fbpx “En épocas progresistas, tengo mis dudas de que la libertad aumente" | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Cultura //// 11.07.2021
“En épocas progresistas, tengo mis dudas de que la libertad aumente"

Juan José Becerra es un escritor argentino que en cada una de sus apariciones se encarga de sacudir la arena literaria. En diálogo con AGENCIA PACO URONDO, el autor de ¡Felicidades! y El artista más grande del mundo, plantea que “la identidad es la imposición de una marca bajo una cierta presión".

Por Branco Troiano / Foto Carolina Regalía

En algunos minutos, Juan José Becerra estará cruzando la puerta del café y hablará de la voz. De la voz y desde la voz. Desde la suya: la que se vale del lenguaje para luego burlarlo y la que ahora surca el barullo que sobrevuela nuestras cabezas en un lugar del que muchos de sus personajes ya habrían escapado despavoridos.

Sin embargo, antes, antes de todo eso, Becerra llamará y preguntará cómo es que todavía no nos hemos encontrado, para rápido caer en la cuenta de que hace rato esperaba en un café erróneo; se puteará a sí mismo y, entre risas, echará un pique -evocando esos que le gusta ver en La Bombonera- para dirigirse por fin al punto pactado.

Lo hará apurado, casi a los saltitos, eludiendo charcos y algún que otro sorete. No sabrá a ciencia cierta con qué se va a encontrar, pero irá. Entonces llegará, se sentará en la mesa y, ahora sí: Juan José Becerra, quien ya en ese lapso habrá hecho una pintura sensata de Juan José Becerra, hablará de la voz para tratar de explicarse y a la vez de explicarnos cómo es que uno de los mejores escritores argentinos de la actualidad configura su narrativa.

AGENCIA PACO URONDO: ¡Felicidades!, tu última novela, pareciera estar más signada por las digresiones casi anárquicas del personaje que por un plan de escritura preestablecido. En ese sentido, ¿seguís algún método a la hora de escribir ficción?

Juan José Becerra: Yo creo que siempre hay un método deducido. O sea, una vez que está el hecho consumado. Llamémosle a una novela hecho consumado, porque para mí hay una existencia de algún tipo de realidad en una novela que uno escribe, que cualquiera escribe… Entonces, frente al hecho consumado, lo que yo puedo hacer es rastrear un poco de manera retrospectiva en dónde me apoyé. Pero en el curso de la escritura tampoco le llamaría escritura. La escritura me parece que es una manifestación muy consciente de la fuerza literaria. Yo le llamaría... (duda, la mirada perdida en cualquier lado). No le pondría un nombre. Pero a ver, sí, lo llamaría el acto de escribir, el acto de escribir. La escritura me parece algo más pretencioso.

APU: ¿Sería algo así como el devenir del oficio?

JJB: Sí, y además yo creo que hoy, desde mi punto de vista, es un devenir del habla. Quiero decir, cuando veo estas cosas de manera retrospectiva, lo que observo es que eso que yo llamo escritura, con la que alguna vez trabajé de una manera muy vigilante, muy consciente, instalando un estado policial, fue abandonado, y hoy tengo la impresión de que me supedito a lo que sería el régimen de la voz por escrito. Digo “el régimen de la voz” porque es mucho más libre que el régimen de la escritura, tiene menos cláusulas. Entonces ahí yo creo que encontré algún tipo de libertad, y obviamente la libertad no es método: la libertad es ir hacia adelante, independientemente de lo que vayas a encontrar adelante. Entonces no tenés nada resuelto y la libertad se acaba cuando se acaba el deseo de libertad. Un poco lo que me pasa con las novelas: donde veo empieza a aburrirme, ya está pidiendo pista para aterrizar.

APU: En ese sentido, se me viene a la cabeza Fogwill con Los Pichiciegos, en donde hay un trabajo con la voz impresionante; y, quizás es un mito, pero dice que la escribió en tres días, por lo que fue una suerte de escupitajo.

JJB: Sí, sí. Eso. Yo siempre tuve una primera tendencia, un primer impulso a reconocer a los verdaderos artistas de la lengua de los escritores de escritura. Saer, digamos. Y después me fui como vendiendo (ríe)... a un mejor postor, para mí, que son los escritores de la lengua. No quiero decir con esto que para mí al final de ese proceso me encuentro con que Céline es mejor que Proust. Sí lo que me parece es que hay una libertad más… Que el índice de libertad en una escritura de la voz es más alto que en una escritura de la escritura. Eso yo lo veo en muchos escritores.

Y en cuanto a Saer, me parece que la antimateria es Aira, que sin ser del todo una voz, hay una voz que se suelta ahí; es una voz interior, es llamémosle un yo intelectual, especulativo, y que de alguna manera conecta con la memoria de Borges, con el recuerdo de Borges, pero que no es un escritor de escritura. No le interesa mucho a Aira que la frase quede perfecta. Al contrario, es más de escribir en el aire, y a mí me gusta más ese tipo de escritor hoy.

APU: ¿Y cómo ves hoy en día la producción literaria en Argentina?

JJB: Yo creo que la literatura argentina es buenísima, como el fútbol. Son como los dos campos por los que yo pondría las manos en el fuego: siempre hay algo ahí. Es extraordinaria, y no solo por las celebridades: su masa crítica es muy llevadera, y siempre hay alguna novedad. Lamento muchísimo perderme algunas, porque, viste, la relación con la lectura tiene un límite de duración. Pero siempre encuentro algo. Me parece que encuentro una vitalidad.

APU: Hay una idea que sobrevuela ¡Felicidades! y es la de identidad, algo que el narrador problematiza constantemente; qué es lo que lo constituye, de qué se quiere desprender. A partir de esto, enfilo para el lado de la política porque sos una persona que escribe también sobre el tema. La idea de identidad en la novela como espejo o vector para pensar la identidad en la política argentina, algo que, a través del peronismo, ha signado nuestra historia. ¿Qué entendés por la noción misma de identidad, tanto en un personaje de ficción como en un colectivo? Y vos, ¿tenés una?

JJB: Para mí son como extracciones de diferentes yacimientos. Si vos me decís si desde mi punto de vista existe en política una identidad colectiva, por ejemplo, organismos de Derechos Humanos: creo que sí, que es una construcción colectiva, política, social, bastante bien definida, que se recorta por sus propias características. Pero si me hablás de literatura… Para no hablar de mí, yo creo que no hay ninguna chance de encontrarse con una identidad, yo no creo encontrarme con una identidad de escritor y mucho menos con una identidad de sujeto. Para mí, la identidad es la imposición de una marca bajo una cierta presión. Esa presión puede ser familiar, cultural, social. Es como la respuesta a una inquietud que es exterior. Me tienta decir: no hay identidad, sí hay disfraces que pueden tener la duración que tengan.

Supongamos que cualquier sujeto se identifica con el derecho. Cuando es niño estudia derecho, estudia para ser abogado y termina como Presidente de la Corte Suprema de Justicia. Durante cincuenta años, en el curso del tiempo en que vivió, su identidad cristalizó en eso. ¿Y esa es la única identidad que tuvo? Yo creo que no, porque por lo general es mucho más razonable imaginar que hay muchas identidades reprimidas en uno, y que triunfa la que se puede mostrar, que por lo general es parecida a otra.

APU: ¿Ahí puede entrar el fenómeno de la cancelación cultural?

JJB: Yo creo que la libertad es un bien escaso. Y habría que ver si ese bien tiene posibilidades de aumentar durante una época progresista: yo, tengo mis dudas. La presión siempre es por alguna razón, puede ser en nombre de una causa justa, y no negaría la causa justa si la hay, pero me parece que el tema de la identidad no está resuelto por nadie. Entonces, no sé, supongamos que vos me entrevistás a mí porque creés que yo soy escritor, y yo, la verdad, no tengo ese flash.

APU: No, yo particularmente te entrevisto porque considero que vas a tener algo interesante para decir, y porque creo que a partir de allí vamos a poder pensar otras cuestiones.

JJB: No (ríe), pero bueno, tengo una actividad que de algún modo cristaliza ahí, acumula cosas ahí: hago libros. Digamos, mi perfil puede ser por ese lado. Ahora bien, yo freno en un semáforo y veo la espalda de un camión que dice “Instalo pisos flotantes”, e inmediatamente deseo esa experiencia. Entonces, digo esto porque la volatilidad es mucho más grande de la que de querer ser instalador de pisos flotantes, es de querer ser todo lo que nunca podré ser. Y la única manera de no sufrir angustia en esa fábrica de deseo constante que es el sujeto es cerrar por el lado de alguna identidad; por ejemplo, bueno: escribo libros, y me mantengo en esa posición.

APU: Porque hay algo consumado, digamos, y hay un aparente estado de estabilidad.

JJB: Eso. Y aparte, digamos, ¿qué es un abogado, qué es un escritor, qué es un científico? Eso no es un sujeto. Eso es, diría yo, una respuesta hasta laboral, ni siquiera personal, laboral a una demanda social que presiona sobre los sujetos para que sean algo, y puedan ser reconocidos a través de algo, una actividad o un acto. Si yo ahora me levanto y mato a la moza paso a ser un asesino, entonces ya cambio de identidad. Pero esas posibilidades del cambio de identidad son permanentes. Por eso, quizás yo nunca… de todos los deseos que tuve, nunca deseé ser un militante político, ni político, ni religioso, ni literario. No soy una persona que esté agitando como persona que escribe, porque me parece que eso está por verse.

APU: En esa columna que escribiste a partir del fallecimiento de tu amigo y ex ministro de Transporte Mario Meoni y titulaste “Apología del político”, defendés a la política, levantás su bandera, porque a través de Mario pudiste conocer el detrás de escena de su actividad, que iba de acá para allá, que no paraba un segundo, que dejaba la vida por sus convicciones. ¿Vos creés que el ciudadano de a pie está al tanto de ese costado del político?

JJB: No es un ciudadano de a pie, es un ciudadano de auto, es un ciudadano de avión. Es, por lo general, un ciudadano que está más o menos acomodado, por lo tanto puede desdeñar una actividad que podría beneficiar a personas que no tienen recursos para generar su propio bienestar. Entonces ahí es donde me parece que, evidentemente, hay un interés de suprimir la política, porque el asunto es cuando vos querés suprimir la política sin chances de sustituirla por algo. Y ese me parece un discurso zombi, porque con ese criterio negás, de manera indirecta, la posibilidad de tener un país, un Estado, una Nación. Digamos: para hablar en términos antiguos de algo que todavía se sostiene, ya veremos hasta cuándo. Pero en la medida en que no se sostenga es dramático pensar por qué va a ser sustituido. Entonces a mí dejame con una disciplina clásica como la política, donde hay de todo, pero yo estoy seguro que hay gente, digamos, que sabe perfectamente cuál es su función, que en muchos casos la cumple, y que no son los demonios que componen disciplinas mucho menos nobles que la política, como por ejemplo el periodismo fabril que está todo el tiempo configurando personajes de fantasy, malos de fantasy, y se consumen rápidamente, porque me parece que lo que toca es la cuerda del temor, entonces es muy fácil comprar ese tipo de producto cuando estás asustado.

APU: Cambiando de tema. En algún momento te denominaste como un perdedor nato.

JJB: Esa es mi identidad, ¿ves? (Ríe)

APU: ¿Qué significa para vos, en esta sociedad, ser un perdedor? Sos un poco bielsista ahora que pienso.

JJB: Sí, sí, claro (ríe). Es que la literatura no te puede dar nunca un triunfo. Ni siquiera un triunfo técnico. Yo creo que eso ocurre porque la experiencia de escribir no te puede no llevar a un callejón sin salida donde vos descubrís, generalmente tarde, cuando ya escribiste mucho, que el lenguaje es una herramienta llena de condiciones que deriva sí o sí en un acto de impotencia. Y no lo digo en términos de potencia artística, sino de potencia inherente a los propios instrumentos, al lenguaje, porque sirve para escribir literatura como para hablar. Es imposible hacerse entender. Entonces esos recursos con los que uno cuenta, con los que fantasea que son inabarcables, empiezan a tener el verdadero tamaño en su realidad. Y ese tamaño es muy modesto. Entonces vos te encontrás con que tenés que escribir, por ejemplo, una novela, en una situación donde tenés recursos exteriores como el lenguaje, la competencia que pudiste adquirir a lo largo de los años…

Tenés una pulsión romántica que te impulsa a escribir algo que se supone que es tuyo, porque tiene que ver con vos, y de esa combinación sale prácticamente nada, no sale ninguna revelación acerca de lo importante.

APU: ¿Y qué es lo importante?

JJB: Y, bueno, lo importante… (duda, risueño). Bueno, yo creo que lo importante es… Me da un poco de pudor nombrar las palabras porque pueden sonar muy… Pero me voy a animar a decirlas porque me parece que son las que van: la vida, con todas sus ramificaciones, la existencia, el origen del universo. Todas esas cosas que uno tiene deseo de conocer cuando es niño, y además acompañando a ese deseo con muchísimas expectativas de que puedan ser revelados sus secretos, no tienen ningún tipo de aproximación a la conformación de un sentido que nos pueda decir “esto, sobre lo que estamos especulando, es tal cosa”.

No hay ninguna traducción, ninguna equivalencia entre la voluntad del saber y el conocimiento. Para mí, la diferencia es trágica. O sea, son placas geológicas que nos llegan de mundos diferentes.

¿La literatura y el arte qué hacen? Tratan de juntar la distancia que hay entre esos bloques desconectados, entre la voluntad del saber y los instrumentos que se pueden contar para saber y la experiencia de conocimiento. Entonces lo único que queda es una experiencia muy modesta pero que tiene su valor, que es la de la intuición. La de decir por ejemplo, después de leer miles de libros y escribir muchos libros, muchos años, decir “esto no sé si tiene mucho sentido”, ese es como el corolario a un trabajo enfermizo por descubrir algo.

En ese sentido yo digo que me siento un perdedor: porque alguna vez creí que la literatura era un recurso que me podía dar algo de lo que yo buscaba en este nivel de cosas imposibles.

APU: Cuando a Fogwill le preguntaron por qué escribía, él respondió que era peor el sinsentido de no hacerlo.

JJB: Sí, claro, lo recuerdo, claro. Y es genial eso que dijo, estoy muy de acuerdo, pero al mismo tiempo hay una fe en la literatura, yo mismo la tengo. En otros, ¿no? No en lo que escribo yo. En lo que leo de otros. Porque es una disciplina tan volátil, tan ambigua, tan pudorosa en el momento de afirmar que no solo eso acarrea algún tipo de belleza en los grandes escritores, sino también un principio de verdad, que es que en medio de esa desesperación (yo creo que la literatura es una disciplina desesperada) uno pueda ver algo, pescar pescar algo.

Ese algo que vos pescás no sé si tiene mucha traducción. ¿Viste que cuando leés un libro, por ahí leés un párrafo, o una línea y levantás la cabeza del libro? Como que buscás una asociación afuera, digamos, llamémosle en el mundo, porque ahí encontraste un hilo del cual tirar algún tipo de verdad. Por supuesto vas a tirar del hilo y te vas a quedar con el hilo en la mano. Pero es muy buena la experiencia de reconocer esa sospecha, de que algo podés entender. Yo creo que si entiendo algo -no entiendo nada-, pero si entiendo algo, es una obra exclusiva de la literatura, de lo que yo leí en la literatura, más que en los ensayos, más que en los libros duros. En la literatura hay un resquicio en donde introduce un (digamos, porque hay que pensar en la escala en que lo hace), un milímetro de luz en una oscuridad profunda. Eso es suficiente para saber que, si bien no se puede saber algo, se puede sentir algo de todo esto.

APU: Bueno, entonces no es todo derrota.

JJB: No, sí. Es una derrota que se vende cara, ponele, sí, una derrota que se vende cara. No sé si muy cara, pero se vende a un precio.

APU: Y ahora, ¿estás escribiendo algo?

JJB: Sí, siempre estoy escribiendo algo. Tengo una novela que está impresa ya. En mayo iba a salir pero por esas cosas creo que sale en septiembre. Yo lo miro a él y no te miro a vos, perdoná, uno parece que siempre discrimina al fotógrafo (le dice con tono risueño Carolina, la fotógrafa).

Es muy loco ver un libro que ya está impreso y no lo tiene nadie, lo tengo yo. Y de alguna manera no le falta nada al libro. Porque uno puede decir “bueno, le faltan lecturas”. Pero qué sé yo, yo no sé si le faltan lectores a un libro.

APU: ¿No creés que la literatura comprende esa pata, la de la recepción de los lectores para generar sentido a partir del texto?

JJB: Sí, eso para mí vale desde el punto de vista del lector, por supuesto que sí. Ahora, desde el punto de vista de escritor, no hay ninguna necesidad en mí de que lean algo mío. Sí para leer libros de otros. En cuanto a mis libros, me parece que no se perderían de nada (ríe).

Ahora estoy escribiendo una historia… Vos me hablabas del método. No sé qué es, pero voy por la página cuatrocientos, ya no sé qué es eso. Pero empieza a revelarse el narrador, empezamos a conocer al narrador. A mí siempre me intrigó una especie de represión masiva que hay en la literatura, sobre todo en la novela, que es la de configurar narradores, que son como bloqueos en la línea de montaje entre la lectura, si vos querés, que sería el último eslabón de la cadena, y la concepción en el imaginario del que va a escribir eso en nombre de él. Esa idea del autor/narrador hace muchos años que no me va más. Por otro lado, tampoco sé si me va mucho la idea de decir “bueno, el autor soy yo”, pero me parece mucho más sano, más natural.

APU: Hasta más honesto, ¿no?

JJB: ¡Es que sí: el libro surgió de alguien! Yo creo que hay dos operaciones mentales en el que escribe una novela: la primera es la de contar algo, que no sé qué es, pero arranco por algo, empiezo a contar, y yo soy un autor; pero ese autor inmediatamente no se imagina a sí mismo como su narrador. Después puede haber muchos préstamos entre autor y narrador, hablando a la antigua. Pero eso para mí es ridículo. Un escritor para mí debería decir todo. El tema es si yo me animo a decir todo.

APU: ¿Y vos podrías decir que te animaste?

JJB: Yo creo que me animé bastante en “El espectáculo del tiempo”. Pero, claro, no hay mucha posibilidad tampoco de decir la verdad personal. Porque ahí también entrás en un régimen de pérdida. Si tenemos la confianza más grande del mundo, si encontrás a la persona que por fin le vas a contar todo lo que pasa en tu vida, igual no podría, primero por pudor o por temor, pero no se puede, no se puede. Lo que haría, sí, es una composición anclada en el recuerdo, que es muy inestable, y a partir de ahí hacer literatura, pero no habría nada en mi vida.

Entonces yo digo, con ese beneficio, yo me pregunto por qué el escritor no se anima a decirlo todo de sí mismo, si total no se va a saber nada de él. Al mismo tiempo, como compensación, existe el hecho de que es muy posible que cuando vos escribís surjan hechos de la memoria que no suelen surgir. Escribir, evidentemente, es como una especie de fracking, yo siempre viví a la literatura como un bien de extracción: cuanto más profundo, más preciado el metal que sacás. Y eso no depende de nadie, depende un poco de la suerte, quizás depende un poco de la pérdida de temor.

Nadie quiere ser papelonero. La literatura es muy conservadora en eso. Y a mí me gusta bastante el papelón (te digo, me gustaría ser más todavía). Piglia, en uno de sus diarios, habla de la vergüenza, que para mí es un gran tema en la literatura. Yo creo que un escritor que pierde la vergüenza nos da más que si la contiene. Aparte, ¿qué otra cosa que los hechos que te avergüenzan son los que hay que contar? No sé, digo yo.

APU: ¿Ahí podríamos encontrar una suerte de verdad, en lo que nos avergüenza?

JJB: Es muy llevadero escribir, hablar o vivir alrededor de aquello a lo que uno se siente fuerte. Pero todos sabemos que en las napas bajas suceden asuntos, y en todo el mundo: no es que le sucede a un escritor, no es que le sucede a los escritores de profundidad, le sucede a todo el mundo, a los que escriben, a los que no escriben, a los que escriben mal, a los que no les interesa la literatura.

El asunto es que son relaciones peligrosas las que son con la profundidad propia. Por eso me parece que aparece ahí la composición para desdibujar un poco el drama de vivir, llamémosle, y reemplazarlo, bueno, con algún tipo de comedia.