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Dossier //// 30.07.2021
La cuestión Palestina: el origen de la ocupación de la tierra

"La cuestión de Palestina, es el más espinoso problema internacional vigente desde la segunda posguerra, comienza a delinearse en la etapa final del dominio otomano en la región. En términos históricos, podemos situar su origen con la fundación de las primeras colonias sionistas en su territorio, durante el último cuarto del siglo XIX". Por Gabriel Sivinian

Por Gabriel Sivinian | Ilustración: Jorge Hardmeier

La cuestión de Palestina, es el más espinoso problema internacional vigente desde la segunda posguerra, comienza a delinearse en la etapa final del dominio otomano en la región. En términos históricos, podemos situar su origen con la fundación de las primeras colonias sionistas en su territorio, durante el último cuarto del siglo XIX.

Contrariamente a lo propagado por el movimiento sionista, Palestina no era una tierra sin pueblo. En vísperas de la Guerra de Crimea habitaban en su territorio más de medio millón de personas. La enorme mayoría de los palestinos eran creyentes islámicos que convivían con fieles cristianos y judíos, quienes-conjuntamente- apenas superaban un décimo de la población.

Palestina tampoco era una tierra desértica como las narrativas sionistas han difundido. Bajo el sistema de vilayetos  y sanjaks otomanos tuvieron gran importancia política y religiosa, urbes como Jerusalén, Acre, Nablus y Hebrón. Además, en el ámbito comercial se destacaban los centros portuarios de Jaffa, Haifa y Gaza, ligadas al intercambio regional e internacional.

Cierto es que el paisaje de la época era predominantemente rural, pero eso no puede reducirse a la imagen de un extendido ambiente despoblado. En el campo coexistían explotaciones destinadas a la exportación, al mercado interno y a la subsistencia; siendo las principales producciones el algodón, el olivo, el trigo, el maíz, el sésamo, la cebada y los cítricos.

En ese período los cambios más dinámicos, como en todos los dominios otomanos, estuvieron ligadas a la inversión extranjera en infraestructura agroexportadora y servicios públicos.

En ese contexto se desarrolló una mayor apertura y contacto con las sociedades occidentales, principalmente a partir de la llegada de sucesivas misiones educativas, sanitarias y religiosas, atraídas por el valor simbólico y espiritual de la Tierra Santa. La primera etapa del arribo de los colonos sionistas a partir del año 1878, con la fundación del asentamiento de Petah Tikvá-se produjo en este marco, por lo que no despertó mayor desconfianza. Pero en 1896 y luego en 1901, con el apremio que significaba el agravamiento de la Cuestión Judía en Europa, el líder de la Organización Sionista Theodor Herzl viajó a Constantinopla, donde fue recibido por el Sultán Abdul Hamid II. La entrevista dejó en evidencia los objetivos sionistas. Herzl pretendía lograr la cesión de Palestina, a cambio de ofrecer apoyo financiero al endeudado sultanato. Si bien la gestión resultó infructuosa, el líder europeo judío logró viabilizar la compra de tierras y el asentamiento de migrantes, al inicio en la Mesopotamia y Siria, más luego en Palestina. La relación entre el movimiento sionista y el Sultán fue heredada por el gobierno de los Jóvenes Turcos, entre quienes el nacionalismo judío contaba con miembros fundadores, protectores y simpatizantes que actuaron como grupos de presión, en función de sus metas.

La penetración imperialista europea en  los dominios otomanos.

A fines del siglo XIX, el otrora poderoso Imperio Otomano se encontraba en claro proceso de repliegue, luego de resignar posesiones en el sudeste europeo y el norte africano. Por entonces, los mecanismos que las potencias occidentales desplegaron para ampliar sus áreas de influencia en el mundo fue el colonialismo es decir, la dominación formal o directa y el neocolonialismo, esto es, la dominación no formal o  indirecta.

Para el caso del Imperio Otomano, una combinación de estos dispositivos se constata en las acciones de estas potencias, principalmente Gran Bretaña y Francia. Entre las variadas estrategias imperialistas para alcanzar el dominio no formal se destaca el impulso de misiones humanitarias para amparar a las poblaciones sufrientes, minorías oprimidas en un contexto de atraso y barbarie, según el discurso orientalista. Así, dichas comunidades sirvieron como justificación ideal para la expansión de instituciones asistencialistas, los “colores protectores” que acompañaron la voracidad occidental.

En lo atinente a la cuestión de Palestina resulta importante destacar que, de manera temprana, Lord Palmerston manifestó la idea de transformar a Gran Bretaña en protectora de los judíos. Quien fuera Primer Ministro del Reino Unido propuso, ya en el año 1838, que así como Francia protegía a los católicos y Rusia a los ortodoxos que vivían bajo autoridad islámica otomana, y siendo que su país no tenía protestantes por los que debía velar, los judíos deberían ser la minoría favorecida. Palmerston fue el primero de una serie de altos funcionarios británicos que se manifestó al respecto, expresando una síntesis entre convicción religiosa e intereses geopolíticos imperiales que se repetiría en décadas siguientes.

Este es un antecedente de los planes colonialistas que darán origen al Estado de Israel.

En cuanto a las estrategias imperialistas para el dominio colonial de las posesiones otomanas remiten a la conquista territorial, desplegada fundamentalmente en el norte de África.

Vale destacar que en esta región-específicamente en Egipto- fue construida la principal obra de infraestructura de la época: el Canal de Suez. Este estratégico paso fue inaugurado en el año 1869 y estuvo en el centro de las disputas inter-imperialistas mantenidas por Gran Bretaña y Francia. Estas potencias rivalizaron en función de optimizar la ruta hacia el sudeste asiático y la India, las más importante colonia inglesa por su riqueza y su tamaño.

Hebert Sidebotham-fundador del sionista Comité Británico Palestino-afirmó prístinamente, en relación a los intereses del Reino Unido en Egipto y el emplazamiento del Estado Judío, que “(…) ninguna alarma al sistema de defensa para nuestras comunicaciones con el Este debe ser hallado en la línea del Canal”. Y más adelante,  “(...) análogamente a nuestra experiencia en la India, pareció igualmente importante que nosotros hiciéramos de este bastión un Estado-tapón, y la única raza capaz de crear semejante Estado eran los judíos”.

He aquí otro precedente de los proyectos coloniales que dieron forma al Estado de Israel.

A comienzos de la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano se hallara prácticamente reducido al área del sudoeste asiático. Ya sin compostura alguna, al encontrarse en alianzas enfrentadas en el campo militar, las potencias de la Triple Entente-otra vez, con el liderazgo británico y francés- promovieron distintos acuerdos para repartir este espacio geográfico.

Gran Bretaña estuvo decididamente implicada en lo concerniente al destino de Palestina, debido al valor estratégico asignado.

Simultáneamente, impulsó tres compromisos ante distintos interlocutores, que anunciaban un futuro incierto para la región. Por el Acuerdo Sykes-Picot (1916) se definían áreas de control directo y territorios de influencia en el “Oriente Próximo” a cargo de Gran Bretaña y Francia y se asignaba a Palestina el status de zona bajo control internacional.

Al mismo tiempo, a través de la correspondencia entre el jerife de La Meca, Hussein Ibn Alí y el Alto Comisionado británico en El Cairo, Henry Mac Mahon, se establecía que el Reino Unido apoyaría la creación de un reino árabe independiente. Tal entidad se emplazaría, imprecisamente, en los territorios ubicados desde Siria a Yemen, incluyendo a Palestina.

Finalmente, como producto del lobby ejercido por un influyente grupo de figuras públicas impulsadas por el barón Edmund Rothschild, la Corona británica promovió la Declaración Balfour (1917). A través de ese texto el gobierno del Reino se comprometía ante la Federación Sionista, en el objetivo de crear un hogar nacional judío en Palestina.

Palestina: colonialismo por implantación y desplazamiento de población.

En noviembre de 1917 el comandante británico Edmund Allenby invadió Palestina. Sobre el fin de la Gran Guerra, los ingleses tomaron el control de facto del territorio a través de un gobierno que, posteriormente, intentó legitimarse por Mandato de la Sociedad de las Naciones.

Tras dos años de gobierno militar, el Mandato Británico designó como primer Alto Comisionado a Herbert Samuel, un inglés de confesión judía, liberal y sionista, que había expuesto la idea del protectorado británico en Palestina y la colonización europeo-judía en su Memorándum sobre Palestina Claramente, como Samuel lo proyectó en ese documento, un Estado Judío creció bajo la soberanía de Gran Bretaña.

En las tres décadas que duró el Mandato, el sionismo sentó las bases para la conformación del Estado de Israel. Adquisición de tierras a propietarios absentistas, seguida de la expulsión de campesinos palestinos que las trabajaban como arrendatarios; expropiación y cesión de tierras fiscales por parte de la autoridad británica; fundación de asentamientos agrícolas; renombramiento oficial de sitios geográficos en aras de la nativización de los colonos y la desaparición simbólica de los nativos; reconocimiento de instituciones para el autogobierno; organización de una fuerza militar y centros de inteligencia propios; construcción de centrales eléctricas y obras de infraestructura y saneamiento; instauración de un sistema educativo autónomo; realización de un catastro detallado de todo el territorio con la indicación de las aldeas a ser tomadas y desocupadas son solo algunos de los avances más importantes que alcanzó el sionismo en este período. En simultáneo, se produjo la sistemática represión  y debilitamiento de la sociedad palestina, cuya máxima expresión fue la derrota de la Revolución desarrollada entre 1936-1939.

Indudablemente, el factor decisivo de esta etapa fue la implantación poblacional, que adquirió notable intensidad. Impulsada tanto por la judeofobia creciente y los crímenes que llevarían al genocidio perpetrado por el nazismo, como por los límites a la inmigración impuestos por los Estados Unidos fundamentalmente, la comunidad europeo judía en Palestina pasó de constituir un décimo de la población en el inicio del Mandato a representar un tercio sobre el final.

Paralelamente, los planes de transferencia de los palestinos, expresados en forma sigilosa desde el origen del proyecto sionista, tomaron consistencia al ser elaborados con percepción real del territorio y sus comunidades. La expulsión de los palestinos, con la que se fantaseaba a fines del siglo XIX y que empezó a debatirse abiertamente en mítines partidarios, congresos y conferencias sionistas en las primeras décadas del siglo XX, comenzó a concretarse.

En el período que se desarrolla entre la votación de la Resolución 181/47 de la Asamblea General de la ONU-el 29 de noviembre de 1947-y la instauración del Estado de Israel en Palestina-el 15 de mayo de 1948-el movimiento sionista terminó de dar forma y comenzó a ejecutar el Plan Dalet. Esto sucedió en las últimas semanas del gobierno británico y durante la primera guerra árabe-israelí. El proceso dio origen a la Nakba, al provocar el destierro de la mitad de la población palestina, esto es, setecientas cincuenta mil personas expulsadas que conformaron la primera diáspora de refugiados, en incremento hasta la actualidad.

Vale destacar que pese a presentarse como una creación de las Naciones Unidas, Israel es un Estado de conquista implantado al margen del Derecho Público Internacional.

Esto-sintéticamente- debido a que la ONU carece de la potestad para crear Estados; en virtud de que la Resolución 181/47 de la Asamblea General que el sionismo alega como fuente de legalidad no es una normativa vinculante; aún así, tal Resolución no fue aceptada por el pueblo autóctono, a cuyo territorio refería, pero tampoco por el sionismo, que incumplió sus disposiciones (por empezar, la que impedía el traslado de personas de un hipotético Estado a otro y la que delimita la superficie en la cual emplazó su Estado) y porque fue aceptado en las Naciones Unidas-por Resolución 273/49- tras la apropiación del setenta y ocho por ciento del territorio de Palestina, contrariando lo que la Carta Fundacional de la Organización establecía, esto es, la denegación del derecho de conquista como principio del nuevo orden internacional.

La disputa es por los dominios coloniales

Un enfoque tendiente a minimizar y/o relativizar las responsabilidades y consecuencias de la implantación del Estado de Israel en Palestina refiere a la asincronía del proyecto sionista, en relación al de otros nacionalismos exitosos en Occidente. En definitiva, se afirma desde esta mirada, en la conformación de todos los Estados Nacionales pueden verificarse procesos de violencia política, religiosa, étnica, etc. Con diferente nivel de gravedad, estas prácticas sociales incluyen desde la represión a minorías hasta genocidios. En este caso, lo distintivo radicaría en que los hechos “ocurren a destiempo y a la vista de todo el mundo”, en momentos en que estas políticas son condenadas moral y jurídicamente por la comunidad internacional. En lo fundamental, este argumento resulta éticamente repudiable, al pretender naturalizar los crímenes que desde hace décadas padece el pueblo palestino.

Además, se basa en la aceptación de una premisa falaz: que la nación judía logra erigir su Estado soberano confrontando con la nación palestina en un territorio históricamente compartido. La particularidad consistiría en que la disputa comienza en el marco de dominios coloniales, primero otomano y luego británico, y se continúa en la etapa de descolonización.

Ocurre que no existía tal nación judía en Palestina. No la había en 1878, cuando los propios historiadores sionistas sitúan el inicio de la colonización, ni años más tarde, cuando el proyecto sionista se presenta en forma documentada, nos referimos a la publicación del libro El Estado Judío, escrito por Theodor Herzl, en 1896 y se evaluaba incluso, la posibilidad de que la República Argentina fuera el sitio de radicación definitiva.

Más aún, según el historiador Shlomo Sand, fue el proyecto sionista el que transformó una rica civilización religiosa, compuesta por diversos grupos lingüísticos y culturales, en un pueblo/raza desarraigado de su tierra. Esta premisa se encuentra en el centro de la narrativa del nacionalismo judío.

Por ende, no sucede en Palestina la disputa entre dos movimientos nacionales autóctonos azuzados por un poder colonialista, en función de sus intereses hegemónicos. Por el contrario, es este poder extranjero el que viabiliza el asentamiento de grupos humanos foráneos, procedentes en su mayoría de Europa oriental y luego central, para garantizar sus intereses. Conformada su base demográfica, el movimiento de inmigrantes consolida su posición en la etapa colonial británica y arrebata la mayor parte del territorio a los nativos durante las últimas semanas del Mandato y en los dos años siguientes a su finalización. Se trató de una premeditada guerra de conquista, pese a que se la intente presentar como la defensa ante “una agresión al naciente Estado Judío” por parte de una coalición de países árabes. Los planes de ocupación de territorios y expulsión de palestinos preexistían a la conflagración bélica y fueron el motivo principal del enfrentamiento. El hecho de que estas comenzarán antes de la guerra de 1948 y se continúen hasta el presente pone en evidencia esos objetivos.

Desde nuestra perspectiva, el Estado de Israel es un hecho colonial euro-occidental, proyectado en Palestina en función de defensa del estratégico Canal de Suez, en el borde occidental del imperio oriental británico. Si bien el devenir histórico lo ha resignificado, nunca perdió su razón de ser: constituir una cuña colonial en la región, en alianza con las potencias occidentales que le dieron origen, sustento y protección hasta la actualidad.

En pos de establecer un Estado étnico excluyente, a partir de una identidad nacional beligerante, el proyecto sionista pretende que la comunidad nativa de Palestina desaparezca Esta colonización intenta conformar una sociedad básicamente europea (aunque luego haya ampliado su base demográfica) sostenida en el imaginario “del retorno del pueblo autóctono”, a partir de relatos tergiversados que se basan en esencialismos trans-históricos.

De esta forma, el pueblo palestino no enfrenta un dominio colonial clásico, que busca la apropiación de sus recursos naturales, la explotación de su fuerza de trabajo, el endeudamiento de su economía, la subordinación de su desarrollo y la limitación de la soberanía; sino que resiste a la Nakba, un proyecto de colonial de conquista y ocupación teritorial para la implantación de grupos foráneos y su desplazamiento forzado, en tanto pueblo autóctono de Palestina.