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Cultura //// 21.03.2021
¿Qué hacer con tanto arte?

Internet alteró por completo la forma en que nos relacionamos con las diferentes producciones artísticas. La oferta cultural disponible hoy a través de la web es infinita. ¿Cómo navegar, entonces, sobre este mar infinito de propuestas?

Por Tomás Calarco | Ilustración: Gabriela Canteros

No hay dudas de que Internet alteró por completo la forma en que nos relacionamos con las diferentes producciones artísticas. Y el aislamiento preventivo producto de la pandemia mundial del 2020 no hizo más que profundizar estos cambios. La oferta cultural disponible hoy a través de la web es infinita. Es la realización de una especie de “Aleph” del consumo cultural, es la biblioteca que contiene todas las bibliotecas, el cine que contiene todas las películas y el disco que contiene todos los discos, y así infinitamente, por supuesto.

Ante esta inmensidad uno no puede más que sentirse agobiado. ¿Qué hacer? Nunca antes en la historia de la humanidad hubo tanto conocimiento, tantas obras de arte a disposición de tanta gente. Al mismo tiempo vivimos en una época que nos impulsa a estar siempre en la búsqueda de la novedad, del estímulo siempre nuevo; una época que condena el aburrimiento, que le teme al vacío; una época en donde nuestros consumos (culturales y generales) se basan en tachar elementos de una lista (las bucket lists), donde la mirada hacia atrás no es revisión sino revival o “reinvención” (si estos comportamientos son producto de la oferta o viceversa es otra discusión). Ante tamaña oferta y dispersión ¿cómo podemos actuar como consumidores de arte? ¿Es cierto el dicho popular “el que mucho abarca poco aprieta”?

Netflix, Spotify y bibliotecas digitales

Antes que nada intentemos hacernos una idea de los cambios ocurridos en los últimos años. Tomemos como primer ejemplo el cine. Según datos del INCAA, en 2007, en Argentina, se estrenaron 363 películas (incluye “Festivales, muestras y otros”). Para ver un estreno era necesario ir al cine (por supuesto, primero había que tener la suerte de vivir en un lugar en donde haya cines y que además proyecten la película buscada). Algunos meses más tarde era posible alquilarla en DVD. Los que se daban un poco más de maña con Internet podían descargarse las películas nuevas usando programas como el eMule y muchas veces sacrificando mucha calidad tanto de imagen como de subtítulos (en caso de necesitarlos). La oferta en la televisión, tanto por cable cómo por aire, distaba mucho de estar actualizada.

En ese mismo año 2007, Netflix comenzó, en Estados Unidos, su servicio de video en streaming que se complementaba con el servicio de envío de videos en formato físico. Catorce años después el panorama es por completo diferente. Según la página unogs.com, el catálogo de Netflix Argentina en el 2021 es de 5183 videos (3415 películas y 1768 series). A esta oferta se suman las demás plataformas: Amazon Prime Video, HBO GO, Disney+, Apple TV, Starzplay, Qubit, Mubi, Flow, Cine.ar, Paramount+. La cantidad total de películas y series disponibles es imposible de determinar.

Con la música sucede algo similar. Si seguimos tomando al 2007 como referencia, el consumo de música era casi en su totalidad en formato físico. Pero para el 2019 el formato físico representó apenas el 21,6% del total del mercado internacional de la música. Hace no muchos años para elegir un disco nuevo había que revisar las bateas de una disquería. Hoy podemos encontrar en Spotify (llegado a la Argentina en el 2013) un catálogo de 50 millones de canciones y 700.000 podcasts (según la página bussinesofapps.com). Si no encontramos nada que nos guste, cada día se agregan 40.000 nuevas canciones. Por supuesto que a eso hay que sumarle el catálogo de Amazon Music, Apple Music, Deezer, Tidal y YouTube Music.

Una biblioteca digital donde es posible descargarse los textos en diferentes formatos (.PDF, .DOC, .EPUB o .MOBI, entre otros) se jacta de tener en su base de datos “147.150 libros, 42.118 biografías y 135.658 reseñas” (ebiblioteca.org). Si pudiéramos leer de a un libro por día necesitaríamos más de 400 años para leer todo lo disponible en esa página.

Buscando en YouTube podemos hacer visitas virtuales por los museos más importantes del mundo. En  las páginas oficiales de dichas instituciones podemos ver de manera online las obras que están en exhibición.

Da la impresión de que en los últimos tiempos se llevó al extremo la técnica del zapping nacida con la televisión por cable. Estamos en constante búsqueda de una experiencia más intensa y significativa, cambiando de estímulo si no nos satisface con rapidez. El éxito y difusión masiva de las series (capítulos de menor duración que una película que tienen por lo general un crescendo de estímulos) puede ser un indicador de este fenómeno. Series que se ven completas en una noche para pasar, en la próxima noche, a otra.

A pesar de tamaña oferta de productos culturales es muy común escuchar “no sé qué ver”, “no encuentro nada nuevo para escuchar”, “ya vi todas las sugerencias” y así. ¿Habrá una ley que indique que a mayor oferta mayor insatisfacción? ¿El potencial acceso irrestricto a todos los productos culturales registrados de la historia de la humanidad (porque eso es lo que ofrece Internet) es perjudicial a la hora del disfrute y el consumo crítico? ¿Cómo navegar, entonces, sobre este mar infinito de oferta cultural?

Apreciación musical y estética

Aaron Copland distingue, en su libro Cómo escuchamos la música, tres planos de escucha distintos: el plano sensual, el plano expresivo y el plano puramente musical.

El primero, es la escucha por el puro placer del sonido mismo. Esta sería la escucha más común. Ponemos música para hacernos compañía en casa mientras limpiamos o en un viaje largo en colectivo. Podemos decir que en este plano la música es más bien un fondo, un acompañamiento de otras tareas.

El segundo plano refiere a la expresión de la obra musical. En este plano la escucha es más atenta, nos metemos en la obra para descubrir qué significa para nosotros, qué representa y, sobre todo, qué está intentando decir el autor.

El último plano refiere más bien a la creación musical en sí misma, a la relación de la notas entre sí, la forma, los diferentes elementos técnicos formativos de la obra. Se puede decir que esta es una escucha experta, restringida al poseedor de ciertos estudios o conocimientos musicales.

Podemos aplicar esos planos de escucha a las diferentes maneras de relacionarse con un producto cultural. Cualquiera de ellos puede disfrutarse, en mayor o menor medida, en esos tres planos (que, por supuesto, no se excluyen entre sí sino que se complementan y confunden en la apreciación artística). El plano del disfrute por el disfrute mismo; el plano expresivo, indagador del significado que el/la artista intentó darle a su obra; el aspecto técnico y formal.

Aunque sea de manera inconsciente todos conocemos los diferentes planos de apreciación estética. Para la noche de un viernes que nos encuentra cansados después de una semana de trabajo es probable que elijamos ver una película que priorice el primer plano de acercamiento. En una fiesta sería raro que se ponga música pensada para el tercer plano de escucha como podría ser el dodecafonismo.

Hay obras que están hechas pensando en un cierto tipo de apreciación. Hay películas que, sin dudas, apuntan al consumo más primario, aquellas películas que solemos tildar de “pasatistas”. Lo mismo con ciertas canciones o libros. Por supuesto que este tipo de obras también puede ser apreciado desde los demás planos. Baste ver el ejemplo del cuento policial norteamericano o la ciencia ficción, escrita para las publicaciones “Pulp” de principios de siglo XX. Estos cuentos eran creados de igual manera que lo que hoy llamamos “cine comercial” pero, sin embargo, suscitaron grandes debates intelectuales, de forma, y funcionan como la representación clave de un período socio-cultural determinado.

Estos planos de apreciación pueden servir como una suerte de guía dentro de la infinita oferta cultural actual. Ser consciente de los diferentes grados en que podemos relacionarnos con un producto cultural nos vuelve consumidores activos. Personas que, aunque sea en un nivel básico, saben qué están buscando o qué esperar. También nos predispone de cierta manera. ¿A qué le vamos a prestar más atención? ¿Vamos a tomar notas, una cerveza o ambas? ¿Cómo se relaciona esto que estoy viendo/leyendo/escuchando/sintiendo con otras obras ya conozco?

Cuando se está frente a una obra de arte, de cualquier tipo de arte y género, el espectador/consumidor asume, aunque sea de manera inconsciente, rasgos de artista. Reconstruye la obra que tiene enfrente, aunque sea de la manera más básica, relacionando un sonido con otro, una palabra con otra o una imagen con la otra y le damos un significado (algo hacemos de manera constante cuando miramos una película). Cuando esto sucede el espectador deviene también en artista. El acto de mirar o escuchar una obra es también un acto de creación. De características más modestas tal vez, pero acto creador en fin. El que mira interpreta, relaciona los diferentes elementos de la obra de acuerdo a sus propios conocimientos, experiencias, momento de la vida, otras obras de arte que conozca.

En base a ese comportamiento del espectador podemos encontrar algunas ideas útiles a la hora de guiarnos en la infinidad de la oferta cultural.

La vuelta a la obra

Stranvinsky dice, en su Poética musical, lo siguiente: “la función del creador es pasar por un tamiz los elementos que recibe, porque es necesario que la actividad humana se imponga a si misma sus límites. (…) Si todo me está permitido, lo mejor y lo peor; si ninguna resistencia se me ofrece, todo esfuerzo es inconcebible; no puedo fundarme sobre nada y toda empresa, desde entonces, es vana. (…) Y en arte, como en todas las cosas, no se edifica si no es sobre un cimiento resistente: lo que se opone al apoyo se opone también al movimiento”.

Desde el lado del espectador podríamos entenderlo como una invitación a explorar una línea artística: un determinado artista en particular que nos llamó la atención, un género literario o musical o una técnica pictórica en especial. En vez de chapotear en infinidad de charcos sin profundidad, sumergirse en la laguna que más nos atraiga hasta llegar a sus profundidades. Es lo que se llama una “restricción creativa”.

También Stranvinsky afirma que uno conoce de verdad una obra musical cuando la sabe de memoria. Eso, por supuesto, implica varias escuchas atentas, sea el género musical que sea.

La vuelta a la obra es otra manera de ordenar la experiencia artística. La re-visión, la re-lectura. Cuando se vuelve a una obra de arte por segunda vez, el acercamiento es diferente. El espectador puede prestar atención a otros aspectos de la obra, puede relacionarla con nuevas experiencias y conocimientos adquiridos entre el primer y el segundo abordaje de la obra. Empiezan a hacerse conscientes los diferentes planos de los cuales Copland hablaba y el espectador puede dedicarle más atención al que desee. Muchas veces lo ya visto se transforma en novedad cuando se lo vuelve a analizar.

Elección de un marco, de una línea a seguir, revisión crítica de lo ya visto y consciencia de los diferentes planos de apreciación de una obra; pueden ser las bases para un mayor disfrute y una toma de consciencia de la experiencia estética frente a la oferta infinita y aparentemente desordenada que se ha abierto en los últimos años.