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Cultura //// 23.01.2022
Las librerías de saldos y el gran Luciano de Samósata

El exfilósofo Dani Mundo estuvo husmeando por entre los libros de oferta y se encontró con una sorpresa.

 

Por Dani Mundo |​ Ilustración: Gabriela Canteros |​ Fotos: Agus Serratore y Nina Mundo

“pues al menos diré una verdad

al confesar que miento”

Cualquiera que haya frecuentado una localidad balnearia se tuvo que encontrar con un local medio destartalado, por lo general con polvo flotando en el aire y con rincones que hace años nadie investiga, en el que se venden libros en oferta. Estos locales se suelen ubicar en subsuelos o al fondo de galerías semi-abandonadas que ningún alma incauta se atrevería a hollar. Parecen lugares de tráfico de elementos ilegales más que de libros venidos a menos. O tal vez estos libros revendidos y súper producidos sean elementos virósicos y peligrosos que afectan la psique del que entra en contacto con ellos. Nunca se sabe. Buena parte de mi biblioteca proviene de esos sucuchos.

De una ojeada parecen libros usados, y en muchos casos hay una mixtura de ambos tipos de libros, los libros usados y los libros descatalogados, libros de saldos que los dueños de estas librerías compran a bolsa cerrada a precios tan baratos que da vergüenza saberlo. Se los juro. Pueden encontrarse con cualquier cosa. Por lo general se encuentran libros a los que se les pasaron sus 3 minutos de fama, best sellers que cualquier librería normal se avergonzaría de vender, o libros de editoriales prestigiosas que antes salían carísimo y que ahora cuestan menos que una revista de quiosco, y cosas por el estilo.

Es de este tipo de libros que me hice este verano pandémico, donde me compré la obra completa de Nietzsche, la obra completa de Aristóteles y la obra completa de Luciano de Samósata. Gran parte de la obra de Nietzsche ya la tenía por la editorial Alianza con traducciones de Andrés Sánchez Pascual, mientras que de Aristóteles tengo varios libros, no todos, algunos en diferentes ediciones. De Luciano, en cambio, no tenía nada y si bien lo conocía, es decir, había leído sobre él y algún texto suyo, es la primera vez que lo leo de corrido, varios libros seguidos y en una traducción que dentro de todo se la banca —no es fácil traducir a personajes como Luciano, que si bien hablaba siriaco (un dialecto del arameo) había aprendido el griego ático por admiración y para burlarse con conocimiento de esa edad de oro de la filosofía y la literatura. Luciano escribió bastante sobre la lengua y los problemas de la escritura y la oralidad, además, o sea que era plenamente consciente de lo que estaba haciendo.

Sus libros son por lo general breves, y fueron pensados para entretener y molestar. Es una obra seria, erudita y jovial. Si me obligaran a indicar alguna constante en la obra de este seudo filósofo y hombre de letras itinerante, diría que es la defensa de la frugalidad, el desprecio por el aplauso del público y la satisfacción por alcanzar una vida tranquila, evitando los problemas. Nada fácil en el primer siglo de nuestra era ni tampoco hoy.

Nació a comienzos del siglo II (c 125), en pleno auge del Imperio Romano, donde Roma se enriquecía y, a la vez, proveía protección a cada vez más territorios que quedaban bajo su dominio. Samósata, la ciudad en la que nació nuestro héroe, estaba ubicada sobre el río Éufrates. Era un lugar por donde pasaba la gran ruta que unía Éfeso con India, y de ella partían caminos hacia Capadocia, Cilicia, Fenicia y Babilonia. Era una ciudad próspera y muy helenizada.

Podríamos decir que Luciano de Samósata es un neosofista que, como los sofistas clásicos, solía proponerse para pensar temas controvertidos o prohibidos, justificando lo que socialmente era rechazado o condenado. Es una manera de pensar, un método. Luciano no iba a cambiar un poco de fama efímera por su verdad cruel y parresíaca. Alguien tiene que pensar los temas que nadie quiere reflexionar, desde la perspectiva en la que nadie quiere ubicarse, porque esa perspectiva existe, aunque sea densa y controvertida.  Lo otro es comodidad: pienso lo que todos quieren pensar y reafirmo lo que todos quieren escuchar. Esto es cualquier cosa menos pensar.

Bajo este método, para bien o para mal, Luciano llegó a defender a dictadores realmente impresentables, como a filósofos que profesaban una línea contraria a la suya, que era un antiplatónico rabioso. En verdad, a los investigadores del pensamiento antiguo les cuesta otorgarle a Luciano la adhesión a una filosofía. Estaba en contra de cualquier iglesia y pensamiento doctrinario. En uno de los pocos documentos antiguos que lo nombran (la Suda bizantina), se lo califica directamente de blasfemo y ateo.

Esta edición que compré en la librería de mi amigo Gerardo viene con un prólogo del gran Carlos García Gual en el que sostiene que, por extraño que suene, a Luciano no lo citó ninguno de sus contemporáneos y que, por lo tanto, se sabe muy poco de su vida. Se sabe que viajó por el Mediterráneo, Italia, la Galia y Grecia, dando charlas. Que se recibió de abogado, pero ejerció durante unos pocos años. Y que si bien escribió un texto en contra de los que cobran un sueldo, terminó sus días en Egipto siendo secretario de un funcionario estatal. Que se instaló en Atenas, compró una casa y llevó a sus padres a vivir con él. Se supone que estuvo casado, ya que alguna vez nombra a su hijo. Pero ¿por qué no lo citó nadie? No se tiene una respuesta consensuada, pero García Gual cree que se debe al carácter arisco del filósofo, más proclive a criticar y burlarse, que a aplaudir y granjearse amistades de conveniencia. “No buscó la fama, aunque tampoco tuvo una vida ignorada”, nos informa Wikipedia. Vivió una vida apacible de un pensador que no quiere ser calificado de filósofo, pues se auto percibía más como un hombre de letras. En todo caso, un proto filósofo sin doctrina, o cuya doctrina consiste en desmontar una y otra vez la propia doctrina o pensamiento. En este sentido, Luciano encarna (para mí) el sentido último de la filosofía, que una vez leí que Hannah Arendt le atribuía a Sócrates: los pensadores son técnicos en la destrucción, ingenieros en desmontajes y desarmaderos, con pocas dotes para crear escuelas y discípulos (en su saber destructivo, el propio yo no puede salvarse, obviamente) Su saber se basa en poner en duda todas las creencias, no en defender una. De acá que Luciano haya incursionado por los terrenos de la literatura y la ficción, y haya escrito obras que, retomando la tradición homérica, se emparentan con la novela de aventuras e incluso con la ciencia ficción.

Me queda por leer aún uno de los cuatro tomos de estas obras completas, por lo que en este verano tórrido todavía cuento con una muy buena compañía. En cualquier momento, igual, me doy otra vuelta por la librería de Valeria del Mar a ver qué perlitas rescato del fondo de un estante olvidado.