Reseña: Dispersión del poeta, de Juan Rapacioli

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Reseña: Dispersión del poeta, de Juan Rapacioli

29 Octubre 2016

Por Boris Katunaric

Dispersión empieza con una cita del gran cantante británico David Bowie cuya traducción sería algo así como “no creas en tí mismo, no te engañes con creencias,la sabiduría llega con la realización de la muerte” Un alto grado de escepticismo irrumpe a primera ojeada en las páginas del poeta.

Un buen homenaje y también un concepto central para encarar una lectura de lo que vendrá: con aire nietzscheano“no volverá a pasar lo que pasó/ pero todo se repite” y “una misma arcilla, incontables moldes” dice en "Separación", un poema como un eternoretornógrafo, al igual que Quicksand, Dispersión es, paradójicamente, un libro muy constante en este concepto.

Pero la inevitabilidad es el principio y de ahí la pregunta de cómo empieza todo. Y todo empieza en la infancia, siempre. De esto habla el primer poema, más bien en la génesis es el miedo y sus reacciones posibles lo que determinan, en Dispersión, el nacimiento de la conciencia.

“antes/en la edad previa/ la no sucesión/ el cuadro está desordenado/ las piezas no son un espacio/ útil/ constituido/ configurado/ para usar con cautela/ prudencia o coraje// no hay movimiento intrépido/ en la niñez/ no hay valentía/ porque no hay miedo// el miedo viene después". 

La imagen del “cuadro” se repite en “en un tren de París a Lyon”:

“el niño-hombre correrá/ amará/ (…) para olvidar su participación/ en el cuadro que muta/ y no termina y no entiende”.

El presente y lo inasequible de él son ese cuadro que muta y nos deja perplejos cada vez que lo pensamos en concreto “cuando digo este instante ya pasó” dijo otro poeta y con esto no hizo más que engordar esa insatisfacción al pensar el presente.

El poema narrativo es de una discusión constante hace bastante tiempo, a riesgo de apurarse, quien suscribe, cree seriamente en el riesgo que puede correr tal forma de escritura. Convertirse en una escena mínima, una anécdota, un chiste, una chispa que se apagué velozmente. Esa no es la función del poema, sino la contraía, la de la resonancia. Toda imagen poética tiende a trascender el momento, a reverberar incluso hasta el infinito, a volver de otra forma, tanto en su interpretación como en su fuerza, un eterno retorno. “asisto a su duración en lo instantáneo” dice Arturo Carrera en Escrito con un nictógrafo.

En "Extrañas memorias de una noche en Berlín" vuelve a Bowie, intempestiva y creativamente, ya que hace recordar, desde el paisaje, mucho a la canción "Where are wenow". “La veo llegar desde el baño, a lo lejos. Alta, blanca y pelo rojo. Pienso en Ziggy. Me excito con la idea de cogerme a una estrella de rock. Desuda, afeitada y goteando anfetaminas con la mirada en blanco”

Tratando de descifrar la sugestión positiva de la voz poética, se entiende que por lo general la estrella de rock es dominante, elige sus conquistas por entre las multitudes, es la que se coge a los demás, aquí se invierte la formula, es la voz poética que desea salir a la conquista, a la cacería, el súper hombre en potencia que debe ser un guerrero, como predicaba Nietzsche.

Rapacioli elude estos riesgos de la poesía narrativa porque esta tiene un valor oculto, como la buena literatura intenta siempre generar y es lo que genera esa dispersión que, en su fuerza intenta volver, todo el tiempo a decirnos otra cosa y luego otra. Pero ahora júzguelo usted.


el miedo viene después

el miedo viene después
empieza con un relieve
un giro en el mapa

y una inversión en la superficie
antes
en la edad previa
la no sucesión
el cuadro está desordenado
las piezas no son un espacio
útil
constituido
configurado
para usar con cautela
prudencia o coraje

no hay movimiento intrépido
en la niñez
no hay valentía
porque no hay miedo

el miedo viene después

llega de algún modo
representado en formas y maneras
también en personas
alguien
determinado y determinante
es la cara del miedo
el miedo viene después
la casa que no se puede visitar
el pariente que nunca aparece en la foto
el conocimiento
silencioso
de que no habrá nadie esperando
del otro lado de la puerta

eso que no queremos que pase
nos espera con una mueca siniestra
detrás de la sonrisa amable


en un tren de París a Lyon

veo entre los pasajeros
a una madre y su hijo
ambos de origen africano
la mujer se levanta
de su asiento
y se dirige al pasillo
el niño
enojado
la toma de su pierna
no la deja ir
ella le explica algo
con pocas palabras
y se va
veo al niño quedarse mirando
en dirección a donde fue su madre
sus ojos se aumentan en un blanco
que contrasta con la oscuridad del rostro
esa espera
normal para mis ojos de pasajero
es crucial para el niño que ya no ve
su única forma concreta de seguridad
y entendimiento del mundo
ese mundo va a cambiar
el niño
como todos
en un tren de París a Lyon
no podrá detener lo inevitable
de la continuidad
será joven y será hombre
pero el miedo a perder
lo que hacer ser
en un tiempo y lugar
determinado
se volverá voces que dirán
“no
hasta ahí
cuidado”
el niño-hombre correrá
amará
perderá
se meterá en el ruido de la noche
la música
las pieles
para olvidar su participación
en el cuadro que muta
y no termina y no entiende
y en un momento
la serenidad de un río
en Lyon, Shanghai o Neuquén
lo hará vislumbrar
por un segundo
la convivencia
de patos
árboles
guerras
deseos
miserias
leyes
belleza
y crueldad
todo junto
bajo una esfera
de fuego
viva
que alimenta
a una lejana especie
flotando en el mar


en un tren de París a Lyon

veo entre los pasajeros
a una madre y su hijo
ambos de origen africano

la mujer se levanta
de su asiento
y se dirige al pasillo
el niño
enojado
la toma de su pierna
no la deja ir
ella le explica algo
con pocas palabras
y se va

veo al niño quedarse mirando
en dirección a donde fue su madre
sus ojos se aumentan en un blanco
que contrasta con la oscuridad del rostro

esa espera
normal para mis ojos de pasajero
es crucial para el niño que ya no ve
su única forma concreta de seguridad
y entendimiento del mundo

ese mundo va a cambiar
el niño
como todos
en un tren de París a Lyon
no podrá detener lo inevitable
de la continuidad

será joven y será hombre
pero el miedo a perder
lo que hacer ser
en un tiempo y lugar
determinado
se volverá voces que dirán
“no
hasta ahí
cuidado”

el niño-hombre correrá
amará
perderá
se meterá en el ruido de la noche
la música
las pieles
para olvidar su participación
en el cuadro que muta
y no termina y no entiende

y en un momento
la serenidad de un río
en Lyon, Shanghai o Neuquén
lo hará vislumbrar
por un segundo
la convivencia
de patos
árboles
guerras
deseos
miserias
leyes
belleza
y crueldad
todo junto
bajo una esfera
de fuego
viva
que alimenta
a una lejana especie
flotando en el mar


extrañas memorias de una noche en Berlín

He whomakes a beast of himself,
getsrid of thepain of being a man
Dr. Johnson

¿Qué hizo la guerra con las ciudades?

No deja de sorprenderme la convivencia, histórica, entre
el horror y la diversión.

Hay una estética de la tragedia. Una herida que se vuelve goce.

Estoy en un bar. Hay ruido de fondo, hay chicas y chicos alemanes tomando tragos. Hay caras iluminadas por celulares. Hay charlas que no se oyen pero que se entienden. Aproximaciones, miradas y susurros. Todo bajo el efecto narcótico de la música electrónica. El barman me atiende, me compara con un futbolista griego, se ríe y me da una
cerveza. Miro a las mujeres. Rubias en su mayoría. Esbeltas, rasgos marcados, cierta virtualidad en la mirada atrae y congela. Son las chicas rapadas de la nueva revolución industrial. Muñecas fatales que te pintan la cara con aerosol.

Graffiti de sangre en la capital del mundo.

Más tarde. Estoy en una habitación de hotel. Me hundo en una cama que no para de crecer. La veo llegar desde el baño, a lo lejos. Alta, blanca y pelo rojo. Pienso en Ziggy. Me excito con la idea de cogerme a una estrella de rock. Desnuda, afeitada y goteando anfetaminas con la mirada en blanco. Me pega, me muerde y la sangre brota. Después, se abandona. Me deja hacer. Se abre. Meto un dedo, la mano, el brazo. Busco entre sus gritos. Se contrae y explota. Me mancho. Sudor, saliva y, otra vez, la sangre sube.

Afuera. Camino por Kreuzberg. Bordeo el East SideGallery. Me detengo en Checkpoint Charlie. Miro al cielo, amanece. Se viene la tormenta. Corro hacia el tren. Algunos sudafricanos me ofrecen weed, hash, coca, mdma. Fumo lo último que tengo antes de llegar a la estación. Empiezo mi viaje. Me duermo mientras Lou Reed habla de los hombres de buena fortuna y de los que no tienen
nada. Me despierto, el tren se detiene. Me bajo en el Tiergarten. En el parque, irregular, me pierdo.

Escucho la voz a lo lejos, pero me doy cuenta: hermosa. Rubia, hippie, guitarra. Canta con fragilidad, se para con firmeza. Todo en ella brilla, saca luz. Canta folk suave con algo de protesta. Habla de la energía. Sonríe con seriedad y viste de verde. A su alrededor hay todo tipo de pasados. Gente en el piso, borracha. Chicas y chicos drogándose en la estación de tren. Un poco más atrás, en la autopista, un accidente. No dejan de llegar patrulleros de la policía. Hay ruido de gente, sirenas y autos. Ella canta. Tiene su grupo de apoyo. Unos hippies amables que fuman y bailan sus temas. Le canta al amor, por supuesto. Pasa un rapero y le grita. Se le corta la voz, deja de tocar, le contesta y sigue cantando. Pasa otro tipo, se le acerca y le quieredar un beso. Ella le corre la cara, le grita, vuelve a cantar. Está agotada, pero no pierde belleza. Cada vez hay más policías, un camión de bomberos, gente con celulares. Un hombre se le aproxima lentamente, la mira con ojos desorbitados.
No dice nada, pero es demasiado. Ella se saca. Sólo quiere tocar, grita. Canta más fuerte.
Canta sobre la soledad, sobre lo que perdió, sobre lo que busca.
Canta sobre la libertad.
Pero no es ninguno de esos quemados quien la calla definitivamente.
Es una señora.
Una señora que la encara y le explica, con gestos, que no es momento para cantar.
Hubo un accidente.