Amorim (asesor de Lula): ¿Cómo podemos vivir en un mundo sin reglas?
Cuando fueron oídas las explosiones en Caracas, capital venezolana, en la madrugada del 3 de enero, algo más estaba siendo destruido: la certeza de que América del Sur es, y continuará siendo, un continente de paz. La visión de llamas y aeronaves militares sobre una capital sudamericana era al mismo tiempo inusual y trágicamente surreal.
Las imágenes del secuestro forzado de un presidente en ejercicio evocan más la captura de Saddam Hussein, el fallecido líder de Irak, que los golpes de Estado de las décadas de 1960 y 1970 en América Latina. Aún la muerte del presidente Salvador Allende, durante el sangriento golpe en Chile en 1973, fue cercada por un aura de heroísmo totalmente ausente en el caso actual.
Para la mayoría de las personas en la región la intervención militar extranjera parecía cosa del pasado. Entre el final del siglo 19 y el inicio del siglo XX potencias de fuera de América del Sur recurrieron, varias veces, a bloqueos navales o amenazas de fuerza para proteger intereses privados.
Eso fue antes de los principales desarrollos del derecho internacional del siglo 20. Tales intervenciones sólo eran posibles, o así pensábamos, antes de la consolidación de instrumentos jurídicos como el Derecho del Mar, mecanismo de arbitraje y, claro, la Carta de las Naciones Unidas, que se basa en el principio de igualdad soberana de los Estados y prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial o independencia política de cualquier Estado.
Incluso durante la Guerra Fría disputas sobre los límites de las llamadas esferas de influencia en América del Sur no llevaron a violaciones abiertas de las fronteras nacionales. Esa contención, sin embargo, no impidió intervenciones secretas de agencias de inteligencia extranjeras, incluyendo apoyo al derribo de gobiernos electos bajo el pretexto del combate al comunismo.
Sin embargo, a final del siglo 20 la región estaba estableciendo las bases para la integración económica, finalmente canalizando décadas de paz para el desarrollo. Esa confianza se desvaneció.
La intervención en Venezuela levanta una cuestión mayor que cada vez más define la política internacional: ¿Cómo podemos vivir en un mundo sin reglas? Pilares del derecho internacional proyectados para regular la seguridad colectiva, disciplinar el comercio mundial y promover los derechos humanos están siendo minados de una sola vez. La erosión, una vez iniciada, es difícil de revertir. Como muchos dijeron, estamos aproximándonos de un estado hobbesiano, en que la fuerza militar es el principal determinante de la independencia de hecho de un país y en el cual la guerra es vista nuevamente como medio legítimo de cambio.
Cuando no hay ley que gobierne las relaciones entre países, la propia imprevisibilidad se vuelve una formidable fuente de poder e intimidación. El “principio de la incertidumbre”, desarrollado en el campo de la física cuántica, parece haber encontrado eco en las relaciones internacionales.
Formulado por Werner Heisenberg, un físico alemán, el sostiene que la posición y el momento de una partícula no pueden ser conocidos simultáneamente con precisión. Ahora podemos decir lo miso sobre el comportamiento de los Estados: cualquier cosa puede suceder en cualquier momento.
Es un momento en que países de todo el mundo está repensando sus estrategias nacionales. El actual escenario geopolítico refuerza la elección de Brasil de abrirse a la cooperación con una amplia gama de aliados, de América Latina a los BRICS y más allá.
Para la mayoría de los países invertir en la diversificación de las alianzas y en la autonomía tecnológica continuará siendo el mejor camino. Lo mismo vale para el continuo involucramiento con las instituciones multilaterales existentes, salvando lo que aún puede ser preservado de las normas y principios establecidos.
El respeto a la soberanía y la no intervención no deben ser abandonados. Debemos aprender con la historia. Incluso en las circunstancias más desafiadoras, la intervención extranjera – especialmente la intervención militar- no es la respuesta. La búsqueda de soluciones pacíficas por medio del diálogo debe continuar siendo la prioridad.
Brasil hace una apuesta existencia por la paz. El uso de energía nuclear exclusivamente para fines pacíficos está consagrado en nuestra Constitución, así como la solución pacífica de controversias y la búsqueda por la integración regional. Este es el camino que Brasil eligió y pretende seguir aún en circunstancias adversas.
La firma del tan aguardado acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea, un acuerdo con el cual mi buen amigo Durão Barroso (entonces ministro de las Relaciones Exteriores de Portugal) y yo comenzamos a soñar hace cerca de 30 años, tiene un significado adicional en este contexto.
El resultado puede no satisfacer plenamente a todos los 31 países involucrados. Sin embargo, muestra que negociaciones respetuosas, incluso largas y onerosas, aún son el mejor camino. El Mercosur también finalizó recientemente acuerdos comerciales con Singapur y con la Asociación Europea de Libre Comercio (Islandia, Liechtenstein, Noruega y Suecia).
Debemos continuar trabajando por la reforma de las instituciones internacionales, particularmente para abordar la relativa falta de representación del Sur Global. El equilibrio internacional depende de que todos los actores, incluyendo a Europa, tengan una voz auténtica e independiente en el escenario mundial y contribuyan para una multipolaridad positiva y abierta. Brasil continuará trabajando con Europa, China y otros comprometidos con las instituciones multilaterales y la primacía del derecho internacional. Esperemos que juntos podamos evitar un descenso mayor en la violencia y la anarquía.
*Artículo publicado originalmente en The Economist, traducido del portugués por Santiago Gómez.