que es herencia y continuidad de lo señalado en el tema anterior.

Por supuesto que todo lo dicho y las propuestas formuladas están planteadas “teniendo en cuenta nuestra tradición y prácticas políticas”.

Pero antes de pasar a explicarlo conviene recordar las palabras que le escuché a un anónimo patriota de Nuestra América diciendo: “200 años de esta República, no nos pueden hacer olvidar que aquí hubieron miles de años de vida anterior”.

En efecto ¿qué se hizo, cómo y cuándo?, para que la riqueza cultural construida en esos miles de años de arraigo en estas tierras terminaran pisoteadas por estrechos intereses colonialistas.

Toda la América del Sur, Nuestra América, tiene un recorrido semejante. Nosotros, en 1810 reivindicamos el derecho a gobernarnos y proclamamos en 1816 la independencia política.

Unos pocos días antes del 9 de julio de ese año, el General Manuel Belgrano, con la anuencia de San Martín y Güemes instó a los constituyentes a declarar la independencia. También propuso otras dos cuestiones centrales: Designar a Cuzco, el centro incaico, como capital y designar a un inca hermano de Túpac Amaru, como Rey constitucional. Eso tenía por sustento el reconocimiento a la mayoritaria población indígena en las tierras que se estaban emancipando.

Los conflictos internos hicieron derivar a Buenos Aires el Congreso de Tucumán, sus actas y espíritu revolucionario se disolvieron en el barro del puerto porteño.

No obstante ello, San Martín y Bolívar derrotaron a las fuerzas de la España colonial. El Congreso Anfictiónico, convocado por Bolívar, se realizó en Panamá en 1826. Su misión era poner las bases para que ésa -Nuestra- América fuera una región con gobierno y ejército propios, con mando único. Bolívar, al enterarse del incumplimiento de esos objetivos pronunció aquel lacónico: “Hemos fracasado”.

Ése era el sueño de nuestros patriotas originales. Estaba avalado con la fuerza de un ejército formado por negros, indios y criollos pobres, la sangre que derramaron fue usada para imponer los intereses portuarios. El manto para hacerlo fueron las ideas del iluminismo francés constituidas en un programa práctico a través de la Constitución de los Estados Unidos.

Fracasada la idea de la Patria Grande, la traicionada sangre de los patriotas que pelearon por la independencia vio nacer constituciones hechas a la medida de los intereses de las burguesías -mayoritariamente portuarias- de cada uno de estos territorios que dieron origen a estas formaciones que hoy son conocidos como países.

En nuestro actual territorio, derrotados los caudillos federales, esas mismas fuerzas avanzaron en la integración de nuestras economías al capitalismo occidental, lo hicimos como proveedores de alimentos para la naciente industrialización, fundamentalmente británica. La anexión de tierras a través de las llamadas “Campañas al Desierto” (un “desierto” poblado por miles de indígenas) constituyeron un auténtico genocidio de esos pueblos y el fundamento de la riqueza de sus asesinos.

Ese desenfreno de sangre y avaricia fue la frutilla del postre para consolidar el nuevo poder oligárquico. El mismo que tuvo en la “Generación del 80” (Sarmiento, Roca, Pellegrini, Juárez Celman) su símbolo del poder alcanzado y la guía para construir el modelo institucional de un país que llega hasta nuestros días.

Volviendo a la pregunta formulada, por supuesto que las propuestas planteadas en torno a las ideas de las comunas y el Estado plurinacional, no representan esas tradiciones del cipariso, ni tampoco sus prácticas políticas.

Pero -considero- que ellas sí forman parte de un acumulado histórico que fue derrotado y que espera su oportunidad para reconstruir identidad y prácticas diferenciadas de las legadas por aquellos “triunfadores”.

Construir esa nueva perspectiva desde esta realidad es la que mueve estas reflexiones.

La experiencia comunal de Venezuela y el intento de alzarla como un nuevo poder en el sistema institucional de Nuestra América fue la propuesta de reforma organizativa más importante, de nuestros gobiernos del sur americano, desde la independencia hasta nuestros días.

Allí se intentó recuperar dos cuestiones centrales: la experiencia de nuestros pueblos originarios y el pensamiento de clásicos marxistas.

La idea de clásicos marxista que concebían a la Comuna como “la forma política de la emancipación social” se enraíza en las prácticas milenarias de nuestros pueblos originarios. Una democracia distinta, ajena al juego de pesos y contrapesos de la liberal que hoy conocemos.

En este sentido estas ideas no son ajenas a las luchas históricas de nuestros pueblos. La propiedad comunal, la propiedad comunitaria y la resistencia a la propiedad individual -que todavía persiste- indican la fortaleza de culturas cuyos valores no han podido ser totalmente erradicados por las ideas traídas por los conquistadores.

Cuando pensamos en alternativas al capitalismo reinante debemos abrevar en esas experiencias que, desde los tiempos del Abya Yala, fueron instrumento para la organización de nuestros pueblos.

En este futuro que se promueve, las Comunas son la unidad básica del poder popular en el territorio. De un poder construido de abajo hacia arriba, que se hace cotidianamente y que emerge vigoroso en tiempos que las tempestades sociales hacen su tarea. Es un poder que se va constituyendo en el territorio y que tiene como contrapartida -como aspecto más cercano- al poder constituido de los municipios actuales.

La construcción de este poder es una tarea que debimos iniciar ayer y que se manifestará de a poco y alcanzará su plenitud, con la fuerza de los siglos que la acompañan, cuando hayamos logrado madurar condiciones que nos permitan avanzar sobre las correlaciones de fuerzas hoy existentes.

La perspectiva de un Estado Plurinacional es una idea que viene madurando en la conciencia de nuestros pueblos. Se trata de abordar las limitaciones del actual Estado Nación y proponer una alternativa superadora que ya está en la agenda de algunos países vecinos.

Estamos ante la necesidad de cuestionar al actual Estado Nación, en el que se inscribe nuestra historia constitucional y que hemos formalizado desde 1853 en adelante.

Esa idea del Estado Nación es hija de la modernidad y nace de las entrañas del feudalismo, como una expresión del eurocentrismo que guio la actividad de los conquistadores y sigue vigente.

Según estos antecedentes, nuestro sistema institucional supone que la Nación, organizada en Estado, tiene valores y principios universales que obligan a todos los que se radican en un determinado territorio. En esa concepción no hay lugar para respetar los valores de otras culturas.

Bajo el disfraz de que todos eran “ciudadanos iguales ante la ley” el mundo indígena quedó sometido a las normas de dicho Estado Nación. Lo que se “vendió” como valor común y compartido era en realidad la cultura de los blancos que habían traído la “civilización” al servicio de los intereses de las burguesías comerciales y oligarquías agrarias. Ese fue el carácter de clase que predominó en ese Estado Nación.

Así se constituyó nuestro país. Con el paso de los años el radicalismo integró a los hijos de los inmigrantes y -tiempo después- el peronismo le daría un protagonismo, muchas veces cuestionado, a los “cabecitas negras”, trabajadores/as del naciente industrialismo. Ambas experiencias amortiguaron, sin cambiarlo, el carácter y relaciones de clase de nuestro Estado Nación.

Esas integraciones, nunca fueron plenas, ni alcanzaron a las culturas indígenas que permanecieron como parias en el territorio que habitaban desde tiempo inmemoriales.

Un Estado Plurinacional debe reconocer la diversidad existente, las autonomías relativas que cada sector podrá ejercer forman parte de las convivencias a construir.

Este proceso supone crear nuevas formas de unidad. Es posible pensar en el aporte que puede significar la organización de federaciones y confederaciones de los futuros estados comunales.

Tanto en la construcción de las Comunas como en el aporte al Estado Plurinacional, las mujeres tienen un rol particular. Eso es así por tratarse de los sectores tradicionalmente explotados, más allá de su situación de clase. Por esa misma razón y tal como la experiencia territorial lo indica, son ellas las principales sostenedoras de prácticas más solidarias y democráticas.

APU: ¿Qué puente podría establecer entre las organizaciones revolucionarias de los 70 y las perspectivas emancipatorias de las nuevas militancias del siglo XXI?

RP:  El principio central que vincula aquella gesta con esta propuesta es la voluntad de alentar el protagonismo del propio pueblo, organizado y movilizado, para promover, impulsar y defender las transformaciones planteadas.

No quedan dudas que la consigna: “Solo el pueblo salvará al pueblo”, popularizada por Raimundo Ongaro y la CGT de los Argentinos, que mantiene su vigencia en estos tiempos, es el símbolo de esa vinculación entre una y otra práctica, aunque haya transcurrido medio siglo entre estos diferentes hechos.

En los 70, muy poco poder en el Estado y mucho pueblo en las calles, fue una de las manifestaciones centrales de aquel período.

Hoy, sin poder en el Estado, pero tratando de evitar la pérdida de más derechos, se mantiene una cierta capacidad de movilización. Ella privilegia mayoritariamente dar respuesta a las incumplidas necesidades básicas de la población (comida, trabajo o sucedáneos del mismo).  Pero vale la pena reflexionar sobre otra cuestión, mucho más polémica, que vinculan -aunque sea contradictoriamente- estos diferentes momentos.

Los 70 y más allá de los errores cometidos, colocan a la juventud -protagonista de aquel momento- en un lugar significativo. Tal circunstancia es destacable por varias razones.

El haber cuestionado, con escasos recursos, las raíces del poder instalado es un dato que no puede soslayarse. La integración de las más diversas formas de luchas, incluida la resistencia armada y los costos humanos que ello implica, le dio un potencial particular que se grabó en la memoria colectiva. El reconocimiento al liderazgo de Perón pero manteniendo la capacidad de crítica y rebeldía ante el mismo es otro motivo de comparación.

La construcción de una fuerza, relativamente importante, desde abajo hacia arriba e iniciada fuera del Estado y contra el Estado, es otro detalle que marcó toda aquella existencia. Todo lo dicho concitó el odio de los personeros del sistema. Desde el poder, incluida buena parte del peronismo, nunca perdonaron aquellos atrevimientos. Buena parte de sus protagonistas quedaron marcados, por esos sectores, como “malditos”. Como contrapartida, en buena parte de las barriadas y algunos sectores medios, particularmente durante el gobierno kirchnerista (Néstor y Cristina) aquella historia -aunque un tanto edulcorada- comenzó a ser recuperada.

En ese marco. Lo repito, en ese marco, buena parte de las organizaciones sociales y políticas de los últimos años vienen reconociendo aspectos de aquella experiencia.

Ese halo setentista, permitió a gobernantes (kirchneristas) y gobernados (juveniles) establecer un vínculo de colaboración que exaspera a la derecha, aunque no tenga ni la potencialidad, ni profundidad que demandan los tiempos actuales para las demandas emancipatorias que se están enunciando.

APU: ¿Qué es el peronismo hoy para usted y como entronca esa doctrina nacional y policlasista con una propuesta plurinacional y socialista como la que expresa en su libro?

RP: El peronismo nace como un movimiento policlasista, con la novedad que reconoce a los trabajadores como su columna vertebral; en otras palabras, su sostén.

El peronismo revolucionario, con John William Cooke a la cabeza sostenía que el socialismo, en la Argentina, era edificable desde el peronismo. Lo fundamentaba en el hecho de que allí estaba la inmensa mayoría de los trabajadores, la fuerza principal para la construcción del socialismo.

El propio Perón, desde fines de los 60 e inicios de los 70, recogió esas banderas. Ellas están expresamente enunciadas en su "Actualización política y doctrinaria para la toma del poder", de la que dejó constancia el Grupo Cine Liberación dirigido por el “Pino” Solanas.

Con esas ideas como antecedente, nuestro pensamiento -en los 70- le dio consistencia al concepto de que los trabajadores no solo eran la “columna vertebral” sino que debían constituirse en la “cabeza” de aquel movimiento.

De ese modo consideramos que el peronismo sería capaz de recorrer los caminos hacia el socialismo.

Ésa fue la batalla que perdimos al interior del peronismo. Aquél “gigante invertebrado” profundizó su rol de componedor entre intereses contrapuestos y progresivamente fue derivando hacia su actual formación institucional. Allí ocupa el lugar y actúa como partido del régimen, partido del poder o partido del sistema.

Esto ocurre más allá de la sobrevivencia de agrupamientos que agotan sus sueños en medio de las traiciones y falsas promesas del movimiento que los representa y las “agachadas” del gobierno con el que -de hecho- están comprometidos.

Quienes seguimos reconociendo la vigencia de muchos de los principios del Nacionalismo Popular Revolucionario, como un aporte a la confluencia de principios, doctrinas y programas con otras corrientes revolucionarias provenientes del marxismo o anarquismo, no vemos contradicción entre esas ideas con las propuestas socialistas y plurinacionales.

En algunas respuestas a otras preguntas se encuentran las razones de esta afirmación.

Por otra parte, la formación social y económica de nuestro país muestra fuertes cambios. Una inédita desigualdad azota a la sociedad. La desocupación y el trabajo en negro alimentan una galopante pobreza, que alcanza a la mitad de los argentinos. Que dos de cada tres niños/as sean pobres nos produce una tristeza, angustia y vergüenza insoportables y nos hacen temer por el futuro colectivo.

Todos estos elementos son datos que permiten pensar que se están creando las condiciones para que emerja otro sujeto social, que asoma como protagonista de las transformaciones a producir.

Estos antecedentes y la crisis civilizatoria que atraviesa al mundo, de lo cual esta pandemia es una muestra, demandan respuestas a esta realidad. Ellas se deben enraizar en nuestras lejanas y más recientes historias pero deben tener la fuerza para superar los límites que han tenido las respuestas producidas al final de la Segunda Guerra Mundial.

Nosotros, como Montoneros -la fuerza a la que pertenecí- fuimos uno de los puntos más alto a los que se llegó a la hora de contestar aquellas respuestas. La lucha y la resistencia de miles de compañeras y compañeros de aquella generación contribuyeron al acortamiento de los años de dictadura. Pero no alcanzamos el objetivo emancipador, que motivó tantos sacrificios.

El genocidio de la dictadura y los 38 años posteriores de gobiernos constitucionales no resolvieron, sino que agravaron la mayor parte de los problemas sociales y económicos.

Es por todo lo dicho que hoy otras deben ser las respuestas.

APU: ¿Qué enseñanzas dejó la experiencia de Montoneros en las organizaciones actuales de carácter popular?

Roberto Perdía-Sobre esta cuestión hay mucho por hablar y diferentes opiniones sobre esta relación. De todo lo que se podría decir voy a concentrarme en un aspecto que me parece fundamental. Se trata de los vínculos de las organizaciones populares con el Estado.

En estos tiempos, observando las prácticas de distintas organizaciones que tienen algún punto de identificación con aquella experiencia, surge este interrogante.

Me parece importante analizar esta cuestión porque en el libro “Prisioneros de esta Democracia” se desarrollan varios aspectos de esta cuestión.

En estos sectores es muy común escuchar que no ven de qué modo se puede crecer o acumular poder sin contar con el sustento del aparato estatal. Bajo esta premisa el apoyo del mismo o la participación dentro de él aparecen como una necesidad.

Considero valioso contemplar esta tendencia, no exclusiva pero sí mayoritaria en los tiempos actuales, desde la óptica de dos consideraciones centrales. Una, referida a la diferencia con la experiencia montonera de los 70; dos, considerar las perspectivas de ese vínculo y las tendencias que la misma encierra.

Montoneros nace como una organización -en los 70- que desarrolla y da continuidad a los más altos niveles de resistencia que los trabajadores y el pueblo habían iniciado en 1955, desde el mismo momento del golpe gorila de aquel año. Es decir que nacen en medio de la lucha contra administraciones que habían usurpado, ilegítima e ilegalmente, el gobierno del Estado.

Luego del triunfo de la resistencia y de las elecciones que le dieron legalidad institucional a esa victoria, en la que habíamos desarrollado un alto protagonismo, Montoneros apoyó al gobierno de Cámpora pero sin participar en los niveles decisorios del mismo. En el gabinete de ese gobierno (ministros, viceministros, secretarios de Estado) no hubo un solo montonero, militante orgánico de esa fuerza. De un modo semejante, ningún montonero, que fuera integrante de algún organismo de conducción fue candidato en esas elecciones. En esas elecciones se nos reconoció (sin haberse cumplido totalmente) que propongamos los nombres de adherentes a la Tendencia revolucionaria para cubrir el 25% de las bancas de legisladores nacionales del peronismo. Ellos ocuparían el espacio correspondiente a la “Cuarta Rama” o Rama de la Juventud.

Si bien éramos parte del peronismo en su conjunto, el modelo de construcción de la organización que habíamos fundado, nació y creció desde abajo y se desarrolló con autonomía respecto del Estado.

Ya, en ese momento, éramos conscientes de la crisis del Estado y la necesidad de profundos cambios en el mismo. Teníamos conciencia que una dura lucha se iba a desatar y por eso optamos por construir una organización que tuviera autonomía e independencia.

Hoy, la crisis del actual Estado es muy superior a la existente hace casi medio siglo atrás. Sin embargo, la mayoría de las organizaciones sociales y políticas, vinculadas al peronismo han optado por dar respuestas fortaleciendo su presencia al interior del Estado.

Esta tendencia ha encontrado su justificación en la necesidad de proporcionar respuestas a la grave crisis social (necesidades de comida, trabajo, vivienda) por la que atraviesan millones de compatriotas.

De ese modo se ha producido una convergencia entre una modalidad de respuesta a esas necesidades y la conveniencia estatal de cooptar a dichas organizaciones.

Así, en aras de esas necesarias respuestas reivindicativas y un atajo que permita un más rápido crecimiento organizativo, se estableció un vínculo que no existió en la práctica de los 70.

Obviamente que la situación de millones de compatriotas postergados demanda respuestas. La organización masiva y la lucha son caminos para alcanzarlas, por cierto que demandando al Estado tales respuestas y la provisión de recursos para que sea el propio pueblo quien pueda avanzar en la resolución de sus necesidades.

La presencia de dirigentes sociales en las funciones estatales encargadas de tales respuestas, tiene un efecto peligroso. La respuesta a necesidades básicas aparece no como un efecto de la lucha y organización del pueblo, sino como concesiones estatales.

Ello deriva en un doble y peligroso efecto. Por un lado la amortiguación de las luchas para que no afecten a las políticas del gobierno que conduce al Estado. Por el otro fomenta construcciones organizativas hechas desde arriba, desde el propio poder, vinculadas al mismo Estado que es responsable de la situación que padecen los millones.

Estos largos y continuos años de crecimiento del asistencialismo estatal indican el fracaso de esta modalidad de respuesta a la crisis actual. Se está verificando que, de esta manera, crecen desigualdad y pobreza hasta los inéditos números que hoy tenemos.

Vale la pena señalar que está faltando ensayar desde las bases otro modelo de organización que vaya cuestionando a la explotación del actual capitalismo. Ella debe ser pensada como algo complementario a la construcción de los “argentinazos,” que suelen conmover los cimientos de esta escasa democracia.

En esas experiencias deberemos poner a la producción, distribución y consumo en manos de sectores populares organizados que puedan mostrar la posibilidad de desarrollar otro tipo de relaciones entre las personas y de éstas con la naturaleza. Es decir ir construyendo, con el esfuerzo de hoy, muestras del futuro que imaginamos.

En este sentido, poner al servicio de los millones de brazos sin trabajo, los territorios vacíos de la Patagonia o las tierras mal habidas de la zona pampeana, nos pueden dar una idea de los caminos por seguir.

APU: ¿Cómo analiza la situación actual internacional y local?

RP:  Estamos transitando una fenomenal crisis mundial. Ésta abarca las distintas facetas de la vida humana, por eso es conocida como crisis civilizatoria.

La actual pandemia que tiene como protagonista a un coronavirus, conocido como COVID 19, es una manifestación de la misma. Esto es así tanto si consideramos como causa de esta pandemia al traspaso de la enfermedad de animales a personas o si ella ha sido causada por algún “escape” voluntario o no del virus.

Cualquiera sea la causa, esta pandemia es una expresión del mundo actual y la profundidad de sus debilidades. A lo cual hay que agregar la irresponsabilidad que anima a gran parte de la dirigencia mundial preocupada por acumular dinero y poder, en una loca carrera que parece aproximarse más rápidamente al suicidio que a la felicidad.

La primera edición del libro “Prisioneros de esta Democracia” fue escrita dos años antes de la aparición de este fenómeno. No obstante lo cual se advertía sobre la inviabilidad de la lógica capitalista y su responsabilidad en lo que está aconteciendo.

Allí también se hizo referencia al modo en que los argentinos fuimos integrados a ese modelo y a la cultura dominante.

Estamos asistiendo a un progresivo desplazamiento del poder mundial. Vemos como el –históricamente- corto tiempo de predominio del imperialismo norteamericano está siendo reemplazado por la milenaria tradición imperial China. Ello agrava las tensiones existentes, al punto tal que podemos decir que estamos ingresando en una nueva “Guerra Fría”.

En los pueblos va creciendo la conciencia acerca de los riesgos que corren la humanidad y el planeta con la continuidad de las tendencias predominantes.

Siglos atrás la “peste negra” o “peste bubónica” fue el inicio del fin del feudalismo, como modelo de organización económica y social. De esa crisis fue emergiendo el capitalismo que llega hasta nuestros días.

No parece una locura pensar que esta pandemia puede irse constituyendo, aunque no sea inmediatamente, en el punto de inflexión de esta civilización y en el inicio del fin del capitalismo.

Esto no quiere decir que los tiempos, inmediatamente después de esta pos-pandemia, sean mejores o más justos. Diría que todo lo contrario. Los datos indican que la economía y la sociedad que emergen de este mal son mucho más desiguales e injustas. Desde el inicio de la propagación de este virus, crece la cantidad de multimillonarios y sus riquezas, en una proporción semejante al crecimiento de los pobres y sus necesidades; al mismo tiempo también son mayores las desigualdad entre los países y entre las personas, al interior de los mismos.

Lo que pasa con las vacunas es altamente significativo. En los países centrales se comienzan a utilizar para vacunar a mascotas, mientras en los países más pobres la vacunación de los humanos aún representa una proporción insignificante.

Pero también es probable que, superada esta pandemia y los críticos momentos actuales, se pueda ir repensando la situación. Es posible pensar que -liberados los topes, miedos y riesgos de las actuales restricciones- los pueblos vuelvan a preguntarse por el destino de su futuro. Una pareja de investigadores al servicio del FMI, advirtió –hace unas semanas atrás- de que tiempo después de superada la circulación del virus es posible que ocurran estallidos y rebeldías de una población ganada por el hartazgo.

No sería descabellado que -en esos momentos- del mismo modo que están cambiando las características del trabajo, también se pueda plantear cuestionamientos más profundos al mundo que tenemos.

Está en cuestión que la concentración de riquezas y las ganancias y no la vida, la felicidad o la necesidad, sean el eje de la economía. En el mismo sentido la posibilidad del progreso indefinido está siendo puesta en entredicho, por su responsabilidad en la destrucción del planeta y su población.

Más allá que las dirigencias no dan cuenta del fenómeno, la situación del país y de la región no son muy diferentes a la que se percibe a escala universal. A eso debemos agregar que nuestra región registra la mayor desigualdad del planeta.

En el caso concreto de nuestro país, su decadencia y los riesgos de desintegración son evidentes.

Ya tenemos dicho que las políticas asistencialistas, que son “pan para hoy y hambre para mañana”, no resuelven los problemas.

En el libro ya citado se señalan algunos caminos posibles para cambiar los rumbos y tratar de poner de pie otro modelo social distinto al que nos legara el pensamiento eurocéntrico que predominó, con breves excepciones históricas, desde que fueron derrotados los caudillos federales y se impuso el modelo de la “Generación del 80”.

Esta crisis civilizatoria está por encima de las actuales reyertas entre los poderes de turno y permite atisbar cambios muy profundos que pongan fin a la Argentina diseñada por la “Generación del 80” y recupere el camino de los primeros patriotas y todos los que dejaron su vida en ofrenda a un futuro más libre y solidario, más digno y humano.

De todos modos siempre es bueno recordar que repitiendo el pasado no lograremos un futuro distinto.

Tenemos que recuperar para nuestros tiempos la mencionada consigna que  dice ¡solo el Pueblo salvará el Pueblo! Ella fue bandera de toda una generación y hoy sigue flameando.

Hoy esa idea, junto a la wiphala que reivindica la resistencia de los pueblos originarios, recorre el continente y alimenta vastas luchas de pueblos hermanos de Nuestra América: Colombia, Chile, Perú, Bolivia dan fe de lo dicho.

Estos cambios que se insinúan tienen algunos protagonistas particulares que adquieren relevancia y le dan continuidad a las luchas históricas que sostuvieron los trabajadores.

Entre estos sectores debemos destacar: La juventud, considerada “descartable” por el sistema, que no tiene más que su cuerpo y lo pone al servicio de estos intentos; los indígenas que después de más de 500 años de ocupación, conquista y despojos, profundizan su resistencia procurando reconstruir su identidad; -por último- está la mitad de esa humanidad ignorada, las mujeres que procuran acabar con siglos de patriarcado. Todos sabemos que ellas son la cara del mundo que se está construyendo.