Criatura

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Criatura

20 Agosto 2026

Todo empezó -qué horrible es empezar con «todo empezó»- cuando Gaby, una arquitecta que vive a dos casas de distancia de la mía, mi única amiga dentro y fuera del country, se compró un caniche gris a fines de la última primavera.

El mismo día que se lo trajeron, un sábado radiante en el que yo regaba mi jardín, me llamó al celular para que fuera a su casa a conocerlo. 
Este perrito tiene una peculiaridad sublime, dijo Gaby, muy excitada, vení ya mismo, Michael.

Cuando entré al living del chalet que ella misma había diseñado, el caniche giraba sobre sí mismo como si se buscara el rabo. Acá está Criatura, dijo Gaby.

Qué lindo, dije por decir, porque era un caniche como cualquier otro. 
¿Cuál es la peculiaridad?, pregunté.
Aunque no lo creas, habla.
¿Es un juguete?
Gaby rió y me acarició la mejilla.
No, Michael, siempre tan incrédulo vos: es un perrito real.
(Desde que mi novio, un treintañero rubio y musculoso me había dejado por mi jardinero, un viejo de mi edad con menos dientes y más kilos que yo, podía creer cualquier cosa.)
Si le hablo, le dije a Gaby, ¿me contesta?
Claro, dijo Gaby.
Hola, le dije a Criatura.
Hola, dijo Criatura.
Su voz sonaba un poco áspera para un caniche, más bien podría ser sido más apta para un dogo, pero como nunca escuché hablar a un dogo no debería opinar tan categóricamente.
Encantado, Criatura, le dije.
Igualmente, dijo, ¿señor?
Miguel Ángel.
Como el pintor, dijo Criatura.
Exactamente, dije.
Viste, dijo Gaby.
Increíble, me sorprendí. Te habrá salido un dineral.

Gaby me hizo un gesto para que fuéramos a la cocina y allí me dijo que le daba cosa hablar de ese tema con Criatura presente.
De no creer, reveló, pero te juro que me costó menos que arreglar las grietas de la pileta. Vi el aviso y lo compré por internet. Pensé que era un chiste, ¡pero no! Me lo trajeron en una jaulita. Lo único que te pido es discreción. La gente va a pensar que estoy loca o que tengo una aberración de laboratorio en casa.

De todos modos, es raro, ¿no?, dije.
Últimamente, ¿qué no es raro?
Tenés toda la razón. En cuanto a lo que me pedís, somos amigos, Gaby. Olvidate de que salga algo sobre esto de mi boca.
Criatura entró a la cocina y rondaba a Gaby mientras me observaba de pies a cabeza, un poco fastidioso o, quizás, celoso.
Quiero el té, le dijo secamente a Gaby.
Ahora va, querido.
¿Le gusta el té?, le pregunté a Gaby.
El café me cae mal, dijo, de mala manera, Criatura.
Ah, claro, asentí. A mí también.
El café es veneno, dijo Criatura, y se fue al living.

Ayudé a Gaby a preparar el té. En algún momento escuchamos a Criatura quejándose porque las cortinas amarillas de las puertas de vidrio que daban al jardín, que había cuidado también el jardinero traicionero, eran demasiado claras y el sol le hacía llorar los ojos. Cuando llevamos el té a una de las mesitas del living, Gaby le dijo que pronto cambiaría las cortinas. Criatura asintió, como si fuera el dueño de casa. Imagínate si se me queda ciego, me dijo Gaby.

Tomamos el té en el living amplio, luminoso y decorado con esculturas javanesas y haitianas que Gaby había traído de sus tantos viajes por el mundo. 
Criatura lo tomó en un tazón a su altura y comió solo media cookie de almendra porque dijo que estaba demasiado dulce. Pidió repetir el té, esta vez con unas cuatro gotas de leche, ni una más -puntualizó- ni una menos. Gaby cumplió rigurosamente con el pedido. 

Cuando liquidó su segundo tazón, Criatura se fue a parar junto a las cortinas. Las miraba con las orejas caídas. Criatura no le dio las gracias a ninguna de las atenciones de Gaby. Era demasiado soberbio. Gaby no se merecía ese trato. Pero nada diría yo para lastimarla o preocuparla.

Mirame a esta edad, rió Gaby, con este chiquito en casa.

Gaby tenía cuarenta y ocho años, veinte menos que yo, se había divorciado en dos oportunidades, no había tenido hijos y su haber amoroso contaba con muchas relaciones apasionadas y frustradas, según me había confiado, tanto con solteros como con casados. Habíamos sido fieles e infieles a parejas e inestables, que son las más divertidas, concordábamos, como también habíamos comprobado que los casados son mejores en la cama que los solteros. Estamos hartos de los hombres, pero no podemos vivir sin ellos, solíamos decir riendo o lagrimeando, de acuerdo a la situación.

Yo, lo reconozco, soy más llorón que Gaby, que había llegado a pagar por sexo a hombres jóvenes, casi adolescentes, algo que yo jamás le hubiera reprochado porque si bien yo no les pagaba explícitamente, sí realizaba «préstamos» que nunca me eran devueltos, además regalos de todo tipo. Agradezco que mi jubilación me permita estas sandeces que también son placeres de los cuales no daré detalles. El detalle es recuerdo, el placer efímero, así que mejor que lo efímero mate cualquier nostalgia.

Los días pasaron sin grandes novedades. Gaby y yo nos mensajeábamos cada noche horas y horas. Desde nuestros promontorios nos contábamos anécdotas picantes y no tanto de nuestros amantes locos, imbéciles, feos, fríos, ardientes, hermosos y, en muchos casos, lamentablemente difíciles de olvidar, y, por supuesto, nos poníamos al día con los chismes de los vecinos del country, algún libro, muchas películas, y evitábamos temas políticos o económicos, tan aburridos y escabrosos. En cuanto a su relación con Criatura, Gaby se alegraba de que el animalito se estuviera acostumbrado a su nueva casa, aunque reconocía que a veces era medio caprichoso.

Una noche Gaby me invitó a cenar una paella, nuestra comida favorita. Yo llevaría el vino y el helado. Cuando le pregunté si llevaba un sabor en especial para Criatura, Gaby me recordó que detestaba lo dulce, así como la paella. El muchachito tiene derecho a elegir sus comidas, dijo Gaby.
Esa noche mientras nosotros comíamos y bebíamos copiosamente, Criatura comía en un rinconcito del living albóndigas con puré de calabaza, porque odiaba la papa. Las albóndigas, me explicó Gaby, eran de lomo de ternera, de otro corte no las soportaba.

Lavamos la vajilla, incluido el platito de Criatura, y luego nos sentamos en el sofá a ver una película en no recuerdo qué plataforma. Criatura se había ido a dormir -sin dar las buenas noches- a su casilla en el jardín. 

Me sentía tan pesado por la comida, el vino blanco y el postre que me costaba abrir los ojos para ver lo que pasaba en la pantalla, y medio dormido me quejé por un puntazo en el costado del estómago.

Son nervios, dijo Gaby.
¿Te parece?, le pregunté.
Acostate y cerrá los ojos.
Eso fue lo que hice.
Ahora sólo tenés que relajarte, dijo Gaby poniéndome una mano en el pecho y la otra en la frente. Hundí los pies en la arena de esta playa.
No siento ninguna arena.
Date un tiempo, che. Hundilos de a poco.
Ahora sí.
Un poquito más.
Es como un talco tibio entre los dedos.
Arena del cielo. El sol calienta el lomo sibilante del animal varado en la orilla. Una bestia extraña en una tierra hostil. Boquita de salmón, cola de conejo y patitas de ornitorrinco.
Eso no existe.
Imaginación, Michael. Hay que darse tiempo y las imágenes surgen. Respirá hondo. Muy hondo.
Obedecí, placenteramente.
¿Lo estás viendo?
Sí. Qué ojos de un extraño color violáceo.
Cuánta tristeza, ¿no?
Cómo nosotros.
Se extravió y ahora debe volver o morirá lejos del hogar. El viaje a través del océano ha sido largo. No tiene fuerzas. Respira las últimas gotas del mundo que debe abandonar. 
¿Sabe que va a morir?
Sí.
No quiere morir.
Yo tampoco. ¿Vos?
No. Menos ahora. Tus manos son de seda, querida.
Siente que sus fuerzas descansan allí mismo donde todo es ceniza y derrota, y que no si pone voluntad no se salvará. Arrancar de ese fondo la fuerza será la salvación.
Eso sería un milagro.
No hay milagro, solo hay vida o voluntad de vida. Aunque está muy débil, el impulso de intentar lo que parece imposible le palpita en el corazón. Es el sonido de su madre y su padre apareándose para que él existiera. 
¿Puede moverse?
Miralo.
Se está moviendo.
Atraviesa las olas, se sumerge y nada hasta una cueva donde nunca hubo otros brillos que no fueran los ojos de su especie.
Qué raro todo.

Lo más raro es que la vida real está lejos y nunca deja retenerse si no es a cambio de un gran dolor. No hace mucho acá mismo vi llover durante horas. Estaba sentada en el suelo. Me abracé las piernas y un rato más tarde me vi el sol entre los deditos de los pies y me dije que no todo es tan terrible adentro del corazón. Me sentía más sola que si estuviera muerta. Ya podés abrir los ojos.

Lo dijo y me pasó la lengua por los labios y apoyó su cabeza sobre mi pecho. Yo recién entonces me di cuenta que tenía una erección como nunca la había tenido en los últimos treinta años.

Gaby me bajó el pantalón, luego el slip y me la besó. Apagó la tele. Después hizo más, mucho más, que besármela. Exploté de placer. Ella dejó su cara apoyada sobre mi miembro durante varios minutos. Luego le hice lugar en el sofá y nos abrazamos.

¡Qué vergüenza!, nos despertó Criatura.
Nos miraba meneando la cabecita con esos ojitos de cobra más que de caniche.
¿Vos no tendrías que estar durmiendo?, se enojó Gaby.
No creía que vos harías semejante cosa con este viejo puto, dijo Criatura.
¿Vos le dijiste que soy puto?, le pregunté a Gaby.
Basta escucharte hablar, dijo Criatura.
Tendrías que ser más respetuoso, le dijo Gaby.
Y vos un poco más recatada, le replicó Criatura.
Vayamos a hablar a la cocina, le ordenó Gaby.
Vayamos, aprobó, desabrido, Criatura.

Oí al principio un ruido de cajones que Gaby abría y cerraba, y mientras me vestía el bramido ocupó durante unos instantes el aire de la casa.
Me incorporé, alerta ante no sabía qué. El silencio que siguió al bramido me aturdía, y sentí ganas de agarrar un cigarrillo de Gaby, pero me reprimí porque sería el primero que fumaba en cuatro meses.

Gaby no tardó en aparecer con la cabecita de Criatura colgándole en una mano y la cuchilla ensangrentada y firme en la otra. Pegué un grito y se me aceleró la respiración.

No voy a permitir que nadie se meta en mi vida, dijo Gaby. Ya sufrí bastante por dejar que cualquiera se metiese en mi vida. ¡Al carajo! ¡Mi vida es mi vida! ¡Basta, basta… 
Por favor, calmate, Gaby… calmate…

Estoy calmada, dijo entre dientes, ¡y no digas que me calme cuando estoy calmada!

Callé y esperé inmóvil mirando sus ojos desmesuradamente abiertos puestos en la nada.

Luego de un largo rato me dijo: ¿Me ayudás o no? Quiero terminar esto ahora mismo.

Cavé el foso en el jardín detrás de la casilla de Criatura. Gaby echó los restos adentro de una bolsa de plástico y esta al foso, que después de cubrirlo aplané con el revés de la hoja de la pala.

Mañana o pasado la quemo, ahora estoy cansada, dijo Gaby, tras pegarle una patada a la casilla.

Desde esa medianoche, hasta hoy, no hablamos más. Salgo poco, en los horarios en que ella está en su trabajo. No quiero verla y a la vez me muero por verla. Sus rulos, su boca ígnea, sus pezones de piedra. La veo a cada instante, hasta sueño que caminamos por una playa adonde, oh Dios mío te lo ruego con mi pobre alma, algún día estaremos. Busco las palabras justas para reiniciar nuestras conversaciones y no las encuentro. Los sentimientos se mezclan, las imágenes de la mujer amorosa se superponen con las de la mujer inflexible y violenta con su mascota. 

Algunas madrugadas me despierto y veo un borrón blanco en el techo del dormitorio que toma rápidamente la forma de la cabecita de Criatura. Cierro los ojos hasta que el sol borra los ojos del idiota. Después me calzo los auriculares y pongo a todo volumen "Something" en Spotify para amortiguar el bramido de Criatura en mi cabeza. Rezo para que nuestra separación no dure demasiado. Espero su llamado mientras quizás ella esté esperando el mío. No es la primera vez que me sucede. ¿Quién dará el primer paso? ¿O no lo daremos ninguno de los dos y será este el final?

Dos o tres noches atrás que alguien caminaba sobre la grava de la calle. Apenas habían pasado unos minutos de la medianoche y la luna llena brillaba como la boca de un horno en un cielo increíblemente estrellado. Me guarecí detrás de la cortina y pude verlos. El animalito, un caniche blanco del tamaño de Criatura, la seguía silencioso y sumiso. Gaby le hablaba –no oí qué le decía, aclaro-, y el animalito asentía con su cabecita. Me dio taquicardia y no me animé a salirle al encuentro y decirle que necesitaba sí o sí hablar con ella.

Se alejaron hacia la laguna artificial y yo tardé algunos minutos en respirar normalmente. Odié a ese caniche más que a Criatura, que está bien muerto y enterrado. Este no. A este me encantaría cortarle la cabeza y patearla más allá de los límites del country para que cayera en una zanja y se la comieran las ratas.

Extraño a ese animal que Gaby hizo aparecer en esa playa. ¿Habrá sobrevivido? ¿O se lo habrán devorado los tiburones? ¿Habrá tenido algún minuto de paz en la vasta noche de su infinito destierro?

Extraño a Gaby como no recuerdo haber extrañado a nadie en mi vida.

Gerwshin, en una carta a Emily Strunsky Paley, de quien todo el mundo afirmaba que era la mujer más amorosa del universo, le escribió: «A warm day in June could take lessons from you.»

Gaby es Emily (pero yo no soy Gershwin).

La deseo y tengo miedo.

Pero, ¿a qué y por qué?

Tengo miedo, mucho miedo.