Aguafuertes globales: Madrid, el/la capital vencido/a

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Aguafuertes globales: Madrid, el/la capital vencido/a

26 Agosto 2018

Por Daniel Mundo

Esto no lo vas a ver en París. O para verlo tendrías que irte al conurbano, allí donde todo el arsenal del capitalismo no quiere que llegues. Y si llegás por error o por propia voluntad suicida, el capitalismo no te garantizará protección. Como en la selva, dependés de tu propia capacidad de supervivencia. Para cualquier argentino medio, lo que estoy diciendo puede sonar a fantasía distópica o mala leche, pero es tan sólo un intento de ver la realidad tal cual es y no según quieren que la veamos. ¿Quiénes quieren que veamos y vivamos la realidad de un modo falso? Esta me parece una pregunta muy importante, entre otros motivos porque venimos intentando responderla desde hace 200 años. Llegó la hora de asumir responsabilidades. Somos nosotros, la clase cultural hegemónica, los que deseamos un mundo que destruimos con nuestro propio deseo.

Las fotos que acompañan este informe las tomé al azar, hubieran podido ser cientos. ¿Nos hablan elocuentemente de la miseria? ¡Sí! ¿De la marginalidad? ¡Sí! ¡A todo esto podemos seguir llamándolo progreso! Progreso hoy significa poder ilimitado para consumir. El verbo que más se usa hoy en día es comprar. Mi hija de ocho años me dijo antes de salir de Buenos Aires: “Pá, vamos a ir a los museos, pero también vamos a ir a Zara niños”. Lo que ella no sabía es que ambos espacios remiten a una misma experiencia.

En el centro histórico de Madrid, alrededor de Plaza Mayor, digamos, es tan difícil encontrarse con un español como lo es encontrarse con un parisino en el Pont Neuf. Son territorios globales impregnados de localismo. Los nativos los abandonaron para que los explote el capital internacional. Por eso los ocupan los "indeseables": es la revancha del pobre frente a la ostentación ociosa del turista. El turista, gracias a su instinto de supervivencia, ni los ve.

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Hay una avenida tumultuosa que cumple una función parecida a la que en Buenos Aires se le adjudica a la Avenida Rivadavia: divide la ciudad en dos. Sólo que en Madrid las décadas de prosperidad democrática recuperaron las zonas marginales: Chueca es el centro de un turismo alternativo re-in. La Gran Vía suele recorrerse de arriba para abajo y de abajo para arriba por personas ávidas de mercancías en oferta. Allí las cosas no pueden salir más de diez u once euros. ¡De otro modo el turista avisado va al boliche de al lado! ¡El turista es animal muy selectivo! En este momento la avenida es un caos, ya que el gobierno popular de Podemos está rompiendo el asfalto para ensanchar las aceras (alguna de las fotos las saqué allí). El mensaje es clarísimo. Una política semejante a la que en CABA lleva adelante el PRO. No lo llaman populismo.

No es tampoco que a mí me importe la vida del europeo. Me importa que nosotros dejemos de envidiar cosas que no existen. No es tampoco que el europeo viva peor que nosotros, ojo.

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Hace 30 años, cuando vine por primera vez a Madrid, lo que me más me llamó la atención fueron las mujeres mayores vestidas de luto tomando sus cañas en los bares, las prostitutas y los yonquis tirados en las veredas esperando algo. Las viejitas representaban la última generación de españolas que haría duelo por los muertos; las prostitutas, un deseo insatisfecho; y los drogadictos, lo que quedó del Pacto de Moncloa y el destape de los ochenta. A los cinco años, cuando volví a Madrid, las viejas habían muerto; los yonquis, desaparecido: las únicas que sobrevivieron fueron las putas. Volví otras veces, ni las viejas ni los yonquis habían resucitado. Hoy los que duermen sobre cartones no son yonquis, ni siquiera tienen esa capacidad de autodestrucción; son más bien el residuo de un capitalismo que no los necesita. El turista no los ve, no puede verlos, ya que encarnan el último eslabón en un proceso productivo fundado en el consumo, es decir en la esencia que define qué es ser turista. En realidad son seres vencidos. Vencidos significa tanto derrotados en un enfrentamiento como esa mercancía a la que se le pasó su fecha.

Madrid se modernizó, sólo que lo hizo al ritmo que le imponían los intereses del capital. Los españoles estaban felices. Los habían aceptado como europeos. Los trenes y el metro funcionaban de perillas. A los nombres tradicionales de las estaciones les habían agregado marcas de empresas telefónicas.

Cuando salimos temprano rumbo al aeropuerto el olor ácido de la orina impregnaba la calle que tuvimos que caminar hasta la bajada del metro. Vivíamos en un barrio progre a dos cuadras de Sol, en pleno centro.

En otra nota contaré lo que me dijo mi editor, Francisco Ochoa, que no sólo conoce Madrid como pocos sino que también sabe predecir las crisis económicas y sus finales. Tenemos que colaborar como podamos en el aniquilamiento del sueño europeo.

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