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Sociedad //// 12.10.2020
La ecología organizada: notas sobre los libros de Isabelle Stengers y Bruno Latour

"Lo que falta en el discurso ambiental es una política acorde a la magnificencia de sus propósitos. Para cumplir cualquier política ecológica es necesario contar con una militancia organizada totalmente general, rebosante de verticalismo, disciplina y conducción, las tres palabras que despiertan un santo horror en los intelectuales críticos." Por Damián Selci

Por Damián Selci*

1. Quizá lo más impresionante de la obra reciente de Isabelle Stengers y de Bruno Latour resida en el señalamiento de que existe otra política y otra guerra, por encima de la que libran los Estados y las clases: la “guerra de los mundos” donde Gaia (es decir, nuestro planeta) se vuelve violentamente contra nosotros, bajo la forma de lo que antes se llamaba, con notable ingenuidad, “desastres naturales”. Lo dice Stengers en su librito En tiempos de catástrofes, lo dice mejor Latour en esa obra maestra que es Cara a cara con el planeta: sin tener subjetividad alguna, Gaia de todas maneras reacciona al crecimiento económico, y más bien de mala manera. No es sólo que el Hombre esté destruyendo la Tierra; la novedad es que también la Tierra puede destruir al Hombre. La época en la que nos preocupábamos por “cuidar el planeta” como si fuese un inofensivo oso panda ha quedado atrás: ahora, el planeta demostró que tiene una mortífera capacidad de respuesta. Esto es lo que Stengers y Latour llaman “la intrusión de Gaia”: no es más que el conjunto de consecuencias más bien devastadoras de la influencia del desarrollo descontrolado en el clima, consecuencias que ya son irreversibles. Dice Stengers: “Nos enfrentamos no ya solamente a una naturaleza que «hay que proteger» contra los destrozos causados por los humanos, sino también con una naturaleza capaz de perturbar seriamente nuestros saberes y nuestras vidas”*. Por eso el ambiente ya no brinda el decorado neutral de las batallas humanas: es un contendiente apasionado y feroz. Mientras nosotros, que imaginamos ser posmodernos aunque nunca fuimos ni siquiera modernos, nos embarcamos en nuestras disputas intersubjetivas (económicas, militares, simbólicas, territoriales y de género), perdemos de vista que el planeta entero con todos sus “objetos” (tornados, inundaciones, pandemias) comienza a atacarnos por la espalda. Dice Latour: “Por espantosa que fuese la historia, la geohistoria será probablemente peor, dado que hasta ahora había permanecido en segundo plano –el paisaje que había servido de marco a todos los conflictos humanos– acaba de unirse a la lucha”*.

 

2. Con alguna ligereza podemos componer lo que llamaremos la “tesis Stengers-Latour” del siguiente modo: hay que asumir la superioridad de la cosmopolítica por sobre la política. Veamos un ejemplo. Durante todo el año pasado, la sociedad chilena vivió un auténtico estallido de rebeldía contra el neoliberalismo, que auspiciaba y sigue auspiciando una transformación profunda de la sociedad. El gobierno de Piñera estaba muy debilitado, ensayando salidas a la crisis que sólo la agudizaban, mientras el pueblo tomaba heroicamente las calles y debatía nada menos que una nueva Constitución. Y de pronto, entre la emoción insurrecta y los gases lacrimógenos, entre el ruido y la furia… apareció el coronavirus; y lo que no logró la represión, lo logró la enfermedad: ¡todos a casa! Hubo entonces que frenar todo, demorar todo, desplazar todo. Ha de ser perceptible la semblanza que anida en esta viñeta: la pequeña política humana tuvo que “adaptarse” a los tiempos de la gran cosmopolítica, situada siempre más allá de lo humano y lo no-humano, lo social y lo natural, lo histórico y lo geográfico. Mientras los chilenos se zambullían a resolver la herencia neoliberal de Pinochet y la Concertación, algo que no tenía nada que ver con eso (sino con la cohabitación entre murciélagos y personas, el corrimiento de las fronteras agropecuarias, los hábitos culinarios chinos, la multiplicación de aeropuertos y las características de nuestro sistema inmunológico) imponía un cambio drástico de agenda. ¿Y no parece ocurrir lo mismo en las elecciones estadounidenses, que tan sólo por la aparición del virus podrían dejar sin poder a Donald Trump?

 

3. La obvia lección del coronavirus es que la política del siglo XXI tendrá un desafío, tal vez uno solo, y será ecológico. Calentamiento global, deshielos, extinción de especies, incendios humanos y no humanos, niveles exorbitantes de carbono en la atmósfera… No queda más que aceptar la agenda del planeta, o caer en el negacionismo de ultraderecha. De acuerdo. Y, sin embargo, tanto la cosmopolítica de Stengers como la de Latour nos enfrentan con un punto muerto: ¿cómo hacer para que las personas se den cuenta de que deben hacer algo para detener la guerra capitalista contra el planeta? La preocupación de estos pensadores surge ante la flemática indiferencia del público por las alertas que emite con desesperación la comunidad científica. ¿Por qué nadie toma conciencia de la mutación climática y su carácter irreversible, por qué no detenemos ya mismo el crecimiento económico aunque sobran las evidencias de que, de no hacerlo, la vida terrestre podría desaparecer en algunas décadas? No es sólo que Trump o Bolsonaro sean negacionistas: es como si todos lo fuéramos. Y ser negacionista, lo dice Latour, es ser el enemigo: ser irresponsable. Stengers lo anticipaba: “la trascendencia del capitalismo no es implacable, sólo radicalmente irresponsable, incapaz de responder de nada*. Entonces, ¿cómo volvernos responsables? ¿Cómo no ser enemigos de nosotros mismos? ¿Cómo mantenernos en la responsabilidad?

 

4. Adelantemos una impresión: lo que falta en Stengers/Latour es la voluntad política, el programa político y la estrategia política. Es sabido que para ellos estamos en guerra, una guerra que no podemos ganar (Stengers: “la respuesta que se debe crear no debe ser una «respuesta a Gaia», sino una respuesta tanto a su intrusión como a las consecuencias de dicha intrusión”, p. 39), y por ende la política se iguala a diplomacia. Tal es la figura política por la que optan: el diplomático es aquel que, mediante estratagemas para nada “puristas”, logra un acuerdo con los del Otro Lado, sin necesidad de que la sangre llegue al río. Acá, el Otro Lado sería Gaia: la “quisquillosa” (el adjetivo es de Stengers) superficie habitable del planeta, que se está cansando de nuestro bendito “desarrollo económico” y contesta con pandemias y huracanes. Pero para que esta figura del diplomático tenga sentido, tenemos que pensarla como lo que es, como lo que siempre fue: una presentación moderada de una postura radical. Sean cuales sean las concesiones a las que esté dispuesto el diplomático, ellas sólo serán mensurables en relación con una definición política radical –que es justamente la que él, diplomáticamente, modera para alcanzar consensos. Digamos que un buen diplomático hace pasar sus posturas radicales por “propuestas moderadas” (y un mal diplomático es quien acepta las posturas radicales del otro como si fuesen moderadas). Y bien, acá llega la pregunta difícil. ¿Cuál sería la radicalidad detrás de la diplomacia de Stengers/Latour? ¿Qué queremos “nosotros”, digamos provisionalmente los que estamos del lado de Stengers/Latour? Para que la diplomacia sea un mal menor, tenemos que compararla con un muy “fundamentalista” Bien Mayor. ¿Cuál sería nuestro fundamentalismo, aquello que nos encantaría que sucediera más allá de todo cálculo de fuerzas? Tiene que comprenderse bien el sentido de esta interrogación. Muy diplomáticamente, Stengers se contenta, según la fórmula recurrente en el ya citado En tiempos de catástrofes, con lograr “un futuro que no sea salvaje” en el que nuestros hijos y nietos no pasen la mayor parte de sus vidas huyendo de inundaciones. Esto es sumamente sensato, sumamente conmocionante. Tendríamos que ser unos irresponsables máximos para no impresionarnos con esta previsión. Pero acá llega el momento de nuestra principal objeción política. Evitar el futuro salvaje: ¿no es esto demasiado… poco? Más allá de las desesperaciones de ocasión, ¿resulta verdaderamente movilizante esta utopía negativa, basada tan sólo en la evitación de la catástrofe? ¿La gente daría su vida por salvar su vida? Hay que resaltar la paradoja de que el discurso ecologista exige una revolución mundial de proporciones literalmente geo-históricas, un cambio radical anti-modernizatorio y una entrega comprometida y sin límites a la causa ambiental… pero todo esto se haría “sólo” para “salvar la vida”. ¿No es ya una catástrofe que nuestro horizonte o nuestra inspiración sea tan sólo sobrevivir? Se entiende que debamos procurarnos una táctica diplomática, moderada, discreta, pero, ¿la utopía debe serlo también?

 

5. En Cara a cara con el planeta, Latour evidencia la importante contradicción de que el ambiente se “politiza” (es decir, ingresa en la opinión pública como un problema que excede a climatólogos, ecologistas y pueblos originarios) precisamente cuando ya no estaríamos a tiempo de ahorrarnos unas cuantas catástrofes climáticas, dentro de las que habría que contar al coronavirus. La ecología política, esa recién llegada, ¡ha llegado demasiado tarde! ¡El Holoceno ha terminado, el Antropoceno está a la vuelta de la esquina* ! De ahí la urgencia latouriana de sus últimos libros (incluido Dónde aterrizar): es demasiado tarde para cualquier cosa que no sea mitigar el impacto de la mutación climática. La guerra de los mundos ha comenzado. Y en esta guerra, por la grave desproporción de fuerzas, todo lo que nos queda es buscar la paz con Gaia a cualquier costo. Imposible no coincidir, en primera instancia, con el alarmismo intrépido de Latour. Pero es presumible que, nuevamente, la conciencia del peligro mortal tampoco llegue a excitar a la acción. Aunque suene oscuro, hay que considerar que la gente bien podría dejarse morir, del mismo modo en que hoy se “deja gozar” por el capitalismo neoliberal. Al menos, podría ser lo bastante perezosa como para no desesperar por la vida… En efecto, ¿de qué vida estamos hablando? Una vez caída la hipótesis comunista, no existe ninguna imaginación generalizada de lo que podría ser vivir dignamente. En esto reside todo el problema político actual. El “hedonismo depresivo” que describió Mark Fisher define la única idea de vida contemporánea. No hay otra. Por cierto, para decirlo con un aforismo: cuando carecemos del sentido de la vida, la salvación de la vida carece de sentido. De ahí que “no hacer enojar a Gaia” tampoco represente una utopía política movilizante. Repitamos: por duro que pueda sonar, a la gente no se la moviliza a largo plazo sólo con la conciencia de un peligro; en todo caso no será una movilización permanente, que es lo que necesitamos. Todo peligro y todo desastre tiene aspecto de ser pasajero; pero el Antropoceno no es pasajero, llegó para quedarse. Pese a la magnificencia del cambio de las expectativas y los objetivos que logran Stengers y Latour, incluso la hipótesis de salvar la existencia humana de un colapso planetario no suena utópica, porque, ¿qué vida estamos salvando? ¿La vida hedonista depresiva? Por eso no tiene sentido militar para salvar el mundo; primero tenemos que saber qué vida queremos –debemos querer esa vida, y luego querremos salvarla.

 

6. Desde el punto de vista de una teoría de la militancia, la principal tarea de pensamiento es regenerar las condiciones programáticas: volver a darle un sentido positivo a la praxis –algo que escape a las tareas defensivas a las que autores tan disímiles como Bruno Latour y Chantal Mouffe se abocan por igual: evitar el colapso terrestre, evitar la desaparición del Estado democrático de bienestar… A diferencia de las fallidas pero grandiosas promesas de la filosofía marxista, la teoría contemporánea ha dejado de pensar en lo que quiere, y se concentra solamente en lo que no quiere. Tenemos así un anticapitalismo sin revolución, en el que la “crítica” se lleva todos los capítulos y la “propuesta” queda para un apurado epílogo. ¿No estamos cansados de estos libros de intelectuales residentes en países de la OTAN, que viven en la descripción y mueren en la acción, siempre a la caza de “experiencias de resistencia” al margen del Estado y también al margen del éxito? Acá debería buscarse la raíz de la patética ineficacia de ciertas convocatorias meramente democráticas o meramente ecológicas. Si funcionan, si movilizan, lo hacen sólo reactivamente, es decir, sólo mientras la sensación del peligro resulta completamente apremiante. Una vez que pasa el apremio, o que parece pasar, las masas vuelven a su disperso egoísmo irracional. Veamos qué quedó de las grandes solidaridades de inicios de la pandemia: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires pasaron de aplaudir a los médicos desde los balcones de la cuarentena a, literalmente, incendiar barbijos en “marchas por la libertad”. Todos podemos ser buenos durante un tiempo; lo difícil es persistir, y esta perseverancia es el problema teórico principal de la militancia. O sea: todos podemos ser ciudadanos esmerados y maduros mientras dura la moda, mientras nos dejamos llevar por “el movimiento social” y la primavera de la urgencia; lo difícil es serlo permanentemente, cuando ya no está muy bien visto, cuando aparece el famoso cansancio o “decepción”, cuando los medios de comunicación logran torcer las expectativas y los que antes eran ciudadanos ejemplares ahora son tachados de autoritarios fanáticos. Es ahí donde necesitamos de la militancia y de la organización permanente. Si las medidas de protección contra el coronavirus pasaron de un éxito inicial a un fracaso silencioso es, se dice, por “el cansancio de la gente”. Perfecto; pero entonces deberíamos dedicarnos a formar ciudadanos incansables, y estos incansables son los militantes organizados.

 

7. Pero para que haya militancia incansable, tiene que haber voluntad, estrategia y programa. Puede parecer una provocación el señalamiento de que la ecología política no tiene “programa”. ¡Nos exige subvertir todos nuestros hábitos de consumo, abandonar el tren descarrilado de la modernización y hacer decrecer la economía todo cuanto sea posible! ¿No sobra en la tradición ecologista la invitación a vivir de otra manera a como sobrevive la modernidad, empezando –es un ejemplo al azar– por las comunidades hippies y llegando a los manifiestos del Comité Invisible y los grandes ensayos de André Gorz? Pero la cuestión delicada no estriba tan sólo en redactar el sueño de un mundo feliz, sino en determinar quién (qué voluntad política) querría ese programa y con qué estrategia. Para que esto quede claro: en el marxismo, había una voluntad política, que era el partido de clase; su programa era el socialismo; su estrategia era la insurrección revolucionaria. Con todos los desastres que puedan computarse en la cuenta de los “socialismos reales”, lo primero que toca reconocer es que tuvieron, al menos, algún éxito inicial, y un horizonte claro, movilizante, por el que valía la pena vivir y militar. ¿No es momento de aceptar que el ecologismo precisa un Lenin o un Perón –o ambos? Para convencerse de esta necesidad basta con repasar los exangües héroes políticos de Stengers: programadores informáticos, movimientos anti-transgénicos, los celebérrimos “activistas norteamericanos”…

 

8. Vayamos a una tesis: si el problema político es la irresponsabilidad capitalista, la voluntad política auténticamente anti-capitalista sólo podría aquella para la cual la responsabilidad absoluta constituya su corazón, su meollo, su praxis. Y así es como hemos definido, en otro lugar, a la militancia organizada: como responsabilidad absoluta por la vida comunitaria, especialmente por la vida del otro. Estamos ante la militancia cuando alguien se hace cargo de lo que no le corresponde, de lo que no le conviene, de lo que no es “su asunto”, y esto de manera organizada para asegurar su permanencia. De ahí el pretencioso carácter absoluto de la responsabilidad: responder por lo que me toca sería lo esperable, lo “adulto”, pero lo “militante” es responder por lo que no es mi culpa, no causé yo y tal vez tampoco sufra yo las consecuencias. La militancia vive una vida no-individual; como no es una, es otra, y por consiguiente lo que no es su asunto es su asunto, y lo que no le concierne le concierne. ¿No es la militancia la figura política que necesita el discurso ambiental, demasiado embargado todavía por la novedad apocalíptica de sus proyecciones de futuro? Las admoniciones de Stengers/Latour a reaccionar al cambio climático porque sus secuelas “nos afectan a todos”, con todo lo sensatas que efectivamente son, no sirven, porque se dirigen implícitamente al individuo egoísta que sólo tomará cartas en el asunto si percibe que el tema lo puede afectar directamente a él. Pero es justo en el individuo donde el negacionismo funciona de maravillas: “de algún modo, a mí no me va a suceder nada”. ¡Sería mucha mala suerte, en efecto, que existiendo tantos miles de millones de habitantes que perjudicar, el tornado pase precisamente por mi calle! Y no hay evidencia científica ni paper académico que pueda contra el negacionismo. El ecologista dice: “esto nos perjudica a todos”, y el individualista responde: “a mí no, ya me las arreglaré, no es seguro que suceda” y el diálogo concluye sin consecuencias. En cambio, la militancia nos pide que reaccionemos precisamente porque no es “nuestro” asunto; ella parte de la premisa de que no somos individualistas encerrados en los límites de nuestra intimidad y nuestras pertenencias, sino no-individualidades que sólo existen pasando al otro, siendo por tanto “en sí mismas” otras. Por lo tanto, el negacionismo queda desactivado; tenemos que hacernos cargo de la mutación climática porque no es nuestro asunto, porque no estamos preparados para ello, porque no nos conviene, porque no es “nuestro interés” y porque no nos tocará a “nosotros”.

 

9. Lo que falta en el discurso ambiental es una política acorde a la magnificencia de sus propósitos. Para cumplir cualquier política ecológica es necesario contar con una militancia organizada totalmente general, rebosante de verticalismo, disciplina y conducción, las tres palabras que despiertan un santo horror en los intelectuales críticos. ¿Por qué tanto énfasis en la militancia? Porque la praxis de la militancia consiste en la responsabilidad por la responsabilidad del otro; su “trascendencia” busca que otro, y otro, y otro, se haga responsable. ¿No necesitamos algo así de fastuoso para enfrentar los tiempos de catástrofes: lo que Cristina Kirchner llamó empoderamiento popular? El negacionismo climático de Trump y Bolsonaro no configura un hecho indeconstruible; probablemente responde al previo negacionismo “crítico-intelectual” a asumir honestamente que, sin una militancia organizada, disciplinada y verticalista, ninguna utopía es posible, ni tan siquiera pensable. Quizá ya todos intuimos que la “crítica de la ecología política” contemporánea está llamada a ocupar el lugar que tuvo para el socialismo del siglo XX la “crítica de la economía política” de Marx; lo que queda es terminar de aceptar este hecho y preguntarnos, como hizo Lenin en 1905, como hizo Perón en 1943, qué hacer. Y la respuesta ya está soplando en el viento huracanado del siglo XXI: hay que militar organizadamente, todos y todas, porque el único futuro que no sería salvaje (es decir, irresponsable) sería el futuro militante.

 

POSDATA KIRCHNERISTA. Releer la experiencia de la militancia kirchnerista en términos climatológicos podría ayudar a esclarecer la idea latouriana de la superposición, cada vez más frecuente y obvia, de la política y la cosmopolítica. En abril de 2013, una tormenta inédita se abatió sobre La Plata, inundando en pocas horas a toda la ciudad. Inmediatamente y como respuesta, las organizaciones kirchneristas idearon la actividad militante más importante de toda la etapa: las jornadas solidarias “La Patria es el otro” (retomando la consigna que Cristina Kirchner había pronunciado en un acto por Malvinas, apenas un día después de la tormenta). Durante dos meses, miles de militantes de todo el país fueron a La Plata a realizar tareas solidarias: asistir a los vecinos con mercadería, juntar basura, mover muebles podridos por el agua, coordinar la recepción de donaciones, etc. La experiencia fue inolvidable y formativa como ninguna otra; de los primeros días de desconcierto y caos, en que dormíamos en el piso de la Facultad de Periodismo, se pasó a una muy eficiente gestión de los recursos y producción de datos de los vecinos damnificados; nadie que haya participado de aquellas jornadas no pensó, y acaso sigue pensando, que el poder organizado de la militancia hace milagros. En paralelo con esto, buceando en las causas del fenómeno, la Facultad de Ingeniería de La Plata publicó un informe donde interpretaba que esa lluvia desproporcionada y bestial se debió al cambio climático, y que el agua se concentró en los barrios por el crecimiento del cinturón hortícola sin planificación de escurrimiento hidráulico, por la existencia de invernaderos emplazados sobre terrenos que solían absorber el agua, por la impermeabilización del suelo producto del crecimiento de la superficie de cemento habilitada por el Código de Ordenamiento Urbano… Leer el informe de la Facultad de Ingeniería siete años después de haber militado en las jornadas “La Patria es el otro” no puede más que dejar la impresión de que ése fue nuestro primer contacto político con el cambio climático, y que la actividad más importante y transformadora de la militancia kirchnerista superpuso la política y la cosmopolítica de una manera que no pudo ser más patente, aunque la urgencia del momento y la falta de un aparato teórico acorde impidieron arribar a las conclusiones posibles hoy. De hecho, las acciones que llamábamos “solidarias” eran también perfectamente ecológicas: arreglar techos, despejar desagües, recoger basura en gigantescos camiones con acoplado, censar a la población…  La reacción literalmente terrorista de Gaia (por lo devastadora e indiferentemente mortal) es un sustrato secreto de la formación militante de mi generación, y provoca cierta conmoción descubrir que detrás de la consigna tan significativa y tan usual de “La Patria es el otro” tenemos una historia de catástrofes ambientales por contar. (Incluso habría que fijarse hasta qué punto el también formativo, aunque por otros motivos, “conflicto por la Resolución 125”, no es solamente una historia de restricción externa, sino también de cómo los terratenientes están destruyendo la pampa mediante el monocultivo sojero; hoy resulta evidente que la oligarquía no tiene problemas en incendiar literalmente el país sólo para ahorrar en pastura del ganado. No caben dudas de que los ricos saben que la lucha es ambiental, sólo que ellos ya han comenzado a dar golpes.)

*Autor de Teoría de la Militancia y presidente del Honorable Consejo Deliberante de Hurligham

* B. Latour, Cara a cara con el planeta, Siglo XXI, Buenos Aires, 2017, p. 91.
* Isabelle Stengers, En tiempos de catástrofes, NED Ediciones, Buenos Aires, 2017, p. 51
* Nada mejor que Wikipedia para resumir qué es el Antropoceno: “El Antropoceno (de griego ἄνθρωπος anthropos, 'ser humano', y καινός kainos, 'nuevo') es la época geológica propuesta por parte de la comunidad científica para suceder o reemplazar al denominado Holoceno, la época actual del período Cuaternario en la historia terrestre, debido al significativo impacto global que las actividades humanas han tenido sobre los ecosistemas terrestres (especialmente ilustradas por la denominada 'extinción masiva del Holoceno'). No hay un acuerdo común respecto a la fecha precisa de su comienzo; algunos lo consideran junto con el inicio de la Revolución Industrial (a finales del siglo XVIII), mientras que otros investigadores remontan su inicio al comienzo de la agricultura.” Latour interpreta el Antropoceno como el momento en que la intervención humana sobre la naturaleza sobrepasa la historia y se convierte en geo-historia: el crecimiento económico produce tales trastornos en la tierra, los mares y la atmósfera que los efectos del capitalismo en el clima se percibirán no por las próximas décadas, sino por ¡miles de años!