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Cultura //// 14.06.2020
Pandemia y obsesión: doblar la apuesta

La escritora indaga en los intersticios subjetivos, las discusiones fútiles, el lugar del deseo y su negativa constituyente en la operación pandemia, buscando redoblar la apuesta del encierro, en el intento de surgir en un lugar que es el mismo, pero no se parece en nada a lo que ya conocíamos. Por Natalia Torrado.

Ilustración: Itzel Bazerque Patrich

Por Natalia Torrado

 

 

Se extiende la cuarentena. Y no hay discusión más ridícula e inútil, más idiota o funcional a los fines enajenantes de la operación-pandemia, que la discusión de si debe o no debe extenderse. Gastar nuestros pocos (¿últimos?) cartuchos ahí… qué desperdicio. Qué histeria: que si se extiende, quiero que no se extienda; y que si no se extiende ¡pues quería que se extendiera! Me adelanto: sí, los argumentos de los dos lados pueden ser legítimos. Y sí, hay que apoyar que se extienda. Hoy y por ahora. Y presionar para que esa decisión se vuelva sustentable. Ahora. Y comprender el carácter coyuntural, la dimensión del “cada vez”, del “cada caso” en el asunto (en este y en todos: lo que se llama ética). Pero, ¿es esa toda la discusión que vamos a dar?, ¿artistas e intelectuales? Muy bien, dirán que es necesario. Entonces, ¿qué más? También circula por allí, en este frente, el llamamiento a producir, aprovechar la cuarentena para producir, ¿producir qué? Lo que no se haya logrado producir hasta ahora no se producirá tampoco por obra del encierro. La cuarentena no es una musa. Y peor aún, circula especialmente un llamamiento a “refugiarse” en el arte. Refugiarse. Como si el arte fuera un alero, una casilla. Sólo quien, por un lado, tiene el techito garantizado, y el que, por otro, no comprende la dimensión e implicancias de este desastre, puede decir que en estos momentos el arte está allí para refugiarse. Es decir que, o bien queremos que el mundo se acomode a nuestras necesidades, o queremos, entonces, no tener nada que ver con él. Estos parecen ser los términos generales de la discusión.    

Entonces, hay que doblar la apuesta. Hay que obsesionarse. Encerrarse en el encierro. Cavar un túnel. Comunicarse con el mundo por debajo. Para poder aparecer de golpe en otra geografía. Emerger de la tierra en otra parte. Obsesionarse, fijarse en el encierro. Fijarse en la idea. Asediar. Acosar. Volverse ocupas del propio aislamiento. El encierro que se nos impone, elegirlo, radicalizarlo, no tener nada que ver ni que hablar ni que intercambiar con el afuera, no así, no con ese afuera, no en extenso. Que se nos configure el afuera como una trampa. No la del virus, sino la de la pandemia, entendida como la trampa de una operación que hoy se consuma pero que hace tiempo nos viene privando de un afuera real, y que nos tiene engañados, imbecilizados en la ilusión de que somos libres. Libres de ir y venir. Libres de viajar. Libres de entrar y salir. Nada de eso es cierto. Hace rato el afuera es un adentro: vamos y venimos por los mismos sitios, según el cuidadoso itinerario de nuestra actividad de producción y consumo; viajamos con paquetes turísticos (y turístico-artísticos, ¡incluso turístico-académicos!), nos alojamos en resorts que son idénticos en cualquier parte del mundo, o peor, temáticos de las “distintas” partes del mundo, banalizantes de cualquier experiencia de otredad, neutralizadores de cualquier afuera. No vemos sino a través de nuestras cámaras y pantallas. “Salimos” a comer o al cine entrando en un shopping (todos y cualquiera, el mismo shopping), sentimos a través de estímulos programados, incluso “a la carta”: todo es de diseño, las drogas, las comidas (tanto chatarra como orgánico-espirituales), los video juegos, las series, el personal training (todas drogas); para todos los gustos y estilos de vida hay un diseño, o mejor, hay diseños de estilo de vida. Nos excitamos en la inmediatez del online, y nos confirmamos libres en el esnobismo sexual multi-género-orgiástico-cool

Adherimos nuestra existencia a la permanente disponibilidad de todo lo que queramos consumir, en cualquier momento en que nos de la compulsión consumirlo, siempre que contemos con los recursos necesarios para hacerlo. Así consumimos algo que se parece un poco, de lejos, a la vida, o no sabemos bien a qué se parece, porque todo ha sucedido demasiado rápido. ¿Todos nosotros? No. Los dominados por encima de la línea de pobreza. Para los que se encuentran por debajo las drogas son otras, más letales, más dolientes. ¿Y para los opresores? Todo vale, porque ellos tienen tiempo, incluso de sanar. Los paquetes de experiencias son para los más o menos pobres, para que “la vivan”, “la disfruten” y “la cuenten”, y vuelvan pronto a producir. Todo sucede apresuradamente, como un trámite. Un mal orgasmo entrecortado, pero bueno, ya está. Al menos pudimos conocer tal o cual cuidad del mundo, al menos fuimos a tal o cual congreso, al menos participamos de tal o cual reunión, ensayo, evento, festival etc. Y la verdad es que no estuvimos nunca, ni conocemos, ni sabemos nada de ningún “otro lado”, porque todo lo que sucede, sucede inmediata e inexorablemente del mismo lado. Reconozcámoslo, hace rato no hay afuera. El sistema lo convierte todo en una interioridad. No entramos ni salimos de ninguna parte, boyamos o rebotamos, más o menos concientes, en la unidimensión de la pseudo-experiencia de vida capitalista. Y compartimos las fotos, sí que las compartimos, con familiares, con colegas, con amigos, con reales desconocidos en las redes. Está hecho. Computa. El trabajo está hecho y la foto, el video, son la evidencia de que allí estuvimos. Y nada de nosotros se transforma mientras nos movemos en el perpetuo registro del “todo adentro”, de la mismidad. Entonces, si ese afuera alucinado es un adentro efectivo, habrá que recluirse voluntariamente en un adentro del adentro para descubrir otras regiones, unas profundas, inexploradas, peligrosas. Doblar la apuesta es decir: “¡Por supuesto que me encierro! ¡Debería haberlo hecho antes! ¡Pero claro no pienso salir de aquí hasta que me devuelvan un afuera al que valga la pena asomarme!”. Y no sólo no hay que de ninguna manera aceptar salir a un afuera de cartón pintado, sino que hay que, además, entrar al adentro del adentro obsesivamente; literalizar, radicalizar el encierro, para ocuparse de los asuntos de los que el adentro se conforma. Obsesionarse es, en su origen, también establecerse, tomar posición, asentarse, anclar en algún sitio, para abrir sus dimensiones. En el obseso, al revés que en el poseso, el movimiento es de afuera hacia adentro.

Si para la posesión debe haber algo que se tiene, para la obsesión debe haber algo de lo que se carece, casi constitutivamente. El rodeo se despliega sobre una ausencia. O, paradójicamente, una presencia plena de lo que está en retirada. De ahí que la persistencia del obseso le garantice toda clase de experiencias e intensidades. Su agitación es vital, vitalista, contrariamente al rasgo destructivo que desde la perspectiva de la (peor) clínica se le adjudica. La fijación, como rasgo negativo de la obsesión, puede sin embargo constituirse en una forma disruptiva respecto de la lógica productivo-consumista. Anular el deseo (no a la manera zen, sino en la forma de la resistencia) es sustraerse de esa lógica, a riesgo de la propia destrucción. La obsesión, en este sentido, puede ser border. ¿Pero acaso no es únicamente en ese borde que somos capaces de tener algún sentido del afuera? Entonces, en el límite, la obsesión se medica. No sea que el que se obsesiona se avive y avive a otros de lo que en el borde ha percibido: un sentido real del afuera es contra-sistemático y el poder no puede arriesgarse. En este sentido, la identificación con la obsesión constituye para el arte una forma de revuelta. Obsesionarse con los asuntos que nos ocupan es consagrar nuestra existencia a ellos. Exacerbarse en ellos. Y por eso, no plegarse al movimiento que nos adapta y nos integra a los asuntos menores de la “realidad” como si fueran los únicos atendibles. Obsesionarse es hurgar nuestros asuntos, descubrirles sus aspectos, o mejor, crearles aspectos para luego ocuparnos de investigarlos. Obsesionarse es mantenernos en estado de averiguación, de singularización, de especificación, respecto de esas cosas que cuanto más propias son, más se nos escapan, y más nos alientan a insistir. Y en ese estado, y como resultado de la acción obsesa, nuestras cosas ya no son, llegan a no ser, nuestras. Porque esos “objetos” que acosamos siempre serán del orden del misterio (que siempre fueron), serán otros, o del orden de “lo otro”, en tanto se constituyen conforme los asediamos, a través de nuestro asedio; no hay nada allí que desear, nada de antemano que conocer, no somos científicos suponiendo nuestro objeto (aunque tengamos en cierto punto la actitud del científico), somos más bien inventores, que sabemos que la cosa a la que nos dedicamos nunca será nuestra, y que jamás será predecible o dominable: asediamos nuestras cosas porque no nos pertenecen, y nuestras cosas no nos pertenecen porque las asediamos. Así el objeto que el obseso se inventa no es, en rigor, un objeto, sino un afuera, y por eso conecta mucho mejor con lo otro y con los otros. “Afuera” llega a existir el día en que somos capaces de constituirlo como aquello que se sustrae a la mirada, esa gran tirana. Al contrario, lo que es del orden de la extensión es potencialmente observable: puedo trasladarme, ir hasta ahí, hacer llegar los ojos, si es necesario con lentes, con cámaras, ¡con sólo hacer un click en otro link! La cosa está allí, más cerca o más lejos, pero puede ser vista, y podemos actuar sobre ella, doblegarla. Entonces, todo lo que aparece, o puede aparecer a la mirada, sigue siendo ya un adentro, efectivo o potencial. Porque el afuera, en rigor, es inaccesible, mejor, insondable. Así, la dimensión del afuera es intensiva y por eso libre. Y la intensión nos plantea la necesidad de otra clase de movimiento y de relación, incluso otros sentidos que afinar: nada hay que haya que ver, poseer o dominar, y sin eso el sujeto es un resto, por eso la obsesión es libertaria. El gesto político hoy, en tiempos de extensión, de cantidad, de pura superficie, es el de intensionar ad infinitum.

El virus se extiende, se propaga. Al ritmo de la tecnología. Entonces hay que entrar. Pero entrar de verdad. Cada vez que nos diluyan en la horizontalidad de una experiencia extensa, habrá que hacer mella, habrá que hacer un pozo. Y un pozo en el pozo. Desde esta perspectiva, el encierro no es de lamentar; habría, más bien, que desear jamás haber salido a recorrer (¡o a correr sobre!) la superficie sosa de un mundo todo igual. Hay que asediar, en cambio, la “cosa” sin fondo. No moverse de allí, fijarse para transformarse no ya en el que se mueve sino en el movimiento. Volverse un taladro. Vibrar quieto. Todo lo que se mueva hoy será movido por el capital. Su sólo gesto de iniciar la marcha será inmediatamente capturado y arrastrado, sea cuales fueren sus intenciones, por las intenciones del poder, hacia su territorio. Porque todo el que se mueva hoy no sabe a dónde va. Y eso no importa porque rápidamente le será indicado su sitio en la distribución del sistema, su función, su puesto en la línea de montaje. Todo el que se mueva hoy le hará el juego a la operación-pandemia, que nos dice que no podemos movernos para que sea justo eso lo que más queramos: deseo lo que no tengo y cuando lo tengo deseo otra cosa, de esa mano come el sistema. Y entonces los libres del mundo se mueven y se infectan y se mueren, o se matan, se asesinan. Y entonces los otros, los que priorizamos la vida a la economía, pagamos, también con vidas, los costos propios de un país dejado en ruinas, por las políticas que también miraron y exaltaron un afuera de fantasía (también con la fachada publicitaria del espacio verde y la vida al aire libre). Y en la encrucijada del hambre o el virus, nos manifestamos o firmamos cartas a favor o en contra, nos debatimos en un to run or not to run, mientras los libres del mundo (los otros, no los del himno) y nosotros, seguimos muriendo de virus, de raza, de hambre, de clase. O de depresión. Porque no tenemos un deseo- no de algo, sino de desear. Porque no podemos advertir que “eso” no es “eso” y hacer implosionar el deseo, o volvernos él. No hemos sabido hacernos de una “cosa” sin fondo con la que obsesionarnos, un adentro de un adentro en el que poder salir a respirar. Y los que no se mueren, o no se deprimen, subsisten con ánimo espasmódico en el limbo idiota de la comunicación y la red social. “Quedate en casa” dice la televisión. Pero tu casa hoy es oficina, aula, gimnasio, consultorio, salón de belleza, cárcel, diván, parque de diversiones, quirófano. La casa también es una trampa de la que hay que salir. Afuera no se puede; igual no hay, ya no había. Entonces es preciso doblar la apuesta, escarbar, abrir un boquete en la conciencia, un respiradero, un conducto hacia otro lado, que siempre, pero siempre, más que otro lado, será más bien el pasaje, el pase, la pasada, el tránsito, el gesto de apertura; mucho más que un lugar. El otro lado no es un lugar: es una actitud, es una posición respecto de, el otro lado es su propia producción. 

Esperando la muerte voluntaria (o la consumación, finalmente, del amor, dejar de desear, constituirse en deseo) los amantes en la película Cold War se sientan en un banco, mirando al horizonte, y ella dice, mientras contempla, que del otro lado el paisaje es mejor. Y no se tarda en adivinar que se trata del otro lado de ellos, es decir, eso en ellos que no es ellos, y que justamente es lo que ama (eso, que no es ellos, ama), y que eso que ama sólo puede amar sin ser ellos, y que eso es algo que sólo la muerte logra despegar, liberar. El otro lado de uno, su afuera, eso que no es “yo”, y que por lo tanto no está completamente “en” uno; eso, esa dimensión de resuelta inconsistencia, de firme inestabilidad, incluso de sólo y pura advertencia, es la única salida. Porque es inalienable. 

Y si el arte y el pensamiento no se consagran hoy a eso, no se obsesionan con eso, no se agujerean, no se escrutan, no ceden su sustento subjetivo, no se convierten en devotos de su “cosa” ( a falta de esa palabra que falta, o en tanto signo de una palabra imposible); digo, si no se convierten en devotos, que es también una forma de morir (de decidir una muerte, de morir nuestra muerte antes de que nos maten) para por fin nacer en otro lado, o más bien, para hacer nacer un “otro lado”, un confín, un paisaje que es mejor; si el arte y el pensamiento no pueden hoy con eso, entonces, es que acuerdan con esto, con este lado, con permanecer del lado que es siempre este, y con este paisaje del espanto en que se ha convertido nuestro mundo, hace tiempo. Suficiente ya. 

Pero claro, primero hay que tener con qué obsesionarse. Qué apostar.