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Cultura //// 20.03.2022
Sabrina Gullino Valenzuela Negro, la memoria estallando hasta vencer

Hace pocos días, CINEAR reestrenó Operación México, película centrada en la historia de Tucho y María, dos militantes secuestrados en Rosario y a través de quienes, las Fuerzas Armadas, intentaron destruir la cúpula de Montoneros. Pero esta nota no es sobre la cinta, más bien empieza donde ella termina: en el nacimiento clandestino de los mellizos.

Por Norman Petrich

Hace pocos días, CINEAR reestrenó Operación México, una historia de amor, la película dirigida por Leonardo Bechini, ambientada en el verano argentino de 1978 donde los militantes de la organización Montoneros Edgar Tulio Valenzuela (Tucho) y Raquel Negro (María) con un embarazo avanzado y un hijo de corta edad, son secuestrados por las Fuerzas Armadas y trasladados a las afueras de Rosario, a la tristemente famosa quinta de Funes, donde descubren una cantidad importante de compañeros detenidos ilegalmente. Allí, conociendo el grado que el secuestrado tiene dentro de la organización, el mismísimo Galtieri le hace a Valenzuela la propuesta de viajar a México y entregar a la cúpula de Montoneros. Propuesta que, de cumplirla, implica traicionar los ideales a los que dedicó su vida. Y rechazarla es la sentencia inmediata para María. Ambos realizan un pacto. Es ahí, dicen, cuando Raquel le advierte “Vos conmigo tenés un problema, Tucho. Si vas y hacés lo que convinimos, lo que nos juramentamos que tenés que hacer, me van a matar, van a matarnos como a perros a todos los que estamos aquí y no podamos escapar, pero si no lo hacés me perdés para siempre, porque te dejo, te lo juro, nunca más en tu vida me volvés a ver, ¿está claro?”. Valenzuela hace el viaje, pero apenas hace contacto denuncia la razón de su presencia, a sabiendas que eso podría condenar a la mujer que ama. Regresa meses después y es atrapado por los represores. Mientras tanto, Raquel Negro es llevada al Hospital Militar de Paraná donde, luego de tener mellizos, es desaparecida. Pero esta nota no trata sobre ellos dos (o no directamente) ni de la película, más bien empieza donde ella termina: en el nacimiento de los hermanos Valenzuela Negro.

Sabrina Gullino Valenzuela Negro recuperó su identidad el 23 de diciembre de 2008. No imaginó que era hija de desaparecidos, al no haber nada sospechoso en el trámite de su adopción. Al empezar a estudiar en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Nacional de Rosario, se interesó por la historia reciente. La fecha de su nacimiento la empujó a tomar la decisión de hacerse un análisis de ADN. Con los resultados, su vida cambió radicalmente. Recuerdo que, cuando la conocí en un locro multitudinario, estaba comentando la lectura del libro de Osvaldo Aguirre Los pasos de la memoria, en donde hace un recuento de los casos de desaparición de militantes políticos en Rosario. Ella se acercó con mucho interés y me llenó de preguntas que apenas supe contestar: si decía algo sobre Valenzuela y Negro, si aportaba algún dato sobre sus hijos. Después me contaron quién era. Esa energía puesta en nuestro primer encuentro es la misma con la que hoy sigue buscando a su hermano.

“La restitución de mi identidad fue, en cierta manera, traerme a una dimensión en donde la búsqueda colectiva de las y los nietos apropiados se trazaba en varios territorios, impulsada por el amplio movimiento de derechos humanos. Era diciembre de 2008 y en la ciudad de Paraná, tenía lugar la lectura del resultado del ADN que veinte días antes -en el marco de una causa- me habían realizado. Ahí mismo, acompañada por mi familia adoptiva Gullino, que me había adoptado de buena fe, recibía noticias decisivas: era hija biológica de Tulio Valenzuela y Raquel Negro, dos militantes montoneros desaparecides. Pero la historia que debería haberse cerrado, en este caso abría otro interrogante: ¿cuál había sido el destino del Melli? ¿Qué había sido de mi hermano varón con quien nacimos en cautiverio entre el 3 y el 4 de marzo de 1978, en el Hospital Militar de Paraná? Y ahí fuimos junto con mis dos hermanos, Sebastián (Negro) y Matías (Valenzuela) a sumarnos a una estrategia de búsqueda colectiva junto a lxs compañerxs de HIJOS Paraná, la Multisectorial de derechos humanos, los equipos jurídicos de Abuelas, de Nación, el RUV, organizaciones del campo popular, a impulsar un investigación en Entre Ríos (creo hoy, mirando en retrospectiva) que fue extraordinaria. Obtuvimos dos instancias de justicia, dos juicios, el juicio Hospital Militar (2011) y el juicio a los dueños del Instituto Privado de Pediatría (2018) que es en donde se juzgó la responsabilidad de los civiles, estamos hablando de médicos de mucha trayectoria, que desde su clínica privada ayudaron para que el delito de apropiación del ‘Melli’ pueda concretarse”.

Le comento que cuando leí el libro de Rafael Bielsa, Operación México o Tucho, lo irrevocable de la pasión hace mucho tiempo, me había llamado la atención todo el accionar aunque, reconozco, no retuve los nombres. Fue necesario la llegada de la película para darme cuenta que los “personajes principales” de la historia, Tucho y María, eran sus padres. No pude dejar de preguntarle qué le produjo a ella.

“El rodaje de la película se da en un momento de mi vida muy particular. Había sido mamá hacía poco tiempo. Y leer el guión fue una experiencia muy fuerte, sobre todo por comprender -en carne propia- esto que desde los feminismos se entiende claramente y es el hecho de que en contextos represivos (como el segundo genocidio que padecimos) hay un doble ensañamiento sobre los cuerpos de las mujeres revolucionarias, en tanto, desde la lógica castrense se las reconoce como doblemente transgresoras. Mujeres guerrilleras, como mi vieja, que no solo no acataron los roles "reproductivos", domésticos y del mundo privado, asignados para el género, sino que se animaron a integrar organizaciones armadas y militaron, comprometidas con su tiempo histórico, a la par de sus compañeros. El genocidio aplicó su poder reconfigurador basado en el terror, por un lado, eliminando sus cuerpos, por otro, cambiando las identidades de sus descendientes y, por último, disciplinado a la sociedad toda. La película es un producto de la industria cinematográfica nacional que hace un recorte del libro. Al intentar abordar una historia tan compleja desde el género de no fiction o thriller, hace una apuesta interesante, que radica en llegar a públicos difíciles de alcanzar para la narrativa militante. Habría que ver si logra complejizar sobre el pasado reciente, el clima de época, la militancia de los 70 y no cae en simplificaciones. De cualquier manera, funciona como disparador para aquel que quiera profundizar más”.

Parece que va a cambiar de tema, que vamos a pasar a su actualidad, pero se detiene para aclarar.

“Habría que agregar que lamentablemente los médicos del IPP aún no tienen su sentencia firme. Aún aguardamos la prisión domiciliaria, pero una trama que garantiza su impunidad hoy, se teje desde el poder judicial”.

Sabra, como la llamamos, es fiel a ese gen militante heredado. Sus armas son otras, pero los ideales que la mueven siguen levantando esas viejas banderas de lucha.

“Como sobreviviente, como militante, pero también como trabajadora en el campo de la cultura, me parece fundamental seguir construyendo herramientas de comunicación, contenidos educativos para ejercitar la memoria, facilitando puentes intergeneracionales”.

Desde Abuelas de Plaza de Mayo ha participado en el diseño de diversas campañas que han ido in crescendo a lo largo de los años: la Semana por la Identidad I, II, III, hasta llegar a concretar esa gran estrategia colectiva que se conoció como “La Pueblada X la Identidad” que alcanzó a más 60 pueblos de la provincia de Santa Fe y Entre Ríos. Esta experiencia fue el antecedente que propició que desde Abuelas de Plaza de Mayo (todas sus filiales y Nodos de Red) en el 2021, se lanzara la campaña nacional “Plantamos Memoria”, en la que se plantaron más de 38.000 árboles en todo el territorio nacional.

En el 2020, Abuelas e Hijos Rosario lanzaron la plataforma digital “La Escuela y los Juicios”, un programa educativo que tiene como finalidad acercar a las y los docentes una propuesta educativa para posibilitar en las y los estudiantes aprendizajes en torno al pasado reciente, tomando como recurso pedagógico los juicios por delitos de lesa humanidad que tienen lugar en esa ciudad santafesina.

Y en eso de generar recursos para construir la memoria colectiva anda Sabrina con Aguará, la editorial que comparte con otras y otros, nacida de la intersección de los caminos de la militancia en HIJOS, la docencia y la comunicación.

Aguará es un proyecto editorial, federal, feminista y popular, que apuesta a la historieta documental como recurso expresivo para facilitar al y la docente el trabajo en el aula de casos regionales de graves vulneraciones a los derechos humanos. Tiene un recorte federal, acotado a la región del litoral. Integramos la editorial, Jimena Esborraz, Beatriz Schiffino, Alfredo Hoffman, Matías Gomez y Pablo Russo. El proyecto se sustenta en dos líneas de trabajo: una tendida hacia el cuerpo docente de diferentes niveles educativos y de diversos campos del saber, articulando con los contenidos curriculares relacionados a la formación ética y ciudadana, la historia, la construcción de derechos, ciudadanía e identidad, y también con espacios fundamentales de las escuelas como el de Educación Sexual Integral. La segunda línea tiene como interlocutor a las organizaciones sociales en sus territorios, que sostienen concretamente las luchas por el reconocimiento de los derechos vulnerados: organizaciones feministas, colectivos LGBTQ+, Multisectorial contra la Violencia Institucional, organismos de derechos humanos, entre otras”.

Actualmente, la editorial está realizando presentaciones de las últimas historietas publicadas. Desde la Raíz, con guión de Luciano Redigonda y dibujos de Martina Cúneo, que narra la militancia de Alicia López en las Ligas Agrarias Chaqueñas en los '70, su desaparición y el reclamo por Memoria, Verdad y Justicia. Y No Fumiguen mi escuela, con guión de Alfredo Hoffman e ilustrada por Lisandro Estherren, que aborda el caso de Mariela Leiva y la problemática que viven las escuelas rurales, víctimas de fumigaciones aéreas con agrotóxicos, la lucha por vivir en un ambiente sano.

Miro estos nuevo libros, los acomodo junto a los anteriores en el lugar que les corresponden en la biblioteca y no puedo dejar de pensar que Sabrina Gullino Valenzuela Negro lleva todos esos apellidos a cuestas no tanto como resumen de su historia personal, sino como mojón de memoria dentro de la nuestra, la de todos, esa parte que insiste en construir desde lo colectivo, aún cuando intentaron arrancarla de raíz. Es por eso que no cejará en la búsqueda del “Melli”. Hasta encontrarlo.