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Opinión //// 14.09.2020
Política y guerra: las alternativas que enfrenta Alberto Fernández

"Todo enfrentamiento político define un nosotros, los que queremos la paz; un ellos, que odian y aman la guerra; y un futuro posible, el de la prosperidad económica, la igualdad y la libertad, o el del endeudamiento, la represión y la pobreza". Por Daniel Mundo y Víctor Taricco

Por Daniel Mundo y Víctor Taricco | Foto: Manuel Fernández

Todo el mundo conoce la fórmula de von Clausewitz «La guerra es la continuación de la política por otros medios». La fórmula se suele invertir y entonces se dice que la política es la guerra por otros medios. Clausewitz pensaba que la politización de la guerra era el único elemento racional de ésta. Los otros eran el odio, la enemistad, el azar y las probabilidades. No suele resultar fácil aceptar la guerra. Mucho menos fácil aceptar que Argentina está en guerra. Bueno: hace años que en Argentina se entabló una guerra política. 

Veamos a que llamamos guerra política: en principio, la guerra política es una intensidad, una forma de disputar el poder sin recurrir a las armas, pero intensificando las intervenciones en el espacio público, llevando a este al desquicio, a la imposibilidad de entendimiento. Es imposible que nos entendamos porque utilizando las mismas palabras significamos sentidos irreconciliables. En la guerra política, el desquicio de la deliberación pública es la táctica para evitar cualquier posibilidad de acuerdo. La vieja utopía habermasiana de alcanzar compromisos mutuos a través de la racionalidad crítica, sucumbe ante el ruido sordo y eléctrico de la guerra política.

Margaret Thatcher decía que “las ciencias económicas son el método, el objetivo es cambiar el corazón y el alma” de la población. Es “el alma y el corazón” de la gente lo que se viene intentando gobernar. Es imperioso asumir que esta guerra, en tanto política, se desarrolla a través de métodos, objetivos y estrategias que no necesariamente declaman sus fines. La guerra política se libra dentro de los marcos democráticos, pero con miles escaramuzas bajo cuerda. Es una guerra de guerrillas de desinformación y sobreinformación continuas. A lo que se apunta fundamentalmente es a la deslegitimación de los otros, invocando en el mismo gesto la propia apertura al diálogo. La guerra política es la guerra de la difamación política (y personal, si fuera necesario). Lo que se pone en cuestión es la legitimidad mínima necesaria para la acción política, en nombre de la democracia y la república.

El desafío propio es construir una estrategia, un método y un objetivo, para que los dementores de la política neoliberal, esas criaturas siniestras que se alimentan de la felicidad de las personas, no logren su cometido.

La guerra no empezó con el anuncio del presidente de quitarle a CABA un porcentaje de su coparticipación, ni por la manera de anunciarlo. Evidentemente, no había alternativa. Es importante que esto quede claro porque de otro modo lo que es una respuesta aperece como una agresión. Sabemos que la disputa por el origen de una palabra o un gesto es lo que sostiene todas los enfrentamientos posteriores, como cuando un niño culpa al otro por haberlo empujado primero. Entendemos que nuestro enemigo diga exactamente lo contrario. Si no se clarifica esto y se logra seducir al otro con nuestra interpretación, políticamente se perdió una batalla (no la guerra). La guerra se gana sumando pequeñas y a veces insignificantes batallas.

En nuestra interpretación, el discurso del miércoles de AF fue el gesto político que aceptó la guerra declarada por el enemigo mucho antes (mucho antes que Techint despidiera a los 1.400 empleados ni bien empezó la pandemia; antes tal vez que Macri transfiriera a la ciudad más rica fondos de la provincia más poblada y empobrecida del país). De hecho, AF se convirtió en presidente porque era quizás la única figura política real que iba a poder llevar adelante la “superación” de un antogonismo que viene calando hondo en nuestros corazones, y que periodísticamente llaman “la grieta”. Figura conciliadora, apasionada del diálogo, amante del derecho, que se siente la confluencia donde desembocan los grandes bastiones de la democracia argentina, como Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner, a los que no deja de citar en cada discurso que puede. El discurso no son solo palabras, implica también énfasis y pasiones.

Evidentemente no logró la (re)conciliación. Cuesta creer que el equipo de Ceos de Macri haya fantaseado de verdad alguna vez que iban a llover inversiones (ellos mismos se fugaban la plata al exterior y argumentaban que la iban a repatriar cuando estuvieran dada las condiciones, je), pero sí es creíble que AF se había propuesto hacerle entender al enemigo lo absurdo de su posición, que está llevando al país a una guerra real y no solo simbólica. Fracasó. El enemigo no quiere dialogar ni quiere poner en peligro la acumulación de poder que logró.

Frente a este panorama, se abren diferentes alternativas: 

1) gobernar a los tumbos, avanzando en una medida, volviendo atrás, proponiendo otra, en un baile de máscaras que solo puede debilitar. De este modo puede no advertirse el significado social y político de los propios actos, y seguir creyendo entonces que al final la realidad se va a adaptar a lo que deseamos que ella sea. Fue el destino de de la Rúa.

2) Entablar una guerra pero confiando que el enemigo es razonable y que advertirá a tiempo que la guerra no le conviene a nadie, y que perdemos todos. En realidad, no se desea declarar la guerra, y se quiere responsabilizar al enemigo de las medidas que se vio obligado a tomar. Lo absurdo es que el representante del diálogo y el orden institucional, que ama el derecho, termine apareciendo como el mentiroso que profundiza el enfrentamiento y que le da al compañero de ruta un cuchillazo en la espalda. Total, es un títere de fuerzas oscuras que se agazapan en el silencio. Para que esto no suceda, se debe contar con argumentos de peso que logren cristalizar significaciones sociales. A veces las acciones humanas se rigen por la lógica minimalista de causa y efecto.

3) Declarar la guerra, alistar a la tropa, imbuirse de profundas convicciones para creer que lo que se emprende es lo más justo que se pudo hacer en la situación que le tocó gobernar, organizar argumentos (aunque algunos no sean totalmente auténticos) con los que transmitir esas convicciones, y que sean recibidos como tales por sus seguidores, en fin, convertirse en un líder político de la democracia y la república que tiene por objetivo alcanzar la paz y la igualdad entre los hombres y las mujeres, entre los de arriba y los de abajo.

Pero para que haya paz, debe terminar la guerra —insistimos: la guerra política. Y para que ésta concluya, se debe triunfar. Para lograr la justicia y la igualdad, es necesario desarrollar una estrategia que nos permita librar esta guerra de manera exitosa. Sabemos que todo enfrentamiento político define un nosotros, los que queremos la paz; un ellos, que odian y aman la guerra; y un futuro posible, el de la prosperidad económica, la igualdad y la libertad, o el del endeudamiento, la represión y la pobreza. 

AF quizo ser el político que inaugurara una tradición democrática que respetara las instituciones, que se fundara en el acuerdo, que limitara el poder de las corporaciones a través del diálogo, e incentivara a los postergados y empobrecidos a confiar en un régimen político que suele castigarlos. Tal vez siga siéndolo, pero será necesario cambiar de métodos: alistar a la tropa propia, definir objetivos, trazar una estrategia, luchar por el bien de todos y todas, y concretar el plan: vencer.