¿En qué consiste la brutal actualidad del Art Brut?

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    Art Brut obra de Cristian Zancho
    Obra de Cristian Zancho
ENSAYO

¿En qué consiste la brutal actualidad del Art Brut?

29 Marzo 2026

Voy a aclarar un par de cosas muy obvias sobre el Art Brut antes de contarles por qué me interesa hablar de esta vanguardia tan singular (alguno se atreve a decir que la última vanguardia moderna).
El fundador de este movimiento de vanguardia fue Jean Dubuffet, un francés tardío que descubrió su veta pictórica con bien entrados los 40 años. Una vez que la descubrió, produjo o creó una obra literalmente de locos, tanto por su calidad como por su cantidad.

Podemos decir que su propuesta global era destituir cualquier privilegio con el que contara el artista, y a la vez recuperar las producciones de los niños, de los enfermos mentales o de los excéntricos compulsivos, es decir de cualquiera que se saliera de la norma instituida. Para él crear era, y lo es todavía para nosotros, una aventura cuyo final, la obra, nadie puede prever, y mucho menos el artista, ya que para éste la obra tendría que ser tanto la manifestación de los instintos, las pasiones y los afectos como la exploración y el descubrimiento de ese deseo o esas pasiones y afectos.
Esta nivelación general de la cultura que trae consigo el Art Brut implicaría borrar una figura que nos resulta muy cara, la del artista, y elevar de su posición rastrera la figura del cualquiera, pues cualquiera puede pintar.

Es cierto que esta consigna extrema arruinaría la figura maldita que nos legó el Renacimiento, la del genio, pero también arruinaría aquello por lo que los genios, los artistas, o mejor dicho: su firma, tienen el valor exorbitante y caprichoso que tienen, el dinero, la riqueza, el mercado del arte, los marchantes, los críticos de arte y las fotocopiadoras. La única manera de acabar con el arte tal como estaba a fines de la Segunda Guerra y tal como está ahora es aboliendo y prohibiendo la compra/venta de obras… aunque tal vez debamos decir con más corrección: de mercancías.

El Arte Bruto quiso además destituir otro concepto fundamental en el campo del arte, y que también sobrevivió, aunque no tan entero como el del artista, me refiero al concepto de belleza. El mito de la belleza.

El Art Brut instituye un criterio de belleza, como también su contraparte, de lo feo, lo vulgar, lo horrible, fundados en decisiones individuales y subjetivas —hay que tener en cuenta que lo que consideramos bello y lo que calificamos de feo constituyen el umbral hedónico por el cual se predisponen de una manera (y no de otra) nuestros placeres, nuestros gustos y nuestros rechazos. Pero, ¿cómo hacemos para diferenciar un placer auténtico de otro impuesto por la moda, por los condicionamientos sociales o por las sobredeterminaciones psicológicas? Dubuffet apela, como ya lo había planteado Kandinsky medio siglo antes, a la necesidad interior, las pasiones, los deseos, los afectos –que en los locos, para él, serían más puros, menos contaminados por la cultura.

A Dubuffet lo asaltó esta idea de reconsiderar lo que entendemos por artista, lo que entendemos por belleza, por obra, por locura, por razón, por normal, caminando por Suiza con su gran amigo Jean Paulhan. La Segunda Guerra llegaba a su fin. Nadie en su sano juicio podía estar contento con lo que había conseguido Europa en ese momento. Y el Art Brut se consideró como un escupitajo en el medio de la cara descubierta de la cultura europea.

El gobierno de Javier Milei parece ser una expresión extrema de esta penúltima vanguardia artística: cualquiera, pareciera, puede ser presidente de una nación subdesarrollada. Lo único que necesita es ser capaz de encarnar el Capital y hacerlo de la manera más brutal y violenta posible.

Lamentablemente, el primero que adquirió una obra bruta de Dubuffet fue nada más y nada menos que el inminente ministro de cultura francés André Malraux. Corría el año 1946. De allí en más fue imposible no consumir como bellos los cuadros de este excéntrico, y no pagar una fortuna por ellos —el Pompidou tiene como mínimo una docena de sus obras. De aquí a considerar a Dubuffet como un artista, a pesar de lo que él publicitaba de sí mismo, no hay más que un paso.

Obviamente, este rechazo orgánico que sentía Dubuffet por la cultura oficial no fue un inventó de él ni de esos años. Ya existía una potente tradición, como hasta nosotros sabemos, que recuperaba los dibujos infantiles, las máscaras africanas, las postales japonesas o los trabajos de los locos o los “primitivos”. Pienso en Guaguin y sus pinturas de Tahití, en Kandinsky y la pintura abstracta (o concreta, como la llamó sobre el final de su vida), en Klee y sus esquemas y líneas infantiles, en las indagaciones surrealistas y en las prácticas radicales llevadas a cabo por los dadaístas o por Duchamp. Dubuffet conocía bien esta tradición y se sentía heredero de ella.

La sociedad que el Arte Bruto denunciaba sobrevivió a la denuncia, deglutiéndolo. En una dimensión de su realidad, el gobierno de Javier Milei parece ser una expresión extrema de esta penúltima vanguardia artística: cualquiera, pareciera, puede ser presidente de una nación subdesarrollada. Lo único que necesita este cualesquiera, este Don Nadie, es ser capaz de entregar toda su vida al Capital, encarnar el Capital y hacerlo de la manera más brutal y violenta posible —esto que tenemos ahora y que tanto nos preocupa es lo más brutal y violento que nuestra sociedad tolera en este momento histórico, lo que significa que en un futuro no muy lejano esta violencia y esta brutalidad no dejarán de acrecentarse, y esto que estamos viviendo ahora como una catástrofe nos va a parecer algo hasta gracioso.

Hace unos largos años que en Argentina se viene hablando de la “batalla cultural”. En realidad, no es una batalla sino una guerra, una guerra de larga duración en la que nuestros enemigos nos vienen haciendo cada vez más mierda. Nuestra capacidad de reflexión, de argumentación, de interpretación viene reduciéndose de gobierno en gobierno (en esta serie incluyo también a los “nuestros”, por supuesto).

El progreso tecnológico, hoy como ayer y como antes de ayer, constituye una catástrofe para la humanidad, que lo festeja como si tanto ella como el progreso estuvieran al margen de los cataclismos que jalonan nuestra vida, cataclismos climáticos, psíquicos, económicos, anímicos, etc.

La televisión nos masificó homogeneizando nuestros gustos, mientras el smartphone nos masifica haciendo de nuestro gusto el mejor gusto de todos, haciendo de nuestra opinión, por lo general infundada, una verdad irrebatible, haciendo de cada uno de nosotros el ser más preciado de la humanidad.
La reflexión puede forzarse a sí misma hasta llegar a la brutalidad, pero la brutalidad no tiene la capacidad ni tiene medios para alcanzar la reflexión. No debemos olvidar que ellos ganan porque nosotros vamos fracasando una batalla tras otra. Nuestro proyecto de ser humano, de convivencia, de amor, de placer, está vencido.

Acá quería llegar. Porque hace unos años reivindiqué la obra pictórica de nuestro genio musical Charly García afirmando que era comparable a las obras del Art Brut. No hubo ni hay en Argentina un artista tan extremo en su “locura” como Charly García, y eso sin nunca perder su capacidad de atraer e inventar nuevos fans. La obra pictórica de Charly está aún por descubrirse, aunque ya se expuso en algún ArteBA y en más de una galería de arte.

La vida y la obra de Charly García son lo que me da esperanza de que en medio de tanto desconsuelo todavía podamos pensar algo… o nada, que es casi mejor.
Gracias.