La dictadura desde el 2020

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La dictadura desde el 2020

22 Marzo 2020

Por Daniel Mundo

 

 

En su momento, cuando investigué la Dictadura para mi doctorado, creo que lo que secretamente me impulsaba era comprender qué había ocurrido durante esos oscuros años con la generación a la que pertenezco, la masa de niños y niñas cuya escolarización coincidió con los siete nefastos años de la Dictadura, y que no provenía de una familia de militantes políticos sino más bien de una clase social a la que la acción política apenas le interesaba. Por otro lado, cuando investigué los años previos al Golpe, período difícil de fechar pero que para mí comienza el día que liberaron a los presos políticos sin decreto u orden oficial de por medio (el decreto llegaría unas horas más tarde firmado por el flamante Presidente de la República, el doctor Héctor Cámpora), advertí que para marzo de 1976 no había ofertas políticas capaces de enfrentar el caos económico, político y social que se vivía (otro cantar es si ese caos había sido alentado por algún actor económico o político con intereses en el asunto). El famoso discurso del entonces General Videla de la Navidad del 75 había marcado con claridad el tiempo de espera, noventa días. ¿Estoy justificando el Golpe, acaso? ¿Estoy ignorando que a los pocos meses iba a haber un llamado a elecciones que hubiera podido cambiar la historia? Estoy diciendo que es muy posible que el Golpe haya sido deseado por una sociedad civil que solo entendía la realidad a partir de los insumos que le proporcionaban los medios. Desde mi interpretación, si no se tiene en cuenta este caldo de cultivo previo y muy complejo de desentrañar, la interpretación de la Dictadura será parcial e ideológica. Esos años "democráticos" forman parte también de la historia de la Dictadura.

Como sea, creí y creo todavía que esas camadas de niños/as eran el objeto privilegiado de las políticas de reorganización social y psíquica que la Dictadura se proponía cumplir —más tarde seríamos llamados también la Generación de la Transición. Cuando terminé el doctorado me di cuenta que esa tarea de comprensión superaba mis posibilidades. ¿Cómo pensar el Golpe sin condenarlo a priori? Si no condenás el Golpe, ¿significa que lo avalás? Es decir, ¿es posible pensar esa tragedia sin tener el diario del lunes? ¿Estamos capacitados para tal hermenéutica? No lo sé.

El objetivo de mi tesis consistía en bosquejar las diferentes representaciones que produjo la literatura de esos años oscuros. Podría decir que para bien y para mal concluí el trabajo unos segundos antes de que estallara el auge de la memoria auténtica, la memoria impulsada por el Estado y en búsqueda de una justicia verdadera. Cuando la terminé, a mediados de la primera década de este siglo, me desentendí absolutamente del tema. Todo el trabajo de una década servía tan sólo para chequear mi fracaso. Ja, pensé: éste es uno de los productos de esa generación asolada por la indiferencia hacia los otros y que consciente o inconscientemente le dio la espalda a lo que sucedía bajo sus narices. La sociedad civil no sólo es responsable por lo que alentó a hacer, también lo es por los silencios y las cegueras con las que se "protegió ". Siguiendo los planteos de R. Girard, pensaba que el sacrificio no es una aberración de la historia sino una manera de procesar la violencia que implica todo vínculo social. La sociedad argentina fue testigo y actor de ese sacrificio, lo deseó y luego, cuando pudo advertir lo que había deseado, se horrorizó y como siempre, culpó a los otros por lo que ella había hecho.  Según mi interpretación, de ahí provino la tristemente famosa Teoría de los Dos Demonios. ¿Estoy diciendo que un ente abstracto como "la sociedad argentina" es el culpable de todo? No. Estoy diciendo que la sociedad argentina participó del drama que deseó y vivió.

Ahora ni siquiera me acuerdo bien cuál fue la conclusión de esa tesis que el olvido, por suerte, se tragó. Si hubiera salido en formato libro la hubiera llamado La Literatura del Desastre, copiando un título de M. Blanchot. Creo que planteaba algo como que en la representación de hechos trágicos el discurso más justo no es el que esgrime una verdad, sino el que logra reproducir en nosotros toda la empatía de la catástrofe. El relato que no me cubre con una identidad, sino que me desampara y me expone a la tristeza. Como decía H. Arendt, colocarnos imaginariamente en el lugar del otro sin querer ocupar su lugar realmente. Voy a nombrar los tres o cuatro libros que más me conmovieron, posiblemente no sean los mejores ni nada por el estilo, simplemente fueron los que recuerdo que más me conmovieron: Detrás del vidrio, de Sergio Schmucler; Los planetas, de Sergio Schejfec; El secreto y sus voces, de Carlos Gamerro; y El antiguo alimento de los dioses, de Antonio Marimón.