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La mano de Dios //// 23.06.2014
Brasil 2014: las hormonas pueden esperar

En su comentario posterior al triunfo argentino frente a Irán, Juan Pablo Varsky recomienda leer completa una nota de la que sólo transcribe un fragmento: la del entrenador de fútbol y economista Alex Couto Lago.

Por Diego Kenis
Este aventura un cambio de paradigma en este Mundial de Brasil que nos exhibe tantas sorpresas. Lo equipara con el ocurrido en Alemania ’74, cuando nació el fútbol total equipista de la mano de Holanda. Sólo que, en este caso, señala la emergencia de una complejidad global en el deporte, “sistémica y estructural”.
Poco podría criticarse de lo que la nota dice, la importancia del sistema endocrino o la configuración del equipo como un grupo con una identidad que sobrepasa la mera sumatoria de individualidades. Este cronista carece de elementos para refutarlo. Es más, concuerda con el análisis si se toma en cuenta el funcionamiento orgánico como movido por las emociones, y al fútbol como juego asociado y actividad de comunicación humana.
El problema no consiste en contar esos elementos sino en centrarse en ellos. Para ser economista, Couto Lago omite en demasía recontar los elementos externos que pueden conspirar contra los equipos grandes, ganadores de todo, dificultados de revalidar credenciales en Brasil. Aquella realidad material externa que, incluso, puede imprimir sus efectos sobre el sistema endocrino o la identidad grupal ponderados.
El exceso de competencia, por ejemplo, puede ser un factor clave, que se evidencia desde hace años, a partir de la necesidad de vender cada vez más y más partidos. Los jugadores llegan a un Mundial como cierre de un circuito de competencias de cuatro años que supuso partidos de certamen local, de copas internacionales, eliminatorias y campeonatos con su selección y amistosos, sin contar la actividad extra que cada uno se obsequie en sus ratos libres ni el desgaste psicológico –como verá el lector, se tiene en cuenta- de ejercer una actividad de total publicidad y sujeta a aprobación religiosa o desaprobación satánica cada tres días. Así no hay enzimas ni hormonas que aguanten. Si bien es cierto que muchos de los equipos sorpresa de este Mundial tienen a sus más destacadas figuras sometidas ligas excedidas de competencia, más cierto aún es que salvo contadas excepciones –Edin Dzeko, quizá-, Xabi Alonso no soporta la misma exigencia que Bryan Ruiz.
En ese esquema, el perfeccionamiento orgánico del futbolista, único actor imprescindible para echar a rodar el espectáculo, corre el riesgo de aparecer como una propuesta más del umbral de rentabilidad: mejoremos la máquina para que siga ofreciendo eficacia, el mejor rendimiento pese al intensivo uso. Una ecuación que no por habitual en el mercado laboral de peores cifras, deja de convertir en objeto a la persona. Algo similar podría aplicarse a la psicología entendida del mismo modo.
En el lampazo de Couto, la liga Vicente del Bosque. Que tuvo la mala idea de perder. El entrenador no aplicó la receta del éxito: renovar. Como Luis Aragonés cuando sacó a Raúl, y abrió la puerta a la camada campeona del mundo. Habría que ver datos que no parecen menores, como si España tiene un Iniesta que reemplace a Iniesta. Como desmentida histórica, obra el precedente de Francia dos Mundiales atrás: tras lastimosa primera rueda, al borde de la eliminación, Zinedine Zidane estaba para jugar a las bochas, según el unánime análisis. Algo le pasó al viejito. Quizá le tocaron el orgullo, o llegar a la fase de eliminación directa lo puso cara a cara con su último partido, todos los partidos. Lo cierto es que en Cuartos se puso a tirarle sobreros de ida y vuelta a Roberto Carlos, el equipo creció con él y, sin la roja de la Final aquélla, Francia tendría muy probablemente un título más.
No se ignoran, se ve una y otra vez, los componentes psicológicos y biológicos en una actividad humana como es el fútbol. Sólo se señala que quizá exista un mundo afuera que lo haga ser el que es. Que no mencionarlo encierra a la hora de postular un cambio de paradigma todo un dilema.
Y, para no pecar por apuro, quizá tampoco estaría mal recuperar la mirada sobre lo ocurre entre arco y arco. Por carta desde México, en uno de los intercambios que colorea el clima mundialista, Francisco Cantamutto –que también es economista, pero lee bien esa disciplina y el fútbol- apunta que la nota de Couto también desvaloriza los logros de los equipos históricamente menos poderosos, en el juego y en la vida. Algo que ejemplifica el control antidóping en masa que la FIFA impuso a Costa Rica, como si el fútbol no fuera sobre todo sorpresa. Como la de ganarle a dos campeones del mundo.
Esos equipos “chicos” han dejado con las manos vacías a los grandes porque, a riesgo de generalizar, fueron inteligentes y –ellos sí- cambiaron un paradigma: abroquelarse atrás unos lo hicieron más y otros menos, pero de mínima la mayoría evitó el revoleo indiscriminado de pelota que se aplaude como modelo defensivo. No presionaron arriba ni se arriesgaron al pase imprevisible ni se animaron –por ejemplo, México- a penetrar en el área del Gigante después de recorrer su perímetro. Pero, al menos, como regla general trataron de apuntar el pase donde andaba un compañero mostrándose.  No es poco.