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Cultura //// 10.10.2021
Cuento “Convocatoria”, de Emiliano Ramos

A un año del femicidio de la militante del Partido Comunista, María Florencia Gómez Poulliastrou, ocurrido en San Jorge, Santa Fe, un relato en homenaje a su lucha. 

Por Emiliano Ramos 

Por decisión del autor, el artículo contiene lenguaje inclusivo.

En homenaje a tu lucha,

María Florencia Gómez Poulliastrou

Había terminado de escuchar las últimas noticias en la radio mientras dibujaba con las peques y tomaba los últimos mates que le permitía el agua, algo tibia ya, que quedaba en su colorido termo, lleno de etiquetas, frases y garabatos de fibrones seguramente hechos mientras estudiaba abolicionismo o leía la historia de la Unión de Mujeres de la Argentina o recordaba  anécdotas que le contaban de Lohana Berkins o Fanny Edelman. Hijo de yuta, pensó, mierda de patriarcado, masculló y Fresia le gritó: ¡Mamá dijiste mierda! Sí, mierda dije y pensó en lo desastroso que había dicho el fiscal: “Creemos que fue por alguna motivación pasional, es decir, puede encuadrarse como un crimen pasional”. Qué ignorante, cómo puede decir que fue un “crimen pasional” y que lleve adelante la causa, no se puede creer. Debería ser fiscal del Ministerio Público de la Ignorancia, se dijo con rabia. Agarró el celu y mandó al grupo de Las Compas: “Hoy convocamos frente a fiscalía en pedido de justicia”. Enviado. Se levantó de la silla y empezó a prepararse para salir. Se puso en la muñeca izquierda el pañuelo rojo y en la muñeca derecha el pañuelo verde y deseó que ese año fuera ley. Va a ser ley, se dijo, y se imaginó el momento en que se sabe el resultado de la votación y estalla un trueno de alegría —entre la lluvia leve, porque, nadie sabe por qué, siempre llueve en esas ocasiones— sobre la tierra que siente el peso de un nuevo derecho conquistado, por el que lucharon hasta mancharse muchas generaciones. Se puso ropa liviana porque el calor en octubre se va sintiendo. Tenía que pasar primero por la casa del padre de las peques para que las cuidara mientras se iba a caminar con una amiga. Porque sí, porque quería verse linda, sentirse bien o solo juntarse con su amiga y despejarse un rato, charlar. Saludó con un beso en la frente a la más grandecita, que creaba colores nuevos en sus dibujos que rompían los límites de las hojas, y en los cachetes a Camelia, la más pequeñita, a la que le dijo, “jugá mucho con tu hermanita linda de mamá”, y se fue.

La amiga la esperaba en una esquina al borde de la ciudad, por el lado sudoeste. Por suerte es una ciudad bastante cuadrada, difícil alguien de afuera se pierda, pensó, y recordó esos campamentos en los que iba de allá para aquí buscando camaradas que no se guiaban pese a la ventaja geométrica de la ciudad. Y en el camino también pensaba en las reuniones de mañana y qué bajón virtuales pero bueno, en las actividades que iban a retomar de a poco en la Placita como antes, con niñes corriendo, con el viene y va de la popa, jugando, correteando, compartiendo una merienda. Y también pensaba en las charlas que tendría con las familias del barrio, duras, porque en los barrios que recorría había mucha necesidad y todo tipo de violencia. Esas mujeres sufren mucha —mucha, como si se pudiese medir, se dijo exigente— violencia familiar, violencia machista. Y claro que con la pandemía esa situación se recrudeció, se decía. Una enorme crisis humanitaria que deshumaniza hasta llegar a lo más horrible de lo inhumano, pensó profundamente, pero si hay lucha haremos más humanidad. Siempre al análisis más pesimista lo terminaba con optimismo. Tengo que prepararle la ropa que le prometí a Marta y a su vecino Roberto, recordó al rato.

Llegó a la esquina, un toque tarde. Seguro ya arrancó y va unas cuadras delante, se dijo. Siguió caminando. Ya andaba por uno de esos caminos de tierra que tiene la ciudad como extensiones de lo marginado. Al rato se fija la hora. Pensó escribirle a su amiga, pero el celu estaba apagado. La batería, supuso, difícil pensar comprarme otro en estos momentos. No tiene mucha importancia, hay cosas más importantes, se dijo. Para, se queda un rato bajo una sombra silenciada, toma un poco de agua porque sintió, muy como de golpe, la boca seca y mucho dolor de cabeza. Retomó la caminata después de un momento en el que el viento soplaba fuerte y levantaba con furia la tierra.

El sol se desvanecía en la cintura verdesoja de la tierra. Tenía que llegar a la Plaza, estar en la convocatoria. Cuando va llegando, con dificultad se mete entre la gente. Mucha gente, pensó, mucha y es bueno que así sea, necesitamos estar fuertes y unidas. Se iba acercando al centro de la convocatoria donde estaban Las Compas y sus camaradas y sentía los gritos al unísono y el silencio consiguiente, largo, de triste impotencia, pero de rabia, de fuerza huracanada y otra vez el grito al unísono. La noche establecida reverberaba ese unísono. Se iba acercando y ve a lo lejos a las peques que estaban con su abuela y el padre, abrazadas como con una luz nunca vista, una aurora compañera. Las ve y las saluda con los ojos. Se queda ahí, esperando que se inicien las palabras para abrir la convocatoria. Ve a unos metros a dos chicas que sostienen un estandarte pequeño que dice en letras violetas: ¡Basta de justicia patriarcal! A dos adolescentes que tienen otro estandarte con letras negras que dice: ¡El Estado es responsable!, y algo más allá, dos mujeres con un estandarte imponente que el viento apenas logra mover, con letras pintadas a manos, como sentencia social, que dice: ¡Los femicidios son crímenes políticos! Los lee y los escucha en el grito al unísono. Después el silencio, corto o largo, ya no sabe, tampoco le importa, porque ya vale por si mismo. Un poco más allá una chica agitando con todas sus fuerzas una bandera roja. El grito al unísono otra vez. Ve que la bandera —el silencio una vez más— tiene su rostro dibujado y por última vez escucha, vibrante y estremecido, un grito al unísono que pronuncia su nombre, dejando un silencio antes de las palabras que abren su convocatoria.