Pandemia o la continuación de la guerra por otros medios

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Pandemia o la continuación de la guerra por otros medios

24 Julio 2020

Por Julián Bilmes, Mariano Dubín y Santiago Liaudat | Foto de Daniela Andam.

En la Antigua India se narraba una historia conocida como el cuento de los ciegos y el elefante. Se la entendía como una parábola de la condición humana. Se contaba que un grupo de ciegos de un remoto pueblo conoció por primera vez a un extraño animal llamado elefante, del que nunca antes había oído y, por tanto, no conocían. Como el primer ciego tocó la trompa del animal aseguró que era como una serpiente; el siguiente lo contradijo acariciando las orejas: “tiene la forma de un abanico”; el tercero, tocando las piernas aseguró: “es como el tronco de un árbol”; pero quien se topó con su cuerpo afirmó: “es una muralla”. Los ciegos no mentían. Cada uno de ellos describía la parcialidad a la que tenía acceso según su percepción y, entonces, discutían sin poder acordar sobre qué es el elefante.
Lo ejemplar de la parábola es que las diferentes posiciones son, en principio, verdaderas. Pero al confundir la parte con el todo surge un juicio errado. La ausencia de una idea de totalidad es la culpable. La totalidad no era perceptible para ninguno de ellos por separado. Pero tampoco es la suma de las percepciones parciales. La totalidad es hipotética, imaginable, pensable. Es el todo en el que las partes cobran sentido. Pues bien, el coronavirus no es el elefante sobre el que discutimos, interminablemente, estas semanas. El coronavirus es la ceguera que impide que veamos al elefante.

II

Durante la Guerra Fría surgieron las tecnologías que configuraron el mundo por venir, nuestro mundo. La lucha por la supremacía fue el impulso determinante para el desarrollo de la microelectrónica y la informática, la biotecnología y la ingeniería genética, las tecnologías aeroespacial y nuclear, las telecomunicaciones e internet. La gradual superioridad obtenida por el bloque capitalista en el campo de estos conocimientos le otorgó una ventaja clave sobre el bloque soviético. Además, y en simultáneo, le permitió resolver la crisis de rentabilidad capitalista a la que se había llegado en la década del ‘70 del siglo pasado. Nacían así la acumulación flexible, la transnacionalización económica -publicitada como globalización-, el programa neoliberal, la revolución digital, el capitalismo informacional, nuevas formas de subjetividad y sociabilidad, etc.

China es el más claro emergente del capitalismo globalizado y Wuhan una de sus ciudades emblemas. Los rasgos más notables del “milagro chino” han sido los procesos de industrialización y urbanización a una escala inédita en la historia humana. El gigante asiático, convertido en la factoría del mundo, transformó cientos de millones de campesinos en asalariados urbanos. Este acelerado desarrollo estuvo acompañado –en todo el mundo- por la intensificación de la explotación de la naturaleza (incluida la producción agropecuaria) con métodos industriales y tecnocientíficos, constituyendo un caldo de cultivo fenomenal para el surgimiento de nuevas enfermedades. Lo cual, sumado al incremento de la circulación global de personas y mercancías, ha derivado en una secuencia de epidemias en décadas recientes. Desde este punto de vista, la pandemia de COVID19 es un episodio más de una sucesión que se acelera. Por lo que es previsible que, de mantenerse la actual lógica desenfrenada de producción, circulación y consumo, los acontecimientos del presente vuelvan a repetirse.

III

La pandemia está actuando como catalizador de las tensiones geopolíticas entre China y Estados Unidos (y sus respectivos aliados), acelerando un proceso reactivo que venía en curso. Al igual que en la etapa anterior, en ella se está incubando el mundo del mañana. Con rasgos en común y algunas diferencias sustantivas. Entre las similitudes podemos enumerar que nuevamente son terceros países, como Corea del Norte, Venezuela o Siria, escenarios donde se dirimen intereses de los grandes bloques en pugna. Los arsenales nucleares siguen siendo un poderoso disuasivo para la confrontación directa entre potencias.

Además, la disputa por la supremacía científico-tecnológica es una dimensión clave del conflicto, al otorgar simultáneamente competitividad económica y superioridad militar. Ahora bien, más allá de estas similitudes destacan a su vez importantes diferencias. En primer lugar, la confrontación actual no expresa una disputa ideológica que ponga en cuestión al capitalismo, sino que se trata de un conflicto entre potencias centrales y potencias emergentes. En segundo lugar, destaca el alto grado de interdependencia de las economías de los bloques en pugna, con enormes flujos de capital, comerciales y humanos que circulan recíprocamente.

La capacidad de enfrentar la pandemia se ha vuelto un terreno más de disputa entre los bloques en pugna. Ello se expresa en diferentes planos, como la competencia científico-tecnológica por la vacuna y la provisión de insumos críticos. A todas luces China parece estar ganando la contienda. La vulnerabilidad de las potencias occidentales y la estrechez de miras de sus dirigentes contrastan con la capacidad demostrada por el gigante asiático, a pesar de algunos errores iniciales. Y mientras de un lado se recayó en actitudes xenofóbicas y se violaron principios elementales de solidaridad (alcanzando incluso el pillaje entre Estados), del otro lado se tendió una mano con asistencia técnica y material.

Sobre este trasfondo geopolítico podemos vislumbrar algunas tendencias de mediano plazo. En el terreno político, es previsible que se extienda un discurso nacionalista y antiglobalización en las potencias occidentales, de la mano con un fortalecimiento económico y militar de sus respectivos Estados. Aspectos que se traducirán en proteccionismo y rearme global. Por último, la percepción de riesgo legitimará la vigilancia digital y el poder comunicacional concentrado, debilitando las ya enflaquecidas democracias occidentales.

En el plano ideológico la confrontación se articulará sobre la antinomia Occidente - Oriente. La hegemonía cultural, mediática e intelectual norteamericana fortaleció su poder de penetración durante la globalización. Junto al aparato militar, es uno de sus principales factores de poder. En la próxima década veremos desplegar toda su capacidad propagandística para resaltar a Estados Unidos y sus aliados como resguardo de la tradición liberal occidental, portadores de la verdad y el bien, frente a un mundo oriental identificado como despótico, extraño y ruin. Se trata de una nueva máscara del viejo eurocentrismo, que ya tuvo, entre otros, los nombres de evangelización, modernización, civilización, globalización.

En el terreno económico la pandemia ha desatado una gran crisis económica, superando a la de 2008-2009 y se prevé mayor que el crack de 1929. La especulación financiera, “respirador artificial” de la economía mundial, se encuentra muy endeble, haciendo entrever el estallido de una nueva burbuja. Estructuralmente existe un problema de acumulación del capital a causa de la reducción de las opciones de valorización en la economía real. En ese sentido es posible entrever la acentuación de las crisis de deuda, guerras comerciales y mayor competencia por mercados, recursos naturales e innovación. 

Por último, en el plano tecnocientífico la crisis económica inducida por la pandemia va a acelerar la transición tecnológica en curso, tal como la crisis del petróleo de 1973 propició el pasaje de la industrialización fordista al modelo de acumulación flexible. Por un lado, la cuarentena consuma el despliegue de las tecnologías digitales, abarcando áreas y sectores sociales que tenían una relación accesoria con las mismas. Se fortalecen el capitalismo de plataformas, el comercio electrónico, la educación a distancia y las empresas que lucran con los datos. Por el otro, recrudece la competencia por la supremacía en las tecnologías de la llamada Cuarta Revolución Industrial: inteligencia artificial, internet de las cosas, telecomunicaciones de 5ta generación, computación cuántica, tecnologías “verdes”, etc. Correr la frontera del conocimiento implica, además, resolver temporalmente la crisis de acumulación en curso, creando nuevos esquemas de valorización, nuevas zonas de mercantilización, nuevos territorios de ocupación.

IV

El pesimismo de la inteligencia indica que, en las condiciones actuales, esta disputa dará lugar a un mundo más turbulento y competitivo. Pero al mismo tiempo hay tres elementos que generan un marco de incertidumbre y pueden alumbrar nuevos acontecimientos. Por un lado, el ascenso del Asia Oriental supone un proceso de des-occidentalización del capitalismo que pone en jaque el mito eurocéntrico como gran legitimador de las asimetrías globales. Por otro lado, hay una creciente conciencia social acerca de la gravedad de la crisis ecológica que el productivismo y el consumismo están propiciando. Por último, el capitalismo globalizado ya no ilusiona. El único salvavidas que tiene al alcance es el mito de la salvación tecnocientífica. Nos dicen: la tecnociencia resolverá los problemas de la humanidad, sea el subdesarrollo, el deterioro ambiental o el coronavirus. Pero la ciencia y la tecnología actuales, en manos del capitalismo corporativo, son un nicho más de negocios y, en manos de los Estados centrales, instrumentos de poder.

Difícilmente el mito tecnocientífico satisfaga las aspiraciones de futuro y el anhelo de sentido de los seres humanos. De hecho, la imagen de futuro es apocalíptica. Y esto es una oportunidad.
En el marco de esta geopolítica multipolar, Nuestra América sigue siendo el lugar de la esperanza global. El neoliberalismo y el capitalismo encuentran aquí un cuestionamiento que no existe en ningún otro lugar del mundo. Existen vigorosos movimientos sociales, partidos políticos populares y una memoria histórica de luchas y derechos conquistados. Por supuesto, tenemos también grandes debilidades que subsanar. La globalización significó un hundimiento para la región (re-primarización, extranjerización, empobrecimiento) y un aumento de la dependencia a todo nivel. Se hace imprescindible en este marco la audacia política e intelectual, la recuperación del pensamiento estratégico y desconectarse de las tendencias globales (financieras, económicas, tecnológicas, académicas). De modo de asentarse en una economía para la vida, más allá del desarrollo, un proceso de liberación que será necesariamente nacional, popular y latinoamericano, y un proyecto de transmodernidad como única salida a la crisis civilizatoria.