El virus, la angustia y la buena vida

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El virus, la angustia y la buena vida

07 Junio 2020

Foto: Loló Arias 

Por Sofía Guggiari*

 

 

La buena y la mala vida

 

La intelectual Judith Butler, en Cuerpos aliados y Lucha Política; 2017 se pregunta si es posible llevar una buena vida (individualmente) en medio de una mala vida (una sociedad estructurada por la desigualdad), reformulando una temática fundamental del filósofo Theodor Adorno.

En su interés para reafirmar “la capacidad de llevar una existencia vivible está distribuida de manera desigual", argumenta que lo que está distribuida de manera no democrática son las precariedades. No se trata entonces de producir un mundo sin precariedad, sin la fragilidad de la existencia, sin la interdependencia necesaria para que haya vida humana, sino que éstas estén en el orden de "lo vivible". Afirma que producir una resistencia a la producción de la vida desigual, movimiento necesario para llevar una buena vida, implica no solamente un acto de protesta sino un acto performativo que implique en sí mismo, un movimiento que pueda decir: No a lo que no se quiere más como lo invivible, pero que a su vez  potencie un modo de inventar otra existencia más radicalmente democrática e interdependiente y vivible para todxs.

 

La nueva normalidad y la angustia

 

Llamamos "la nueva normalidad" a ese caos de experiencias, caos de imágenes, experiencias sensoriales, fenómenos geográficos, temporales, modalidades vinculares; modos de ser y estar nunca antes percibidos. Mientras que en los barrios más humildes la gente olvidada, huérfana, lxs que nunca pudieron hacer cuarentena, pero siempre reinventan distintas formas de solidaridad, usando las cacerolas para cocinar para todxs, y luego se infectan de Covid-19 y mueren (por pobres); en otros sectores, aunque tampoco salvadxs del contagio, lxs privilegiadxs, estamos nosotrxs, lxs que nos quedamos aisladxs, encerradxs ya sea con otrxs o con nuestros algodonados y repetitivos yos, gestionando la vida y accediendo al mundo a través de las pantallas.

Alrededor ya no hay gente, hay barbijos y ojos. Los barbijos nos llevan a nosotrxs. Se extrañan los cuerpos pegados, los abrazos, la violencia misma del encuentro, de lo erótico y lo obsceno de la vida, el éxtasis del borde y del salto. ¡Estamos angustiadxs! Hablan nuestros cuerpos que somatizan, que se vuelven otros, que se retuercen, se aprietan, se ahogan, se expanden. Angustia el encierro, el aislamiento, la incertidumbre, la confusión, los barbijos, angustia el miedo que tus familiares más grandes se contagien, angustia también estar sin agua cuando te piden que te laves las manos, convivir con la violencia, no tener plata para mantener a tu grupo familiar, el vacío de sentido.

Estamos atravesando una gran frustración desde la que tratamos de seguir produciendo un existir posible, todos los días, como podemos, dándole alguna vuelta, aunque sea, mientras elaboramos el duelo por la-vida-que-ya-no-es. Eso que conocíamos, esa vida, eso que llamábamos mundo dado de una manera, normalidad, ya no existe más. Y no sabemos qué de aquella vida no volverá nunca, qué es momentánea su ausencia y qué habrá que inventar. Angustia lo incodificable, lo ilegible, lo incontrolable, lo inexplicable, lo sorpresivo. Angustia la palabra "pandemia", el virus en sí, su fuerza de despliegue, su potencia, el efecto que produce en la humanidad -una humanidad ya arrasada y no por el virus, si no por su desigualdad-.

Escribiendo esto, pienso que, si tuviese que definir ahora la angustia, diría que es como un devenir de un caudal de agua de río sin su cauce que amenaza y desarma; y la sensación de que no hay contorno, ni borde y todo se vuelve agua, pero no río que sigue su curso.

¿Podemos aliviarnos individualmente -si es que tal cosa es posible- de la angustia que genera todo esto? O podemos producir, como dice Butler, un movimiento vital que implique siempre estar con otrxs, que cuestione la distribución desigual de las precariedades, y que al mismo tiempo nos alivie y nos alivia justamente porque propone otro territorio donde la vida se despliega. La buena vida, la vida que dan ganas de vivir, la vida disfrutable, la vida potente, también es aquella que se necesita para que sea una vida vivible. Pero no es solxs y no es negando el mundo. A mí me gusta pensar que es con redes afectivas, tramas vinculares, conexiones in-pensadas, y ternura, mucha ternura como contraofensiva al mundo cruel del cuál venimos y al cuál podemos devenir.

Que ya no exista más aquel mundo, no quiere decir que no exista uno nuevo a inventar y que entonces no seamos responsables de eso.

 

 

Las preguntas que me incomodan

 

¿Cuánto toleramos estar en las pausas, en las fluctuaciones de los sentidos? ¿Tenemos capacidad de resignificación del pasado? ¿Le damos lugar y tiempo para que algo se transforme? ¿Es una oportunidad de algo? ¿O la confirmación de lo que se destroza? ¿Era la vida de antes una buena vida? ¿Cómo se están produciendo y cuáles son las nuevas configuraciones sociales? ¿Y quiénes quedan excluidxs, patologizadxs, o en peligro de contagio? ¿Podemos armar una vida a costa de que muchxs no puedan vivirla? ¿Como hacíamos antes para negar tanta angustia? ¿Será esta la angustia que también negábamos antes? ¿Cómo hacíamos para estar tan distanciados de nuestras propias fragilidades y las fragilidades de otrxs? ¿Será eso lo que nos angustia haber quedado tan expuestos a la finitud y la fragilidad de la existencia? ¿Qué se hace con lo angustiante? ¿Existe algo tal como "mi vida" o existe mi vida en tanto existe todas las vidas de todxs? Por qué Ramona sí y otra señora que vive en algún que otro barrio con sus comodidades, ¿no? ¿Hay una vida que valga más que la otra? ¿Porque algnxs pueden a costa de muchísima negación continuar “su vida” “su vida individual” en las pantallas como si nada pasara, mientras otrxs sufren su “incapacidad de adaptación a la virtualidad”? ¿Seremos testigxs de cómo inventan nuevas patologías por no adaptación a la nueva norma? ¿Una capacidad vale más que la otra? ¡NO! La meritocracia no existe es un invento de los padres neoliberales.

Permanecer en el intersticio, en ese sentir extraño, en eso que irrumpe, sin lógica aún, sin sentido, en la pregunta que mantiene no colonizada nuestra potencia. Que nos mantiene deseantes y nos devuelve vitalidad.

Reflexionar sobre el mundo por venir, autorizarnos a hablar sobre el presente, ese que ya estamos construyendo día a día, a modo también micropolítico, cuándo pensamos las mil formas para seguir laburando, para seguir enlazadxs lxs unxs a lxs otrxs, para inventar algún tipo de vida posible, y cuando también nos detenemos por un momento y percibimos nuestros nuevos cuerpos y los nuevos tiempos y los nuevos cielos y en las noches nos entristecemos, claro, por la gran pérdida que implica ese mundo que ya no está, este gran duelo colectivo. Eso, en los mejores casos, cuando no se está haciendo todo lo posible para sobrevivir. 

Ya no podemos seguir subsumiendo nuestra existencia a la producción de la vida neoliberal. Las vidas, la vida esta o aquella, no es sólo un pulmón que respira o algo que se consume y que puede consumir, la vida es todo lo que nos rodea, lo que somos, lo que nos empuja, nos moviliza, nos afecta y que afectamos, nos embronca, nos excita, lo que fantaseamos, los excesos, las discontinuidades, las risas, los llantos, lo que no controlamos, la biosfera en la que habitamos, las fragilidades, las vulnerabilidades, el sentirnos dependientes, las precariedades nuestras y de los otrxs, todo eso es la vida.

 

 

Seamos la fuerza del virus

 

Seamos el virus del establishment del mercado; el virus de la producción de vidas desiguales en el capitalismo y el patriarcado; el virus de la distribución no democrática de las precariedades; el virus de los dispositivos de salud patologizantes; del arte, la ciencia y la política que sólo le interesa vender y no inventar vidas éticas; el virus de la vida digitalizada; el virus de la vida sin fisuras, el virus de la vida sin virus. ¡Seamos juntxs el virus de las normalidades! Y si el curso del río se encuentra frenado o inhibido, seamos la fuerza del virus que muta y mutemos, para encontrarle otro cauce y que siga, siga fluyendo el agua, siempre. Y sigamos apostando a producir una vida erótica, potente, deseante, vivible. ¿Una buena vida?

 

* La nota contiene lenguaje inclusivo por decisión de la autora