fbpx Literatura sub-20: “Cayendo en el regazo de Santa”, de Milena Virgilio | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Cultura //// 14.02.2021
Literatura sub-20: “Cayendo en el regazo de Santa”, de Milena Virgilio

AGENCIA PACO URONDO comparte un cuento de amor que actualiza historias de “El Grinch”, lo diverso y la ternura de la imaginación. La autora es vecina de Tres de febrero.

Por Milena Virgilio

−“¡Esteban, te quiero en la cocina en cinco minutos!”, Esteban escucha a su mamá gritar, se retuerce en la cama y se saca las sábanas de encima, sabía que eran cerca de las 03:00 p.m,  su mamá no dejaba que se levantara más tarde, incluso si estaba de vacaciones.

Para Esteban, a sus 18 años de edad, no había nada peor que este día, el 24 de diciembre, no era sólo por el hecho de que su mamá estaba más irritada que de costumbre o porque su hermana tuviera la energía para saltar por toda la casa, era por el simple hecho de que al día siguiente era navidad.

No lo juzguen, no es el Grinch y sin dudas le gusta recibir regalos, lo que no le gusta es tener que ir al centro comercial a hacer la infinita fila para ver al falso Santa, si bien algo como esto no le afectaría mucho, a Lucía, su hermanita, se le había dado por enfermarse, por lo que no solo tenía que hacer la fila, sino que también, hablar con "Santa".

−“No quiero hacer esto, no me puedes obligar, tengo mis derechos”, fueron las primeras palabras que Esteban, muy dramáticamente, soltó al ver a su mamá, parada en la cocina mientras esperaba que la carne se descongelara.

−“En esta casa no se ejercen tus derechos, así que te sugiero que te cambies y salgas para el centro comercial”, su mamá lo apuntó con la cuchara, Esteban bufó.

−“Si sales más tarde no vas a ver a Santa”, dijo su mamá burlona.

−“Lo que sea”, protestó mientras subía a cambiarse.

−“Me rehusó, me niego, no quiero, no y no”, se escuchó decir a Federico quien bajaba las escaleras batallando con la enorme barriga de Santa ya que "no te puedes cambiar en el centro comercial, si los niños te ven mataría la ilusión" y una mierda pensó Federico.

−“Le prometiste a tu tía que lo harías Federico, yo no críe a un mentiroso”, le reprochó su padre.

Bueno en defensa de Federico, él había prometido ayudar a su tía porque su primo, Lautaro, quien siempre hace de Santa, estaba enfermo y no podía asistir. Grata fue la sorpresa cuando ayer a la noche su primo le manda un audio cantando y diciéndole, con el sarcasmo en su mejor uso, que agradecía de todo corazón que lo reemplazara, ya que él estaba, obviamente, muy enfermo.

Pobre tonto e iluso Federico, se han aprovechado, una vez más, de su nobleza.

Apenas puso su trasero en el enorme asiento de Santa, quiso irse. La fila de niños era enorme, tan enorme que parecía no tener fin.

Diez minutos y cinco niños después, Federico se replanteó la idea de ser padre, con la cantidad de niños que estaba viendo y sentado en su regazo, tendría suficiente para tres vidas.

A la hora, Federico quería pegarse un tiro.

Esteban llegó al centro comercial con una cara que decía: "no me dirijan la puta palabra o los apuñalo" y los coristas que cantaban en la calle junto con la nena que vendía galletas lo entendieron a la perfección, por eso, o por el hecho de que Esteban les gruñó apenas osaron dirigirle la palabra.

Camino lento, como quien no quiere la cosa y de hecho no la quería, hasta llegar al tercer piso del centro comercial. Desde el lugar que estaba se podía ver a la perfección la fila de niños y padres esperando ser atendidos por Santa.

A las dos horas o dos años, Esteban no sabe decir con precisión, pudo notar que solo quedaban dos niños delante de él y más le valía a los niños apurarse si no querían ver al tierno Esteban hecho una furia.

Cuando solo quedaba una niña, Esteban chocó miradas con Santa Claus. Oh! Esteban, ¿qué es ese escalofrío?

Federico está muriendo, en serio, está hiperventilando y la razón de su muerte tiene nombre y apellido, Esteban Olguin, su crush de toda la vida, con quien no sólo nunca había hablado, sino que su primera conversación sería con él usando un miserable traje que le hacía aparentar que tenía cincuenta kilos de más y una barba que no lavaba hace semanas.

Relajate, relajate se repetía Federico interiormente, si no te reconoce en el colegio, mucho menos te va a reconocer disfrazado. No entres en pánico, ¡QUE NO ENTRES EN PÁNICO!

Esteban no está mejor que Federico, puede no estar hiperventilando, pero parece que su corazón se le está por salir del pecho. Hay algo que no aclaramos sobre Esteban y es el hecho de que está enamorado, bueno no sabe si llamarle amor, pero él cree que lo es y nadie puede decirle lo contrario.

Esteban se enamoró el primer día que ingreso al colegio, díganle superficial, pero cuando vio a ese chico con el pelo rojo como si estuviera prendido fuego, sólo lo supo, supo que era el indicado.

Por eso y por el hecho de que fue el único niño que no se burló cuando sacó su cartuchera color rosa con un unicornio de lentejuelas en ella, "porque los unicornios son lindos y me hacen sentir lindo", de hecho, fue el único niño que lo halagó por su linda cartuchera y que "no te preocupes ellos no están listos para vos y tu cartuchera, pero yo pienso que es genial". Ese fue el día en que, a sus catorce años de edad, Esteban se enamoró de Federico.

Sin embargo, luego de eso, nunca hablaron otra vez, si bien se veían en los pasillos del colegio y en las clases que compartían, nunca tuvieron una conversación apropiada y Esteban se había resignado al hecho de que la escuela había terminado y que probablemente no volvería a ver a Federico otra vez.

Pero cuando dos personas están destinadas a amarse, no hay nada en el mundo que prohíba que se vuelvan a encontrar.

El señor que aparentaba estar a la mitad de su vida, usando un traje verde y unos zapatos que hacían ruido al caminar, se acercó a Esteban para avisarle, no muy amablemente, que era su turno y que si no se apuraba que se corriera para darle permiso a los demás niños.

−“¿No estás muy grande para sentarte en regazo de Santa, muchacho?”, preguntó el hombre mientras movía la correa púrpura que dejaría que Esteban por fin se sentara en el regazo de Federico.

−“Creo que yo debería hacerle la misma pregunta”, respondió cortante mientras se acercaba a Federico.

Una vez parado frente a Federico, Esteban no supo que hacer, ¿me siento? no, eso sería muy raro, ¿me quedo de pie? eso se ve aún más raro. Di algo, maldita sea.

−“Eeh, uhmm, p-puedes sentarte si quieres”, Federico tartamudeó, no lo culpen tiene a Esteban parado en frente.

−“Salvo que te parezca muy raro, entonces no", agregó apresurado, Esteban no le contestaba, Federico se preocupó, temía haber ofendido al menor.

Esteban por su parte estaba teniendo un aneurisma, su crush, el chico del cual estaba enamorado, el amor de su corta vida, le había pedido que se sentara en su regazo y Esteban no iba a desaprovechar una oportunidad como esa.

−"Sí, sí, claro que me siento, sería raro hacer toda esta fila para quedarme parado”, se rio nervioso. Esteban prosiguió a sentarse en el regazo de Federico y sintió chispas cuando la parte de atrás de sus muslos tocaron los de Federico y pensó; bueno, creo que podría morir ahora mismo y me daría igual, ¿qué mejor lugar que morir en los muslos de Federico?

−“Antes que nada, no estoy haciendo esta fila por mí, es por mi hermanita”, aclaró apresurado, “está enferma y quiere que yo le pase sus regalos a Santa”, agregó.

−“Por supuesto, ¿por qué no me decís lo que quiere tu hermana?”, preguntó mientras se miraba las manos, mirar a Esteban a los ojos era peligroso y Federico lo sabía de primera mano.

Luego de recitar la corta lista de las cosas que su hermana esperaba para navidad, Esteban estaba listo para bajarse cuando Federico volvió a hablar.

−“¿Y vos no querés nada para navidad?”, preguntó interesado, “haré lo que sea para conseguirlo después de todo es mi trabajo”.

Esteban rio: − “No creo que puedas conseguirme lo que quiero para navidad”.

−“Supongo que eso no lo sabremos hasta que no me lo digas, no dudes de mis capacidades, me siento ofendido”, hizo un puchero y Esteban no recordó cómo respirar.

−“Y yo, yo quiero que el chico que me gusta me invite a una cita para navidad”, dijo tímido, esperando la respuesta de Federico.

Federico sintió que su corazón se hundía, ¿así que a Esteban le gusta alguien? vaya mierda.

− “Oooh, creo que tienes razón, no puedo ayudarte con eso”, bajó la mirada, “pero estoy seguro de que te invitará, quiero decir el chico que te gusta tiene dos ojos funcionales, ¿o no?”.

−“No lo sé, incluso si los tiene no me está mirando”, dijo Esteban al ver como su crush miraba al piso.

−“Dime Federico, ¿tienes dos ojos funcionales?”

Federico levanto la mirada de golpe ¿había escuchado bien? por supuesto, pero ¿qué mierda significaba lo que Esteban dijo?

−“¿Qué significa eso?”, dudó mientras apretaba su mano en la cintura de Esteban, le estaba sudando todo el cuerpo, que puto asco.

−“Dijiste que me conseguirías mi regalo para navidad”, se sonrojó mientras se acomodaba en su regazo.

−“Estoy esperando a que me invites a una cita Federico”

−“Y- yo, eeee, emmm”, las neuronas de Federico estaban haciendo cortocircuito.

−“Yo entiendo si no te gusto, no te sientas presionado a nada, pero vos realmente me gustas”, con todo sino pa' que. Esteban había perdido la vergüenza, es decir, estaba sentado en el regazo de su crush, podía dejar la vergüenza para otro día.

−“No no no, digo sí, rayos”, Federico era la definición de nervios.

−“Sí quiero tener una cita con vos, es decir, Esteban, ¿querés tener una cita conmigo?"

Esteban llegó a su casa con una sonrisa que amenazaba con romperle la cara a la mitad. Entró a la cocina donde se encontraba su madre. La abrazo por la espalda y le dio un beso en el cachete.

−“Sos la mejor mamá del mundo”, aseguró mientras la abrazaba, “gracias por obligarme a hacer cosas que no quiero, gracias, gracias, gracias”, la soltó para acercarse al sillón donde su hermana se encontraba viendo los dibujos animados.

−“Lu, muchas gracias por pensar que comer crayones derretidos era una buena idea, te lo voy a recompensar”, Lucía solo frunció el ceño y siguió mirando sus dibujos.

Esteban subió la escalera saltando de dos en dos, cuando llegó al final de esta, largó un grito de felicidad y prosiguió a encerrarse en su cuarto, esto se lo tenía que contar a Tobías.

−“¿Vos sabes qué le pasa?”, Lucía escuchó a su madre preguntarle saliendo de la cocina con un bowl donde batía la masa para las galletas.

−“Es tu hijo, a mí no me mires”, le respondió simplemente, para luego subirle el volumen a la televisión.

−“Lauti eres el mejor primo del mundo, no te puedo agradecer lo suficiente, decime lo que querés y te lo doy”, Federico hablo rápidamente, tenía a su primo del otro lado de la llamada.

−“¿Qué mierda te pasa?”, esto era raro, su primo nunca le decía este tipo de cosas, prosiguió hablando entre dientes, “Federico, me habías dicho que habías dejado las drogas, mocoso infantil”.

−“No estoy drogado Lautaro”, habló secamente, “o tal vez lo estoy, estoy drogado de amor”, dijo ingenuamente.

Lo próximo que se escuchó fue el pitido del celular, su primo Lautaro le había colgado.

Esteban y Federico no podían amar más al dichoso centro comercial que organizaba el encuentro de Santa con los niños, en este caso, el encuentro de Santa con el amor de su vida, Esteban.