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Cultura //// 15.03.2020
Sade y los libertinos

En cada elemento que la sociedad festejaba como un logro, el libertino aportaba otra perspectiva: mostraba cómo ese logro era el producto exitoso que la sociedad utilizaba para que el individuo se sometiera con alegría o con tristeza (lo importante es que se someta) a su propia devastación. Por Daniel Mundo.

Por Daniel Mundo

 

¿Qué es o qué era un libertino? Esta pregunta me persiguió durante años. De hecho, desde que leí por primera vez La filosofía en el tocador, edición Bruguera, de Sade, allá por los años ochenta. Leía entre horrorizado y fascinado las experiencias de los personajes sádicos, aunque había algo que no me cerraba. No podía conformarme con esa imagen del tipo disoluto e insaciable, el promiscuo sexual, el fiestero malvado que se las sabe todas y la pasa bomba siempre. No podía. ¿La verdad? Medio me parecía un bodrio, pero me tragaba igual sus parrafadas grandilocuentes. Hoy puedo pensar que no las entendía. Me consolaba diciéndome que aquella era, en todo caso, la imagen publicitaria del libertino, demasiado perfecta en su maldad, idílica y aborrecible a la vez, con el mismo brillo y encanto que tiene la foto en una revista de chimentos. Me llevó un tiempo darme cuenta de dónde provenía el cliché. Venía de dos sitios. Por un lado, del mismo Sade, obviamente; por otro, de la escasísima bibliografía que existe sobre ellos. Si Dios quiere, reconstruiré de a poco su historia aquí, en esta columna que me habilita la Agencia Paco Urondo.

Entre las pocas referencias a los libertinos con las que me topé, una moooy boena es la del anarco-progresista M. Onfray. El tercer volumen de su Contrahistoria de la filosofía está dedicado al libertino barroco. Me súper sirvió para dar con el perfil clásico de este personaje, la imagen invertida de lo que uno se imagina cuando piensa en el libertino y el libertinaje. Acá me encontré con que el libertino era antes que nada un filósofo muy cuidadoso. Onfray analiza a algunos de ellos que se ve que en su época fueron sumamente importantes, con decenas de libros cada uno, que se intercambiaban cartas y se peleaban en serio con figuras que hoy asumieron dimensiones estrafalarias, como la de René Descartes, por ejemplo (La Mothe Le Vayer, Saint Évremond, Cyrano de Bergerac). Eran pensadores “tan importantes” como Descartes, de hecho… pero tenían una actitud diferente —este temita de la actitud o del comportamiento era muy importante para el libertino: su idea de la libertad, la felicidad y el sentido de la vida tienen que ver con eso. Pero bueno, de todos los filósofos que nombra Onfray, yo casi no había escuchado hablar de ninguno. Salvo de uno, que es con el que cierra la serie y que hoy se convirtió en la vedette del campo filosófico, me refiero al Gran Baruch de Spinoza (si Spinoza supiera todo lo que le estamos haciendo, se moriría de nuevo, pero de tristeza esta vez). Por absurdo que suene, Onfray coloca a Spinoza en la tradición libertina, y a mí me parece muy acertada tal decisión. Seguramente ya lo habrán hecho otros, no lo sé. Hacía un tiempo que venía rumiando esta posibilidad, y cuando la vi en el índice del libro, casi me vuelvo loco: Spinoza libertino, ja.

Lo que yo intentaré en estas reflexiones es ir trazando el mapa de la autopista que conecta a Sade con Spinoza, dos estaciones del pensamiento que no podrían estar más en las antípodas. Avanzaremos por etapas, en recorridos breves. Tenemos el punto de llegada, Sade, ahora lo que falta es llegar allí. Me imagino que se calibra la dificultad del camino. Sade, el tipo que imaginó las escenas más aborrecibles del acto sexual, el que vivió la mitad de su vida encerrado por sus “gustitos” sexuales (estoy exagerando, pero son contenidos necesarios para avivar el relato), vinculado íntimamente con el filósofo que no tuvo ningún conocimiento del amor carnal, al que se le conoce una sola pretendiente, que lo rechazó porque su contrincante supo regalarle un collar de diamantes. Estrafalario. Uno abre una tradición de pensamiento que pondría en jaque el destino de Occidente, huérfano y excomulgado, mientras que el otro, un siglo y medio después, no tuvo más opción que despilfarrar, arruinar y volver monstruoso todo el capital que había recibido como herencia revolucionaria. No es culpa de Sade, igual. En el medio, el proyecto libertino había fracasado solito.

El libertino, en realidad, fue un pensador marginal y sin embargo fundamental en el derrocamiento del antiguo régimen religioso, metafísico y político. Fue marginal por opción, ojo. Su organización tipo secta, con sus ritos de iniciación, sus “informados” y sus referencias veladas e indirectas, no facilitaban para nada la cosa. La Reina de la Fiesta escribía en latín, para hacernos una idea (hablando en serio, comentan que Spinoza hablaba correctamente el latín, pero sin gracia, ja). La verdad es que hasta el pensamiento mágico tiene mejor prensa que ellos. Los alquimistas ajusticiados se representan en el imaginario social como buena gente, quemándose las pestañas con las velas, mientras que los libertinos son unos desgraciados, disolutos y egoístas de los que hay que desconfiar. En fin.

Lo cierto es que el libertino representó en su momento una opción política y existencial que la topadora productiva moderna no podía tolerar. La otra versión plantea que los libertinos fueron el gusano ponzoñoso que corroyó desde adentro los cimientos del Antiguo Régimen. Como sea, los tópicos centrales de su pensamiento fueron capturados y reprocesados por la Época Moderna hasta el punto de volverlos diametralmente invertidos. Por ejemplo: la voluptuosidad. La voluptuosidad del libertino, incluso en Sade, ese publicista de lo voluptuoso era una voluptuosidad reflexionada, pensada, para nada casual. La voluptuosidad para el hombre moderno —el clase media—, en cambio, es mera glotonería, en todos los órdenes. La ambición, el egoísmo, la propia satisfacción permanente, el ansia de fama, LA FAMA ¿qué más?

Pero bueno, como sabe cualquier aprendiz de filósofo, estos son sentimientos que están mal: el ambicioso es el capitalista, el malo. El libertino no pensaría de este modo. Diría: estos sentimientos no están mal ni bien, hay que ver qué se hace con ellos, o qué negociamos que hagan ellos con nosotros. En estas “negociaciones” se le va la vida. Estas “negociaciones” no son universalizables. No pueden comprimirse en un eslogan. No sirven para aconsejar al otro. El libertino desarmaba las dicotomías fáciles: bien/mal, cuerpo/alma, y así. Para lograr tal cosa, el libertino pretendía que la razón madurara y se volviera mayor de edad. Tal cual. Leyeron bien. Este eslogan que haría famoso Emmanuel Kant en realidad provenía de estos filósofos enterrados bajo las ruinas del edificio que ellos mismos habían ayudado a derribar. Sólo que la fórmula “yo-pienso, luego existo”, no podía satisfacerlos: yo-pienso, yo-sufro, yo-gozo, yo-siento, retrucaba el libertino.

La emancipación de la razón que buscaba el libertino no anulaba el cuerpo ni lo reducía a una máquina de producción, como haría la Época Moderna. En todo caso sería una máquina inútil. El arte del libertino consistía en evitar los problemas. Era un arte muy delicado. Se negaban a representar el cuerpo como un objeto diferente al sujeto Yo-Pienso. Que la razón se liberase de los grilletes metafísicos y religiosos no la volvía la Dueña y Señora de toda la existencia humana, de la tierra y de todo el universo, como ocurriría con la instalación del cartesianismo como método universal de intelección. Es una historia larga ésta, y hoy apenas narro sus primeros tramitos. Pero bueno, tampoco todo fue culpa del guacho de Descartes, aunque Descartes fuera un guacho.

Todo hay que decirlo. El libertinismo fue una moda cool muy extendida en toda la corte de Francia en los siglos XVII y XVIII. Era chic, ponele. ¿No había un libertinismo en el pueblo? Yyyy no, en un principio no, entre otros motivos porque hay que tener en cuenta que en aquellos años los únicos que leían libros de papel, que eran los medios que utilizaban los libertinos para manifestar sus ideas (Spinoza publicó un solo libro de papel en vida, para dar un ejemplo), estaban en la corte, en el convento o a la sombra de sus muros. En realidad, el libertinismo fue una de las posibilidades que se abrieron cuando se resquebrajó el tinglado divino y celestial. Si no había “más allá”, sólo quedaba disfrutar del aquí y ahora. Nada nuevo bajo el sol. Hedonismo. El libertino era un hedonista. OK. Ahora: ¿qué es un hedonista? Alguien que vive dedicado al placer. Ah, OK. Pero ¿qué es el placer? Acá el libertino daba una respuesta diferente a la que daría el hombre moderno. El moderno dice: el placer es el bien, es lo más, es la felicidad, es la satisfacción, es la reafirmación del ego, etc. El libertino diría: el placer es algo muy difícil, no se satisface, se experimenta, ¿qué o quién lo experimenta? El ego, obvio. El placer es un método para moldear o transformar el ego, y el ego es como una obra de arte. Pero no hay placer sin riesgo o sin algún tipo de sufrimiento. Y cosas por el estilo. No sé si se ve la diferencia, pero es fundamental. En cada elemento que la sociedad festejaba como un logro, el libertino aportaba otra perspectiva: mostraba cómo ese logro era el producto exitoso que la sociedad utilizaba para que el individuo se sometiera con alegría o con tristeza (lo importante es que se someta) a su propia devastación. Ver una parejita de la mano al atardecer de lo más contenta al libertino le provocaba convulsiones. Imaginen si los viera en el cine comiendo pochoclos. ¿Puede, acaso, el individuo no estar sometido? Si no vas de la manito al atardecer, ¿sos más libre? Ja. El libertino también aquí respondería de una manera diferente a como lo haría una persona normal, diría tranquilamente: NO. No se puede no estar sometido. Salvo que se optase por la soledad, pero ahí hay que elaborar muy bien qué implica la soledad. ¡Pequeño problema! Como sea, esa idea tan exitosa del libre arbitrio y la libertad individual sobre el que se fundan los shoppings center, para el libertino era un grillete cerebral, la zanahoria detrás de la que corría incluso el tipo mejor informado. En este NO rotundo que el moderno percibe como una limitación, como una afrenta, el libertino en cambio experimentaba un desahogo descomunal. ¿Qué otra cosa puede ser la libertad que la tranquilidad que trae consigo este desahogo? Hay algo fundamental en su conducta que escapa a su control, ¿cómo imaginar un método más eficaz para controlarla mejor? Frente a las opciones monomaníacas de dominio desplegadas durante la modernidad, el libertino cimentaba otro camino: si el poder es inherente a cualquier vínculo social y psíquico, se trataba de inventar otro tipo de poder. Más impotente. Deconstruido. Pero bueno, no pudo ser.

Me extendí demasiado. En la próxima nota daré un par de motivos más de por qué no pudo prosperar esta opción, un par nada más, e internos al mismo movimiento libertino. No quisiera terminar, igual, sin aportar alguna info erudita al respecto. El concepto "libertino" proviene del latín: libertinus, que remite a aquel individuo que no tiene control ni límite para su goce sexual. En el derecho romano también existe la palabra libertus, que se relaciona con la anterior y que significaba emancipado, alguien que había sido esclavo y por diferentes motivos llegaba a emanciparse o liberarse, sin perder el vínculo con su antiguo amo. El libertino podía mantener largos vínculos afectivos con su ex patrono, sin atisbos, obviamente, de ninguna idea de propiedad: mi amo/mi mujer/mi marido/mi amante y así… El libertino no era un Don Juan, su arte no era la seducción. Era usual que sus “amigos” y “amigas” le durasen décadas (incluso Sade tuvo vínculos afectivos con sus “queridas” que duraron muchísimos años, algunes hasta su muerte). Lo que en un principio buscaba el libertino era algo que hoy nos parece una boludez, pero llevó siglos lograrlo, si-glos: liberar o emancipar a la razón de cualquier mandato metafísico, religioso, trascendental. En fin, qué sé yo, a veces creo que a pesar de lo que creemos tan sólidamente, es muy probable que aún estemos lejos de haberlo logrado.