César González entró en la historia del cine nacional

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César González entró en la historia del cine nacional

16 Noviembre 2016

Por Santiago Gómez
Desde Florianópolis

César González con Exomologesis entró en la historia del cine argentino. Los celadores de “Crónica de un niño solo”, neoliberalismo mediante, se transformaron en las psicólogas, trabajadoras sociales, talleristas, psicólogos, cristianos solidarios. Esta obra prueba que un consultorio también puede ser una institución cerrada. González muestra el lado diurno de quienes trabajan en dispositivos asistenciales del Estado, instituciones cerradas, manicomios públicos, privados, institutos de menores, hogares, cárceles, hospitales, secretaría de niñez. Sacude uno de los pilares de nuestra sociedad: la obediencia. Muestra que las consecuencias de su lógica no hacen diferencias de clase. Las diferencias de clase se observan cuando se ve el color de la piel de quienes alimentan las instituciones cerradas públicas. Diferencias que los que entran a asistir no se ocupan en disimular. “Haber legado la imagen de una época a un país no es escasa gloria; ojalá yo pudiera contar con una parecida”, escribió Borges sobre la novela Amalia de José Mármol. César no dejó la imagen de una época del país, nos regaló una imagen del mundo en esta época. Si es cierto que en Cannes hay jurado, deberían hacer justicia y darle a este muchacho lo que se merece. Sin duda es la película del año. Muestra lo que no se ve y esto no se ve seguido, señores. Es una película universal.  Donde la pasen y sin subtítulos la entienden.

 

La muñeca para dirigir se expresa en el tono de la voz de los actores. No hay una línea que suene a impostura. Jefry del Río, a quien César le demandó los tonos más altos no cayó en histrionismos. La genialidad del autor se ve en colocar un video juego de carreras con el cual representar la dirección de la cura psi. Puedo dar prueba que es así, ni siquiera un Rally Dakar, prefieren la previsible pista de fórmula 1.  González mostró cómo trabajan terapeutas en los dispositivos estatales, de qué se tratan los grupos asistenciales, mostró la psicóloga que dice “sacá, decí, sacá y decile al otro lo que realmente creés de él”, con la ilusión de que el hecho de exteriorizar un pensamiento por añadidura traerá transformaciones personales. Como si la verdad fueran pensamientos. César muestra cómo se comportan los talleristas y las talleristas cuando van a dar de su tiempo solidariamente a las instituciones cerradas. ¿Van a buscar satisfacer demandas ajenas o a darle consistencia a la idea del alma buena?

Exomologesis muestra el trato que brindan muchos y muchas profesionales en quienes el Estado delega la ejecución de respuestas a las necesidades de los pobres. Quien camine los pasillos de una dirección de niñez, de una dirección de salud mental, el gabinete psicopedagógico de una escuela, los grupos terapéuticos de las diferentes instituciones públicas, seguro encontrará escenas como las que retrata Exomologesis. Encontrará también otras cosas, pero ya otros se ocupan de mostrarlas. Lo que César muestra no hay quien lo muestre. Tuvo la humanidad de mostrar que de las consecuencias de la obediencia no se salva nadie. Que obedece el detenido, el guardia, el profesional, el director, la tallerista, el cristiano, y que frente a la imposición de la violencia con la obediencia de excusa, se fomenta la práctica del sometimiento, el sometido quiere venganza. González se mete con el mito de la cárcel: quien cae detenido es penetrado. Lo más doloroso es que te penetra un compañero, nos muestra.


La película es un encadenado de joyas, brillante escena, tras brillante escena y así hasta el final, no dejó tema por abordar. La provocación femenina, la mujer cuestionando la virilidad del hombre, la mujer como reproductora de la lógica de haber quién la tiene más grande. La cabeza del hombre presionada entre el piso y un tacto aguja. “Él lo compró en cuotas pero yo lo pagué taca taca”. González promueve una preguntan sobre la que reflexionan los psicoanalistas ¿Por qué lo hacen? ¿Por qué una persona va a una cárcel, un manicomio, un instituto de menores, a escuchar lo que una persona que se supone monstruosa tiene para decir? ¿Va a escuchar a la persona o evita acercarse al monstruo que supone, por el ataque mediático que padece? González nos da varias respuestas.

Van a medir, a través de evaluaciones psicodiagnósticas, entrevistas dirigidas, semi dirigidas, van a intentar imponer su moral, su forma de vida, van a reproducir las mismas diferencias sociales que existen afuera de la institución. César lo deja muy claro con el golpe del otro lado de la puerta. Suena con violencia, violencia que está del otro lado antes que un miembro de la institución le abra la puerta. Para la violencia más violencia. Profesionales que hacen que te escuchan, que mientras les estás hablando no sueltan el celular, que se limitan a decir sí y no, hmm, aha, hmm. Talleristas que se refieren a los adultos con los que trabajan como “mis chicos”. Talleristas, psicólogas, psicólogos, cristianos y personas de todos los pelajes que se acercan a los encerrados a querer decirles de qué se trata el dolor. Majestuosa la escena entre el gran Alan Garvey y Sofía Gala, en la que el joven artista recita un poema y Gala consigue encarnar la impostura a la que un sector de la clase media nos tiene acostumbrados.

Suponemos que en la película debe haber más de un homenaje, podemos identificar a algunos. El homenaje al agente Smith, de Matrix. Al ver la película también recordamos la obra de Sartre “A puerta cerrada”, donde el autor juntó un grupo de personajes a sentir el peso de la mirada. “No hay necesidad del fuego, el infierno son los otros”, escribió el francés en esa pieza. César muestra que el infierno en las instituciones cerradas lo encarnan las personas que suponen buenas, a quienes la sociedad supone que les pagan para tratar bien a quienes lo necesitan, que los verdugos a veces hacen clown, otras leen fragmentos de la Biblia, sea la publicada en hojas de arroz o editada por Paidós, otras dan clases de teatro en las cárceles o de música. Una vez más César desenmascara la impostura de las buenas intenciones, Ay, de las buenas intenciones, nos alertó Pizarnik en su poema Sala de Psicopatología, donde narró su paso por una.

Es una película que interpela directamente. ¿Cómo se explica lo rápido que se asuman los roles del verdugo en los grupos sociales, que la burla, la humillación sean no sólo motiva de risa sino mecanismos que producen risa asegurada. ¿De qué nos reímos? Humillá o te humillan, le dirá al grupo un trajeado Juan Minujín.

Libertad, libertad, libertad, pide el himno, también entona el personaje de César adentro de una institución cerrada. Da risa, de la que se larga para esquivar la tristeza. Lo saben los pobres, principalmente los pobres y las pobres, que son la mayoría de quienes se acercan a pedir ayuda. Que debieron sacar número y hacer cola en la Secretaría de Acción Social de un municipio, que padecieron la intromisión de una trabajadora social, las preguntas incómodas de una psicóloga, o de un psicólogo o trabajador social, pasa que entre la asistencia la mayoría también son mujeres, y que encontrarán en Exomologesis escenas por las que posiblemente atravesaron o saben quién. Pedir chapas y que te pregunten cómo te llevás con tus padres, con tu pareja, con quién dejás a los chicos. Mucho morral cruzado e ideas rectas.
Sin duda alguna César González entró en la historia del cine argentino. Construyó una obra universal. Donde hay Estado se repiten las escenas que nuestro artistas muestra: las consecuencias de ordenar la sociedad sobre la obediencia en protección de la propiedad privada, el otro pilar con el que en esta película no se metió, pero con la producción de este artista no debe sorprendernos que lo haga. Donde sea que esté, a Foucault se le escapó un lagrimón con esta película.