Midence y la desobediencia epistémica: indispensable para desarrollar categorías de pensamiento autónomas
Es un honor para mí presentar el nuevo libro de Carlos Midence titulado Nosotros y occidente. Otra historia de un relato hegemónico (Bs. As, Ciccus Ediciones, 2026). Carlos Midence, escritor nicaragënse, filósofo, diplomático y militante sandinista, logra reunir sus oficios múltiples en una obra que entrelaza excelencia académica, compromiso político y fertilidad heurística. El autor nos comparte su pensamiento político-filosófico, al tiempo que nos traza el recorrido para la lectura, articulada en una premisa introductoria y cuatro capítulos que analizan 1) los dispositivos culturales empleados para la construcción del “Otro” y la inferiorización de las poblaciones de países no hegemónicos; 2) el uso imperial/imperialista de las ciencias, es decir, la utilización del conocimiento científico utilizado como instrumento de control y disciplinamiento social; 3) la necesidad de una desobediencia epistémica, indispensable para que los intelectuales del llamado “sur global” desarrollen categorías de pensamiento autónomas y se liberen de la dependencia conceptual del dominador. Es importante aclarar que la referencia a un “sur global” puede resultar a primera vista problemática en más de un sentido, porque tiende a homogeneizar realidades diversas, al tiempo que refuerza la idea de una cierta ubicación geográfica que no da cuenta exacta de la complejidad de la situación. En todo caso, la referencia al “sur” se presenta como metáfora de la subalternidad, reuniendo a pueblos diversos que deben ser reconocidos en sus singularidades, aunque claro está, todos ellos comparten una historia común atravesada por la exclusión y la opresión. Diversidad de pueblos, de intereses y necesidades. Pero también diversidad de clases sociales en cada comunidad, dado que las poblaciones de los países periféricos no son homogéneas. Ellas esconden núcleos internos de dominación, a partir de clases privilegiadas que trabajan para el opresor desde lo profundo del territorio propio. El enemigo no necesariamente está afuera, y es importante recordarlo, en especial a la hora de producir, evaluar y aplicar conocimiento. O, por el contrario, encontramos también intelectuales comprometidos con temas de decolonialidad en prestigiosas universidades norteamericas. Por eso, la cuestión de la educación en general -y de la educación superior en particular- adquiere protagonismo cuando se trata de encarar una práctica crítica y transformadora que debe estar atenta no sólo a las diferencias y complejidades de los dispositivos de poder, sino también de sus tensiones y contradicciones.
A partir de aquí, la propuesta de Carlos Midence se inserta en el debate contemporáneo sobre los conceptos de decolonialidad y epistemología, planteándose un objetivo muy claro: deconstruir el mito del excepcionalismo y la presunta superioridad cultural o moral de occidente para reemplazarlos por una contra-narrativa decolonial. El desarrollo del análisis parte de la premisa de que la posición de hegemonía alcanzada por el bloque occidental no es fruto de un mérito intrínseco, sino el resultado de un largo proceso histórico basado en la ocupación territorial, el extractivismo sistemático y la apropiación epistemológica. Está claro que los países occidentales ocupan históricamente una posición dominante a nivel global, pero se impone impugnar radicalmente sus causas declaradas y aceptadas como indiscutibles. Carlos Midence muestra cómo la riqueza, el proceso de industrialización y el actual poder institucional de occidente se estructuraron a través de tres factores: la expansión militar, la explotación sistemática de los recursos humanos y naturales del sur global y el saqueo de los saberes tradicionales acumulados durante siglos por otras civilizaciones. El autor insiste en cómo occidente se apropió de tales recursos para luego reescribir la historia universal, transformando el botín en un presunto mérito de quienes, paradójicamente, los habían usurpado.
“Colonialismo” y “colonialidad” son conceptos distintos, pero íntimamente relacionados. El colonialismo es la dominación político-militar directa sobre un territorio. La colonialidad representa, por su parte, la presencia de las estructuras de poder y de pensamiento colonial en la vida cotidiana, en los consumos culturales y, muy especialmente, en la educación. Midence deja claro cómo la dominación se vuelve plenamente eficaz cuando la conciencia del colonizado interioriza las jerarquías del colonizador. ¿Y cómo se comprueba el éxito? Muy simple, el resultado de esta labor del colonizador se traduce en la aceptación resignada de la desvalorización de la propia cultura y, muy especialmente, en la dependencia de las universidades periféricas respecto a modelos y teorías científicas validadas exclusivamente en el llamado “norte global”.
La dimensión epistemológica de la colonialidad es innegable, y entiendo que este es el principal punto a trabajar cuando se ejercita la crítica radical entendida como arma para la transformación, es decir, para la revolución. La tecnociencia se ha convertido en el principal insumo del capital global, a partir de un proceso de radicalización de los dispositivos de poder que emergen en los albores de la modernidad histórica. La ciencia concebida como mecanismo de control privilegiado que obliga al mundo, tanto natural como social, a arrodillarse frente a la autoridad del sujeto investigador es explícitamente indicada por Inmanuel Kant en el “Prólogo” a la segunda edición de la Crítica de la Razón Pura:
La razón debe acudir a la naturaleza llevando en una mano sus principios, según los cuales tan sólo los fenómenos concordantes pueden tener el valor de leyes, y en la otra el experimento pensando, según aquellos principios (Kant, 1979).
La razón universal, encarnada en el investigador -varón europeo, blanco, ilustrado y propietario- se coloca en la posición del juez que obliga a los hechos del mundo, sin piedad alguna, a responder a sus preguntas con el objetivo de validar la ley, ya sea ley de naturaleza o ley del mercado. Pero en todos casos leyes garantizadas por los pasos de un método que se santifica: el método “científico”. Se trata, sin embargo, de una universalidad fabricada e impuesta a través del dolor y la humillación. Universalidad tramposa y sin duda injusta, porque hace de los modelos cognitivos de los países centrales la regla o patrón para definir eso que se ha dado en llamar “humanidad”. La racionalidad científica no es, pues, universal por derecho propio, sino que se presenta como el resultado de un proceso de universalización ejecutado a partir de la negación de todo aquello que no encaja en sus leyes. De este modo, la ciencia -producto occidental por excelencia en tanto invento de la modernidad europea junto con el capitalismo y el imperialismo- legitima un modelo único construido a partir de la lógica de un lenguaje que afirma corresponder puntualmente con la lógica del único mundo posible. Recordemos la nefasta exhortación que tanto se multiplica en los medios hegemónicos acerca de necesidad de que aquellos países llamados “periféricos” se integren al “mundo”. O, a la inversa, las advertencias que supone para estos países quedar fuera del “mundo”, de ese mundo construido a partir de la complicidad entre la tecnociencia, la colonialidad y el capital global.
¿Cuál es pues el rol de la universidad en este proceso? Porque es casi un lugar común afirmar que la universidad tiene un rol fundamental cuando el afán de progreso se convierte en meta individual o social. La universidad es la institución que administra la ciencia de una época, que la inventa y la resguarda monitoreando sus aplicaciones y los mecanismos para su difusión. En la universidad se disciplina el saber, normalizando la subjetividad de quienes hacen ciencia, ya sea enseñando, investigando, evaluando resultados, aplicando conclusiones o comunicando el desarrollo alcanzado. Es precisamente el disciplinamiento aquello que garantiza que la ciencia sea “normal” -según palabras de Thomas Kuhn, es decir, una ciencia adaptada a las necesidades e intereses de los grupos hegemónicos (Kuhn, 2013). Disciplinamiento o normalización a la vez epistémica y ética, en definitiva, normalización política. Dice Michel Foucault:
¿No sería preciso preguntarse sobre la ambición de poder que conlleva la pretensión de ser ciencia? No sería la pregunta: ¿qué tipo de saberes queréis descalificar en el momento en que decís: esto es una ciencia? ¿Qué sujetos hablantes queréis infravalorar cuando decís: “hago este discurso, un discurso científico, soy un científico? (Foucault, 1978:131).
Boaventura de Sousa Santas nos recuerda que la descolonización del poder supone la descolonización del saber. Cuestionar a la ciencia occidental y pretendidamente universal como portavoz de la verdad objetiva es un modo de revolucionar la ciencia. Y a su vez, una ciencia revolucionada, que reconoce a otros conocimientos como válidos otorgando valor a las formas de vida que los producen, debilita las estructuras de control y opresión. Si pensamos a la ciencia como práctica social con autonomía relativa, entonces revolucionar la ciencia es convertirla en un arma para la revolución. Y la universidad debe estar a la altura del desafío, pero no solamente renovando programas de estudios con perspectivas inclusivas e interculturales. Sino muy especialmente, revisando los modelos de gestión de la ciencia que se suelen aceptar de modo acrítico. La inclusión de contenidos superadores no alcanza si seguimos obedeciendo a pautas, estándares, acreditaciones y reconocimiento de los centros académicos internacionales o del norte global.
Quizás, llegados a este punto advertimos que, a pesar de su problematicidad, la categoría “sur global” tiene fuerza performativa a la hora de posicionarse políticamente, de empoderarse como conjunto sin duda heterogéneo, pero con un enemigo común. Con franca conciencia de los límites que nos imponen los esquemas dicotómicos y reconociendo -como bien lo aclara Midence- que Occidente dista mucho de ser un bloque monolítico en tanto alberga poblaciones marginadas y despreciadas, como bosnios y albaneses -entre tantos otros- puede resultar útil como grito de rebelión frente grupos hegemónicos que hacen de sus prácticas y conceptos estándares de comparación para justificar intervenciones políticas y militares. Dice Carlos Midence, en la página 95 del libro que presentamos: “Occidente es una herramienta con la cual medir y clasificar sobre la base de la violencia”. Violencia que puede ser extrema, porque si bien la colonialidad es más insidiosa y sutil, el burdo colonialismo lejos está de ser cosa del pasado, tal como lo confirman las ocupaciones territoriales y las supresiones coloniales que nos golpean en nuestro presente. ¿Podemos pensar en la colonialidad como condición de posibilidad del colonialismo de ocupación y del genocidio? Está claro que no todas las vidas valen los mismo, y no todos los genocidios merecen el mismo repudio por parte de ciudadanos respetables que se consideran respetuosos de los valores del norte global. Individuos ilustrados, que consideran que es lícito matar a poblaciones enteras que no se ajusta a los estándares civilizatorios de la cultura hegemónica. Matar en nombre de pretendido y declamados valores occidentales de justicia abstracta, democracia y libertad.
Silvia Rivera es Filósofa especializada en Filosofía de la ciencia y Ética de la investigación. Profesora Consulta de la Universidad de Buenos Aires. Directora de la “Revista Electrónica Didáctica en Educación Superior” (REDES) del CBC/UBA.
Referencias Bibliográficas
De Sousa Santos, B. (2009). Una epistemología del sur: la reinvención del conocimiento y la emancipación social, Bs. As., CLACSO.
Kant, I. (1979). Crítica de la Razón Pura, México, Porrúa.
Kuhn, T. (2013). La estructura de las revoluciones científicas, México FCE.