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Cultura //// 18.04.2021
Córdoba y los Afroserranos

Por varios siglos el espacio cordobés ocupo un lugar destacado en el tráfico de esclavizados de origen africano, convirtiéndose en una plaza de importancia en la trata esclavista para todo el ámbito rioplatense y para el virreinato del Perú. Los afrodescendientes del Valle de Punilla buscan visibilizar y revalorizar esa huella ancestral.

Por Marta Rocha |​ Ilustración: Nora Patrich

Podemos decir que desde la fundación de Córdoba en 1573, existen datos de la presencia de conquistadores con esclavizados afro o afroamericanos, como así también originarios de provincias del norte argentino, diaguitas, aymará, coyas. Estos últimos fueron los intérpretes de los invasores con los comechingones, los habitantes originarios de las Sierras de Córdoba.

Por varios siglos el espacio cordobés ocupo un lugar destacado en el tráfico de esclavizados de origen africano, convirtiéndose en una plaza de importancia en la trata esclavista para todo el ámbito rioplatense y para el virreinato del Perú, minas de Potosí, centro y norte de Chile, estancias jesuíticas en Córdoba y otras provincias, y para encomenderos y nuevos terratenientes de la campiña cordobesa. 

Córdoba tiene un dato muy preciso sobre el mercado esclavista en la provincia que data de 1588, un documento dando cuenta del primer remate en la plaza central de una pareja de esclavizados angoleños.

En las sierras de La Punilla (zona centro del valle homónimo) para el 1600, los encomenderos que iban arribando y ocupando tierras de indios cedidas por la corona en retribución a los servicios prestados como conquistadores, lo hacían hasta con una veintena de africanos esclavizados. Punilla contó, también, con un traficante de esclavos que proveía a las estancias de la región, por lo que podemos encontrarlos por casi tres siglos en numerosos registros.

Los primeros censos nacionales donde podemos obtener datos de los componentes étnicos de la población de cada paraje o comunidad, dan cuenta que en Córdoba (entre ciudad y zona rural) la población afro para 1778 era de casi el 50%. Otros registros anteriores de libros de viajeros dicen que: “a medida que uno avanza hacia el interior de la provincia su población se oscurece y su hablar es arrastrado y lánguido” (hoy acento cordobés) y lo atribuye a la fusión del “gallego” y el bantú africano. Los datos poblacionales de la ciudad, para el transcurso del 1600 era una relación entre 500 españoles o blancos a 2500 africanos o afrodescendientes.

La orden Jesuita en nuestra provincia es la responsable del legado afro en sus numerosas estancias de las sierras, monasterios, iglesias, colegio máximo y universidad en la ciudad donde la mano de obra africana fue fundamental para su realización, es decir, que estas obras no hubieran sido posibles sin los esclavizados de origen afro. La obra jesuita en Córdoba, en el año 2010, es declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, revalorizando su legado histórico y cultural. No obstante, como sociedad aún no hemos podido reivindicar a nuestros antepasados y actuales afrocordobeses como aportantes de saberes, costumbres y tradiciones que hacen a nuestro acervo cultural y que han quedado plasmados en cada rincón de nuestro territorio y memoria.

Hoy es el tiempo que como Afrodescendientes del Valle de Punilla hemos tomado para visibilizar y revalorizar esa huella ancestral. Por ello les damos a conocer en este videopoema que describe esta realidad: “Y no los vimos”.

¡A nuestros ancestros, los afroserranos, desde el pasado al presente !

¡Pasaron los siglos y no los vimos!

Nuestros ojos acostumbrados a no verlos.

Recorrimos la historia de nuestro valle y sierras de la Punilla y no los encontramos.

Admiramos las construcciones de estancias y capillas coloniales que aun se conservan y no percibimos el sudor de unas manos fuertes de piel oscura modelando hierros, maderas, amasando en barro, tejas y ladrillos.

Imaginamos los granos que se procesaban en rudimentarios molinos y no quién trabajó la tierra para plantar la simiente. 

Podemos ver serpenteantes pircas atravesando llanos y trepando sierras, limitando grandes propiedades de blasonados terratenientes y no la piel y la sangre dejadas en el esforzado tallado de cada piedra. 

Y tampoco vimos quienes hilaban y tejían (según los censos) luego de las extenuantes tareas domésticas, de amamantar niños blancos no propios, de servir a sus amos soportando castigos físicos y denigrante menosprecio, considerándolas la nada misma.

 Aquellas mujeres cuya descendencia fue poblando dolorosamente una nueva tierra. Aquellas cuya valentía y fortaleza nos legaron a la madre de la patria, la capitana María Remedios del Valle, a escritores, artistas, músicos y poetas, danzas y bailes que hoy conforman la identidad cultural de los argentinos, cordobeses y habitantes de las serranías punillenses.

 Quise imaginar que en este agreste valle también hubo un espacio donde el sonido de los tambores contaba historias de antepasados que encadenados y amarrados, traídos en barcos atravesando mares, los alejaron para siempre de su propia identidad, de su cuna y raíz, de su África natal. 

 Hoy celebramos que ha llegado el tiempo de ver a nuestros antepasados africanos, de redescubrir y reivindicarlos, de reconocer su origen y autoreconocernos sus descendientes.

Hoy logramos correr el velo que cubría la cabeza de nuestras abuelas que ocultaban sus rasgos, el color de su rostro y lo ensortijado de su pelo. 

Hoy podemos traer al presente palabras y sentires que no pudieron ser expresados, desandamos sus huellas de desnudos pies y pesados grilletes, y tomamos la bandera de su ansiada libertad.

Hoy a través de nuestros ojos vuelve a brillar su mirada de noches de lunas y de estrellas.