Estados Unidos y Rusia, viejos amigos
To see a world in a grain of sand
William Blake
En la dirigencia política de Estados Unidos anida una facción que, desde la caída del Muro de Berlín, ve con malos ojos las relaciones con Rusia. Otro sector, con una mirada nacionalista y resuelto a dejar atrás los traumas de la Guerra Fría, sugiere un rumbo más amistoso entre ambas naciones. Veamos el asunto desde esta óptica.
Una paciente ventisca sopla en Moscú
El 2 de octubre del año pasado, en la reunión anual del Club Valdai –el “Davos ruso”–, Vladimir Putin detalló su visión sobre el Nuevo Orden Internacional, la situación política de Occidente y, lo más importante, la relación de Rusia con los Estados Unidos.
El orden multipolar, a sus ojos, es un hecho. Sobre los restos de la globalización, lo “local” y “particular” se asientan para cimentar el nuevo mundo:
“Las especificidades histórico-culturales y de civilización de los diferentes países desempeñan un papel más importante que nunca. Es necesario identificar puntos de contacto y convergencia de intereses. Actualmente, nadie está dispuesto a acatar las reglas dadas por alguien desde algún lugar lejano”.
El presente fluctuante y conflictivo, para el premier ruso, es una consecuencia directa de la globalización, proceso que define como “el intento por enfilar detrás de los países occidentales al resto del mundo”. El orden unipolar, agrega, produjo un quiebre entre las “élites” y los “pueblos” que se manifiesta en el “creciente autoritarismo” y la “crisis de representación popular”.
Sobre las relaciones con EE. UU., se muestra optimista:
“Vemos que la actual administración se guía principalmente por el interés de su propio país tal como lo entienden”, y advierte: “Rusia también se reserva el derecho de guiarse por su propio interés nacional, uno de los cuales, por cierto, es el restablecimiento de las relaciones plenas con Estados Unidos. Y sin importar cuáles sean las contradicciones, si nos tratamos mutuamente con respeto, entonces las negociaciones –incluso la más dura y persistente– tendrán sin dudas el objetivo de alcanzar un consenso, lo cual significa, finalmente, que las soluciones mutuamente aceptables son posibles”.
Putin, en este punta y hacha, juega fuerte y de callado, y deja que el rival cante (o no) la primera. Este, algo indeciso, juega, a su vez, sabiendo que el ruso está cargado.
No se llora sobre leche derramada
Al caer la URSS, la victoria del “mundo libre” saturó de fe los corazones de Occidente. La globalización impuso sus verdades y transformó las mentalidades y las relaciones políticas y socioeconómicas del mundo. En el corazón de los Estados Unidos, no obstante, algunas campanas sugerían cierta prudencia, pero la cantinela entusiasta del fin de la Historia sonó más fuerte.
Concluida la Guerra Fría, la cuestión rusa adquirió otro sentido. Las campanadas, esta vez, llamaban a no sobreactuar la victoria dado que la humillación siembra rencores y estos, tempestades, sobre todo en la vida de las naciones. El canto de las sirenas, de nuevo, fue más persuasivo que las advertencias del viejo Ulises.
Los intelectuales del nacionalismo estadounidense, que se desmarcan del ala liberal-globalista, ven con entusiasmo el panorama que se abre en el mundo “postglobal”.
En los 90, Walter Russell Mead, por ejemplo, ya alertaba, como detalló en el apartado siguiente, que el mal manejo de las relaciones internacionales con Rusia podría desatar una segunda Guerra Fría.
En A Republic, Not an Empire (1999), Pat Buchanan plantea un escenario similar. Escrito en la serenidad del final de una intensa carrera política, luego de ocupar cargos importantes y de un intento fallido por alcanzar la candidatura presidencial por los republicanos, evalúa el desempeño geopolítico norteamericano luego del fin de la Guerra Fría.
Buchanan es un crítico de la globalización y, sobre todo, del expansionismo de la OTAN. Responsabiliza a las “élites”, definidas como “liberales internacionalistas” (tanto demócratas como republicanos), de llevar adelante una cruzada idealista que solo perjudica el interés nacional norteamericano y daña su estatuto de potencia global:
“No somos odiados por quienes somos o por lo que creemos; somos odiados por lo que hacemos. No son nuestros principios lo que desprecian, sino nuestras políticas”.
Estados Unidos, sugiere, debería replegarse sobre su zona de influencia y abandonar el sentido aventurero e imperial con el que impulsó su accionar luego de la caída del Muro y, con ello, dejar de tensar, con la OTAN, las fronteras rusas.
En este punto, vienen a cuento las versiones contemporáneas según las cuales estamos ante un imperio en caída libre –más una expresión de deseo que una realidad comprobable– donde el repliegue continental de Trump, incluidas las incursiones fugaces y las no tanto, constituyen señales de decadencia. Argumento errado, visto desde esta óptica: el repliegue, por el contrario, responde a la necesidad de reajustar su hegemonía global. La extensión es el peligro: al replegarse, garantiza la continuidad de su existencia; al expandirse, se erosiona.
Por ello, según Buchanan, las guerras remotas y extensas, interminables, ebullen como un caldo venenoso. En el expansionismo, lo que se diluye es la identidad nacional. Exportar democracia pone en peligro los cimientos de la propia nación: no provee ningún beneficio embarcarse en “intentos quijotescos a largo plazo para rehacer otros países a imagen de Estados Unidos”, como advierte Rob York a propósito del reciente bombardeo a Irán.
“Nada, salvo la sobreexplotación de nuestros recursos, puede destruir este país, como dijo alguna vez el senador republicano Robert A. Taft”, concluye Buchanan.
Por un matrimonio razonable
Rusia y Estados Unidos, a pesar de la Guerra Fría, tienen un historial de cooperación sustantivo.
Durante la Revolución Americana, Rusia jugó un rol fundamental en la formación de la Liga de Neutralidad Armada, una “organización antibritánica”. Durante las Guerras Napoleónicas, el gobierno ruso fue de las pocas potencias europeas que a menudo simpatizaba con los intereses comerciales y de navegación estadounidenses. Durante la Guerra Civil, mientras Gran Bretaña y Francia apoyaban a la Confederación, Rusia fue la única gran potencia europea que mostró abiertamente su apoyo a Estados Unidos. La gratitud estadounidense por esta muestra de apoyo se consolidó con la compra de Alaska –escenario recientemente de una de las reuniones más importantes del siglo XXI– poco después de la guerra. En el siglo XX, como es sabido, Rusia y EEUU lucharon juntos en ambas guerras.
Estos son los hechos históricos que enumera el ya mencionado Russell Mead en otro escrito, “No Cold War Two”, para dar sustento a la hipótesis de un vínculo “cordial” entre ambas naciones.
Russell Mead, ayer y hoy (el artículo es de 1994), desaprueba la cruzada antirrusa que sobrevino –y que perdura– al caer el Muro y la disolución de la URSS. En esa oportunidad sostuvo que “la neocontención y el aislamiento de Rusia no servirá a ninguno de los intereses de Estados Unidos. Por el contrario, crearán obstáculos nuevos e innecesarios que estropearán la política internacional norteamericana de los 90 en adelante”.
El acercamiento con Rusia exigía salirse de la mentalidad de la Guerra Fría y buscar una alternativa a la visión “de conflicto”, es decir, de sometimiento. Una Rusia débil no sirve a los intereses estadounidenses. Por el contrario, su fuerza, proponía el autor, garantiza un balance de poder razonable en Europa y blinda el eje asiático en la medida en que contiene a China.
Rusia, señaló Mead, tiene rispideces con el “gigante asiático”, sobre todo en el Extremo Oriente, y su debilidad, advierte, solo incrementa los focos de conflicto:
“Gran parte de la porción más valiosa económicamente de este territorio fue anexionada por Rusia a China mediante los ‘tratados desiguales’ que las potencias europeas impusieron a China en el siglo XIX, y la opinión pública china considera que estos tratados no son más legítimos que aquellos que otorgaron a Gran Bretaña su derecho sobre Hong Kong”.
El título del artículo, por cierto, carece de referencias temporales y espaciales, y ahí está su virtud: es un norte, un llamado de atención permanente para la clase dirigente norteamericana. Vale recordar, como señalamos al comienzo, que lo que Rusia discute hoy en día es justamente el mundo que floreció en esos años.
El panorama de los años 2000, para volver a Buchanan e ir cerrando, demostró que las sugerencias de Russell Mead no fueron oídas:
“No estamos en 1948, Stalin está muerto; el imperio soviético cayó. La Rusia europea es más chica que la Rusia de Pedro el Grande. Entre los intereses vitales de ambas naciones no hay conflictos. Pero esta gente orgullosa mantiene miles de armas nucleares. Una Rusia amigable es mucho más importante para la seguridad de EEUU que cualquier alianza con Varsovia o Praga. Si Estados Unidos tiene un interés primordial en materia de seguridad nacional en este nuevo siglo, es evitar enfrentamientos con grandes potencias nucleares como Rusia. Al llevar a la OTAN a las puertas de Rusia, hemos programado una confrontación propia del siglo XXI”.
Ambos autores alertaban lo que hoy es un hecho: algún día, decían, el gigante iba a recuperar sus fuerzas y se cobraría los favores.
“Nostálgicas por la claridad y las certezas de la Guerra Fría, nuestras élites han evitado cambiar una sola institución o compromiso heredados de ese conflicto”, concluye Buchanan, “pero el mundo ha cambiado desde la caída del Muro, y nosotros debemos cambiar con él”.
Rusia, como dijimos, ya jugó sus cartas. En Estados Unidos, indecisos, los jugadores se deforman en muecas. El orden parece no llegar y las cartas empiezan a arderles en las manos.