Gabriel Merino: "Sudamérica está en una década perdida, com fue la de 1980"
El sociólogo y doctor en Ciencias Sociales Gabriel Merino analiza la crisis del orden mundial surgido tras el fin de la Guerra Fría, el ascenso de China, el rol de Rusia y las disputas por la influencia global. En diálogo con AGENCIA PACO URONDO, también examina las oportunidades y los riesgos que enfrenta Sudamérica, el vínculo del gobierno de Javier Milei con Estados Unidos y China, y los desafíos del peronismo para construir una estrategia geopolítica propia.
APU: ¿Se está reconfigurando el orden mundial? ¿La globalización como esquema quedó atrás? Y, si quedó atrás, ¿qué significa en términos prácticos? Se habla mucho del final de la globalización, pero ¿qué significa concretamente?
Gabriel Merino: La globalización quedó atrás o murió como proyecto del Occidente geopolítico. La globalización no significa solamente que exista una economía mundial, algo que ya ocurre desde el siglo XV, con la incorporación del continente americano a la economía afroeurasiática, que ya tenía una gran cantidad de intercambios. En los siglos XV y XVI empieza a conformarse un sistema mundial en ese sentido, con una economía mundial, sus relaciones centro-periferia, sus intercambios comerciales y sus flujos de capital y de trabajo.
Lo que ese proyecto de nueva globalización, impulsado por el Occidente geopolítico, intentó construir fue una estructura de poder global, una gobernanza mundial que, de alguna manera, erosionara completamente la soberanía de los Estados nacionales, desnacionalizándolos y construyendo estructuras de poder mundial. Los tribunales internacionales, el FMI funcionando como si fuera un ministerio de Finanzas de la economía mundial, el Banco Mundial como un ministerio de planificación e infraestructura global, la centralidad del dólar y la Reserva Federal de Estados Unidos formaban parte de ese esquema. También estaba la idea de una moneda global a través de los derechos especiales de giro del FMI y el programa político del Consenso de Washington.
Ese era el programa fundamental, con sus diez puntos, que se imponía como una forma de organización estatal. No era meramente un programa: se imponía y los países tenían que seguir esa receta, un poco como está haciendo Milei ahora, aunque a destiempo. Muchos países siguen ese camino fuera de época. Eso es lo que murió, porque incluso dentro del propio Occidente geopolítico emergieron fuerzas nacionalistas o llamadas soberanistas, que cuestionan ese esquema y se enfrentan a instituciones centrales de aquel proyecto, como la Organización Mundial del Comercio (OMC).
El propio Trump dice que la OMC ya no sirve porque Estados Unidos perdió una parte considerable de su primacía productiva y, por lo tanto, ya no le conviene que existan tribunales que arbitren el comercio mundial bajo el paradigma del libre comercio. Podemos profundizar en los distintos aspectos de lo que murió. Lo que estamos atravesando es una transición: sigue existiendo una economía mundial.
APU: El mundo de la globalización, construido bajo el liderazgo de Estados Unidos después de la crisis de la Unión Soviética, produjo una paradoja: un esquema organizado desde Estados Unidos terminó poniendo en crisis al propio país que lo había desarrollado, a partir del crecimiento de otra potencia, China, que se benefició con esa globalización Ahora el país que creó la globalización quiere cambiar el sistema.
GM También hay que señalar que, desde 2009, con el surgimiento de los BRICS —primero Brasil, Rusia, India y China, y después Sudáfrica—, empezó a configurarse un esquema de poder alternativo. La resistencia a la globalización no viene solamente de Estados Unidos. En América Latina también empezó a desarrollarse una posición contraria al mundo unipolar, al Consenso de Washington y a la globalización financiera neoliberal. Porque, además, el comando de ese proceso está en manos del gran capital financiero transnacional y de sus empresas asociadas.
En Rusia, con el surgimiento de Putin y las políticas vinculadas a la doctrina Primakov, y en China, con el giro de sus políticas a fines de los años noventa y comienzos de los 2000, comenzaron a desarrollarse estrategias más soberanistas. No es casualidad el surgimiento de los BRICS. No se trata solamente de que determinados sectores dentro de Estados Unidos entren en crisis, sino también de que empieza a haber una resistencia al mundo unipolar y a la globalización financiera neoliberal por parte de actores del Sur Global y de la semiperiferia del sistema, que no estaban en el centro de las decisiones.
APU: Hoy se plantea que China ya superó a Estados Unidos como potencia económica. Cuando comparamos a las dos potencias, vemos que hay aspectos en los que sigue predominando la supremacía norteamericana, pero China la está alcanzando en muchos otros. ¿Ese es, más o menos, el diagnóstico?
GM: Si definimos lo económico en cuatro dimensiones, China ya superó a Estados Unidos en varias de ellas. El producto industrial chino equivale o supera al de Estados Unidos, Alemania y Japón juntos; incluso puede sumar a Corea del Sur y otros países. China es el gigante productivo por excelencia, la fábrica del mundo.
En términos tecnológicos, que es otra dimensión, China lidera gran parte de las tecnologías. Hay estudios que analizan 44 tecnologías fundamentales y sostienen que China lidera entre 38 y 39. Otros hablan de más de 70 tecnologías, de las cuales China lideraría más de 60. Son estudios distintos y cada uno tiene sus particularidades, pero lo cierto es que la brecha tecnológica prácticamente ha desaparecido. En inteligencia artificial, Estados Unidos puede tener algunas ventajas en determinados aspectos, como los grandes modelos de lenguaje, aunque esa distancia se redujo mucho con DeepSeek y Qwen 3. En semiconductores, la brecha también se está achicando, mientras que China lidera en otras aplicaciones de inteligencia artificial.
En tecnología, China ya ocupa una posición central y gasta mucho más que Estados Unidos en inversión en ciencia y tecnología si se mide en términos de paridad de poder adquisitivo. En comercio, China también lidera. En finanzas, en cambio, Estados Unidos sigue siendo el número uno y mantiene la primacía del dólar. Creo que esa es la última gran dimensión económica en la que Estados Unidos conserva una posición dominante.
Después hay otros aspectos, como el militar. Allí Estados Unidos tenía una ventaja muy fuerte, pero China ha reducido enormemente esa distancia, incluso en un aspecto clave como el poder naval. En los últimos tres años, China construyó más del doble de capacidad naval que Estados Unidos. El propio Congreso estadounidense y algunas agencias de inteligencia han señalado en informes que Estados Unidos perdió la primacía naval en el Pacífico occidental. Además, China coordina muchas acciones con Rusia. Si bien Estados Unidos puede seguir siendo la primera potencia militar, la segunda y la tercera actúan de manera muy coordinada. Eso genera otro equilibrio de poder en el principal tablero geopolítico mundial, que es Eurasia.
APU: En ese punto aparece el papel de Rusia. Vos planteás que juega en tándem con China. ¿No considerás la hipótesis de que, en realidad, existe un acuerdo tácito entre Rusia y Estados Unidos?
Gabriel Merino: No, para nada. Puede haber ciertos coqueteos y movimientos tácticos a partir de la llegada de Trump, pero la relación entre China y Rusia es estructural. Se inició en 1996, cuando el actual canciller ruso, Serguéi Lavrov, presentó junto con su par chino, en el Consejo de Seguridad de la ONU, un documento sobre la necesidad de avanzar hacia un mundo multipolar.
También aparece allí la doctrina Primakov, que guía los destinos rusos desde 1997 y 1998, sobre todo con Putin: pasar de un mundo unipolar a uno multipolar. Esa multipolaridad se construye en Eurasia y allí aparece el triángulo geoestratégico de Primakov, que no incluye solamente a China, sino también a India. Por eso vemos una relación tan importante entre Rusia e India. India es el principal comprador de armas rusas y, después de la guerra en Ucrania, multiplicó sus compras de petróleo a Rusia.
Ese es el triángulo de Primakov. Después está la prioridad rusa sobre el extranjero cercano, es decir, las antiguas repúblicas soviéticas, hacia las que Estados Unidos intentó expandir su influencia. En Asia Central, Rusia y China acordaron no interferir en sus respectivos intereses y cooperar a través de una organización clave, que hoy tiene una relevancia fundamental: la Organización de Cooperación de Shanghái. Después se sumaron India, Pakistán e Irán. Me parece muy difícil desarmar esa estructura.
El comercio entre China y Rusia supera los 200.000 millones de dólares y hay proyectos de infraestructura muy importantes. A Rusia le conviene ser una gran proveedora de materias primas, sobre todo hidrocarburos, para China, porque lo hace desde una posición soberanista y fortaleciendo sus empresas nacionales. También hay cooperación para desarrollar la ruta del Ártico, la ruta del norte, que beneficia enormemente a Rusia. Tanto China como Rusia se benefician de no tener que preocuparse por sus respectivos flancos oriental y occidental.
Para Rusia, el principal problema siempre fue el flanco occidental. Hoy ya definió que su orientación estratégica es hacia el este. Creo que Estados Unidos se dio cuenta de que cometió un error al empujar tan fuertemente a Rusia hacia China. El resultado fue muy negativo. Las intervenciones en Ucrania para destituir a Yanukóvich, imponer un gobierno prooccidental junto con aliados occidentales y fuerzas internas, y comenzar a construir poder con la OTAN en ese país no tuvieron el resultado esperado.
Estados Unidos esperaba un colapso de Rusia que no ocurrió. Ahora se abre otro escenario, con contradicciones importantes. Por un lado, la administración Trump impulsó sanciones secundarias muy fuertes contra Rusia, tratando de golpear a sus socios, como India. Pero, por otro lado, en una situación electoral muy complicada, Trump también buscó flexibilizar sanciones al diésel ruso y comprar ese combustible para mejorar su desempeño electoral.
Putin y Rusia prefieren una administración como la de Trump antes que una dominada por el sector neoconservador. Los neoconservadores son antirrusos, mientras que el sector nacionalista es algo menos hostil. Por eso a Rusia le conviene una administración como la de Trump antes que una como la de Biden, más vinculada al globalismo y más abiertamente enfrentada a Rusia.
Hay otro dato que me parece importante remarcar. Tres días antes de que Trump asumiera el gobierno, Rusia firmó un acuerdo estratégico integral con Irán. Quienes estudiamos estos temas sabíamos que con la llegada de Trump también ganaría poder un sector importante de los neoconservadores, que buscarían avanzar contra Irán. Rusia, por lo tanto, también cuida a sus socios euroasiáticos. Y recordemos que fue Trump quien autorizó el envío de armas pesadas Javelin a Ucrania en 2018.
Hay que complejizar la mirada y observar los matices entre las administraciones globalistas y las nacionalistas, así como las diferencias entre nacionalistas y neoconservadores.
Estados Unidos, Rusia y China
APU: De acá en adelante, ¿ves una consolidación de tres potencias y sus respectivas zonas de influencia, con un mundo organizado de esa manera y las demás potencias respetando los espacios de cada una? ¿O imaginás un escenario más complejo, en el que también tengan peso otras potencias regionales en las negociaciones internacionales? ¿Qué puede pasar en los próximos diez o veinte años?
GM: Veo más probable el segundo escenario. En primer lugar, todavía no hay un orden mundial consolidado, porque los órdenes surgen cuando hay vencedores y se alcanzan acuerdos, como ocurrió en Yalta y Potsdam después de la Segunda Guerra Mundial. Aquella transición de poder duró entre treinta y cuarenta años, desde 1910-1914 hasta 1945-1949.
Hoy estamos más cerca del escenario de los años treinta que del de 1945-1949: atravesamos una guerra mundial híbrida y fragmentada.
En segundo lugar, creo que la idea de las zonas de influencia es un discurso muy estadounidense, que busca asegurar lo que Washington denomina hemisferio occidental. Estados Unidos necesita hacerlo en medio de un repliegue estratégico, después de una serie de resultados negativos en Ucrania, en Irán y en la guerra comercial y tecnológica contra China. En ese contexto, plantea que debe asegurar su propio hemisferio.
Esa región, especialmente Sudamérica y el espacio al sur de Colombia y Venezuela, puede constituirse como un polo emergente y actuar como un actor geoestratégico propio. La clave para que eso suceda es la articulación entre Argentina y Brasil, algo que se intentó y funcionó parcialmente entre 2002 y 2015-2016.
APU: ¿Estados Unidos puede replegarse sobre América?
GM: Estados Unidos no puede permitir que China se quede con Asia-Pacífico, que representa aproximadamente la mitad de la economía y de la población mundial. Si aceptara decir «yo me quedo con el hemisferio occidental y vos con Asia-Pacífico», significaría que perdió. Tampoco puede permitir que Rusia consolide su posición central en Eurasia, un espacio estratégico que además se abre al Ártico y amenaza posiciones estadounidenses en Europa occidental, una de sus principales cabezas de puente en Eurasia.
Estados Unidos tiene un problema geográfico: es una isla-continente, mientras que el gran tablero geopolítico está en Eurasia. Si Eurasia se articula, eso representa un problema enorme para Washington. Por eso considero que el discurso de las zonas de influencia tiene mucho de estrategia estadounidense.
Las potencias emergentes no están necesariamente interesadas en establecer zonas de influencia tan rígidas ni en organizar el mundo en bloques cerrados. Por eso digo, de manera provocativa, que China y Rusia se mueven con una suerte de internacionalismo soberanista. Cooperan en los BRICS, en la Organización de Cooperación de Shanghái y en la construcción de un nuevo banco de desarrollo, pero buscan fortalecer su soberanía y ampliar su margen de maniobra como actores políticos y estratégicos en sus regiones.
Es otra dinámica de poder. Intentan construir asociaciones, no alianzas rígidas. Rusia y China tienen asociaciones profundas con Irán, y es evidente el respaldo que ambas le dieron durante el conflicto con Israel y Estados Unidos. China también viene contribuyendo a desarticular el cerco económico contra Irán a través de la cooperación que comenzó a desarrollarse en 2021 y 2022, con el acuerdo alcanzado en Beijing.
La idea es construir asociaciones antes que alianzas. ¿Qué harían China y Rusia en Asia Central si se organizaran en zonas de influencia rígidas y tuvieran que disputar cuál de las dos manda en cada lugar? Eso conduciría al conflicto. En cambio, cooperan para evitar que, en ese bajo vientre que es Asia Central, intervenga o interfiera el Occidente geopolítico de una manera que afecte sus intereses. Creo que tenemos que entender de otra manera la dinámica actual y la relación entre estas potencias.
APU: China se convirtió en la gran fábrica del mundo, pero sus manufacturas también avanzan sobre las industrias de los países con los que comercia. ¿No puede generarse una tensión en ese punto? China tiene una enorme capacidad productiva y podría plantear que el mercado defina quién gana: sus manufacturas son más baratas y, por lo tanto, pueden desplazar a las de otros países. ¿No existe ese riesgo, tanto para Rusia como para otros países de desarrollo medio?
GM: Sí, existe. Pero creo que la tensión principal hoy se produce con el Norte Global, porque China está compitiendo con Estados Unidos, Europa occidental y Japón en sectores donde antes tenían el monopolio: los productos tecnológicamente más avanzados y de mayor valor agregado.
Todo estaba bien cuando China ensamblaba iPhones a diez dólares por pieza. El problema aparece cuando llegan gigantes como Xiaomi y Huawei, con sus propios teléfonos inteligentes, y empiezan a competir con Apple. Ese es el gran problema del Norte Global. No había inconvenientes con una China que funcionara como fábrica y ofreciera mano de obra barata para las empresas transnacionales. El problema aparece cuando China desarrolla tecnología avanzada, grandes maquinarias, autos eléctricos y otros productos de alto valor agregado.
Por supuesto, todos los países van a tener que administrar su relación comercial con China. Por eso considero que sería un error garrafal adoptar un esquema librecambista. Siempre lo consideré así, aunque tampoco se trata de avanzar hacia una autarquía total, porque eso genera economías ineficientes. Mucho menos en una economía de desarrollo medio como la Argentina, con su estructura social y productiva.
La autarquía no es una solución, pero tampoco lo es el librecambismo si queremos construir complejidad productiva. Esto vale ahora con China, como antes valía con Estados Unidos. En su momento, los sectores industriales y productivos rechazaron de manera contundente el ALCA, el Área de Libre Comercio de las Américas, porque implicaba poner en un mismo esquema de libre comercio dos estructuras completamente diferentes: la de Estados Unidos y la de los países del Mercosur. Con China hay que tener todavía más cuidado.
Lo que necesitamos es una estrategia. ¿Cómo lo hace Rusia? Protege los sectores que considera estratégicos y en los que quiere impulsar su industria. China puede aceptar ese esquema porque, en lugar de venderle productos finales, le vende insumos y máquinas. Así hace negocios en los dos niveles. Si vos querés avanzar en la sustitución de importaciones, ¿a quién le vas a comprar buena parte de las máquinas y de los insumos industriales? Probablemente a China.
Creo que existe margen para industrializarse también a partir de la relación con China. Indonesia, por ejemplo, decidió dejar de exportar níquel crudo y procesarlo en su propio territorio. China aceptó las nuevas condiciones y comenzó a invertir en refinerías de níquel en Indonesia, contribuyendo al desarrollo de esa industria.
En ese sentido, China no actúa necesariamente como lo hacía el patrón imperialista occidental, que utilizaba intervenciones político-militares para beneficiar sus propios procesos de acumulación. Sin embargo, genera una enorme asimetría. Por eso digo que hay que evitar a toda costa una nueva dependencia y esas asimetrías.
El rol de Sudamérica
APU: Te llevo a Sudamérica. Leí un artículo tuyo y, por supuesto, corregime si lo interpreté mal. Planteabas que, por un lado, hay una oportunidad para la región en este mundo complejo, con distintas potencias y bloques, porque Sudamérica podría constituirse como un bloque propio y negociar desde esa posición. El escenario internacional habilita esa posibilidad, pero al mismo tiempo existe un riesgo importante: Estados Unidos se está replegando sobre la región y va a aumentar las presiones sobre Sudamérica, particularmente sobre Argentina y Brasil. ¿Lo ves de esa manera?
GM: Sí, exactamente. Esa es nuestra complejidad. Lamentablemente, no estamos pudiendo aprovechar al máximo este escenario de multipolaridad para actuar como un polo propio en un mundo relativamente multipolar. Insisto con lo de relativo porque tenemos dos grandes superpotencias, Estados Unidos y China; después aparece Rusia, bastante más atrás, y luego otros actores, como India. En otro nivel empiezan a jugar países como Brasil.
La cuestión central es que no estamos pudiendo aprovechar esa oportunidad. No es casualidad que la década 2015-2025 haya sido, en términos de crecimiento e indicadores económicos y sociales, peor que la década perdida de los años ochenta para la región. Vinculo ese estancamiento con el abandono de una estrategia autonomista regional. Perdimos capacidades soberanas y quedamos subordinados a otra dinámica.
APU: Decías que la década que va de 2015 a 2025 fue una década perdida para la región, incluso peor que la famosa década de 1980. ¿Por qué perdimos esa década? Uno podría decir que fue un período en el que creció mucho el comercio con China y en el que aumentó su peso en América Latina.
GM: El auge del comercio con China había comenzado antes, a principios de los años 2000. De hecho, el superciclo de los commodities estuvo vinculado con la demanda china y con el crecimiento de los grandes núcleos industriales de Asia-Pacífico.
Lo que ocurrió fue que dejamos de aprovechar esa relación comercial y los excedentes que generaba para impulsar proyectos productivos, desarrollar infraestructura y proteger la industria. Volvimos a un neoliberalismo periférico, de la mano de un giro conservador y de la desarticulación regional. Se desarticularon la Unasur y los procesos autonomistas. Dejamos de actuar y de pensarnos como un pueblo emergente.
Es cierto que dependíamos de los precios internacionales, pero no es casualidad que ya en 2009, 2010 y 2011 algunos de los poderes fundamentales del Estado profundo estadounidense comenzaran a considerar una amenaza para su seguridad nacional a los procesos que se desarrollaban en la región. Eso aparece en documentos de aquellos años y apunta claramente, por ejemplo, contra la Unasur.
En 2012 surgió, bajo una estrategia de orientación globalista, la Alianza del Pacífico, que contribuyó a fracturar la región. Colombia y Chile quedaron articulados con el Acuerdo Transpacífico, una iniciativa que involucraba a doce países y que buscaba establecer las reglas del capitalismo del siglo XXI, contener a China y limitar el ascenso de los países emergentes.
A partir de 2014 comenzaron a acumularse problemas en la región, con golpes e intervenciones más o menos explícitas. Por supuesto, no se trata solamente de un actor externo: también hay fuerzas políticas y económicas internas que impulsan ese esquema. En su momento, algunos sectores locales se aliaban con Inglaterra para mantener una estructura semiperiférica frente al Norte industrial, que buscaba desarrollar un proyecto nacional. Aquella disputa desembocó en la guerra civil. En nuestro caso no llegamos a un conflicto de esa magnitud, pero hay que entender que la dependencia no es solamente un fenómeno externo: también tiene raíces internas.
Creo que estamos atrapados en esa dinámica. Y algo parecido le pasa a Europa. Muchas veces se habla del Sur Global como si fuera un espacio homogéneo, pero existe una gran divergencia dentro de él. Una cosa ocurre en Asia y en algunos países africanos y otra muy distinta en América Latina, que no está siguiendo el mismo proceso de ascenso de las economías emergentes.
También tenemos que reconocer nuestros propios problemas. El programa económico y social que buscaba democratizar el capitalismo periférico, distribuir más ampliamente las rentas de los commodities, ganar soberanía y fortalecer la cooperación regional comenzó a mostrar sus límites hacia 2011 y 2012. Perdió fuerza frente a los nuevos desafíos geopolíticos y geoeconómicos.
Creo que ya no existen las mismas condiciones para aquel programa progresista de democratización del capitalismo periférico. Las condiciones económicas, geopolíticas y mundiales cambiaron y se necesita otro programa. Las comparaciones pueden resultar odiosas, pero podríamos pensar en lo que ocurrió con el yrigoyenismo a partir de 1928, 1929 y 1930: se desmoronó la hegemonía británica, se generalizó la disputa geopolítica, cayeron los precios internacionales de los commodities y dejó de ser posible democratizar la renta agraria. Aquel programa, que no era solamente nacional, se pulverizó porque ya no existían las condiciones para sostenerlo.
Algo parecido ocurrió después en nuestra región. Por eso, entre 1943 y 1945 emergió otro programa de cambio mucho más estructural, apoyado también en otra fuerza social. Todavía no apareció algo equivalente en América Latina.
APU: Quiero llevarte a Milei y a la relación con Estados Unidos. Uno podría decir que existe una subordinación política total, incluso sobreactuada, con Trump. Sin embargo, en lo económico el comercio con China sigue fluyendo, las empresas chinas ganan licitaciones e incluso les ganan licitaciones a empresas argentinas, mientras el Presidente sale a insultar a los empresarios nacionales, que tienen o tuvieron mucho poder en el país. Es como si Estados Unidos quisiera recuperar el liderazgo sobre la región y tener gobiernos subordinados políticamente, pero al mismo tiempo existiera cierto margen de acción en el terreno económico. ¿Cómo entendés esa relación?
GM: Estados Unidos y quienes toman las decisiones en ese país saben que, si no comerciás con China, el proyecto de neoliberalismo periférico semicolonial se vuelve inviable, incluso en un esquema de protectorado. ¿A quién le vas a vender soja, hierro y otras materias primas? Es evidente que la principal plataforma industrial del mundo es China y que toda la región de Asia-Pacífico va a demandar enormes cantidades de materias primas que Sudamérica comercializa.
¿Qué quiere Estados Unidos? Intermediar en ese comercio. Por eso digo que podemos volver a un esquema parecido al de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII, cuando el Cerro de Potosí producía una parte importante de la plata mundial y gran parte de esa plata terminaba en China. China representó aproximadamente un tercio de la economía mundial hasta comienzos del siglo XIX.
Las potencias europeas buscaban convertirse en actores centrales del comercio afroasiático, especialmente con Asia-Pacífico. A partir de ese comercio y de la plata construyeron sus armadas y sus imperios coloniales. La industrialización llegó mucho después, sobre todo en el siglo XIX, cuando también comenzó la subordinación de China y el llamado siglo de la humillación, marcado por las guerras del opio impulsadas por los británicos.
Creo que el problema de nuestra región es caer nuevamente en esa lógica: seguir comerciando con China, por supuesto, pero sin soberanía, de manera completamente subordinada y mediada por otros actores.
El peor escenario sería una subordinación político-estratégica total a Estados Unidos, sin margen de maniobra, combinada con un programa de neoliberalismo periférico que vende materias primas a China de manera intermediada y entrega toda la complejidad productiva que todavía conservamos y que resulta fundamental para sostener el desarrollo.
Ya lo vimos con Bolsonaro. Era un aliado muy cercano de Trump, pero su vicepresidente, Hamilton Mourão, viajó a China. Existe una relación económica inevitable entre China y Brasil. Lo que China tiene que entender es que Brasil forma parte del hemisferio occidental.
Ese esquema también avanza con Milei. La relación con China queda administrada, en última instancia, bajo las condiciones que establece Estados Unidos: qué se puede hacer y qué no. Por ejemplo, se restringen las posibilidades de cooperación con China en ciencia, tecnología e infraestructura estratégica. No se pueden construir centrales nucleares con ese país ni comprarle armamento; tampoco se contempla la compra de armas a Rusia. Esas restricciones limitan el margen de decisión argentino.
Y el peronismo
APU: Para terminar, seguimos en la Argentina. Más o menos sabemos cuál es la orientación de Milei, pero ¿qué estás viendo en el peronismo respecto de estas discusiones? ¿Hay un solo peronismo o también existe una discusión interna acerca de dónde posicionarse y qué estrategia adoptar en este nuevo mundo?
Gabriel Merino: El peronismo está bastante fragmentado y perdido en ese sentido. Lo mismo ocurre con las fuerzas nacionales y populares. Me parece que hay un primer problema fundamental: la falta de un diagnóstico adecuado. Muchos están pensando este escenario como si fuera el de la Guerra Fría, pero existe una diferencia fundamental. No estamos ante un mundo bipolar ni ante una hegemonía estadounidense consolidada. Estamos en un escenario de transición.
Tampoco hay bloques cerrados, sino otra dinámica. Es más parecido a lo que planteaba el papa Francisco cuando hablaba de una tercera guerra mundial en cuotas: una guerra mundial híbrida y fragmentada.
El peronismo tiene un problema de diagnóstico, pero también dejó de pensar algunos puntos fundamentales de la geopolítica de Perón. Uno es la tercera posición. Si en el siglo XX había que pensar una tercera posición entre dos grandes potencias, ahora tenemos que preguntarnos cuál es la tercera posición en el siglo XXI. La respuesta debería ser construir un pueblo emergente en un escenario multipolar.
Otra clave que una parte del peronismo abandonó es el continentalismo. Hay que avanzar hacia una integración continental. Perón señalaba que en América existen dos grandes orientaciones de integración: la anglosajona y la hispanoamericana o iberoamericana. Lo que había que impulsar era la integración hispanoiberoamericana, no la anglosajona, porque esta última nos deja en una posición subordinada y periférica. Ese es otro de los aspectos del pensamiento peronista que no se recuperan suficientemente.
También creo que hubo tres grandes derrotas del nacionalismo popular después de la dictadura. La primera fue aceptar al Occidente geopolítico como espacio de pertenencia, cuando el peronismo se había pensado desde una perspectiva iberoamericana, hispanoamericana y de tercera posición.
La segunda fue abandonar el horizonte del justicialismo como modelo económico y social. El justicialismo no supone producir capitalísticamente y distribuir justicialísticamente. Es una concepción integral, un modelo económico, político y social que articula de otra manera la propiedad pública, cooperativa y privada. Tiene otra orientación respecto del capitalismo, aunque eso no significa negar la existencia del capital o del mercado.
La tercera derrota fue aceptar la democracia liberal en lugar de recuperar la idea de democracia social que proponían el peronismo y las fuerzas nacionales y populares. Esa democracia social aparece en los planes quinquenales y es diferente de la socialdemocracia. Está fuertemente inspirada en la idea de comunidad organizada, que no proviene solamente de la doctrina social de la Iglesia, sino también de las concepciones de las fuerzas populares que el peronismo sintetiza y que tienen distintas influencias.
Todo eso hay que repensarlo. No alcanza con repetirlo como una consigna. Puede ayudarnos mucho a comprender la etapa actual, que tiene ciertos puntos de contacto con el período de transición del poder mundial en el que emergió el peronismo, aunque, por supuesto, las circunstancias son diferentes.
Todos los países van a tener que administrar su relación comercial con China. Por eso considero que sería un error garrafal adoptar un esquema librecambista. Siempre lo consideré así, aunque tampoco se trata de avanzar hacia una autarquía total, porque eso genera economías ineficientes. Mucho menos en una economía de desarrollo medio como la Argentina, con su estructura social y productiva