Los ojos cerrados and the Bad Seeds

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Los ojos cerrados and the Bad Seeds

07 Octubre 2018

Por Ramiro Gallardo

 

La rebelión consiste en mirar una rosa hasta pulverizarse los ojos.

Árbol de Diana, Alejandra Pizarnik

 

 

Cuando la amada pierde la vista en Langosta, la película de Yorgos Lanthimos, la relación que tenía con David se torna imposible: en aquella sociedad distópica, la pareja es obligatoria o está prohibida (según uno viva dentro o fuera de los límites de la ley) y el amor es posible sólo entre dos personas que tienen algo en común: cojear, perder sangre por la nariz o, en el caso de estos dos amantes protagonizados por Rachel Weisz y Colin Farrell, ser miopes. David intentará reencontrar ese punto de unión. Entre intentos frustrados y trampas a la ceguera, canta Where the wild Roses Grow.

From the first day I saw her I knew she was the one
She stared in my eyes and smiled
For her lips were the colour of the roses
That grew down the river, all bloody and wild.

Perder la vista supone –o así enuncia alguna escena– que uno de los demás sentidos se agudiza. Sería fácil, son tan delicados nuestros ojos: no sé cómo el viento no los apaga, dice Baldomero Fernández Moreno, o no los ciega el polvo, o el sol no los evapora como dos gotas de agua… Curiosamente, cuando Damiel se acerca a Marion en Las alas del deseo, la película de Wim Wenders, ella no puede verlo, pero lo percibe. Es que Damiel es invisible, es un ángel. Cuando renuncie a su condición sobrenatural, cuando elija la vida terrenal para hacer que su amor se vuelva posible, va a encontrarse con su amada en un concierto de Nick Cave and the Bad Seeds. Intenta besarla, nunca antes ha besado. Ella lo detiene y arranca un monólogo que tiene la forma de esas charlas cuando hablamos en voz alta, con alguien, viéndolo en nuestra imaginación.

Debe ser algo serio finalmente. A menudo he estado sola, pero nunca he vivido sola. Cuando estaba con alguien, a menudo estaba contenta, pero al mismo tiempo todo parecía una coincidencia. Estas personas eran mis padres, pero otros podrían haberlo sido. ¿Por qué mi hermano era el chico de ojos marrones y no el de ojos verdes del otro andén? La hija del taxista era mi amiga. Pero yo podría haber abrazado el cuello de un caballo. Estaba con un hombre, enamorada, y podría haberlo dejado ahí e irme con el extraño que vi en la calle. Mírame o no lo hagas. Dame tu mano o no lo hagas. No. No me des la mano y alejes la mirada. Creo que hoy hay luna nueva. No hay noche más pacífica. No se derrama sangre en la ciudad. Nunca he jugado con nadie incluso así, nunca he abierto los ojos y pensado: esto es serio.

Miopías, amantes, sentidos alterados y Nick Cave. Coincidencias, el azar, o una senda forzada que sirve para garabatear esta nota y nada más. Como aquella “cierta enciclopedia china” de Borges, que ordena imposibles. Aunque muchísimo más fácil, claro, es juntar estas dos películas que animales perte­necientes al Emperador con lechones, sirenas, perros sueltos, dibu­jados con un pincel finísimo de pelo de camello o animales que de lejos parecen moscas.