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Dossier //// 22.08.2020
Los odiábamos con todo nuestro miedo

Este intertexto realizado con comunicados, dichos y la literatura de Humberto Costantini desplegada en “Testimonio…” y fragmentos de Libro de Trelew, vienen a dar una pequeña muestra del trabajo minucioso, poético, épico sobre la fuga y los hechos que la rodearon, como sólo lo pudo escribir “Cacho”.

Intertexto: Norman Petrich | Ilustración: Leo Olivera

“A las 3:30 de hoy, los 19 terroristas que se encontraban detenidos en la Base Aeronaval “Almirante Zar” de Trelew, Chubut, después de haberse entregado en la noche del 15 del corriente a la autoridad militar de la Zona de Emergencia del aeropuerto civil de esa ciudad –que había sido copado tras la fuga de otros extremistas- intentaron una nueva evasión en masa.

En tal oportunidad tomaron el despacho del segundo jefe de la Base, capitán de corbeta Luis Emilio Sosa, aprovechando se les había permitido concurrir a ese lugar con el argumento de formular un petitorio basado en un supuesto enfermo necesitado de urgente atención. Tras ello, ocuparon la sala de armas, apoderándose de algunas de grueso calibre con el propósito de abrirse paso hacia el exterior. El intento no prosperó, pues los dispositivos de seguridad y de emergencia funcionaron rápidamente.

Como consecuencia del enfrentamiento, murieron 13 terroristas y quedaron otros seis heridos”. (TELAM)

“Sí, señor, mucho miedo, usted lo ha dicho bien, un miedo sucio. Y rabia, una rabia mordida, basilisco, una rabia dolor de no poderlos. Verlos así, tan ellos, tan simplemente ellos, tan vivos, tan muchachos, ¿tan libres, dice?, bueno, sí, tan libres. Los odiábamos con todo nuestro miedo.

Por las noches andaban, trate de comprenderlo, andaban, se nos subían al sueño, en grupos, en bandadas, qué sé yo, se acercaban, cantaban, me parece, pero lo peor de todo: se reían.

Ah, era insufrible aquella risa, usted no sabe. Era tocarle el culo a la marina, así. Conocernos el miedo, destaparnos. ¿Cómo lo podrían ver?, yo me pregunto, cómo lo podrían ver al miedo, ellos, ellos tan luego, desnudos como ranas, solos, enfermos, abombados de hambre y de palizas. No les ladraba un perro y se reían. En sueños, claro, pero se reían, se nos reían, señor, dueños de qué se yo, conocedores, nos sabían el miedo, nos rondaban, nos miraban las noches, se reían.

Por eso fue, señor, para que se callaran, para hacerlos callar, para que nunca más, para que vieran. En fila, claro, en fila los pusimos, como siempre. Gritamos el mentón contra el pecho, no fuera que miraran, no fuera que se pusieran a mirar. Los insultamos, mucho, para darnos coraje, ¿cómo si no?, la PAM me transpiraba de miedo en esta mano, yo no sé si quería, yo me hubiera ido, pero alguien disparó. Cayeron varios, otros ganaron los calabozos. Entonces yo me vi tirándoles, gritando para tapar el miedo, entre el olor a pólvora y los gritos, van a cantar carajo, entre la sangre, entre quejido y los cuerpos cayendo, ríanse de la armada hijos de puta, disparábamos. Las mujeres, había varias mujeres, señor, son duras de morir, las rematamos, recorrimos heridos a balazos, prolijamente recorrimos las celdas rematando, matando, se quisieron fugar, se nos fugaron, nos trepaban al sueño, se reían, se nos siguen riendo, tengo miedo”. (Testimonio de un suboficial que intervino en los sucesos de Trelew)

“Al realizar el jefe de turno una recorrida de control en los alojamientos de los detenidos, mientras los mismos se encontraban en el pasillo, al llegar a uno de los extremos es atacado por la espalda por el detenido Mariano Pujadas, quien logra sustraerle la pistola ametralladora con la que iba armado.

Escudándose en el mismo, intentan evadirse. El jefe de turno logra zafarse y es atacado a tiros, resultando herido. En tal circunstancia la guardia contesta el fuego contra los reclusos que se avalanzaban hacia la puerta de salida, encabezados por Pujadas.

Se inicia así en el local un intenso tiroteo a raíz de cual resultan muertos: Mariano Pujadas, Jorge Alejandro Ulla, Adrián Humberto Toschi, Carlos A. Astudillo, Eduardo A. Capello, Humberto S. Suárez, Mario E. Delfino, José R. Mena, Carlos Alberto del Rey, Clarisa Rosa Lea Place, Susana Lesgart, Ana María Villareal, María Sabelli.

Quedan heridos: Rubén Pedro Bonet, Miguel Ángel Polti, Miguel Alberto Camps, Alfredo Elías Kohan, René Ricardo Haidar, María Antonia Berger. Los que son de inmediato atendidos en la Zona Sanitaria de la Base, no obstante lo cual fallece Miguel Ángel Polti, el resto fue evacuado a Bahía Blanca”. (TELAM)

“ESTOY DESILUSIONADO. VENÍAMOS A LIQUIDARLOS A TODOS Y ESTÁN VIVOS. SI SE HUBIERAN ANIMADO A DISPARAR UN TIRO, NO DEJÁBAMOS NI A UNO. PERO SE RINDIERON, LOS MUY COBARDES”. (Dicho por el teniente coronel Muñoz a Primera Plana luego de la rendición en el Aeroparque).

“ESPERÁBAMOS UNA RESISTENCIA FEROZ, PERO SON UNOS PATOTEROS. NO PELEAN, SON UNOS CAGONES”. (Dicho por otro oficial que acompañaba a Muñoz).

“LA PRÓXIMA VEZ NO VA A VER NEGOCIACIÓN. LOS VAMOS A CAGAR A TIROS, SIN TANTOS MIRAMIENTOS”. (El capitán Sosa, a los detenidos en la base aérea).

“¡SI SEREMOS BOLUDOS! EN LUGAR DE MATARLOS, LOS ESTAMOS ENGORDANDO”. (El teniente de corbeta Roberto Guillermo Bravo a los detenidos, mientras comían en la base).

“AHORA VAN A SABER LO QUE ES EL TERROR ANTIGUERRILLA”. (Dicho por Bravo).

“AHORA VAN A VER QUÉ ES LA MARINA”. (Dicho por Bravo o Sosa, antes del asesinato).

“LA ARMADA NO ASESINA. NO LO HIZO JAMÁS, NO LO HARÁ NUNCA…

LO HECHO, BIEN HECHO ESTÁ. SE HIZO LO QUE SE TENÍA QUE HACER. NO HAY QUE DISCULPARSE PORQUE NO HAY CULPA…

LA MUERTE ESTÁ EN EL PLAN DE DIOS, NO PARA CASTIGO SINO PARA REFLEXIÓN DE MUCHOS. (Dicho por el comandante de la aviación naval capitán de navío Horacio Mayorga en la base Almirante Zar el 5 de setiembre de 1972)

Libro de los hechos de Trelew, el libro sobre la matanza de la base naval de Trelew, en la provincia de Chubut, durante la madrugada del 22 de agosto de 1972.

Libro de los hombres nuevos, también; de los muchachos que, despojados de todo temor y de toda mezquindad, levantaron sus armas contra la dictadura; desearon para todos los hombres una fecunda patria socialista.

Por ese entonces la represión se había desatado con gran violencia en todo el vasto territorio argentino; desde Misiones hasta la Patagonia, desde las provincias de Cuyo hasta las tierras del Atlántico, la vara ensangrentada de la represión cobraba innumerables víctimas.

Hombres y hombres desaparecían sin que volviera a saberse de ellos, oscuras comisiones policiales sobre dirigentes obreros; adiestradas bandas armadas sobre los militantes, sobre los defensores de presos políticos.

Así es como se extiende sobre el campo una incontenible plaga, así se había extendido sobre todo el país la tortura, los golpes y la picana eléctrica, el aplastamiento y los refinados inventos para el dolor y la vejación, ellos eran un quehacer cotidiano de policías y también de militares.

Y las cárceles apenas daban abasto para contener a tanto perseguido político; los sitios para la represión, colmados hasta el hacinamiento.

Porque para enfrentar a los asesinos habían nacido las organizaciones de combate; para defender a los oprimidos, los luchadores del pueblo.

Ellos eran llamados delincuentes y también enemigos de extrema peligrosidad; porque para combatir a las fuerzas armadas, habían aprendido a manejar las armas; para derrotar a la violencia, ellos utilizaban a la violencia.

A raíz de lo cual, muchos de los prisioneros, aquellos a quienes la dictadura más temía, fueron concentrados en la lejana cárcel de Rawson; los más aguerridos entre los defensores del pueblo, en la unidad carcelaria de Rawson, en la provincia de Chubut.

Y ellos; paulatinamente se habían despojado de toda mezquindad y de todo temor; con paciente trabajo se habían construido a sí mismos: habían ido haciendo un revolucionario del obrero; un combatiente de la revolución del estudiante o de la muchacha con deseo de justicia.

Organizaron minuciosamente sus días y sus noches; con seriedad de alumnos aplicados decidieron acerca del barrido de los pisos, acerca de los cursos, de la gimnasia, de las reuniones de estudio; paso a paso rindieron sus exámenes en la difícil escuela.

Hombres de ERP, de FAR y de Montoneros barrieron y limpiaron juntos, juntos asimilaron los nuevos conocimientos, rieron juntos de los mismos chistes; con parecidas palabras discutieron acerca de sus diferencias ideológicas; en medio de las discusiones un nuevo lazo, el de la amistad, los iba uniendo fuertemente.

Juntos además pelearon por las mismas conquistas, el arma de los cuerpos que habían conocido las torturas se blandió con vigor; la huelga de hambre forzó las puertas de pequeñas mejoras, insignificantes beneficios con trabajosa lucha.

Porque con prepotencia amaban la vida, la alegría y la amistad, más valiosas que el alimento; la solidaridad, como un bálsamo para los conocedores del dolor y el aislamiento.

Pero he aquí que esta pequeña gran batalla no alcanzaba a conformar sus corazones; todos ellos deseaban recuperar prontamente su libertad; atravesar los portones de hierro de la cárcel para volver a enfrentarlo.

La idea de una fuga como pequeñísima llama oculta entre frazadas; como una luz escondida en un rincón oscuro de la celda.

Hasta que la fuga fue decidida una mañana; el minucioso operativo que les devolvería la libertad, que declarado significa lucha.

Sabiendo que desde afuera de la cárcel otros muchachos y muchachas trabajaban y se reunían también, juntos preparaban el apoyo de las tres organizaciones de combate al operativo de fuga.

Mil quinientos hombres armados, alrededor del penal; aviones, elementos antiguerrilla, policías, soldados y gendarmes; los datos iban llegando y eran cuidadosamente evaluados; las fuerzas del enemigo; estudiadas como un libro de texto.

Y los guardias no sabían que estaban vigilando a los hombres nuevos, ignoraban quién podía ser esta gente de hablar sesudo; esos muchachos y muchachas de manejar palabras en las nubes.

Gente de decir “coyuntura”, de decir “la batalla a nivel ideológico”; gente de aplicarse a las tareas de cebar mate o de barrer con la seriedad de quien cumple una misión de vida o muerte.

Gente mansa y alegre (éste era el pensamiento de los guardias), hermosas muchachas de sonrisa fácil, larguiruchos a quienes era una risa verlos tan seriecitos haciendo sus estúpidas reflexiones.

¿A dónde está el peligro de esta gente? (este era su pensamiento) ¿para qué tanto cuidado con los devoradores de libros?; ¿qué podrán intentar los cumplidores de tareas, los barredores de pisos, los capaces de ayunar como faquires por sólo unos minutos de recreo?

Y aún esta ignorancia de los guardias era cuidadosamente evaluada; debilidad del enemigo dentro del penal, se traducía; debilidad de hombres acostumbrados a tratar con delincuentes, ciegos desconocedores de la capacidad del hombre nuevo.

Apenas un susurro en una pieza saturada de Buenos Aires; apenas unas palabras en voz baja entre los compañeros del ERP, de FAR y Montoneros; éstos son los horarios, éstas son las costumbres del enemigo.

Y el 15 de agosto de 1972 comenzó el camino hacia la libertad; a las seis de la tarde, las primeras acciones del operativo.

Apenas unas palabras en voz baja; sólo la escueta orden de no resistir; en la mano, el brillo acerado de una pistola.

No palabras de odio en los largamente torturados, no insultos y venganza en los portadores de vejaciones y de insultos; sólo breves y precisas palabras subrayadas por el brillo del arma.