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Opinión //// 29.06.2020
La vigencia de la Comunidad Organizada como proyecto colectivo

El politólogo Pablo Rodríguez Masena ofrece una mirada reflexiva sobre el marco teórico del peronismo y la vigencia de sus conceptos en la actualidad. 

Por Pablo Rodríguez Masena* / Imagen “Afiches del peronismo” (UNTREF)

La irrupción plebeya del peronismo inició un proceso político que intentó llevar a la práctica una particular y diferente manera de estructurar las relaciones entre Estado, mercado y sociedad, que, si aparecía como novedad histórica entonces, hoy, con el cambio en nuestras vidas que significa la pandemia, se torna una oportunidad histórica única, ya que nos interroga sobre la relación entre individuo y sociedad, sobre qué tanto puede disociarse el individuo de una comunidad, si hay algún ámbito en donde un individuo pueda estar o sentirse enteramente a salvo, y si lo que nos salva no será lo comunitario.

Siempre subestimado como tal por la “intelligentsia” local, al peronismo como conjunto de ideas se lo desvaloriza poniendo el foco en la relación del líder con su pueblo y la sumisión de dirigentes intermedios al mero ejercicio del poder, presentándolos como poco sólidos ideológicamente y muy pragmáticos. Se olvidan, deliberadamente, de que aquello se basa en “las veinte verdades peronistas”, los principios generales de la doctrina nacional en materia de acción política interna. Las veinte verdades tienen un nivel de profundidad y a la vez de generalidad que transforma a la doctrina peronista en un corpus no dogmático, profundamente vivo y que se resignifica con las particularidades de los momentos históricos. Y eso, que es su gran fortaleza, es lo que justamente muchos le cuestionan, ya que darle sentido, entender y transformar las veinte verdades en un programa político, siendo universales y atemporales, requiere anclarlas a cada momento histórico particular.

La clave está en que individuos y comunidad están integrados, que el individuo individualmente se realiza en la comunidad, y ésta lo hace cuando todos cumplen responsablemente con sus funciones. Es por ello que la comunidad organizada es su meta y el pilar de la acción política.

Para el peronismo el gobierno se debe a su Pueblo, debe seguir sus lineamientos y no tener otro interés supremo más que el del Pueblo. Es justamente la más fiel expresión de la representación popular –que en términos electorales se expresa en el voto. El gobierno es elegido para hacer realidad el interés del Pueblo. Allí entra la discusión respecto a quiénes integran el Pueblo: ¿todos los individuos? ¿Todos los sectores sociales y políticos? ¿Todos, con el mismo peso y ponderación? ¿Los sectores populares? ¿Ciertas clases sociales? Sin embargo, la doctrina lo define claramente en la octava verdad: “El Pueblo es la comunidad organizada. La comunidad organizada constituye el cuerpo y el alma de la Patria”.

El peronismo reivindica la libertad individual, pero no en un obrar de acuerdo como al individuo se le dé la gana –de manera absoluta– sino como elección entre varias posibilidades conocidas, por él y por el conjunto. Propone una sociedad armónica entre el progreso material y los valores espirituales, en donde la justicia encuentre su base en la persuasión general nacida de la “comprensión universal de la libertad y el bien general”.

Esta comunidad que propone el peronismo hace equilibrio entre los derechos del individuo y los del Estado, poniendo límites a ambos en pos de un objetivo común. Así, frente a los extremos del individualismo exacerbado y la competencia extrema –que se expresa hoy en el capitalismo inhumano propio de su fase neoliberal– y el colectivismo estatizante –cuyo modelo era la ya desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas–, el peronismo le proponía al mundo la tercera posición de la Comunidad Organizada, una comunidad cooperativa que “persigue fines espirituales y materiales que tiende a superarse, que anhela mejorar y ser más justa, más buena y más feliz, en la que el individuo puede realizarse y realizarla simultáneamente”.

Aquí le agrega un componente que es el más novedoso de todos y el que le termina de dar configuración, universalidad y particularidad a la doctrina: que toda acción política no es más que un medio para lograr la felicidad del pueblo. La felicidad es el norte a seguir. Se gobierna para que el pueblo sea feliz, no para la felicidad del mercado, y pone a la felicidad al mismo nivel que la grandeza de la nación, constituyendo ambas el bien de la Patria al que se orientan la Justicia Social, la Independencia Económica y la Soberanía Política. Estas definiciones son revolucionarias. Ahora bien, ¿qué es la felicidad? ¿Y la felicidad del pueblo? Esa es una de las cuestiones más difíciles de cuantificar y facilita que sectores muy diferentes entre sí se definan peronistas y no sea contradictorio. La clave está en saber lo que el Pueblo quiere y necesita para ser feliz, y eso es algo que, como la sofisticación de la demanda agregada cambia, los gobiernos de base peronista deberían no perder de vista que deben saberlo.

Este planteo es profundamente lógico y extremadamente eficaz al garantizar una armonía social emparentada a la felicidad, que ni el egoísmo propio de la competencia capitalista ni la uniformidad del comunismo podían sostener al mirar al capital y al trabajo como opuestos y contradictorios, y al tener sus respectivas bases en lo material y no en lo espiritual. Si llevamos al extremo el egoísmo y la libertad individual, se puede caer en la esclavitud, y si el extremo se corre al otro lado, la unanimidad nos lleva al totalitarismo. La cooperación es la clave.

Pero hay un problema. Para que funcione, si los actores no están convencidos de cooperar entre sí, deben al menos reconocer que tienen más para perder si no transitan por ese camino que si lo hacen; que el equilibrio, que produce un consenso viable, hace más sustentable el régimen que su sostenimiento a través de la coerción; y que vivir felices es un proyecto que vale la pena. Generalmente, los actores recién se convencen de ello cuando todo está en riesgo y aun así, a veces, su obstinación ideológica les hace ir contra sus propios intereses y negarlo. La pandemia en ese sentido ha llevado a los actores a situaciones en las que el riesgo pasó de ser una amenaza a una realidad palpable, y a muchos los ha llevado a entender que el camino es la cooperación.

El proyecto de comunidad organizada nunca terminó de concretarse, de cristalizarse. Claramente, desde su enunciación contó con el rechazo explícito, más o menos violento, de aquellas opciones políticas que en la ecuación siempre priorizaron –y aún lo hacen– al mercado y al individuo; de aquellos que no aceptan que los eternamente débiles mejoren sus condiciones –aún incluso como estrategia para evitar que, desesperados, dejen de tener algo que perder y vayan por todo– y sean empoderados; y, por otro lado, de los que, considerando la lucha de clases como el motor de la historia, acusan a este proyecto de retardatario de una supuesta revolución que en teoría eliminaría las clases sociales y la desigualdad, marcando el final de la historia.

En la década del cuarenta, la Guerra Fría abrió en el mundo el campo para la idea de la Tercera Posición que con la caída del Muro de Berlín parecía perder posiciones frente al triunfo del mercado, sin contrapesos ya. El inicio del siglo XXI volvía a darle una chance, a nivel local, gracias al estallido local y regional del paradigma neoliberal. Hoy la pandemia puede transformarse para el neoliberalismo como concepto y práctica en el equivalente a lo que fue la caída del Muro de Berlín para el socialismo real y ser una nueva oportunidad para repensar las relaciones individuo-sociedad en clave de comunidad organizada.

La comunidad organizada aparece ahora en un contexto global de necesidad de intervenir sobre las decisiones individuales del individuo en pos de salidas colectivas y en medio de una creciente insatisfacción e infelicidad generalizada, como una forma de organización social eficiente. De hecho, en muchos países, pero especialmente en la Argentina, desde el Estado se ha propuesto defender la salud de su gente y garantizarle recursos económicos para su subsistencia, y eso supuso ciertas restricciones a que el individuo haga uso absoluto de su libertad, en tanto individuo y como actor en el mercado.

Claramente hoy el mundo atraviesa por una crisis civilizatoria, como no se tiene registro histórico en la contemporaneidad. El aislamiento y el confinamiento personal nos han vuelto a poner dentro de las prioridades los abrazos, los afectos, la felicidad en las cosas simples, mucho más que el consumo y la acumulación desmedida. El virus le ha puesto a nuestro ritmo de vida un freno inédito y ha generado cambios –impensados apenas meses atrás– en las relaciones humanas y quizá también hasta en la economía.

Lo que nunca quedó tan claro como ahora es que las salvaciones individuales son imposibles y que comportamientos basados en el egoísmo –especialmente el extremo– ponen en riesgo a la comunidad: que nos realizamos en comunidad.

¿Volveremos a la “normalidad” cuando esto pase? ¿A cuál normalidad? Nunca, como ahora, el concepto de comunidad organizada tuvo tanta vidriera global y generó tanta expectativa: toda la especie humana trabaja persuadida de la necesidad de la colaboración social. Nunca antes se vio tan claramente que la colaboración social era inevitable para nuestra supervivencia. Nunca fue tan evidente que los preceptos del peronismo son los más apropiados y vigentes para afrontar los desafíos de esta vida contemporánea, por poner el foco ahí, en lo más sensible y deseado. Y nunca, como ahora, los individuos –y particularmente los argentinos– pueden, podemos, estar a la altura, haciendo realidad, ahora sí, la comunidad organizada que nos merecemos.

*Pablo Rodríguez Masena es licenciado en Ciencia Política (UBA) y magister en Diseño y Gestión de Programas Sociales (FLACSO). Este artículo fue publicado originalmente en la Revista Movimiento.