fbpx Zona Roja: ¿hasta qué punto puede degradarse la naturaleza humana? | Agencia Paco Urondo | Periodismo militante
Géneros //// 09.06.2018
Zona Roja: ¿hasta qué punto puede degradarse la naturaleza humana?

El pornólogo Daniel Mundo reflexiona sobre los barrios "donde trabajan prostitutas, principalmente las travestis". 

Por Daniel Mundo

A veces pienso que nadie que no haya frecuentado la Zona Roja tiene la capacidad de saber hasta qué punto puede degradarse la naturaleza humana. Se llama Zona Roja al territorio donde confinaron el trabajo de las prostitutas, principalmente las prostitutas travestis. También les costará comprender cómo la degradación puede convertirse en una experiencia sublime. Lo sublime y lo degradante se mezclan, y evitan así los juicios ideológicos y moralizantes que dictaminan este porno es bueno/tal otro porno es malo, esta mina es puta/tal mina es la madre de mis hijos, este sexo es correcto/tal otro es perverso. Nadie sabe realmente lo que puede un cuerpo.

Cuando el clase media va en su auto a 20 o 30 km por hora a una hora avanzada de la noche, seguido por otro auto igual al suyo e igual al que va adelante del suyo, posiblemente esté ya con algunas sustancias encima, cuidando de no rozar el coche del vecino, mirando a esas chicas semivestidas, dando vueltas y vueltas por los lagos invisibles que se intuyen en la oscuridad, está en su oasis: aire acondicionado en verano, calefacción en invierno, escuchando música, solo (llamo el clase media al individuo perteneciente a la pan clase que hegemoniza gran parte de las opciones políticas y sociales hoy en día; en este sentido la familia Macri es tan clase media como un docente universitario; el clase media no se define en relación a los medios de producción o al capital material o simbólico acumulado, se define por su deseo). 

En esa situación, el clase media piensa que hay alguien que está peor que él: esas travas que están en bikini haga calor o frío, que te miran, te sonríen, y vos le devolvés el saludo con los ojos y una sonrisita de “bancame una vuelta más”, esos seres que lo excitan al tiempo que le dan terror, esos engendros transexuales con más conocimientos encima que los que acumula un erudito a lo largo de toda su vida académica. Acá el sexo no tiene afecto: se tiene lo que se paga (muchas veces menos, alguna vez un poco más). En este marco el clase media llega a esta conclusión: ESO está peor que él. Tal el tamaño de nuestro engaño, de nuestro terror a ser, de los seres existentes, el más depravado… dentro de lo que nuestra infecta sociedad considera como normal. 

Más allá de esta frontera, entre el hipódromo y el Tenis Club, se extiende el fantástico mundo del snuff donde todo es posible. Si bien todavía está en disputa si tal género extremo existe realmente, por lo pronto muchas veces aparece en las tapas de los matutinos de masas.

¿Se entiende la situación? No son dos autos que dan vueltas por Palermo. No son diez travas perdidas las que se cagan de frío o inhalan cocaína. Es una porción importante de la clase hegemónica la que lo hace. Y las trans- representan un futuro que por más que neguemos y rechacemos, se impondrá por sobre nuestras dicotomías tan héteras, tan ideológicas, tan correctas.

Cuando miramos una porno pasa lo mismo. Nos convencemos que ellas y ellos y ellxxxs están en una situación sociopsíquica infinitamente peor que la nuestra, al fin y al cabo espectadores medios que por motivos que no puedo desglosar aquí necesitan mirar porno. Y miran porno. Los actores y actrices porno encarnan mercancías con las que nosotros no necesitamos identificarnos, pues afectan directamente a nuestro deseo. Por ellos alcanzamos nuestra excitación y nuestra descarga. Su degradación se transmuta en parte de nuestro goce. Y nuestro goce se entremezcla con nuestra degradación.

Sabemos que ellas, ellos y ellxxxs son los héroes de una sociedad que nosotros ayudamos a reproducir, una sociedad desalmada en la que todo, todo, hasta lo que no tiene precio, se compra y se vende. El amor principalmente.

Pero cuidado: esto no quiere decir que nosotros prefiramos un mundo no capitalista en el que todos los vínculos vendrían amasados por tiempos densos, afectos duraderos y proyectos compartidos… en fin: la familia de clase media antes de su degradación actual, en algún mítico pasado publicitado por Hollywood. Es natural que creamos que lo contrario de la degradación de descubrir que tu sexo y tu sexualidad no tienen límites morales ni estéticos, sea el amor familiar, la monogamia y la rutina de ella abajo y vos arriba. Si nos detenemos un segundo en esta cadena automática de contraposiciones chocaremos con su absurdidad.

La perversión que Freud un poco por prudencia otro poco por temor confinaba a la infancia demostró que afecta a todas las edades. Tal vez sólo sea un requisito indispensable pertenecer a una clase social, la clase media. La clase media convierte prácticas y ritos milenarios y originarios en actos perversos que, si no se pueden reprimir, habría que ofertar a la venta. Todo en un lugar penumbroso. Ella abajo y el vos arriba.

Es una clase social que está convencida que la degradación es mala y que hay que evitarla. Tiene en muy alta estima sus grandes valores nihilistas. Sólo lo que fortalece nuestra autoestima, nuestro yo y nuestro poder económico es valioso para nosotros. Admiramos la autodestrucción (de otro modo, sería imposible que concibamos a Nietzsche o Van Gogh como los concebimos, héroes de otras épocas que sacrificaron su vida por un color, por un pensamiento), pero lejos, en la tele… o en la Zona Roja o en el porno.