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Cultura //// 18.07.2021
El arte y su relación con el inconsciente

El escritor y psicoanalista Pablo Melicchio reflexiona en torno a la obra del ilustrador Matías De Brasi: “El trazo parte de la ternura, de la sorpresa, de la ironía y del humor que nace de lo infantil para interpelar el mundo adulto, tan serio y rigidizado”.

Por Pablo Melicchio |​ Ilustraciones: Matías De Brasi

Por decisión del autor, el artículo contiene lenguaje inclusivo.

Variaciones psi en torno a la obra de Matías De Brasi

Como algunos cristianos llevan la cruz colgada sobre el pecho, los psicólogos colgamos el cuadrito de Freud. Yo no fui la excepción, y con orgullo colgué el retrato y con los años lo trasladé de consultorio en consultorio. Hasta que crecí, y, como buen discípulo, maté al padre. Descolgué su amarilla estampa cuando adquirí (juro que la compré, con los años me hice amigo de él para mangueárselas) una obra de Matías De Brasi. Si bien el retrato de Freud había generado algunas ideas e interpretaciones por parte de mis pacientes (recuerdo puntualmente a uno de ellos que señalando al viejo Freud me preguntó si era mi padre, y de esa pregunta surgió el material de su análisis: el vínculo con su progenitor y conmigo, su analista) la ilustración de Matías resultó un caudal inagotable de asociaciones libres. Se trata de una figura humana hasta el cuello, a partir del cual le nace una pieza de rompecabezas; en sus manos tiene, o tantea, o busca, o se está quitando, dos piezas. ¿Esta ilustración no es acaso la mejor síntesis del trabajo terapéutico? Revisar las piezas que nos formaron o deformaron, descartar algunas, ir en busca de otras. Abrirse a la reflexión, hacernos esas preguntas fundamentales: quién soy, qué deseo, hacia dónde quiero ir. Para alcanzar una mejor forma de ser y de estar en este mundo tantas veces cruel.

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“El ser rompecabezas”, así bauticé a la ilustración de Matías De Brasi que cuelga en mi consultorio, resulta una ficha de un “test de Rorschach” del conurbano, donde las y los sufrientes proyectan su mundo interior y ponen palabras. “¿Qué significa ese dibujo?”, me preguntó una paciente. “¿Qué te parece?”, repregunté. Claro, no es el ojo lo que importa, como tampoco el oído, ese es el terreno de la biología. En terapia se trabaja con la mirada y con la escucha, que es cultura y singularidad. La paciente se quedó un instante en silencio y luego, contemplando la ilustración, desplegó en el aire del consultorio el rompecabezas desarmado de su vida, las piezas que no encajaban con su deseo. Y de esta manera empezó a diseñar un mejor paisaje para su existir.

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En más de una ocasión trabajamos con Matías De Brasi con la convicción de que el arte es una construcción colectiva. Ya sea para un artículo, un cuento o para la tapa de alguno de mis libros, sus ilustraciones resultaron siempre una nueva metáfora para mi escritura, ni complemento ni literalidad, menos un objeto que busca “completar” la obra, sino otra voz, como una multiplicación simbólica, como otro modo de leer la realidad, siempre abriendo, nunca cerrando sentidos.

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Asomarse al universo de Matías De Brasi es andar con protagonistas mayoritariamente niñas, niños y niñes. Como un fiel heredero de Quino, el trazo de Matías parte de la ternura, de la sorpresa, de la ironía y del humor que nace de lo infantil para interpelar el mundo adulto, tan serio y rigidizado. Como en toda ficción, el artista ilustra, juega, habla desde las infancias, aprovechando su mundo real de hombre que tiene una compañera de vida (que además es psicóloga) que es padre, docente y arteterapeuta, que le saca jugo, o mejor dicho colores a su vida cotidiana y la simboliza en sus trabajos. Hace desde su ser y es en su práctica. Pinta mojando el pincel en la paleta de sus días para realizar un arte que es terapéutico, que lo invita a repensarse, primero, para repensarnos después.

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En las ilustraciones y viñetas de Matías De Brasi, las infancias, a través de la ironía, el chiste, el humor o la reflexión, ponen a la vista, para quien quiera mirar, esas temáticas que algunos adultos prefieren evitar, como la diversidad de género, los vínculos virtuales, el lenguaje inclusivo, el amor en tiempos de la pandemia, las injusticias sociales... Porque como bien señaló Freud, que aunque su retrato ya no esté colgado en mi consultorio me sigue hablando desde algún lugar, el chiste tiene su relación con el inconsciente del artista, pero también de los que interactúan con su obra. Y cuando la realidad es concretamente espantosa, duele tanto y es tan compleja, el humor resulta un mecanismo de defensa, una pócima para resistir y elaborar los golpes que suele dar la vida o los emisarios del horror.

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“Abuela, te estás yendo de a pedazos”, le decía Hernán, uno de mis hermanos, a la vieja Felisa que sorda, quebrada y sin un riñón iba apagándose lentamente. Y reíamos con ella. Y la parca se demoraba, confundida. Porque la muerte, se sabe, no tiene sentido del humor, es demasiado concreta. Hasta que descubrió nuestra estrategia y concluyó su trabajo, se la llevó.

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Matías De Brasi, como Edgar Alan Poe, sabe que las cuatro condiciones para alcanzar la felicidad son el amor, la vida al aire libre, la ausencia de toda ambición y la creación de una nueva belleza. Y los que trabajamos con él, pertenecemos a la misma escuela, la del arte como lugar de resistencia, como intento de sanación y salvación singular y comunitaria, ante un mundo que ciertamente está fallado. 

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