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Opinión //// 28.09.2020
Fotos incómodas

"El infierno del político, todos lo saben, es el desconocimiento público. No salir en la foto. Lo que, por supuesto, también entraña una carga con la que hay que saber lidiar y los ejemplos de impericia en este campo saltan de tanto en tanto a la vista". Por Matías Cambiaggi

Por Matías Cambiaggi

"Sacarme una foto a mí es como pegarme un tiro en la frente", la frase que dejó para la historia el empresario Alfredo Yabrán varios meses antes de encargar el asesinato de José Luis Cabezas, quien poco tiempo antes lo había retratado paseando en Pinamar, encierra aún hoy algunas interesantes lecciones para abordar las dinámicas reales de la política y el conflicto social. 

La importancia del anonimato de los poderosos y los costos de perderlo, por ejemplo, la importancia de volver transparente lo que permanece opaco, también la de transformar en imágenes, como sucedió con la de José Luis Cabezas, el reclamo por la justicia siempre esquiva.

Una imagen puede ser capaz de mostrar lo desapercibido, de desatar acciones, incluso algunas veces, de cambiar el curso de la historia.

A ya hace varios meses del comienzo de la Pandemia y su cuarentena, otra vez, las imágenes, testimonios privilegiados de este tiempo, vuelven a convocar la interpretación urgente de este presente. ¿Qué nos dicen las fotos de este presente, de los códigos de sus protagonistas, de sus horizontes de sentido?

Para muchos políticos, según los consejos de los nuevos expertos en la venta de personalidades existe una máxima primaria y atemporal: no hay nada más importante que aparecer. No importa el cómo, ni para qué. 

El infierno del político, todos lo saben, es el desconocimiento público. No salir en la foto. Lo que, por supuesto, también entraña una carga con la que hay que saber lidiar y los ejemplos de impericia en este campo saltan de tanto en tanto a la vista. Pero existen otros infiernos menos retratados en estos tiempos en los que la anti política es alentada y construida desde los sectores del poder real, tales como la ruptura del contrato con los votantes o el hecho de jugar con el fuego antidemocrático, por citar algunas de sus expresiones más cotidianas.

Para la corporación económica o judicial, teflonada, en cambio, contra el veredicto social la dinámica de intervención siempre fue muy distinta a la búsqueda de exposición y, por eso, la frase de Yabrán en cierto sentido, siempre supo hacerles justicia, lo que por supuesto, no los exime de sus propios Ameris o Bulrrichs, o de personajes por cierto más peligrosos.

La inequidad y sus problemáticas, también son protagonistas destacados de estos tiempos, pero no suelen salir en las fotos porque difícilmente componen agenda ya sea por la aparente dispersión de sus conflictos, por la segregación social que padecen sus protagonistas, o más precisamente por el carácter inseparable de estos dos términos. Sin embargo, cuando, a pesar de todo, la inequidad social y sus consecuencias aparecen en la foto, reclamando a los codazos, un lugar en lo discutible o pensable, lo hacen de forma fragmentada, heterogénea, particularizada, como si cada aspecto tuviera causas, no sólo específicas, sino distintas, como si no hubiera relación alguna en el origen de los distintos reclamos, como si no fuera posible pensarles una solución de conjunto.

Las fotos de los vulnerables, por eso, bajo condiciones normales nunca aparecen, o sólo lo hacen después de algún sobre salto, pero sólo después de ser editorializadas debidamente por periodistas con el ceño fruncido, y para profundizar la vulneración de los vulnerables, orientando la lectura sobre su falta de mérito para acceder a las condiciones mínimas de dignidad a las que, supuestamente sólo acceden los que se “esfuerzan” o al “éxito” al que sólo acceden quienes además de esforzarse, también tienen “talento”. Como el de Mauricio Macri, por ejemplo.

Decían hace algunos años la señora y el señor enojados después de revisar la cadena de wasap que llegaba a sus teléfonos: Les humildes “se embarazan” para cobrar un plan, o en la versión bufa, se “descapacitan” para cobrar un subsidio. Pero ¿Qué conclusión sacarán ahora ese mismo señor y señora, después de la experiencia fallida de los CEOS exitosos?

¿Hay capacidad de aprendizaje para los sectores acomodados pintados con betún y abrazados a la grieta epidérmica? Si es arduo pensar una pedagogía para los piojos resucitados, más difícil parece, en cambio, esperanzarse con una pedagogía que enseñe a los grandes medios o a los grupos económicos, a ir en contra de sus propios intereses.

La foto panorámica

En tiempos de la utilización de los drones como moda noticiosa para retratar el conflicto social o los embotellamientos, o cualquier encuentro social de magnitud, la gran foto de nuestro tiempo es, sin embargo, la que tomó el Coronavirus, ampliando el campo de lo visible, componiendo una imagen de conjunto articulada, pero ¡oh sorpresa! o Cataplún, como afirmó oportunamente Denis Merklen: la imagen de lo que somos por momentos da miedo, en otros incomoda.
 
La nueva perspectiva gran angular que nos ofreció el virus, dejó ver a la vez, todos los hilos del nosotros imperfecto y de ese modo, habilitó las condiciones para un quiebre temporal. Una ventana que puede ser de oportunidad o sólo un hueco para mirar durante un rato, ese mundo extraño que nos rodea, como si de verdad, fuera sólo una foto incómoda o incomprensible. Voyeurismo culposo, tal vez.

Detrás de esa ventana, como la de Alicia, asoma la Argentina desigual entre su cabeza de Goliath y su cuerpo sin recursos, la extendida informalidad laboral, las lamentables condiciones de vida de jubilados y asalariados, la falta de tierra en donde vivir, el hacinamiento en los barrios populares, las condiciones inequitativas del sistema de educación, la ruptura del consenso democrático, el hambre, el desconocimiento de la clase dirigente sobre el mundo social, o el egoísmo de la élite económica, entre otros paisajes.

Esta revelación señala el comienzo de una nueva realidad que aprieta, pero, en principio y hasta el momento, no puso en jaque a nadie, menos aún a los dueños de la pelota, la cancha y los árbitros, pero sí los expone. 

La Argentina que dejó a la vista la pandemia, es una imagen incómoda, como la del tío borracho en navidad, pero no tiene ni la gracia, ni los salvo conductos de las querellas familiares cuando se las mira a la distancia. La de la Argentina que nos inquieta, como si se tratara de un equipo de fútbol desbalanceado, apila de un lado de la imagen las necesidades más acuciantes de la inmensa mayoría, y del otro, el egoísmo de los pocos que concentran buena parte de toda la riqueza del país, en el momento colectivo más difícil y crítico. Gollums nativos abrazados a su “tesoro”.

Hoy tenemos un gobierno capaz de poner orden en la imagen, balanceándola, buscando las continuidades entre todo lo que aún muchos y muchas, consideraban dispar o distinto, de buscar en los verdaderos fundamentos de la inequidad social y de empoderar los discursos y sujetos capaces de construir realidades más justas, pero también de construir las nuevas estructuras institucionales capaces de hacer frente a un momento tan especial y acuciante como el actual en el que la inversión social, debe llegar por autopista, en lugar de por caminos de tierra sin mejorados.

Cuál será la imagen de este tiempo de recomposición es aún una incógnita, pero también una disputa de sentido y de acciones concretas. Será la del esfuerzo colectivo y la audacia necesaria para dar la batalla por la justicia social o será sino la de su derrota.