Hedonismo y placer

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Hedonismo y placer

07 Julio 2019

Por Daniel Mundo

 

¿Quién no escuchó alguna vez decir que vivimos en una cultura hedonista, eh? OK: vivimos en una cultura hedonista. Ahora, la verdad, hedonismo, a mí, siempre me pareció una palabra difícil. Una palabra culta, digamos. Y lo es.

En principio, se relaciona con el placer. Hasta ahí todo bien. Y sí, no caben dudas que la nuestra es una sociedad que está abocada a la proliferación de los placeres y a la búsqueda incesante de su satisfacción. Que lo logre o no, no depende de razones objetivas, como le gusta creer a nuestro imaginario social: no depende del dinero que tengas, aunque si tenés plata posiblemente la pases mejor. En gran medida depende de razones subjetivas, de capacidades individuales y elaboraciones personales de tensiones sociales que repercuten en el propio deseo y en la propia psique. La frustración resentida tanto como su reverso, la fiesta permanente, son los éxitos que caracterizan al capitalismo afectivo.

Si alguien se está muriendo de hambre literalmente no le vamos a pedir que guarde la compostura en la mesa a la hora de comer su primer bocado. Sería muy perverso hacerlo. Lo que satisface este desesperado cuando mastica no es su deseo, satisface una necesidad. Por motivos obvios, en este caso no puede sentir placer al saborear la comida, porque ni siquiera llega a saborearla. Lo mismo sucede con un ejemplo inverso: si uno llega a la cena ya comido hasta reventar, tampoco será capaz de disfrutar el manjar que le sirvan. El hedonismo no se limita a satisfacer deseos y a multiplicar placeres; consiste más bien en producir experiencias intermedias de regulación e intensificación de los deseos y los placeres que den como resultado la creación de una capacidad de disfrute que va más allá de la saciedad o la carencia. En lo personal, me parece una experiencia muy difícil, si es que es posible.

Si no comporta transgresión y riesgo, el hedonismo se vuelve redundante y abusivo, pues nos hace imaginar que todo está abocado a nuestro goce, cuando hemos perdido los saberes que nos permiten gozar. Confundimos realización con satisfacción.

 

Historia

El hedonismo fue una doctrina filosófica que acompañó durante toda su larga historia a la filosofía propiamente dicha, como un complemento. La filosofía propiamente dicha, desde Platón hasta Heidegger, por lo general desdeñó el cuerpo (y la técnica), y sobrevaloró la razón y la lengua. Esto lo sabe cualquier aprendiz de pensador. Fue así hasta ayer. Como el hedonismo perseguía el placer como su principal objetivo, tarde o temprano terminaba desestabilizando el orden instituido fundado en estas capacidades humanas de la razón y la lengua. Esto era lo que buscaba el hedonista, por lo menos en su sentido clásico. Aunque nos hagamos los distraídos, el placer repercute sí o sí en nuestro cuerpo, y cuando advertimos la satisfacción que nos produce nuestro cuerpo, ni los mandamientos religiosos que lo prohíben ni los dogmas morales que lo regulan ni las leyes que lo normalizan, alcanzarán a reprimirlo. Nos preguntaremos: ¿cuál es el problema de que suceda esto? Hoy, ninguno, pero hasta hace muy poco tiempo una cosa como ésta ponía en jaque todo el orden instituido. Hace medio siglo todavía se encarcelaba a escritores por obscenidad. Hoy tal cosa nos hace morir de risa, si es que lo creemos. Todo cambió porque en los dos últimos siglos pasamos de una sociedad represiva que reducía el cuerpo a fuerza de trabajo, y concebía a la fuerza de trabajo como el talón de Aquiles de la producción, a una sociedad no sólo tolerante, sino que alienta hasta la extenuación nuestro placer y nuestros goces, pues en la actualidad son estos los motores que mantienen en marcha nuestro capitalismo desalmado.

La caída del comunismo pudo haber colaborado en la imposibilidad de imaginar alternativas al capitalismo, ok, no lo niego, pero el mayor impedimento proviene de otro lado, proviene de esta mutación del orden capitalista que en lugar de inculcarnos que venimos a esta vida a trabajar, ahorrar, esforzarnos, postergar, luchar, acumular y crecer, nos dice que venimos a disfrutar y gozar, a relajarnos y comprarnos unas nikes. Cuando el punk nos arrullaba con el no hay futuro no, hay futuro, no quería decir que no había futuro, quería decir que el futuro sería una eterna repetición del presente, que el presente concentraba todas las posibilidades por las que podíamos optar, que ya no hay Dios ni misión política ni eslogan familiero que valga la postergación de nuestro disfrute. La vida es muy corta, al fin y al cabo. Si nos cuesta imaginar alternativas a este capitalismo hedonista es porque el capitalismo reprocesa todas las alternativas y las oferta como posibilidades y gangas suyas. Es el punto en el que el neoliberalismo se enlaza con el populismo, con la crítica de izquierdas y con las vanguardias sexuales. Cada una de estas alternativas se diferencia por el grado de regulación y redistribución de los bienes disfrutables, pero ninguna puede impugnar el derecho universal al goce. ¡Si mercancías sobran! Lo peor es que es cierto.

A los que no nos gusta este capitalismo afectivo vigente nos queda la reserva ética de denunciar los disfrutes falsos, los placeres alienados, los goces imperativos, y alentar otros placeres más densos. No tiene sentido esta alternativa. No sólo no se le puede pedir a nadie que sufra o que postergue sus goces o que someta sus gustos a una revisión tan radical que finalmente ya no distinga qué le gusta y qué no, si alguien lo hiciera sería acosado por eficaces remedios ultra rápidos que calman la ansiedad o incentivan el estrés o le arman una cita. ¿O acaso no vinimos a esta vida de mierda para ser felices?

La alternativa al capitalismo vigente no puede implicar renuncia, sacrificio, esfuerzo ni nada por el estilo. Esto lo sabe todo el mundo. Tal vez un poquito más novedosa resulta la alternativa inversa: en plena era del consumo extendido todavía no consumimos todo lo que podemos consumir. No se trata de renunciar a la mercancía, sino de hacerla implosionar, hartarnos de placer. La alternativa por la obesidad, digamos. Sin duda es más tentadora que la sacrificial, pero no se tardará mucho en corroborar que no es más ni menos que otra oferta de fin de semana: un 2 x 1 en conceptos. Los muertos que queden en el camino son los necesarios para pavimentar el abotargado camino de la revolución postcapitalista.

Tienen razón los Babasónicos cuando machacan: “La pregunta es/ ¿quién está dispuesto a matar? / ¿Quién está dispuesto a morir?”.

En algún lado mi amiga H. Arendt dijo que nunca en la historia había habido un hedonismo que no tuviera a la muerte como horizonte. Interesante. ¿Por qué tiene que meter a la muerte en todo esto? Si se trata de festejar la vida y de programar la mejor manera de disfrutarla. ¿O no? La respuesta es obvia, aunque hagamos esfuerzos descomunales por ignorarla. El deseo, el placer y el goce retroalimentados en una espiral de transgresiones sólo en la muerte encontrarán su consumación. Pero la muerte no forma parte de nuestra vida. ¿Quién está dispuesto a matar?

No se trata de sentenciar: estos placeres sí, porque son buenos; estos otros no, porque son malos. Estos goces sí, porque me gustan; aquellos no, porque no me gustan. Habíamos empezado la nota diciendo que es un problema subjetivo y ahora decimos que la decisión no puede tener nada que ver con los gustos particulares. ¿Cómo puede ser? Porque no se trata de confirmar lo que somos. Se trata más bien de experimentar hasta donde den las propias fuerzas psíquicas todo ese universo ordenado de cosas que terminarán por trans-formarnos.