fbpx La crisis mundial y el ascenso de los emergentes, por Mario Rapoport
Internacionales //// 18.08.2011
La crisis mundial y el ascenso de los emergentes, por Mario Rapoport

La rebaja de la calificación del riesgo de la deuda norteamericana y la caída de las bolsas en el mundo vuelven a hacer creer a algunos que se trata de un fenómeno de coyuntura. De una venganza de ciertos sectores del mundo de las finanzas y de la política norteamericana contra Obama para obligarlo a un mayor ajuste fiscal; o de una acción de las calificadoras de riesgos, vinculadas al poder financiero, para quedarse a vil precio, a través de ese poder, con empresas en quiebra, con los bonos del tesoro o con el mismo gobierno norteamericano. O con todas esas cosas a la vez. Puede ser que haya algo de eso. Lo que pocos ven –en su ceguera de “vivir el tiempo presente”- es como juega el largo plazo, porque algunos suponen que el pasado ya no nos incumbe, cuando, por el contrario, son sus tendencias las que inciden decisivamente en la actual crisis, más allá de las decisiones equivocadas que se toman o de la gula de ciertos sectores para hacerse de ganancias fáciles y de políticos débiles.

 

Pero las tres grandes crisis ocurridas bajo el signo de la hegemonía norteamericana -la de 1929, la de 1970 y la actual-, forman parte de un mismo proceso de largo plazo, y cada una de ellas signa una nueva etapa del capitalismo moderno. En todas se presentan cambios tecnológicos mayores y también de las relaciones entre el capital y el trabajo, procesos especulativos ligados a los flujos irrestrictos de capitales, y caída de las tasas de ganancia en la economía real. En Bretton Woods, el gobierno de Washington, procuró reconstruir la economía internacional a partir de una clara hegemonía norteamericana de arriba hacia abajo como un acto consciente de formación de un gobierno mundial cuyo objetivo era, por un lado, impedir los efectos desestabilizadores resultantes de la destrucción del equilibrio del poder europeo y, por otro, los de la relación estructuralmente competitiva que ligaba la economía interna de Estados Unidos con la economía global.
Según Roosevelt el orden de posguerra iba a estar imbuido de la misma ideología que había impregnado el New Deal: “el New Deal interno de antes de la guerra tenía como premisa una transferencia del control de las finanzas nacionales norteamericanas de manos de los individuos a las de las autoridades públicas, el New Deal global de la posguerra se basa -decía Roosevelt- en una transferencia análoga a nivel de la economía mundial”.
Pero esto no ocurrió porque los mercados triunfaron sobre los Estados y en los años 70, la moneda clave, el dólar, abandonó los principios de Bretton Woods. Una situación que se explicaba por la creciente debilidad de la economía norteamericana, los gastos militares excesivos, la baja de la rentabilidad empresarial y la competencia de otras monedas. En aquel momento la estanflación resultó su modo de manifestarse, mientras que su resolución consistió en procurar el desmantelamiento del Estado de Bienestar, construido en la posguerra, tarea que muy bien realizaron los gobiernos neoconservadores y las políticas neoliberales de los ’80 y ’90. Las consecuencias negativas de estas medidas se prolongaron hasta nuestros días, con la caída de las tasas promedio de crecimiento mundial, la concentración de los ingresos, la contracción de la demanda agregada y las sucesivas crisis en diferentes partes del mundo. La financiarización de la economía mundial abrevó su fuente en mecanismos creados en esos años.
La crisis de 2007-2011 corona la inestabilidad de los últimos cuarenta años. Si en ese lapso no se resolvieron los problemas creados en las crisis del 30 y del 70, sino que se agudizaron, no se puede pensar que ahora la situación mejorará mágicamente. Los países más ricos se sostuvieron sobre la base de un endeudamiento creciente público y privado; sobre la búsqueda desesperada de mayores rentabilidades en los mercados financieros; y sobre la deslocalización de inversiones y de empleos y la utilización de mano de obra barata en la periferia de países emergentes, que no sólo produjeron ganancias a las multinacionales sino que también permitieron a esos emergentes la creación de excedentes financieros, que reciclaban en la compra de bonos o en la tenencia de reservas monetarias convirtiéndose en acreedores.
La crisis actual no pone en discusión por ahora la cuestión del fin del capitalismo, aunque muestra el fracaso de las ideas neoliberales y configura un nuevo reparto de los excedentes mundiales con otros protagonistas, en medio de la destrucción de empleos, activos materiales y medio ambiente. El principal argumento que esgrimen quienes sostienen que Estados Unidos seguirá siendo la potencia hegemónica, es que ninguno de los otros países (o regiones) que podrían rivalizarlo –la Unión Europea, Japón, China o Rusia- está en condiciones políticas, militares y/o económicas de reemplazar en el corto plazo el dominio estadounidense. Lo que no sólo le serviria para nuevas guerras sino también como “blindaje” para sus nuevas emisiones de dólares.
Sin embargo, la idea de un “siglo XXI norteamericano global”, que estaba detrás del Consenso de Washington y de la caída del Muro de Berlín, ya se ha desvanecido. A esto se agrega la crisis europea que pone en jaque a toda la economía occidental. La UE, sufre la recesión, carece de un gobierno central, su peso estratégico y militar es escaso, y la subsistencia del euro está en juego, al menos para la mayoría de los países de la zona. La conclusión principal que surge de ese panorama geopolítico y económico es la de un mundo multipolar lleno de incertidumbres.
La gran incógnita del futuro son los países emergentes, y sobre todo China, que aunque proclama abiertamente su intención de terminar con el predominio del dólar aún sigue financiando la economía norteamericana. El gobierno de Beijing, ante la crisis de los mercados compradores y la debilidad del dólar, tiene que resolver el problema de la integración de su mercado nacional, dividido en un minoritario sector avanzado y otro que incluye a la gran mayoría de su población, lo que supone en principio, un problema económico, por la necesaria elevación del nivel de vida de parte de ella, que implica la de varios países de tamaño medio.
Pero, también, un problema político y social porque, como dice un economista chino, “el régimen de acumulación de mi país colapsará si a la larga no puede soportar las presiones sociales y políticas que todo proceso de este tipo genera”. Pero si China emprende esta opción y no la guarda de bonos norteamericanos el valor del excedente financiero aprovechable para los países más ricos se reducirá, aunque esto no significará necesariamente una disminución de su comercio de importación porque el crecimiento basado en el mercado interno puede aumentar su demanda de productos alimenticios y materias primas. China y los países emergentes, donde crece la economía real tienen la posibilidad de cambiar el tablero del mundo, ante los problemas por ahora insolubles del capitalismo occidental.
El autor es Economista e historiador. (Agencia Paco Urondo, en BAE)