¿El fin del amor, o síntomas de una crisis cultural?
Hace unos días, el más que recomendado usuario de redes sociales que lleva el nombre “Tarea Fina” (comandado por el querido compañero Gonzalo Real) polemizó en torno al grado de “militancia” que adquirió en redes sociales el anuncio de casamiento entre la artista popular Lali Esposito y el streamer/periodista militante Pedro Rosemblat.
En un post subido para IG, Tarea Fina se preguntaba
“Hay que militar el casamiento de dos celebridades como si fuera una batalla cultural. Se entiende lo liviano. Dos figuras queribles, dos trayectorias públicas que se encuentran. “Bancarlos” suena a bancar el amor, a bancar que la felicidad también sea popular.
“Si se casan: bien por ellos, de corazón.
“Pero una cosa es defender el derecho a amar, y otra es convertir el amor mediático en política”
Se entiende el reclamo del compañero Real, y responde a un debate que no está saldado pero está en la agenda nacional (no la oficial, sino en la heréticamente plebeya. Prolifera en los discursos de la juventud comprometida con valores que hace apenas unos años el progresismo condenaba como atrasado): y tiene que ver con discutir cual es el rol que tiene la organización política, los sindicatos, qué calibre real y concreto permanece en torno a la idea de soberanía, nación y nuestros respectivos símbolos identitarios. Durante muchos años asistimos a una retórica rupturista, a favor de lo que aparente apelaba como inclusivo, multiculturalista, liberal, condenatorio de los viejos excursus aparentemente corporativos. En la actualidad, como consecuencia de eso, y ante la violenta restauración conservadora (porque como siempre que hubo río revuelto los que ganaron fueron estos maliciosos pescadores) nos encontramos en una etapa transicional, de disputa entre un viejo mundo analógico, romántico, humanista y algo nuevo que busca acentuar la liquidez de los vínculos, cuestiona los viejos patrones de ética, moral y costumbres, postulando la no-propuesta que sería vivir en un eterno y etéreo presentismo donde priman los deseos y excesos individualistas.
No hay héroes
“Te veo distinto/ Sos el de siempre, pero hay algo/En tu silencio/Es evidente que estás cambiando…
“Que nadie puede salvarnos/Y no es fácil la jugada/Que Dios son los hermanos/Y, a veces, no es justo nada”
Muchos comentan socarronamente la liviandad de las afirmaciones de Lali, algunas de hace apenas unos meses atrás, donde afirmaba mediáticamente que “ni en pedo” pensaba en casarse. ¿Acaso es tan raro cambiar de decisión cuando se tratan de sentimientos de por medio?
Más interesante resulta cruzar su repentina e inesperada “aceptación” de matrimonio con muchas de sus letras y, sobre todo, con la serie producida y protagonizada por ella llamada “El fin del amor”, basada en un bestseller de la escritora Tamara Tenenbaum. Dicha serie (que contó con dos exitosas temporadas emitidas por la plataforma Prime) se basaba en replantearse los vínculos y afectos, cuestionando los mandatos del matrimonio y la maternidad. La pregunta/consigna de la trama era “¿Por qué en tiempos de feminismos seguimos persiguiendo el amor romántico a lo “Romeo y Julieta?”.
Hasta la aparición de Pedro Rosemblat, la propuesta artística de Lali propugnaba una militancia hacia el amor libre. Pregonaba la necesidad de reforzar nuevos vínculos más allá de lo heteropatriarcal y cuestionaba los viejos patrones de noviazgos y matrimonios. Inmediatamente se convirtió en un referente del colectivo LGTB+, hecho que aún mantiene y busca visibilizar. Lo interesante de estos últimos tiempos es su argentinización del discurso: desde recuperar la esencia rockera criolla y barrial hasta acentuar la presencia de símbolos patrios demostrando que la causa nacional no necesariamente es contradictoria a la causa LGTB+.
Lo que para muchos antipáticos no sería más que oportunismo comercial (y sí así lo fuera, ¡qué osado fue apostar a enfrentarse al gobierno, apoyado por los principales medios hegemónicos!) no es más que un reflejo de estos tiempos de inestabilidad política y cultural, donde las certezas son perecederas y la búsqueda de un anclaje temporal resulta necesario. Lo que sucede actualmente con Lali y su apuesta al amor, reforzándolo bajo las viejas convenciones sociales ya habían sido cuestionadas y puestas en discusión en torno a otra figura popular latinoamericana: la chilena Mon Laferte. La exitosa artista se había convertida en los últimos años no solo en una referente defensora de la comunidad LGTB+ y militante social, sino que también acompañaba el discurso rupturista de las viejas convenciones sociales que apelaban a la necesidad de que la mujer se case y tenga hijos. En 2021, Laferte queda embarazada. Al poco tiempo se casa y aún hoy reconoce su felicidad y amor incondicional no solo hacia su hijo, sino también por su marido. No obstante, eso no significa que ella ahora se haya convertido en “provida”, ni mucho menos. Solo encontró en el amor una herramienta política necesaria de contención. Mon Laferte, como Lali, mantienen sus respectivos proyectos de no solo defender a las minorías sexuales sino también permanecen atentas a los vaivenes políticos y sociales donde la avanzada reaccionaria y conservadora se hace cada vez más latente.
Política de sentimiento
El derrumbe de las viejas estructuras, de la proyección al futuro y las apelaciones a los ideales eclosionaron a partir de los setenta. Solo los más lúcidos, como Perón, advirtieron los cambios venideros. Algunos marxistas (que ante las nuevas lógicas sociales y culturales quedaban con el tujes al viento) supieron interpretar y recuperar la importancia de lo cultural. Que no todo pasaba por el materialismo. En 1977 Raymond Williams llegaba a definir como “estructura de sentimiento” como “experiencias sociales en solución, a diferencia de otras formaciones semánticas sociales que han sido precipitadas y resultan más evidentes y más inmediatamente aprovechables”. No hacía falta esperar a que un ñato de afuera nos explicara lo que no nosotros llevábamos a la práctica como movimiento desde antes que nos constituyéramos como nación.
Cuando Perón nos legaba como testamento político “El Modelo argentino” no solo ratificaba la doctrina sino que reforzaba la idea de la necesidad donde la sociedad futura, el hombre (y la mujer) fueran el principio y fin, no un mero engranaje frío. Mientras apelaba a la constitución de una organización no rígida, respetando la libertad y dignidad humana. Los nuevos tiempos pretenden que olvidemos que la doctrina justicialista apelaba a ser profundamente humanista y cristiana (si eso no es una apelación a una política de sentimiento, ¡qué lo sería!), y es por ello que estas reacciones o rectificaciones evidencian la necesidad de revisión y revisita hacia nuestras raíces. Porque los tiempos actuales hacen más que evidentes que hay una lucha entre el orden y el caos. Es en ese sentido que en realidad no están militando el casamiento de dos figuras queribles sino más bien una reacción instintiva de nuestro Pueblo en su búsqueda de los viejos valores, aquellos que reafirman nuestras tradiciones. Y aclaremos que reafirmar no necesariamente significa anhelar un pasado perdido sino resignificar nuestra idea de sentimiento. Ante la ausencia de líderes políticos, que pretenden ser carismáticos desde un algoritmo, el sentimiento canaliza hacia lo que más nos puede interpelar: el amor.
No obstante, el amor debe ser la base pero no una simple apelación retórica. Una política de sentimiento requiere de un movimiento con doctrina y organización.
En definitiva, una noticia que para muchos puede resultar trivial e intrascendente puede provocar una reacción que puede expresar el síntoma no solo de empatizar con la noticia sino también como ejemplo simbólico de batalla cultural.
En la actualidad, como consecuencia de eso, y ante la violenta restauración conservadora (porque como siempre que hubo río revuelto los que ganaron fueron estos maliciosos pescadores) nos encontramos en una etapa transicional, de disputa entre un viejo mundo analógico, romántico, humanista y algo nuevo que busca acentuar la liquidez de los vínculos, cuestiona los viejos patrones de ética, moral y costumbres, postulando la no-propuesta que sería vivir en un eterno y etéreo presentismo donde priman los deseos y excesos individualistas.