Perón como programador: “El don de la ubicuidad, Ramón Carrillo y la cibernología peronista”

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Perón como programador: “El don de la ubicuidad, Ramón Carrillo y la cibernología peronista”

22 Agosto 2021

Por Leonardo Fabián Sai

Al Coronel Juan Perón le hubiera encantado poseer el juguete de la Big Data y desde el Estado planificar la economía y la sociedad. La cibernética no nace del capital sino del Estado. De su pensamiento a largo plazo, de su inversión estratégica, de un horizonte abierto por una burocracia técnica profesional y nacionalista. La historia de internet, su origen militar, así lo atestigua, para el caso norteamericano. Documentos, cartas y archivos de gestión de Ramón Carrillo, habilitan esta suposición, para el caso argentino, en un marco que se inicia en la preocupación y trabajo administrativo-sanitario, y lo excede. A nuestro criterio, esto no solo tiene que ver con cuestiones técnicas —que hacen a la semi-totalitaria voluntad del gobierno peronista, como decía Milcíades Peña— sino con su diferencia respecto al fascismo. El Pocho rechazaba visceralmente la violencia, cerraba sus ojos para no ver las brutalidades que otros cometían en su nombre, de tanto en tanto, caía en una retórica inflamatoria. Sin jamás cultivar la mínima inclinación por convertir al uso de la violencia en filosofía; su mejor biógrafo —Joseph Page— así lo señala. Para Perón, el arte de la conducción política era un ejercicio de intermediación permanente, de disfraz. Escribir el guion, repartir anticipadamente las cartas, para que otros digan, más o menos, lo que de antemano se desea. Su aura carismática es una especie de teatro de enredos y tragedias donde se dirime La Pasión Por La Orgánica (ése deseo de ser mosquito, mordisquito, chupamedia, alcahuete, burócrata sindical, puro peronista). Programar los roles, funciones, asuntos de conversación. Hubiera querido ser también el Primer Cibernólogo.

Aquello que resulta ocultado, enterrado, en nuestro inconsciente, como “frase”, “orden” (en rigor: cosa) y que, sin embargo, nos interpreta, actúa: constituye el apetito de los programadores. Hacerle al organismo una misión, un destino: producirle un fantasma a la máquina para que obedezca nuestros designios. Lo decía muy jocoso en el 73’, en diálogo con Roberto Maidana, Jacobo Timerman, Sergio Villarroel: “ése que ayer era el único privilegiado, hoy es el revolucionario, esto comenzó en la familia, en los principios que destilamos en las madres, fueron metidos en los niños, hasta los seis años, momento en que se forma el subconsciente… ¡¿y quién le saca a los chicos del subconsciente lo que la madre le metió en la cabeza a los seis años?!”(https://www.youtube.com/watch?v=mbPoEN6Jw6o)

Los niños haciendo la V de la Victoria, la juventud peronista era ante todo un producto de la militancia maternal de las compañeras. Manejar información, anticiparse, diagnosticar, son necesidades permanentes de la burocracia y de sus técnicos. De aquí que la afinidad, el sueño, de una ciencia de la información sea una ambición de cualquier Estado Nación:

“La Cibernética parte de la mecánica y tiende hacia una mecanización cada vez más completa del trabajo del hombre, incluso el trabajo del intelecto, con el objeto de economizar esfuerzo y tiempo. En cambio la Cibernología se fundamenta en la ciencia del hombre, tiende a racionalizar las normas de la convivencia humana con el objeto de aumentar su felicidad. Lejos de propiciar una mecanización del Estado y del Gobierno, se propone, mediante recursos científicos, humanizar ambos. La Cibernología, sería, entonces, la ciencia integral del hombre.” (Arturo Carrillo, Ramón Carrillo: El hombre, el médico, el sanitarista… Buenos Aires, 2005, páginas 286-287.)

Una ciencia peronista que quiere la planificación de la sociedad como felicidad del pueblo:

“Hablo de la felicidad, la felicidad humana, que solo es concebible dentro de una colectividad, pues el hombre es “par excellence” un ser social. Por consiguiente, los resultados prácticos de las síntesis cibernológicas serán reglas destinadas a dirigir científicamente la vida de las colectividades humanas. De aquí la tercera definición de la Cibernología enfocada como ciencia aplicada: la Cibernología es la ciencia y el arte de organizar las comunidades y gobernarlas. La biopolítica es una de sus técnicas.”(Op. Cit. pág. 287)

Pero la cibernética pronto se desprende de su financiamiento público, de su caparazón administrativo-burocrático, se constituye como empresa de capital, se retira del Estado y de la universidad: se convierte en máquina de valoración tecnológica del valor. De un garaje donde se piensan ideas, de un despacho de funcionario donde se imagina una ciencia total, al laboratorio sin paredes del capital. La cibernética se trasfigura en la última promesa disponible de inmortalidad del hombre. En Ramón Carrillo, aún se soñaba crítica y humanista, botiquín teórico y medicina de urgencia para la humanidad:

“El Estado cibernológicamente concebido, desembocará, tarde o temprano, en una sociedad planificada por los sociólogos, psicólogos, arquitectos, higienistas, juristas y verdaderos economistas; una comunidad capaz de modificar con su esfuerzo las limitaciones telúricas y las injurias de su propia geografía, y condicionar un orden, adaptando exactamente a sus necesidades biológicas y espirituales. Debemos reconocer que en un Estado y en una sociedad planificada, el hombre no puede ser concebido sino en función de los demás hombres. Porque no solo pensamos con el cerebro, sino que pensamos con todo el cuerpo; el hombre aislado es una utopía, ya que, si bien piensa y siente con su cerebro y su cuerpo, también piensa y siente con el cerebro y el cuerpo de otros hombres.” (Op. Cit. pág. 288)

Una sociedad de control fue anticipada y criticada por Ramón Carrillo, en tanto cibernología, si bien fue políticamente desarrollada por la dictadura militar en la guerra de Malvinas donde la ficción — ¡estamos ganando! — se volvió masacre y democracia de la derrota. La sociedad de control en Argentina se piensa anterior al Plan Pinedo. Es pre-peronista al mismo tiempo que global-libre cambista. Su mayor pensador es otro Domingo, el Felipe Cavallo. Se combinan en ella la especialización agrario-tecnológica, el keynesianismo penal, la civilización importada. El menemato le impuso una estética, fundamentalmente, norteamericana. Disolvió los “viejos valores” del estado benefactor en la cocaína de la sociedad espectacular sin culpas. Hundió su dedo en la herida de la crisis de representación produciendo mayorías amorfas directamente conectadas al mercado mundial. Nuestra crisis no es “valorativa” sino representativa. No sabemos quién manda. No tenemos una idea conceptualmente compartida del mundo. Cada cual lo diseña, lo “personaliza”, a su modo y se encierra en su universo informacional. No es fácil hallar verdades donde pueda apoyarse el humano inducido a comportamiento predictivo y data de los mudables sistemas sociales de la cibernética. Y tampoco podemos pensar la dignidad del humano sin antes o al mismo tiempo pensar la dignidad de lo no humano: animales, plantas, espectros. El desorden moral actual no se resuelve, no se supera, con la quimera cristiana del colaboracionismo social y sus pactos sino en la preparación trascendental de lo actualmente indecible: la liberación del campo popular. La “comunidad organizada” es la falsa conciencia del Estado como lucha abortada. Por eso, la cibernología, en el marco del capital, estaba ya condenada a provocar la cibernética del capital más allá del derecho.

Aquí se cierra esta excusa, con el anuncio de un trabajo recientemente editado, lanzado al mundo exquisito de las librerías porteñas, cuyos borradores he tenido el honor de leer en estos tiempos pandémicos.

Me refiero a El don de la ubicuidad: Ramón Carrillo y la Cibernología peronista, del sociólogo y documentalista Gabriel Muro: auténtica genealogía de una ciencia frustrada en la cual reconocemos los actuales límites del Estado respecto a la cibernética y a la bio-política.