Sandro: el fuego inextinguible de la memoria popular

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Sandro: el fuego inextinguible de la memoria popular

19 Agosto 2026

Un nuevo aniversario de su nacimiento nos devuelve la certeza de que Roberto Sánchez nunca se fue del todo. Nacido bajo el signo de Leo, un 19 de agosto de 1945, el pibe que imitaba a Elvis en los baldíos de Valentín Alsina terminó fundando la liturgia pagana más duradera de nuestra cultura. Para evocarlo como se debe, hay que correr el velo del "Gitano" cinematográfico y mercantil para rescatar su profunda identidad plebeya y comprender por qué, más allá de cualquier función artística inicial, Sandro forma parte indisoluble de nuestra memoria colectiva.

Este humilde servidor no puede dejar de manifestar (con profundo orgullo) haber llevado junto a un selecto grupo de camaradas y amigos (Alejandro Ubiria, Carlos Battilana y Víctor Tapia) durante varias temporadas un programa dedicado al Idolo titulado “Atmosfera Pesada Radio” (desde la Youtube aún se ven aquellos episodios). Gracias a esas tertulias, tuvimos la posibilidad de recuperar los testimonios de los verdaderos protagonistas: músicos, amigos, fanáticos y estudiosos que nos permitieron sumergirnos en el Universo sandrista, más allá de Rosa… Rosa y sus inolvidables películas.

Para entender a Sandro hay que entender el barro del conurbano y la mística de los clubes por donde intervino el Gitano junto a los del Fuego, cuando el rock hacía giras despiadadas haciendo varios shows por noche, como décadas más tarde lo harían las bandas de cumbia. Sandro no nació en la opulencia; se inventó a sí mismo con un par de botas altas, una campera de cuero y el pulso eléctrico de Los de Fuego. Como bien rescatamos en el libro “Vibración y Ritmo”, Roberto Sánchez fue el verdadero padre del Rock and Roll en Argentina. Fue el primer revolucionario que le puso el cuerpo al ritmo americano en castellano, escandalizando a la moral pacata de los años sesenta con movimientos de pelvis que desafiaban el rígido purismo de las élites ilustradas. Pero el destino de Roberto no era el nicho contracultural; era la masividad absoluta.

La metamorfosis llegó con la bata roja, las patillas ensanchadas y esa voz de barítono que parecía arrastrar el humo de mil cigarrillos trasnochados, mientras en el medio aún permanecen poco recordado su trayectoria ochentosa (tan fértil y genial como fueron sus años dorados). Sandro dejó de ser solo un cantante para convertirse en un mito viviente, el dueño de un magnetismo capaz de movilizar a legiones de "nenas" que hacían guardia eterna en la mítica casona de Banfield. Esas mujeres guardan en el pecho el recuerdo de una rosa arrojada desde el escenario como si fuera un pedazo de tierra santa. Existe una liturgia compartida entre el peronismo y el sandrismo que el propio ensayista Pablo Alabarces reconoció en diálogos con este servidor y lo plasmó en necesarios trabajos de sociología popular: la lealtad incondicional, el ritual de la vigilia y la ligazón indeleble entre el fervor popular y el llanto por los líderes ausentes. Es el heredero estético del descamisado que conquista el centro porteño.

Asumiendo que la cultura popular no puede desprenderse de la cultura de masas, queda en manos de sus herederos sostener exitosamente su estela mítica en estos tiempos turbulentos. Mientras el mercado a veces intenta encasillarlo en la nostalgia de sus películas, o visiones académicas extranjeras intentan ligarlo de manera absurda a complicidades dictatoriales, la realidad territorial demuestra que su figura fue un espacio de soberanía y resistencia comunitaria. Sus seguidoras desafiaron el mandato de la sumisión doméstica para apropiarse del espacio público y del deseo a través del goce y la fiesta de los carnavales.

Hoy el fuego sigue intacto porque su eco resuena en cada rincón donde se brinde con un vino y en cada balada que se grite con el corazón roto. Sandro de América es historia viva y no pierde vigencia porque encarna el volkgeist, esa esencia nacional arraigada en las barriadas trabajadoras. Roberto Sánchez sigue siendo ese misterio insondable de nuestra cultura que, cada agosto, nos vuelve a encender el alma.