Estados Unidos, hegemonía cultural e identidad latinoamericana
A 250 años de la independencia de Estados Unidos, la fecha puede ser una oportunidad para pensar algo más que la historia de una nación: la manera en que ese país logró convertirse en una referencia cultural global, el punto de que muchas veces aprendimos a mirar el mundo desde sus propios símbolos.
La influencia estadounidense no se explica únicamente por su poder económico, militar o tecnológico. También se construyó a través de una enorme capacidad de producir símbolos, relatos e imaginarios que atraviesan la vida cotidiana de millones de personas.
Para gran parte de las generaciones nacidas desde finales del siglo XX, Estados Unidos no fue solamente un país extranjero: fue un paisaje cultural permanente.
Hollywood, las series, la música pop, las marcas, los videojuegos, las redes sociales y la tecnología construyeron una familiaridad particular con una sociedad que muchas veces conocemos más a través de sus ficciones que de su propia historia.
Muchas personas pueden reconocer ciudades, personajes y acontecimientos de una realidad geográficamente distante antes incluso de acercarse a procesos históricos fundamentales de su propio continente.
Esto no responde simplemente a decisiones individuales, sino también a una circulación desigual de relatos culturales y a una capacidad muy distinta de producir y difundir imaginarios a escala global.
El problema no es si está bien o mal conocer Estados Unidos. Conocer otras culturas, aprender idiomas y dialogar con el mundo siempre fue importante.
La cuestión aparece cuando ese intercambio deja de ser diálogo y se transforma en una relación desigual: cuando una cultura se presenta como universal y las demás quedan reducidas a expresiones locales o particulares. En ese sentido, la cultura también es una forma de poder.
Como señaló Antonio Gramsci al analizar el concepto de hegemonía, las sociedades no se sostienen solamente por la fuerza, sino también por la capacidad de construir sentidos comunes.
Estados Unidos logró instalar muchas de sus propias referencias culturales como si fueran parte natural de una cultura global. Sus formas de vida, sus valores y sus relatos nacionales muchas veces aparecen como sinónimo de modernidad.
Este proceso no significa que exista una cultura única o completamente dominante, sino que algunas sociedades poseen una capacidad mucho mayor para difundir sus propios relatos, convertirlos en referencias compartidas e incluso presentarlos como si fueran universales.
Un ejemplo cotidiano está en el idioma. Aprender inglés se convirtió en una necesidad prácticamente incuestionable para integrarse al mundo laboral, académico y tecnológico. Y efectivamente lo es.
Pero esa situación también muestra una paradoja: a lo largo de la historia, determinadas lenguas extranjeras fueron asociadas al conocimiento, la cultura y el progreso.
Durante mucho tiempo, el francés ocupó ese lugar como lengua de prestigio cultural y académico en buena parte de América Latina.
Más adelante, el inglés fue adquiriendo esa centralidad, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX, acompañado por la expansión económica, tecnológica y cultural de Estados Unidos.
La cuestión aparece cuando esa apertura se construye desde una jerarquía donde algunas lenguas representan modernidad y futuro, mientras otras quedan relegadas.
En nuestro continente, muchas lenguas propias fueron históricamente relegadas o asociadas solo a lo popular, lo rural o directamente etiquetadas como “atrasadas”.
El guaraní en Paraguay constituye un ejemplo entre tantos, pero no es un caso aislado: numerosas lenguas de los pueblos originarios continúan enfrentando procesos de invisibilización pese a formar parte fundamental de la historia y de la identidad de la región.
El lenguaje también construye imaginarios. Durante siglos, América fue un continente diverso y múltiple. Sin embargo, en el uso cotidiano muchas veces “americano” pasó a funcionar como sinónimo de estadounidense.
La palabra misma refleja una disputa simbólica: un país particular logro apropiarse de un nombre que pertenece a todo un continente.
La globalización de los años noventa, especialmente después de la caída del Muro de Berlín y la expansión del pensamiento neoliberal, reforzó una idea de mundo donde las fronteras parecían perder importancia y donde la integración global aparecía como el destino inevitable de la humanidad.
Sin embargo, aquella globalización también produjo tensiones. Mientras se prometía un mundo más conectado, muchas sociedades comenzaron a experimentar una pérdida de referencias propias
La figura del “ciudadano global” podría significar apertura y encuentro entre culturas, pero también puede convertirse en una identidad vacía, desligada de la historia, del territorio y de la memoria.
La respuesta a este problema no debería ser un nacionalismo cerrado ni un rechazo al intercambio cultural. América Latina no está aislada del mundo, forma parte de él.
Sus sociedades siempre estuvieron atravesadas por procesos globales y su historia no puede pensarse al margen de ellos. Pero una sociedad abierta al mundo no debería significar una sociedad que abandona su propia mirada.
A 250 años de la independencia estadounidense, quizás la pregunta más interesante no sea cuánto conocemos sobre Estados Unidos, sino por qué a veces conocemos más al norte que al nosotros mismos. Pensar desde el Sur Global no implica negar los aportes de otras culturas, sino preguntarse desde dónde miramos el mundo.
Como señalaba Methol Ferré, el desafío de la integración sudamericana era que nuestros países pudieran “ser actores y no coro de la historia”. Capaz ese sea uno de los desafíos de nuestro tiempo