¿Qué debe hacer Argentina con China si quiere desarrollarse?
En un contexto internacional marcado por la disputa entre Estados Unidos y China, el avance de políticas de reindustrialización y la redefinición del comercio global, la relación entre Argentina y el gigante asiático vuelve a ocupar un lugar central en el debate sobre el desarrollo nacional. ¿Qué estrategia debería seguir el país para aprovechar el vínculo con Beijing sin resignar soberanía ni capacidad industrial?
En esta entrevista con Agencia Paco Urondo, el sociólogo y especialista en relaciones internacionales Martín Rozengardt (es director del Observatorio de Coyuntura Internacional y Política Exterior) analiza el ascenso de China como actor central del nuevo orden mundial, el cambio de paradigma en las principales potencias económicas y los desafíos que enfrenta Argentina para construir una política exterior orientada al desarrollo. Además, explica cuáles deberían ser los cuatro pilares de una relación bilateral con China y por qué considera que una estrategia soberana resulta indispensable para fortalecer la industria, la infraestructura y el crecimiento económico del país.
APU: Martín, para empezar quisiera hacerte una pregunta más general. ¿Cómo ves la economía mundial? Hoy aparecen distintas hipótesis sobre el escenario internacional. Una sostiene que vivimos en un mundo con varias potencias —Estados Unidos, China, Rusia— y con un equilibrio inestable entre ellas, marcado por el declive relativo de Estados Unidos. Otra plantea que, en realidad, estamos asistiendo a la transición hacia una nueva hegemonía, con China consolidándose como la principal potencia económica mundial. ¿Dónde te ubicás en ese debate? ¿Cómo imaginás el orden internacional de los próximos 20, 30 o 50 años? Lo pregunto porque entender hacia dónde va el mundo también resulta clave para pensar qué estrategia geopolítica y de desarrollo debería tener la Argentina.
MR: Lo que está claro es que desde la crisis financiera de 2008 comenzó una profunda reconfiguración del esquema de distribución del poder y de la economía mundial que se había consolidado desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Ese es el principal dato: el orden internacional está cambiando. Y cuando se producen transformaciones de esta magnitud aparecen tensiones e inestabilidades muy fuertes.
Lo que todavía no está definido es cuál será el resultado de ese proceso. Pero sí sabemos que uno de los elementos centrales de ese cambio es el ascenso de China o, para quienes tienen una mirada de más larga duración, su reemergencia. Desde esa perspectiva, China no está emergiendo, sino recuperando el lugar que ocupó históricamente antes del llamado "siglo de la humillación".
Al mismo tiempo, también cambió el discurso sobre el desarrollo. Durante las décadas de 1980, 1990 y buena parte de los 2000 predominaban las ideas del libre comercio, la desindustrialización, las cadenas globales de valor y el regionalismo abierto. Hoy vemos exactamente lo contrario: las principales potencias impulsan políticas industriales, promueven la relocalización de empresas, buscan fortalecer su producción nacional y recuperar capacidades estratégicas.
Ese cambio es muy significativo. Porque, mientras durante años se recomendó a los países en desarrollo abrir sus economías y reducir el peso de la industria, las potencias siempre protegieron sus propios sectores estratégicos. Como suele ocurrir, muchas veces la lógica fue: "hacé lo que digo, no lo que hago".
Creo que este nuevo escenario también debería servirnos para reflexionar en la Argentina. La industrialización, las políticas industriales y una estrategia de desarrollo nacional vuelven a ocupar un lugar central en el debate internacional. Y eso nos obliga a revisar muchas de las recetas que durante décadas se presentaron como únicas posibles.
APU: En ese contexto, donde Estados Unidos, Europa y otras potencias vuelven a hablar de reindustrialización, de proteger sus mercados y de atraer nuevamente a las empresas hacia sus territorios, ¿cómo impacta ese proceso en China? Durante décadas muchas inversiones y empresas se trasladaron allí, al punto de convertir al país en la gran fábrica del mundo. ¿Ya se perciben las tensiones derivadas de ese cambio de estrategia de Occidente? ¿Cómo está respondiendo China?
MR: Sí, claramente esas tensiones existen y tienen impacto sobre China. La diferencia, desde mi punto de vista, es que China las viene anticipando desde hace varios años. Desde 2017, y sobre todo desde 2021, sus dirigentes vienen planteando que el crecimiento del PBI iba a desacelerarse. No es un fenómeno que los haya tomado por sorpresa.
Frente a ese escenario, China intenta consolidarse como el principal defensor de la globalización. Su discurso político busca combinar dos ideas: presentarse como representante del comercio global y, al mismo tiempo, como garante del orden y la estabilidad. El mensaje es claro: China demostró que es posible desarrollarse económicamente sin recurrir a la guerra. Es una narrativa que contrapone su experiencia con la de Estados Unidos.
Hay un episodio reciente que ilustra bien esa estrategia. Tras la asunción de Donald Trump, circuló ampliamente la imagen del presidente estadounidense rodeado por los principales empresarios tecnológicos de su país, una foto que simbolizaba un nuevo entendimiento entre la Casa Blanca y las grandes corporaciones. Esa misma semana, Xi Jinping reunió en China a los máximos directivos de compañías globales, entre ellas HSBC, General Motors y grandes empresas alemanas, japonesas y estadounidenses. Con ese gesto buscó transmitir que China sigue siendo un actor indispensable para la economía mundial y un socio central para las empresas multinacionales.
Porque muchas compañías hicieron enormes ganancias gracias al desarrollo chino, y eso sigue siendo un activo para Beijing. Sin embargo, al mismo tiempo, Estados Unidos intenta reducir su dependencia económica de China y fortalecer su propia producción. Europa enfrenta un desafío similar, mientras China busca mantener y ampliar su presencia en esos mercados, por ejemplo mediante la instalación de fábricas de vehículos eléctricos en Europa del Este para competir directamente con la industria automotriz europea.
En definitiva, estamos frente a una tensión muy propia del capitalismo contemporáneo. Por un lado, crecen las disputas comerciales y tecnológicas; por otro, la interdependencia económica entre las grandes potencias sigue siendo enorme. La política arancelaria impulsada por Trump expresó con claridad ese conflicto, pero poco después el propio presidente estadounidense volvió a reunirse con las autoridades chinas para establecer una tregua, reconociendo que esa interdependencia llegó para quedarse.
Hoy conviven esas dos dinámicas: la necesidad de las empresas multinacionales de seguir produciendo y haciendo negocios en China y, al mismo tiempo, la presión de los países desarrollados por recuperar empleos, reducir sus déficits comerciales y fortalecer su industria. Esa es la complejidad del escenario actual.
APU: Recién decías que China se presenta como uno de los principales defensores de la globalización. En ese marco, ¿cómo debería pensar la Argentina su relación con ese país?
MR: Lo primero que hay que decir es que, tanto con China como con cualquier otra potencia, la soberanía es la condición de posibilidad del desarrollo. Si hubo un país que entendió eso fue justamente China. Controlar los sectores estratégicos, preservar márgenes de maniobra y tener capacidad para decidir sobre el propio territorio fueron elementos centrales de su proceso de desarrollo.
Por eso, la discusión no debería plantearse en términos de elegir entre una potencia u otra, entre un imperialismo u otro. La verdadera pregunta es cómo administra la Argentina una relación inevitablemente asimétrica con una potencia como China. Y esa misma lógica también vale para el vínculo con Estados Unidos.
Desde esa perspectiva, la relación entre Argentina y China puede pensarse sobre cuatro grandes pilares. Si queremos construir una nueva etapa del vínculo bilateral, necesitamos una estrategia para cada uno de ellos.
4 Pilares en la relación con China
APU: ¿Cuáles deberían ser esos ejes estratégicos?
MR: El primero es el comercio. Hasta 2008 o 2009 la balanza comercial con China era superavitaria para la Argentina. Después de la crisis financiera internacional, esa situación cambió y comenzó a consolidarse un déficit comercial cada vez mayor. A medida que el país buscó desarrollarse empezó a importar más bienes, y con mayor valor agregado, de los que lograba exportar.
Eso no significa que la relación comercial no sea importante. Al contrario: muchos bienes de capital que la Argentina necesita para desarrollarse provienen de China y hoy no se producen localmente. El problema es que ese intercambio genera un déficit creciente. Por eso hace falta una política inteligente que permita administrar esa relación, sin caer en el proteccionismo indiscriminado, pero tampoco dejando librado todo al mercado. Hay que definir estratégicamente qué sectores conviene proteger y cómo negociar políticamente ese vínculo.
El segundo pilar es el financiamiento para el desarrollo. Acá suele haber una confusión entre inversión y financiamiento. Muchas veces se afirma que China invirtió en determinadas obras en la Argentina, cuando en realidad se trata de créditos para infraestructura que luego el país debe devolver.
Esa diferencia es importante. Si uno compara la relación de Argentina y Brasil con China, observa que en nuestro caso el vínculo estuvo mucho más basado en financiamiento para obras que en inversiones directas de empresas chinas. Hoy las inversiones están concentradas principalmente en la minería del norte argentino, pero todavía queda mucho margen para ampliarlas.
Al mismo tiempo, el financiamiento chino fue clave para proyectos de infraestructura vinculados al transporte, la energía o las represas. Contar con recursos para desarrollar esa infraestructura resulta fundamental porque mejora la competitividad, reduce costos logísticos y fortalece las condiciones para el desarrollo económico.
Entre 2014 y 2021 hubo una etapa especialmente virtuosa, impulsada por la firma de la Asociación Estratégica Integral entre ambos países. Sin embargo, varios proyectos importantes quedaron inconclusos y eso deterioró la confianza de los bancos y de las aseguradoras chinas. Hoy prácticamente el único proyecto que mantiene cierta dinámica es Cauchari II, el parque fotovoltaico de Jujuy, que se convirtió en un caso exitoso de ejecución.
Por eso creo que la Argentina necesita abrir una nueva etapa de financiamiento, probablemente con proyectos de menor escala que permitan reconstruir la confianza y volver a generar condiciones para que China financie obras estratégicas para el desarrollo nacional.
APU: Desarrollaste el comercial y el financiamiento para el desarrollo. ¿Cuáles son los otros dos?
MR: El tercer pilar es la cooperación financiera, cuyo principal instrumento es el swap de monedas entre Argentina y China. Ese acuerdo fortalece las reservas del Banco Central y tiene una característica muy interesante: el yuan puede utilizarse para cancelar vencimientos con el Fondo Monetario Internacional, porque China integra el organismo.
De hecho, hace algunos años la Argentina utilizó ese mecanismo para afrontar un pago al FMI. Fue una experiencia novedosa porque mostró cómo una herramienta de cooperación financiera también puede convertirse en un instrumento de política económica. En un país que enfrenta restricciones estructurales de divisas, contar con ese tipo de herramientas amplía los márgenes de maniobra.
El cuarto pilar es el fundamento político de toda la relación bilateral: el reconocimiento por parte de la Argentina del principio de una sola China. Desde el establecimiento de las relaciones diplomáticas, en 1972, nuestro país sostiene esa posición respecto de Taiwán.
Ese compromiso también tiene una contrapartida muy importante para la Argentina. China es miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y respalda el reclamo argentino por la soberanía de las Islas Malvinas. Existe, por lo tanto, una base de confianza política que sostiene el vínculo entre ambos países y que permite proyectar una agenda de cooperación de largo plazo.
Además, hay un elemento histórico que no debería perderse de vista. Tanto China como la Argentina construyen parte de su identidad internacional a partir de experiencias vinculadas al colonialismo y al imperialismo. Salvando las enormes diferencias de escala entre ambos países, ese punto de contacto facilita un diálogo que, en algunos aspectos, puede inscribirse dentro de la agenda del Sur Global.
Industrialización: ¿sueño imposible?
APU: ¿Cómo puede compatibilizar la Argentina una estrategia de desarrollo industrial con una relación económica cada vez más profunda con China? ¿Es posible aprovechar ese vínculo sin profundizar una inserción internacional basada únicamente en la exportación de materias primas y la importación de productos industriales?
MR: Sí, es posible, pero depende de que las negociaciones con China partan de una perspectiva soberana.
Si la Argentina abre completamente las importaciones de manera desregulada, el principal beneficiario será China y el déficit comercial tenderá a profundizarse. Ahora bien, tampoco se trata de cerrar la economía, porque existen muchos bienes que el país no produce y que necesita para desarrollarse.
La clave está en diseñar una estrategia inteligente. Hay que analizar sector por sector, identificar dónde conviene proteger la producción nacional y dónde resulta conveniente importar tecnología o bienes de capital. Esa decisión no puede quedar librada al mercado: requiere planificación y una fuerte articulación con los sectores productivos argentinos.
Al mismo tiempo, la dimensión comercial debe pensarse junto con la infraestructura. Si el financiamiento chino permite reducir los costos de la energía o mejorar el transporte ferroviario, eso fortalece la competitividad de la industria nacional. Por eso los distintos pilares de la relación bilateral no pueden analizarse de manera aislada.
Muchas veces ocurre una paradoja: gobiernos que mantienen un discurso muy crítico hacia China terminan favoreciendo sus intereses económicos cuando impulsan una apertura comercial indiscriminada. En esos casos, las empresas chinas encuentran un mercado mucho más accesible.
Por eso insisto en que la soberanía debe ser el punto de partida. Una relación inteligente con China exige definir prioridades nacionales, seleccionar cuidadosamente los sectores estratégicos y negociar en función de un proyecto de desarrollo propio. Si esa perspectiva guía la política exterior, el vínculo con China puede convertirse en una herramienta para impulsar el desarrollo argentino.
APU: Para cerrar, si tuvieras que señalar un país cuya relación con China pueda servir como referencia para la Argentina, ¿cuál elegirías? Lo pregunto porque muchas veces aparece el temor de repetir un esquema parecido al que históricamente tuvimos con Gran Bretaña: exportar materias primas e importar productos industriales.
MR: Creo que el caso más interesante para mirar es Brasil. No porque sea un modelo que pueda copiarse mecánicamente, sino porque ofrece algunas enseñanzas valiosas sobre cómo negociar con China desde América Latina.
Cuando Brasil celebró los 50 años de relaciones diplomáticas con China se firmaron más de veinte acuerdos específicos que incluyeron cooperación tecnológica, vínculos universitarios, integración productiva y desarrollo industrial. Es decir, la agenda no se limitó al comercio de bienes.
Además, Brasil intenta incorporar criterios de soberanía en la negociación bilateral. La pregunta no es simplemente cómo se vincula un país con China, sino cuál es el modelo de relación que construyen los países latinoamericanos con una potencia de esas características. Y esa situación es muy distinta a la de Vietnam, Rumania u otros países.
Brasil también mantiene una relación muy profunda con Estados Unidos, incluso más estructural que la Argentina. Sin embargo, eso no le impide negociar con China buscando obtener inversiones, cooperación tecnológica y mayores beneficios para su propio desarrollo. Ahí hay algunas pistas que vale la pena observar.
Al mismo tiempo, creo que la estrategia internacional de la Argentina debería construirse en estrecha articulación con Brasil. Antes de pensar la relación con las grandes potencias, necesitamos fortalecer un vínculo estratégico con nuestro principal socio regional. A partir de esa base será mucho más sencillo ampliar los márgenes de negociación con China, con Estados Unidos y con el resto del mundo.
APU: Nos quedó pendiente una discusión que seguramente dará para otra entrevista: si el declive relativo de Estados Unidos en el plano global puede convivir con un fortalecimiento de su influencia en América Latina y cómo eso condiciona la relación de los países de la región con China.
MR: Exactamente. Hoy vemos que inversiones chinas en Panamá, en Perú o proyectos de infraestructura como el corredor bioceánico están siendo observados cada vez con mayor atención por Estados Unidos. Esa tensión también alcanza a la Argentina y va a ser uno de los grandes temas geopolíticos de los próximos años.
"La clave está en diseñar una estrategia inteligente. Hay que analizar sector por sector, identificar dónde conviene proteger la producción nacional y dónde resulta conveniente importar tecnología o bienes de capital. Esa decisión no puede quedar librada al mercado: requiere planificación y una fuerte articulación con los sectores productivos argentinos"