La peor de las noticias

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La peor de las noticias

28 Octubre 2012

Miércoles.

09:30 hs.     

Suena Roll over Beethoven a centímetros de mi cabeza y la vibración del celular hace temblar la mesa de luz.

Atiendo casi sin abrir los ojos gambeteando la luz del velador que, obviamente, quedó encendido toda la noche al igual que el televisor, como casi todas las noches.

No reconozco la voz que, del otro lado del teléfono me dice: “Encendé la tele”.

“¿Quién habla?” pregunto automáticamente mientras intento, sin éxito, incorporarme. “Papá” contesta el viejo pero la voz sigue sonando rara, como apretada, fatal, “¿estás despierto?”. No estoy seguro. No contesto. Trato de acomodar los pensamientos y me acuerdo que es día de censo. Busco el control remoto que parece haber desaparecido entre las sábanas y casi no me doy cuenta del silencio más que largo de mi padre que respira agitado junto al micrófono.

Entonces lo dice.

En crudo.

Sin anestesia.

Como si hubiera decidido que no hay forma de suavizar el doloroso desayuno de una mañana de feriado que debiera empezar de otra manera.

Me niego a aceptar lo que escucho.

No puede ser posible.

Tiene que ser una pesadilla.

Pulso el control remoto buscando el canal.

La voz de papá se quiebra y repite lo que, a esta altura, se me comienza a aparecer inapelable y repite casi en un suspiro apenas perceptible: “Encendé la tele”.

La pantalla se ilumina y leo el zócalo confirmando lo anunciado por el viejo.

Me falta el aire.

Pienso en Dios, me cago en la blasfemia y lo puteo con toda mi alma pero sin pronunciar palabra porque mi garganta se niega a franquearle el paso al habla.

Ya no puedo leer el zócalo.

Demasiada agua.

Trato de hablar y apenas tartamudeo alguna sílaba perdida.

“A las nueve y cuarto” escucho, “lo acaba de confirmar un flash del noticiero”.

De fondo, el llanto desconsolado de mi vieja que grita “¡Dios mió, qué castigo!”

Recupero la respiración, exploto y lloro como un chico.

Corto el teléfono.

No hay más que decir.

La frase que nunca hubiera esperado y mucho menos querido oír, ahora resuena una y otra vez en mi cabeza y comprendo en toda su extensión el quebranto en esa voz que no pude reconocer al despertarme.

Gladys entra a la pieza y pregunta qué me pasa.

La miro a los ojos y mi angustia la desespera.

Me increpa nuevamente, alterada por completo.

Repito como puedo las palabras que en un instante de aquella mañana de octubre me cambiaron la vida para siempre:

“Murió Néstor”

Me mira incrédula.

Le apunto la pantalla del televisor.

Repito casi ahogado: “Murió Néstor”

Lloramos juntos.

Marco el número del celular de Nacho.

Hay que poner en marcha a La Paco.

Esta vez tenemos que comunicar la peor de las noticias