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Dossier //// 19.05.2021
La herida abierta de los años 90, por Jorge Giles

La década de los 90 sigue latente como una herida abierta en nuestra identidad. El autor de esta nota nos invita a seguir debatiendo sobre esos tiempos hostíles pero también de luchas que resultaron trascendentes para seguir avanzando y fortaleciendo la democracia, los derechos humanos y nuestra memoria colectiva.

Por Jorge Giles

Arrancaré diciendo que la década de los 90 permanece vivita y coleando entre nosotros. De ejemplo, allí está la herida abierta en nuestra identidad de país soberano con la privatización del rio Paraná, que desde 1995 hasta cambió de nombre: “Hidrovía” lo llamaron. 

No es una provocación decirlo, ni es un bajón admitirlo; es la realidad efectiva que debemos a esa casta de dirigentes travestidos que introdujo el neoliberalismo en nuestras orillas y que después legaron a vastos sectores de las nuevas generaciones, sus gustos, sus modismos, la resignación presentada como “lo políticamente correcto”, su determinación por la “correlación de fuerzas”, como si fuera un “San Benito” inexcusable a la hora de decidir políticas en cada coyuntura. 

Es decir, junto al proceso privatizador y al desguace de la economía nacional, los noventa no fueron sólo un momento de la política; fueron una forma de concebir y practicar la política y cuyos rasgos son posibles encontrarlos ahora mismo en bolsones varios de la gestión estatal y no estatal. 

Producida la “transformación” del peronismo menemista en agente vernáculo (perdón por la palabra) del cambio neoliberal dominante en el mundo, la militancia adoptó tres posiciones, más o menos irreductibles: estaban los que se amoldaron a los nuevos vientos y participaron entusiastamente del proceso político abierto con la presidencia de Menem; estaban los que defraudados y angustiados optaron por refugiarse en sus casas, y estábamos los que con una anchoa en el bolsillo, como decía Germán Abdala, nos decidimos a resistir y cruzar el desierto sin bajar ninguna de nuestras históricas banderas. 

Si la dictadura se llevó a nuestros mejores compañeros y a nuestras  mejores  compañeras, el neoliberalismo de los años noventa venía para llevarse lo que quedaba en pie de nuestras ideas, nuestras convicciones y nuestras utopías. Así pensábamos nosotros en aquellos años. Y así seguimos pensando. Algunos. 

Vale señalar que ni antes ni después nuestros análisis y prácticas estaban determinados por calificaciones o descalificaciones personales; a tal punto que muchos actores de una u otra posición adoptada, se encontraron navegando después y en otros tiempos políticos, en barcas semejantes.  

Pero a la hora de definir y caracterizar la década de los 90 debemos ser claros y contundentes: en esos años de finales del siglo XX se libró la batalla más feroz entre el olvido y la memoria en tiempos de democracia. Allí se nos iba la vida, porque el campo de batalla era la sociedad toda, pero particularmente, la batalla era por la memoria histórica del peronismo. 

El país del olvido venía triunfante y al galope montado sobre una época universal signada por el fin del socialismo real y el fin de las ideologías, y no conforme con ello, arremetió contra los asuntos pendientes de la antigua disputa entre pueblo y nación. 

Nos arrinconaron contra las ruinas de la historia del país inconcluso que era el país peronista. Nos estigmatizaron como fantasmas de un viejo pasado que no vuelve más, decían. “Se quedaron en el 45”, nos gritaban. “No entienden nada”, vociferaban. Y claro que no entendíamos la posmodernidad de un país donde el almirante de la fusiladora, Isaac Rojas, se abrazaba con Menem mientras  Álvaro Alsogaray  simulaba canturrear la marcha peronista junto a su hija María Julia y junto a los dirigentes, partidarios y sindicales, del justicialismo oficialista invitados al banquete. La banalización de la política corrió todos los telones y los dirigentes se mostraban exultantes al lado de nuestros viejos verdugos; los verdugos del peronismo. 

La dictadura nos desapareció y esa republiqueta de la entrega, buscaba terminar la faena cocinándonos a fuego lento. Fue una batalla palo y palo y con final abierto, hasta que se instaló la Carpa blanca de los maestros y ya se sabe, cuando las tizas escriben sobre el pizarrón del viento, lo mejor de la historia popular reverdece en antiguas y nuevas rebeldías. La Carpa fue el punto de apoyo y unidad de todas las energías fragmentadas del campo popular y por ende, el definitivo punto de fuga de la base de sustentación que le quedaba al menemismo gobernante.  

Eternamente gracias a maestros y maestras y dirigentes como Mary Sánchez, Marta Maffei, Stella Maldonado y Hugo Yasky, entre otros protagonistas de esa proeza, antesala organizada de las puebladas del 19 y 20 de diciembre de 2001 cuando cayó el telón de aquella década.  

Los 90

El descenso al infierno caía en pendiente pronunciada. Si el porcentaje de hogares pobres sobre el total de hogares era del 3,4% en 1974, muy previo al golpe, ya en 1991 era del 16,2 % y en el 2000 del 25,2 %. La educación y la salud pública fueron desmembradas hasta alcanzar el desgraciado punto óptimo de la fragmentación por provincias y por municipios. El Estado nacional se desprendía así de todos los servicios que eran considerados una rémora indeseable de aquel Estado que supo alguna vez configurar la idea de Nación soberana. 

Se privatizaron y se entregaron a precio vil, además del rio Paraná, los Ferrocarriles, la Flota mercante, Aerolíneas Argentinas, los Teléfonos, la Electricidad, el Agua, YPF, los Servicios de Seguridad Social y las Jubilaciones, los canales de TV que regulaba el Estado y para qué seguir nombrando cada uno de nuestros dolores soberanos. 

Para lograr tan feroz faena tuvieron que cometer antes y a la par el mayor de los crímenes políticos: la privatización y la entrega húmeda del peronismo a sus enemigos de clase. Pero no nos alcanza con cualificar la época como la era de la “traición”, sino comprendemos que en realidad se trató del broche final del plan que ejecutó Martínez de Hoz durante la dictadura, ahora en plena democracia. Sus ejecutores pasaron por alto un detalle decisivo que recorre la historia moderna argentina: el nuestro es un país que tiene un espejo de bienestar colectivo y soberanía donde poder mirarse: el país libre, justo y soberano que nos legó Perón y la memoria peronista. Esa memoria siempre está, como el sol. 

La matanza de la dictadura había terminado; era hora de recoger los cadáveres y limpiar la pista para el festín de los vencedores. Eso fueron los noventa. Por eso el indulto a los genocidas,  salpimentado con la inclusión de algunos que alguna vez fueron llamados “comandantes guerrilleros”.  Parecía ser la consagración de “la teoría de los dos demonios” iniciada la década anterior. Eso sí que fue un bajón. 

La economía real, esa que supimos conocer con patrones y obreros, con pueblo y oligarquía, se desintegraba para dejar paso a la economía virtual, bancaria y financiera. El Estado menemista vendía a precio vil las riquezas acumuladas por varias generaciones y los compradores las revendían por fortunas, que para colmo de males, las fugaban al exterior. De nuevo: el país neoliberal se consagraba a upa del movimiento nacional y popular más poderoso de América Latina. 

Y fue en ese contexto de bailantas en los cementerios, cuando salimos a resistir. Éramos los herederos de  Villa Manuelita. Y lo sabíamos. De eso también hay que hablar en esta semblanza de aquellos años noventa. 

El viejo sueño imperial y oligárquico de borrar de la faz de la tierra al peronismo como hecho maldito venía esta vez en un envase conservador desde el propio peronismo y que se enganchaba con el dominio a escala mundial del neoliberalismo impuesto por los grandes poderes.  Y en ese marco de retroceso, muchos de nosotros, resistimos. Veníamos de esa digna Marcha Blanca que convocó a un pueblo de guardapolvos blancos en 1988, construimos la Marcha Federal en pleno menemismo y marchábamos hacia la Carpa Blanca de CTERA frente al Congreso. En el medio, miles de actos, asambleas, huelgas, pintadas y piquetes en las rutas. En el campo político partidario se construyeron formaciones que a la larga terminarían en nuevas frustraciones, pero que entonces representaron la organización de la rebeldía ante el despojo de nuestras viejas identidades. Así fueron pasando, el Grupo de los 8 en Diputados, el Frente del Sur, con Pino Solanas y Alcira Argumedo, el Frente Grande y el Frepaso después. El desastre aliancista finalmente tiró por la borda las mejores intenciones de esa militancia. 

La faena impuesta a sangre y fuego por la dictadura venía a coronarse, triste y paradojalmente, por un instrumento político liderado por un caudillo del interior. Menem al gobierno, el neoliberalismo al poder. 
Fue así que en esa década, por ejemplo, la clase media, engolosinada con el 1 a 1 entre peso y dólar y el viaje en cómodas cuotas a Miami, cavó su propia fosa cayendo en la pendiente de la indeseada, por ella misma, proletarización. 

Fue así, por ejemplo, que la clase trabajadora licuó su identidad de ascenso social hasta convertirse en parte del ejército de desempleados y, rápidamente, parte de un pueblo marginado del sistema y del consumo. La movilidad ascendente que supimos conquistar con el país industrial, trocaba en movilidad descendente a toda velocidad con el país neoliberal.  

Pronto comprendimos que no era un plan de ajuste más lo que se estaba aplicando en aquellos años; era mucho más que un ajuste salvaje, feroz y anti popular obligados por la crisis de la economía: era la reconfiguración del país de los argentinos por otro modelo de país que se vendía como nuevo pero que era tan viejo como la oligarquía; un modelo conscientemente colonizado, humillado, saqueado, vaciado y entregado a los poderes mundiales dominantes. 

Es interesante repasar los datos de la fragmentación mutiladora que sufrió el sistema público de salud y el sistema público de educación para dar cuenta de lo que afirmamos antes. Era el tiempo del “sálvese quien pueda”. 

Una respuesta de ocasión que daban algunos de los cuadros políticos que, en nombre del peronismo, habían vendido la patente de nuestras mejores tradiciones al saqueo en marcha, era que ellos no habían cambiado, que había cambiado el mundo y por consiguiente, el peronismo se aggiornaba a las nuevas demandas de la hora. Chúpate esa mandarina. Con esa misma justificación se podría entender, entonces, cualquier defección en cualquier tiempo que fuera. Por derecha y por izquierda. 

La otra respuesta más elaborada, más presuntamente seria y aguda, era que “la correlación de fuerzas no daba para hacer otra cosa”. ¿Les suena? 

Quizá los datos estadísticos de aquella década podamos encontrarlos en variados y respetados artículos y textos que profundizan sobre esa etapa. Nos interesa a nosotros dar cuenta de esa porción de sociedad y de militancia que, sabiendo que nadaba contra la corriente, supo enfrentar igual la derrota a la que la invitaban a participar. Y allí aparecen victoriosos en sus convicciones los trabajadores de la educación afiliados a CTERA, los trabajadores del Estado afiliados a ATE, los Camioneros, los petroleros patagónicos y del norte argentino, los telefónicos de la heroica y ejemplar FOETRA, los trabajadores del Sindicato Gráfico, los metalúrgicos de Villa Constitución, los obreros portuarios, los del Astillero, los de las Petroquímicas, los mineros de Rio Turbio, las agrupaciones internas de los sindicatos que resistían la entrega enfrentando a sus respectivas conducciones sindicales. 

Es de toda justicia nombrar a dirigentes de la talla de Saúl Ubaldini, Mary Sánchez, Marco Garcetti, Germán Abdala, Héctor Esquivel, Víctor De Gennaro, Hugo Moyano, Hugo Yasky, Marta Maffei, Norma Plá, el Bocha Juan Manuel Palacios, Cayo Ayala, Alberto Piccinini, Victorio Paulón, entre muchos otros dirigentes que se jugaron la piel y el alma encabezando la resistencia popular en los 90. 

El “posibilismo” nos tiraba para atrás todo el tiempo. Se imponía un nuevo tipo de dirigente y de  militante signado por su presunta “modernidad”, su rápido ascenso social en la escala de ingresos económicos (no siempre bien declarados), sus aires de triunfador, su jactancia de “no mirar más al pasado sino al futuro que nos merecemos de una vez por todas qué carajo”, su pragmatismo a ultranza, su latiguillo preferido de “ahora ya no existe la izquierda ni existe la derecha”. Eran los que habían derrumbado sus antiguas convicciones con la misma rapidez con que se derrumbó el muro de Berlín en 1989. 

En medio de ese clima de época, Mary Sánchez recorría las provincias, las escuelas y los sindicatos docentes para animarlos a seguir soñando con otro país posible y necesario, con otra educación, con otro mundo. Los maestros del campo nacional y popular nunca nos rendimos, proclamaba. Mary evocaba a sus más queridos compañeros, asesinados y desaparecidos por la dictadura, para mostrar un alma de tiza y pizarrón que honraba a la  memoria colectiva. Y allá marchaba nombrando a Isauro Arancibia, a Eduardo Requena, a Marina Vilte, a Susana Pertierra, a todos y todas las maestras que desaparecieron en la larga noche del terrorismo de estado. 

Esas muestras de coraje y lealtad a las convicciones también fueron parte de los noventa. Porque, aún en la derrota circunstancial de sus respectivas luchas sindicales, dejaron sus huellas en la conciencia colectiva de los trabajadores. No podrán decir lo mismo quienes se adaptaron alegremente al festín de los privatizadores. 

Allí andaba Germán Abdala, con la pizca de vida que le quedaba en pie, caminando sin descanso cada foco del  conflicto social y poniendo su mirada tierna y su palabra de guerrero popular ante el derrumbe de ideas que imperaba entonces,  contagiando convicciones, esperanza y lucha. 

En los inicios del desmantelamiento planificado por el gobierno menemista ya veíamos a un Germán doliente advirtiendo lo que se venía y poniendo de pie a cada compañero, a cada compañera. Y entre esos dolores suyos, estaba el dolor del parto de la Central de Trabajadores Argentinos. Fue en la sede de ATE de Posadas, Misiones, el 18 de mayo de 1990, cuando se lo escuchó decir: “Lo que nunca podemos hacer nosotros es justificar las situaciones sociales existentes, porque el peronismo nunca justificó las situaciones sociales existentes; demostró su fuerza y cuando pudo fue un movimiento transgresor que rompió las realidades; no fue un movimiento que se instauró y llegó al gobierno en el 45 para seguir con los derechos de ciertas minorías y no tocarlos. Llegó y empezó pisando fuerte, con nuevos derechos sociales y laborales, instaurando leyes sociales que  incorporaban a la gente, igualando”. Y siguió hablando Germán: “el peronismo nunca pudo hablar con la lógica y con el pensamiento de quienes lo dominan, porque cuando se empieza a hablar con ese argumento se deja de ser peronista”.

En ese mensaje Germán desgranó una serie de conceptos que quizá sirvan para todos los tiempos. Describe con pedagogía militante, es decir comprometida, cómo los sustentos de clase, las banderas y los objetivos que explican el peronismo desde sus orígenes, rápidamente eran canjeados por otros sustentos que eran propios de los enemigos históricos del pueblo en general y del peronismo en particular. Hablaba, por ejemplo, de la Sociedad Rural y los grandes empresarios fugadores de nuestras riquezas. Y luego advertía que: “…si esto se estabiliza así y pasa a ser la legalidad del peronismo, nosotros pasamos a vivir cincuenta años en esa nación de disolución política”. 

La militancia política, cultural y sindical que resistió en los noventa era consciente de sus magras fuerzas, pero mucho más consciente de que había que seguir manteniendo vivo el fuego de la memoria colectiva a como diera lugar. Para eso era imprescindible politizar la crisis que se atravesaba, dar la discusión política sobre el modelo de país que queríamos para las próximas generaciones. Porque si la crisis mundial y las hurras del neoliberalismo dominante se naturalizaban y lo explicaban todo, corríamos el serio riesgo de perder una batalla cultural decisiva, la batalla por las ideas. 

Recordaba Germán que la última estrategia de poder de los sectores populares fue el que se expresó en la consigna: “Luche y vuelve”; y después nos quedamos sin rumbo, sin mística, sin estrategia. Por eso apelaba a la reconstrucción de ese marco referencial para construir política de poder. 

Cuando las crisis no se politizan, no se problematizan y no se cuestionan desde el proyecto nacional y popular, se corre el riesgo de perderlo todo. ¿Por qué? Porque toda crisis sin salida política termina por desarmar los espíritus necesarios para el cambio transformador de la sociedad. La crisis política iguala para abajo, desanima, desarticula, fragmenta toda fuerza organizada. Nunca fue cierto eso de que “cuando peor, mejor”. Por eso  los noventa fueron también esa batalla entre el olvido y la memoria, entre resistir o rendirse, entre mantener las banderas históricas o entregarlas a los nuevos vencedores. 

Convengamos que esa disputa sigue presente en este siglo XXI. Releer la historia más reciente, como la más lejana, sirve para invitar al debate sobre las asignaturas pendientes de ayer, de hoy y de mañana y sobre las conductas que nos guían y que nos interpelan en todo tiempo y lugar. Por eso, insistimos, el Estado debe recuperar sin excusas ni más demoras, la soberanía de nuestros ríos y de nuestro mar argentino.  

No es que despreciemos el concepto de “correlación de fuerzas” como condicionante de cualquier empresa que nos propongamos; pero son eso: condicionantes, nunca determinantes. Lo que determina el avance es la audacia política que demuestren los gobiernos, los militantes y todos los sectores populares. 

Repasemos los ejemplos de la propia historia nacional. 

Desde San Martín cruzando los Andes, hasta Néstor Kirchner bajando los cuadros de la dictadura; desde Rosas y Mansilla cruzando canoas en el rio Paraná para enfrentar a la poderosa flota anglo francesa, hasta las Madres de la Plaza venciendo moralmente a la dictadura más feroz que haya sufrido este pueblo nuestro. Toda esa energía, pequeña o acotada en cada coyuntura, acumuló memoria y saberes y mística que sirvieron para estimular la larga lucha por nuestra soberanía y nuestra felicidad. 

Es preciso debatir sobre los noventa teniendo a la vista la complejidad de ese tiempo ingrato. Y sabiendo que el “posibilismo” propio de esa época fue cuestionado y enfrentado por la voluntad militante de los que supieron cuidar el rescoldo de las viejas luchas. Pero sabiendo algo aún más alarmante: ese “posibilismo”, noventista y derrotista, siempre está latente, como una herida abierta, entre las propias filas del campo popular. 

Por eso debemos demostrar y demostrarnos que la utopía, la voluntad política, la democracia y la memoria sirven para seguir avanzando.  O no sirven para nada.