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Opinión //// 29.11.2011
Vendedores ambulantes: Macri o el Capitán Monasterio

Por Hernán Jaureguiber y Gloria Arnao Dellamea.

En la recordada serie "El Zorro", sobre la que no es necesario agregar mayores datos para quienes peinamos algunas o muchas canas, el bien y el mal se debatían en la primitiva colonia española de California, entre la tiranía encarnada por el archimpopular Capitán Monasterio y los hacendados que pretendían defender sus privilegios ante el atropello del aventurero militar español.
Lógicamente, para un conservador como Walt Disney, no fue difícil inclinar las simpatías del guión por los terratenientes, cuyos linajes no resultarían agradables para la audiencia de niños sesentistas, sino fuera porque su voz y su defensa la encarnaba con inolvidable épica un joven de esa clase social, Don Diego de la Vega, quien clandestinizado en la piel del Zorro, luchaba en su corcel y cuando salía la luna.
El enmascarado, sin perjuicio de defender los derechos de su clase,  ganaba el consenso de los oprimidos del régimen militar colonial, defendiendo los mínimos derechos humanos de aquellos criollos, que pisoteados por los funcionarios de la Metrópolis, no tenían mejor fortuna bajo las órdenes de la mita o el yanaconazco de sus patrones de estancias. Pero en fin, entre el maltrato y la explotación, Walt Disney criticaba la primera y El Zorro blandía magistralmente su espada en románticos combates contra la Tiranía del Capitán Monasterio, apoyando y siendo apoyado por los infortunados criollos.
Es que aquellos rancios conservadores coloniales, comprendían algunos derechos humanos y libertades, aunque Walt, los olvidara durante el Macartismo. Recordamos vivamente el episodio donde el régimen indiano reprimía sin piedad a los vendedores ambulantes de la incipiente y españolísima "Los Ángeles". Eran mestizos que se amontonaban en la Plaza Mayor de la mínima ciudad latina (antes de su usurpación por los Yanques) quienes procuraban con la venta de sus tamales paliar la pobreza y el abandono que siempre padecen los habitantes de las colonias, en cualquier tiempo y bajo cualquier imperio.
La milicada corrupta de Monasterio, célebremente representada por el Sargento García, aplicando los principios de la obediencia debida, desalojaba a los vendedores del espacio público despojándolos de sus mercancías y por tanto del único sustento para sus familias. Por supuesto, El Zorro intervenía y se acababa la cuestión. Es decir, los rancios De la Vega, no toleraban semejante atropello, porque intuían que esos vendedores ambulantes no afectaban sus privilegios de clase.
Algo tan elemental, que en nuestra mente de niños, la acción militar del Sgto. García - lacayo y  genuflexo obediente de su Capitán-, quedaba atravesada de grotesca maldad. Vayamos al grano. Los otros días, en plena Av. Cabildo al 3300, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un actual Sargento García, acompañado de otra tropa del Gobierno de la Ciudad, cargó contra una joven (tal vez menor de edad) que vendía en la vía pública unas frutillas (CUATRO cajoncitos exactamente).
Los personajes del GCBA, sin identificarse,  reprendieron a la joven (después supimos que la humilde jovencita era Boliviana) por vender en la vía pública y acto seguido le arrebataron sus cajones de frutilla para cargarlos en su camioneta blanca y amarilla. La imagen de atropello no podía ser más evocativa de la serie de nuestra infancia. La joven boliviana lloraba e imploraba que no le sacaran sus frutillas, pues no las había pagado y tenía que venderlas, sin cuyo producto su cadena ante el frutero se cortaría y con ello sus expectativas de alimentar a su familia. Tan lamentable fue la situación, que algunos transeúntes alzamos la voz, sumando angustia al llanto de la trabajadora ambulante.
Ningún argumento sirvió ante los modernos Garcías, quienes balbuceando la letra de algún bando de su comandante, letras minúsculas aún para leguleyos municipales, con prisa y sin pausa, cargaron las deliciosas frutillas a su camioneta y se marcharon. No es difícil imaginar que algunas de aquellas deliciosas frutas de estación, estarán ahora en los intestinos de los esbirros, tan atestados por la misma materia que componen su cerebro y su corazón. Pero volvamos a Diego de la Vega,  a Monasterio e inevitablemente a Mauricio,  porque de los Garcías se pueden ocupar nuestros sociólogos o porque no, nuestros antropólogos, cuando analicen la opción electoral en la ciudad de Buenos Aires.
El tarambana Jefe de Gobierno, millonario de origen, conservador por esencia, ni siquiera está a la altura de los De La Vega retratados por el nada progresista de Walt Disney. Es inferior a su destino acomodado y elige ser el Capitán Monasterio. En el imaginario macrista, las categorías del bien y del mal, aún las reconocidas por un macartista, son diferentes. En su horizonte de discernimiento se encuentra la xenofobia y el odio al pobre. No le alcanza con sus privilegios de clase sino que busca cimentar su poder en el consenso de las clases medias subalternas, esas mezclas de Garcías, que hacen la vista gorda ante las repugnancias de sus políticas o las apoyan con fruicion en el altisimo porcentaje electoral obtenido.
Lo saliente de Mauricio, no radica en alguna efectividad de sus políticas, sino en la identificación que tienen ciertos conciudadanos sobre actitudes miserables como las protagonizadas con la vendedora de frutillas. De eso se tratan todas sus improntas. Ocuparse de los trapitos, de los manteros, de los limpiadores de vidrios o dedicarse a marear automovilistas con cambios de dirección en las calles. Cuando se trata de implementar políticas que hacen a la vivienda, seguridad, creación de empleo en la ciudad, etc., nuestro Capitán Monasterio está en babia, o lo que es peor, se dedica a endilgarle la culpa a otros.
Durante la toma del Indoamericano, demostró que sus nociones sobre vivienda están circunscriptas a operaciones en escribanías. Todo lo que no se logra por escritura pública y pagos dinerarios son palabras extrañas para nuestro bon vivant. En materia de seguridad, su iniciativa fue crear "una policía de clase media" según sus propias palabras (ni siquiera logra discernir lo políticamente correcto) y colocar como numen de la fuerza al nada fino de Palacios.
Dotó a su nóvel escuadra de un par de patrulleros, y de la recordada pistola- picana, por suerte evitada por el tino de una jueza metropolitana y no por su propio criterio formado en la admiración por la policía de Camps. Pero la primera tarea en materia policial fue inaugurar su existencia con escuchas ilegales realizadas por Ciro James,  lo que le valió el procesamiento, situación procesal con la que vuelve a asumir el Gobierno de la Reina del Plata. Pero veamos más. Otra faceta de nuestro Capitán Monasterio es el cobro de impuestos, el endeudamiento y la reducción de lo que él llama el gasto público y que otros denominamos inversión pública y/o social.
Al igual que el personaje combatido por el Zorro, su obsesión es controlar los metros cuadrados construidos en azoteas, ampliaciones de vivienda, etc.., con un mero interés recaudatorio, fiel alumno de Cavallo, los Chicago Boys entre otros noventistas. Pero a la hora de controlar las millonarias inversiones inmobiliarias desplegadas en la próspera actividad de la construcción, sin empacho nos dice que para eso no dispone de personal suficiente para controlarlas.
Eso sí, para decomisar las frutillas de la joven vendedora, cuenta con el Sargento García y el Cabo Reyes, pero para evitar que se derrumbe un edificio con la gente adentro, o impedir la muerte de las jóvenes en la tragedia del boliche de Palermo, o en el gimnasio de Urquiza, por citar algunos ejemplos,  para eso, le falta personal. Y que decir del control de tránsito al que trata de domar con un insoportable sistema de Scoring, cuyo anglofonismo prologa la inmundicia del sistema.
Las muertes en accidente de tránsito, ocurridas por graves trasgresiones, principalmente del servicio de autotransporte, dan cuenta que el sistema implementado existe para la gilada. Es evidente que las multas no se imponen a los colectivos que estacionan donde quieren, pasan semáforos etc... Aún cuando estas infraccionen se labren, está claro que a las empresas no se las cobran con la misma severidad con las que se anuncian, porque nuestro Capitán Monasterio entiende muy bien el interés de los empresarios por aquello que "entre bueyes no hay cornadas".
Si cualquier particular controlara en una esquina las infracciones cometidas por colectivos y colectiveros, la estimación de las multas que le corresponden transformarían en quebranto a las compañías de transportes. Pero nada de ello ocurre. Mauricio o Monasterio no vino a la ciudad para cumplir esa misión. Por el contrario su ascenso representa en la ciudad un retorno a lo peor de los noventa e intenta proyectarse como el mejor posicionado de la derecha para implantar a nivel nacional un retorno a aquella ideología desplegada en el último tramo del siglo XX. Cuenta para ello con un perfil imbatible.
Lo que tal vez no cuente, es con el aval de la población de todo el territorio de La Argentina, que suele vivenciar en forma diferente a muchos de los porteños, las nociones del bien y del mal. Además gracias a las nuevas y renovadas miradas políticas, irrumpe un generación que elegirá distinto. Jóvenes que no entenderán que es un éxito un procedimiento de evacuación donde “SOLO MUERE UNA PERSONA”. Una generación que evalúa diferente la vida y por tanto la muerte y el sufrimiento de sus vecinos.
Muchachada que se interesa por debatir y no solamente por irse de vacaciones como intenta pasar la vida el Capitán MONASTERIO. Esos niños de los noventa que ingresan a la vida política y al interés de la comunidad, no elegirán convertirse en EL ZORRO, pero lo que es altamente probable, es que jamás opten por Mauricio, ni por tanta basura que gracias a esa democracia que aborrecen, pueden en cada período exhibirse en ofertas electorales que para nada favorecen a la pluralidad de ideas y mucho a la frivolidad. Si puede pensarse que hay una derecha que sea sana e inteligente, deberá otear otros horizontes y pensar que un proyecto de país es otra cosa que la entrega colonial y que la conducción del Estado es algo diferente a pergeñar slogans.
Por lo demás, y aunque no fuera necesario decirlo, el pueblo argentino no quiere ver mas persecuciones a vendedores ambulantes, porque no cree en ello su futuro y porque advierte que se trata de una actitud cobarde y repugnante.
Dr. Hernan Jaureguiber (abogado laboralista)  jaureguiberhernan@gmail.com y Dra. Gloria Arnao Dellamea (Médica) colangio19@yahoo.com.ar