"Matar el nervio", de Anna Pazos: escribir el desborde
En Matar el nervio (Random House, 2023) Anna Pazos escribe desde un lugar corporal, muy inmediato, casi como si pensar y sentir fueran la misma cosa. Hay una especie de exposición constante, una incomodidad con una misma que no termina de resolverse nunca. Es un libro que parece preguntarse todo el tiempo cómo vivir, pero sin esperar realmente una respuesta clara. Más bien, se mueve en la contradicción, en el vaivén, en la impulsividad. Orbita en una misma sensación: la de no poder procesar del todo el presente e ir hacia lo profundo del yo. Como si el mundo estuviera yendo demasiado rápido y la escritura fuera una forma medio desesperada de alcanzarlo, o de no quedarse completamente afuera, o al menos de entenderlo, aunque sea un poco, si es que alguien puede.
Matar el nervio puede leerse como el relato de una subjetividad que intenta sostenerse en movimiento. Más que narrar una sucesión de viajes, relaciones o experiencias, el libro construye una reflexión sobre el desgaste que produce vivir desde la intensidad y la incertidumbre. A través de una escritura autobiográfica, Pazos convierte la exposición del yo en una forma de pensar el paso de la juventud a la adultez como una experiencia marcada por el desborde, la huida y el desencanto. La escritura aparece como el lugar donde la inestabilidad puede mostrarse sin necesidad de resolverse.
Uno de los rasgos más llamativos del libro es la manera en que el yo se construye desde una hiperconciencia constante. La narradora parece observar cada pensamiento, cada deseo y cada contradicción con una intensidad que impide cualquier forma de estabilidad. Esa exposición busca hacer visibles sus fisuras. El yo nunca aparece acabado; por el contrario, permanece en un estado permanente de revisión. En ese sentido, escribir funciona como un intento de sostener el desborde.
La propia estructura del libro acompaña esa lógica. No existe una narración lineal ni una progresión clara hacia una resolución. El texto avanza mediante recuerdos, escenas, pensamientos y desplazamientos que parecen surgir de la asociación más que de un orden cronológico. Esta deriva no constituye una falta de control, sino una decisión formal que reproduce la experiencia de una conciencia incapaz de organizar completamente lo vivido. La fragmentación responde, así, a una manera específica de entender la memoria y la identidad: ambas aparecen como construcciones incompletas, atravesadas por olvidos, repeticiones y cambios de perspectiva.
El movimiento ocupa un lugar central en esta experiencia. Viajar, cambiar de ciudad, de trabajo o de relaciones constituye un gesto que se repite a lo largo de toda la narración. Sin embargo, estos desplazamientos nunca producen una transformación definitiva. La promesa de que un nuevo lugar permitirá comenzar de nuevo acaba frustrándose una y otra vez. Tesalónica, Jerusalén, Turquía, Nueva York o Barcelona dejan de ser simples escenarios para convertirse en estaciones de una búsqueda que nunca encuentra un punto de llegada. La huida comienza a revelar su dimensión repetitiva.
Esa repetición permite leer el libro como algo más que el relato de una juventud intensa. En realidad, Matar el nervio habla del momento en que esa intensidad empieza a mostrar sus límites. No existe una celebración romántica de los veinte, sino una revisión crítica de una etapa marcada por la precariedad afectiva, laboral y habitacional. La libertad aparece inseparable de la incertidumbre y el deseo de experimentar convive constantemente con el cansancio. El libro propone una narración del desgaste: moverse mucho no implica comprender más, y la acumulación de experiencias no garantiza una identidad más sólida o madura.
En este sentido, el desencanto atraviesa toda la obra. Presentándose como un estado persistente que acompaña incluso los momentos de mayor entusiasmo. Cada nuevo vínculo, cada viaje o cada proyecto parecen contener la esperanza de una transformación, pero esa expectativa termina desmoronándose. Poco a poco surge una sospecha incómoda: el conflicto no reside únicamente en los lugares o en las personas que rodean a la narradora, sino también en las estructuras internas que ella misma reproduce.
Resulta especialmente interesante que esta huida constante no se traduzca en cobardía. Al contrario, la narradora nunca deja de enfrentarse a sus propias contradicciones. Cambia de escenarios, abandona relaciones y vuelve a empezar, pero al mismo tiempo se obliga a observar aquello que la incomoda. La escritura funciona precisamente como el espacio donde esas contradicciones pueden exponerse sin quedar justificadas. La imagen infantil de que «el suelo es lava» resume bien este movimiento: permanecer quieta parece equivaler a desaparecer, de modo que desplazarse se convierte en la única forma posible de sostener la propia existencia.
También el cuerpo ocupa un lugar decisivo dentro de esta construcción del yo. El deseo, la vulnerabilidad, la incomodidad y el miedo aparecen siempre encarnados. Pensar y sentir resultan inseparables. La reflexión nunca se presenta como una operación puramente intelectual, sino como una experiencia atravesada por afectos y sensaciones. De este modo, la escritura del yo adquiere una dimensión profundamente corporal que aleja el texto de cualquier confesión complaciente. Pazos no intenta construir una imagen heroica de sí misma; por el contrario, expone sus zonas más contradictorias y menos legibles.
En Matar el nervio lo biográfico no funciona como garantía de autenticidad, sino como un procedimiento para explorar las formas en que una subjetividad se construye y se desestabiliza. La experiencia personal deja de ser únicamente individual para convertirse en una vía de acceso a problemas compartidos por toda una generación: la precariedad, la movilidad permanente, la dificultad para construir vínculos duraderos y la sensación de que la adultez nunca termina de consolidarse.
La pregunta que atraviesa el libro es cómo habitar un presente caracterizado por la incertidumbre. Frente a esa pregunta, la escritura no ofrece respuestas definitivas. Tampoco organiza el caos en un relato tranquilizador. Lo que hace es darle una forma provisional, construir un espacio donde el desorden pueda desplegarse sin ser reducido. En esa decisión reside buena parte de la potencia del texto. La literatura no aparece como una herramienta destinada a corregir la experiencia, sino como una práctica capaz de acompañar su complejidad.
Matar el nervio puede entenderse como una reflexión sobre el paso de la juventud a la adultez desde una perspectiva alejada de los relatos tradicionales de aprendizaje. Anna Pazos construye una escritura donde el desborde, la huida y el desencanto dejan de ser episodios aislados para convertirse en formas de habitar el mundo. La intensidad ya no promete una revelación final, sino que evidencia sus propios límites. Escribir tampoco implica alcanzar una identidad estable, sino aceptar que el yo permanece siempre en proceso, atravesado por contradicciones que nunca terminan de resolverse. Quizá ahí resida la mayor fuerza del libro: en mostrar que crecer no consiste en dejar atrás la incertidumbre, sino en aprender a escribir desde ella.