Teatro: "Diente por diente", cuando ir al vacío es aterradoramente liviano
Una novia de punta en blanco está a punto de casarse cuando un golpe de mala suerte altera el día que tanto esperó. Pierde un diente. La pequeña tragicomedia deja una marca inesperada sobre su cuerpo y, de pronto, aquello que debía ser una celebración comienza a transformarse en una pesadilla.
No solo porque duele, porque sangra o porque de pronto la lengua insiste en recorrer el hueco que antes no estaba.
A decir verdad, los dientes son de las primeras cosas que perdemos de nuestro cuerpo. El sentido de la pérdida aparece allí, en ese hueco. Pero mirarse al espejo a los siete años sin un diente y hacerlo en la adultez son dos cosas extremadamente diferentes. En la infancia, perderlos es crecer. Es aceptar que algo de nosotros está cambiando. En la adultez, en cambio, esa misma ausencia puede acercarnos a otra idea: la del paso del tiempo, la vejez, un cuerpo que empieza a mostrar que también tiene un límite.
¿Qué pasa cuando aquello que creíamos que éramos comienza a transformarse?
La obra lo dice de una manera precisa: “diente por diente, ir al vacío es aterradoramente liviano”. El vacío asusta. Pero también ¿pesa menos?
Aceptar el cambio también implica aceptar que la identidad no es una pieza fija que podamos conservar intacta. Que crecer es perder algunas cosas para convertirnos en otras. Y que quizás el miedo aparezca justamente cuando ya no sabemos qué hacer con aquello que cambia.
Pero la novia no está atravesando cualquier transformación. Está a punto de casarse.
Y para una mujer, el casamiento puede cargar con mucho más que la celebración de un vínculo. Durante generaciones estuvo asociado a una idea bastante precisa de lo que debía venir después: formar una familia, construir un hogar, cuidar, acompañar, sostener. Una sucesión de lugares que parecían venir incluidos en el vestido blanco, como si casarse también implicara aceptar una identidad ya escrita.
Por eso la novia no solamente está a punto de casarse. Está a punto de convertirse, según esa vieja imaginación social, en alguien más. Y justo antes de hacerlo pierde un diente.
En una obra de lógica clownesca, donde lo absurdo puede irrumpir en cualquier momento y tener sus propias reglas, es lógico que aparezca una rata.
También porque alguna vez estuvimos convencidos de que el Ratón Pérez existía. Cuando éramos chicos, perder un diente no significaba solamente dejar un hueco en la boca: significaba esperar que durante la noche apareciera un ratón debajo de la almohada para llevarse aquello que habíamos perdido y dejarnos algo a cambio. La pérdida podía convertirse en un acontecimiento mágico.
Ahora aparece una rata gigante en medio de una fiesta de casamiento.
La infancia y la adultez parecen encontrarse en ese animal. Solo que esta vez no viene a buscar un diente debajo de la almohada. Viene a llevarse una parte y, a cambio, dará otra versión de la novia. También irrumpe en la celebración para poner frente a sus ojos aquello que intenta evitar: sus miedos, sus transformaciones, la dificultad de aceptar que no podemos permanecer siempre iguales.
La rata también encuentra su lugar en el universo de Copi y en La ciudad de las ratas, donde son ellas las que observan a los humanos y cuentan el mundo desde una perspectiva completamente diferente. En el libro, Copi pone a las ratas en el lugar de quienes miran, piensan y narran, y desde esa inversión de la perspectiva construye una crítica de la humanidad, de sus instituciones, de la religión, de la justicia y de su relación con los animales.
¿Qué pasa cuando aquello que creíamos que éramos comienza a transformarse?
La obra lo dice de una manera precisa: “diente por diente, ir al vacío es aterradoramente liviano”.
Que sean las ratas quienes observen a los humanos no es un detalle menor. Copi desplaza el punto de vista y, al hacerlo, vuelve extraño aquello que nosotros creemos conocer. Lo humano deja de ser la medida de todas las cosas. La mirada cambia de lugar y, con ella, también cambia aquello que entendemos como normal.
En la obra, esa inversión aparece atravesada por el absurdo y por una lógica profundamente clownesca. La rata gigante no tiene por qué responder a las reglas de nuestro mundo. Puede aparecer en medio de una fiesta de casamiento porque, en este universo, lo imposible también tiene derecho a entrar.
Y quizás allí aparezca otra lectura. La rata puede ser también una sombra.
Una sombra de aquello que la novia no quiere ver, pero también de aquello que no quiere perder. Porque hay algo en ella que intenta aferrarse a quien fue, a la identidad que conoce, a esa versión de sí misma que todavía puede reconocer. La novia intenta matar a la rata para impedir que se lleve algo de ella. Como si al destruir aquello que amenaza con transformarla pudiera detener también la transformación.
¿Hasta dónde podemos llegar por no querer dejar de ser quienes somos?
La pregunta no es menor. Porque cambiar también supone una pequeña muerte. Hay algo que tiene que dejar de existir para que otra cosa pueda aparecer. El gusano no sabe qué será cuando deje de ser gusano. Solo atraviesa la transformación. Nosotros, en cambio, muchas veces queremos conocer el resultado antes de animarnos a mutar.
Tal vez por eso la resistencia sea tan fuerte. Porque no se trata solamente de aceptar que algo cambia, sino de aceptar que durante un tiempo podemos no saber quiénes somos.
La rata, entonces, puede ser mucho más que una amenaza. Puede ser aquello que viene a llevarse una parte de la novia para obligarla a atravesar ese pasaje. Y, en alguna medida, el intento de matarla puede leerse también como el intento inconsciente de romper con la fantasía.
Con la fantasía de que podemos permanecer iguales. Con la fantasía de que el cuerpo no va a cambiar. Con la fantasía infantil de que cada pérdida puede ser reparada por la aparición de un ratón debajo de la almohada.
Porque alguna vez creímos en el Ratón Pérez. Y quizás crecer sea descubrir que no siempre hay alguien que viene durante la noche a llevarse nuestras pérdidas y dejarnos algo a cambio.
Copi parece saber que la fantasía no es lo contrario de la realidad. A veces es la forma que encontramos para poder mirarla. Por eso las ratas hablan, los animales observan a los humanos y una criatura gigante puede irrumpir en una fiesta sin que el mundo deje de tener sentido.
La novia tendrá que enfrentarse con sus propios fantasmas para volver a encontrarse consigo misma. Pero quizás ese encuentro no consista en recuperar a la mujer que era antes de perder el diente, antes de la rata, antes del casamiento. Quizás consista en aceptar que esa mujer ya empezó a transformarse.
Y en última instancia a aceptar que el cambio también puede ser aceptar que no hay una única forma de convertirse en adulta, de ser mujer, de amar o de construir una vida.
La identidad no es una pieza fija que podamos conservar intacta. Se mueve, muta, pierde partes, adquiere otras. A veces se parece a un gusano que tiene que atravesar una forma que ya no le alcanza para poder convertirse en otra cosa.
Y tal vez uno de los mayores miedos no sea perder una parte del cuerpo, una fantasía o una identidad, sino descubrirnos mutables, como en La metamorfosis de Kafka: convertidos, de pronto, en alguien que todavía no sabemos quién es. ¿Qué me ha sucedido?
La obra se presenta en Sala del Café Artigas, José Gervasio Artigas 1850, CABA, los domingos a las 20 horas: 11/10/2026, 08/11/2026 y 13/12/2026.
Ficha técnico artística
Idea Original: Valeria Maldonado
Dramaturgia: Yanina Frankel, Julia Izaguirre, Valeria Maldonado
Actúan: Valeria Maldonado
Voz en Off: Xavier Escobar
Escenografía: Lorena Maldonado, Graciela Notarfransesco
Iluminación: Diego Becker
Maquillaje: Mica Pareja
Realización de vestuario: Lorena Maldonado
Música original: Negri - Litrica
Fotografía: Natalia Nuñez
Gestión: Sala De Pies A Cabeza
Diseño gráfico: Lima. La Imagen De Los Artistas
Asesoramiento de Arte: Natalia Moriones
Asistencia de dirección: Mica Pareja
Utilería: Lorena Maldonado, Graciela Notarfransesco
Producción ejecutiva: Fernanda Urbano
Producción general: Dientexdiente
Coreografía: Ana Valeria González Seligra
Dirección: Yanina Frankel
Duración: 50 minutos
Clasificaciones: Teatro, Presencial, Adultos