El hombre común
«Vengo a proponerles un sueño.»
Néstor Kirchner, 25 de mayo de 2003
Hoy se cumplen dieciséis años, y cada 27 de octubre el corazón me lleva al mismo lugar, al mismo sentimiento, a esos días en que lo despedimos. Primero en la fila, con mis compañeros y mis compañeras, diez horas en la calle, abrazados, llorando, esperando llegar hasta él para despedirlo como lo habíamos querido siempre, desde la militancia. Y después adentro de la Casa Rosada, donde me tocó entrar para acompañar, y donde lo único que recuerdo es a ese pueblo que no dejaba de llegar, que no venía a pedir nada, que solo venía a dar las gracias y a dejar su amor. Y entre toda esa gente, tantas mujeres. Mujeres grandes, con el pañuelo apretado en la mano, que se acercaban y le decían gracias, bajito, como se le dice a alguien de la familia. Muchas se habían jubilado por primera vez en su vida, después de haber trabajado siempre sin que nadie se lo reconociera. No venían a despedir a un presidente. Venían a despedir a alguien que las había mirado. Esa despedida fue la evidencia más clara de lo que sucede en un pueblo cuando un gobierno le transforma la vida. Ahí estaban, uno detrás de otro, los miles y miles de argentinos y argentinas por los que Néstor había entregado la suya. Él lo sabía, siempre lo supo: que la palabra pueblo encierra sueños, y que la política peronista existe para convertir esos sueños en realidad efectiva, en un trabajo, en una jubilación, en un hijo que estudia, en una casa propia. Ese día la política dejó de ser abstracta. Tuvo cara, tuvo nombre, tuvo lágrimas. Se convirtió en despedida. Y yo no supe qué decir esa noche, y creo que todavía hoy no sé decirlo mejor que ellas: gracias.
Esa despedida explica también lo primero que le debemos, antes que cualquier ley, antes que cualquier número, antes que cualquier obra: nos devolvió una palabra. Hizo que la política y la militancia volvieran a ser buenas palabras. Hay que acordarse de dónde veníamos para entender lo que eso significa. Veníamos del que se vayan todos, de las cacerolas y las balas, de cinco presidentes en una semana, de un país donde más de la mitad de la gente era pobre y donde la política era, para la inmensa mayoría, sinónimo de estafa, de traición, de algo de lo que había que alejarse para no ensuciarse. Militar era una rareza, casi una sospecha. Los que seguíamos en esto lo hacíamos desde la resistencia, con una mezcla de terquedad y de cansancio, teniendo que explicar todo el tiempo que no éramos como ellos, que la política podía ser otra cosa. Y entonces llegó un tipo del sur, con el 22 por ciento de los votos y más desocupados que votos, como decía él mismo, y en lugar de pedir disculpas por ser político se paró en la Asamblea Legislativa y dijo que venía a proponernos un sueño. En aquel país eso era casi una provocación. Soñar, en voz alta, desde el poder. Pero Néstor no llegó solo, ni llegó de la nada, ni se pensó nunca como un iluminado. Aquel mismo día dijo que formaba parte de una generación diezmada, y lo dijo con toda la carga que esa palabra tiene en la Argentina. Era parte de una generación que en los setenta, en las aulas de La Plata, en las unidades básicas, en los barrios, había tenido un proyecto de país, y que había pagado ese proyecto con miles de compañeros y compañeras desaparecidos. Néstor no venía a inventar nada. Venía a retomar lo que había quedado interrumpido, a llevar al gobierno los sueños de los que ya no estaban. Por eso solía decir que era un hombre común con responsabilidades importantes. En esa frase, que parece modesta, hay toda una forma de entender el poder, no como algo que te eleva sobre los demás, sino como una tarea que te toca y por la que tenés que rendir cuentas, a los vivos y a los muertos. Por eso el día que asumió terminó con la frente cortada por meterse entre la gente, por eso jugó con el bastón presidencial como si fuera algo liviano, por eso nunca terminó de acostumbrarse a los protocolos ni a las distancias. No había en él solemnidad, había responsabilidad, que es otra cosa. La solemnidad mira para arriba. La responsabilidad mira para abajo, hacia aquellos por quienes uno está ahí. Y Néstor miraba para abajo todo el tiempo. Cada decisión la tomaba pensando en caras concretas. En los cascos amarillos de los obreros que volvían a las obras después de años de paradas, de fábricas cerradas, de galpones vacíos. En los docentes, que habían pasado los noventa con carpas en la plaza y que con él vieron una ley de financiamiento educativo y una nueva ley de educación que ponían a la escuela pública en el centro. En los pibes y las pibas que no tenían futuro y a los que había que devolverles la posibilidad de imaginar uno. En las mujeres, esas mismas mujeres que después lo despidieron con un gracias, amas de casa que habían trabajado toda la vida y que con la moratoria previsional pudieron jubilarse. En las diversidades, porque fue Néstor, ya diputado, el que se sentó en su banca para votar el matrimonio igualitario, cuando todavía no era un tema cómodo para nadie. En la industria nacional, que no era para él un rubro de la economía sino la condición misma de un país que pudiera darle laburo a su gente. No gobernaba para los indicadores, gobernaba para las personas que hay detrás de los indicadores.
Y gobernaba con una idea de soberanía que no era retórica. Cuando le pagó al Fondo Monetario casi diez mil millones de dólares de una sola vez, mucha gente no entendió por qué lo hacía. Lo hacía porque sabía que mientras le debiéramos al Fondo, el Fondo se iba a sentar en la mesa a decidir por nosotros. Pagar fue la forma de echarlo de la mesa. Y cuando en Mar del Plata, junto a Lula y a Chávez, le dijo que no al ALCA en la cara del presidente de los Estados Unidos, lo que estaba diciendo era que la Argentina y la región tenían derecho a decidir su propio destino. No fue un gesto de soberbia, fue un gesto de dignidad. Lo que más me impresiona, cuando lo pienso a la distancia, es que hacía todo eso trabajando veinticuatro horas, siete días a la semana, y sin perder nunca la sonrisa. Cualquiera que lo haya cruzado se acuerda de lo mismo: del chiste, del guiño, de la cargada, del abrazo apretado, de esa dulzura que convivía con una energía que no paraba nunca. Néstor sabía algo que a veces olvidamos, que sin humor y sin alegría nada sirve. Que la militancia que no se ríe se vuelve rígida, se vuelve triste, se vuelve secta. Que la política tiene que ser también un lugar donde uno es feliz, porque si no, ¿quién va a querer quedarse? Su alegría no era un adorno, era parte de su manera de construir. Pero que nadie confunda esa dulzura con debilidad. Porque el mismo tipo que te abrazaba en un acto era duro, durísimo, con las aves de rapiña de siempre, las mismas que supieron ser Cóndor. Con los que se habían enriquecido con el hambre ajeno, con los que especulaban con el precio de la comida, con los que querían que el pueblo agachara la cabeza y no peleara por sus derechos. Ahí no había sonrisa. Ahí había firmeza, una firmeza que no negociaba lo que no se podía negociar. Lo demostró con la Corte de la mayoría automática, que renovó para que la justicia dejara de ser un apéndice del poder económico. Lo demostró con las leyes de impunidad, que se anularon para que los genocidas fueran juzgados. Lo demostró aquel 24 de marzo en que mandó bajar los cuadros de los dictadores y entró a la ESMA a pedir perdón en nombre del Estado por tanto silencio. Esa doble condición, la ternura con el pueblo y la dureza con los poderosos, es quizás lo más peronista que tenía. Y lo hizo con una inteligencia política enorme, que muchas veces se recuerda menos. Néstor entendió que para cambiar un país que estaba roto no alcanzaba con los propios. Había que sumar. Y sumó lo que parecía imposible de sumar: los organismos de derechos humanos y los intendentes del conurbano, los movimientos de desocupados y la CGT, los radicales que querían otra cosa y los peronistas de toda la vida, los que venían de la izquierda y los que venían de la gestión, los jóvenes que recién llegaban y los veteranos que habían visto todo, los combatientes de Malvinas, a los que la democracia había tenido durante años escondidos como una herida incómoda, y a los que él, hombre del sur que conocía de cerca esa historia, les devolvió el lugar que merecían, el de compañeros que se habían jugado la vida por la Patria y a los que la Patria les debía reconocimiento y no olvido. Esquemas y sujetos políticos que, en cualquier manual, no podían convivir. Pero Néstor no leía manuales, leía la realidad, y tenía un objetivo que ordenaba todo lo demás: ampliar la representación. Que nadie quedara afuera, que cada sector que había sido golpeado sintiera que había un lugar donde su voz contaba. No era rosca, era construcción. La diferencia está en para qué: la rosca suma para tener, la construcción suma para transformar.
Por eso digo que la política, en Néstor, era un gesto de amor. Y no lo digo de manera edulcorada, porque no tenía nada de edulcorada. Era un amor que se ensuciaba las manos, que discutía, que se peleaba, que rompía cuando había que romper y negociaba cuando había que negociar. Un amor que no se quedaba en la declamación sino que se volvía paritaria, jubilación, escuela, obra, juicio, derecho. Porque la dignidad, como decíamos ayer, no es algo que se declama, es algo que se garantiza. Y Néstor la garantizó convirtiéndola en norma y no en excepción, haciendo que lo que antes era noticia, un laburo en blanco, una jubilación, un pibe en la escuela, pasara a ser lo normal, lo cotidiano, lo que uno da por hecho. Ese es el amor más difícil de todos, el que se traduce en rutina. Y ese amor, que él dio durante años, fue el que le volvió multiplicado en aquella fila interminable, en aquellas mujeres que solo sabían decir gracias. Dieciséis años después, el país está otra vez en manos de los que creen que el Estado hay que destruirlo, que la política es una casta y que la militancia es un curro. Es el mismo discurso del que veníamos en 2003, ahora con motosierra. Y es en momentos así cuando Néstor se vuelve más necesario que nunca, no como estampita ni como nostalgia, sino como método. Como la prueba viva de que se puede llegar con el 22 por ciento y cambiar la historia, de que se puede gobernar con alegría y con firmeza, de que se puede sumar a los distintos sin perder el rumbo, de que la política, cuando se hace en serio y en nombre de un proyecto colectivo, le cambia la vida a la gente.
Hoy nos toca a nosotros hacer lo mismo: volver a convencer, volver a sumar, volver a soñar en voz alta. Porque Néstor nos enseñó que un hombre común, cuando forma parte de un proyecto colectivo y asume responsabilidades importantes con amor y con coraje, puede cambiar un país. Es momento.