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Géneros //// 15.11.2017
Georgina Orellano: puta feminista y peronista

Entrevista a la trabajadora sexual, Secretaria General de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR) y vocal en la Mesa Nacional de la CTA. “La inserción sindical es la que me ayudó a generar mi conciencia de clase”, describió.

Por Alejandra María Zani

Georgina Orellano comenzó a realizar trabajo sexual a sus 19 años y hoy se define como puta feminista y peronista. Desde 2014 es la Secretaria General de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), una organización que cuenta con 22 años de trayectoria en la Argentina, más de 6.500 afiliadas y reconocimiento sindical por parte de la Central de Trabajadores y Trabajadoras Argentinos (CTA). “Hace casi 12 años que soy trabajadora sexual en la calle, en el mismo lugar donde empecé a ejercerlo”. 

Actualmente, Georgina se encuentra en el último destino de su gira por Europa, llevando el mensaje de AMMAR a las trabajadoras sexuales de Barcelona, Madrid, Ámsterdam y París. Desde 1994, las trabajadoras sexuales de AMMAR se reconocen como mujeres adultas que ejercen su trabajo por consentimiento propio y de manera autónoma. En 2017, por primera vez en la historia de la Marcha del Orgullo LGBTTIQ en Argentina, se incorporará en las consignas los reclamos de las trabajadoras sexuales bajo el lema: “Reforma de la ley de trata que criminaliza el trabajo sexual”.  

AGENCIA PACO URONDO: ¿En qué se diferencia la explotación de la trata de personas?

Georgina Orellano: La explotación es el modo de trabajo en el sistema capitalista. Los problemas que nosotras tenemos son los mismos que tienen el resto de los trabajadores en un sistema de explotación tan desigual como es el sistema capitalista. En la trata de personas, en cambio, no existe consentimiento. Pero no solamente hay trata de personas dentro del mercado del trabajo sexual, sino que también la hay en otros mercados laborales, como en el trabajo rural y el trabajo textil. Ahí también hay esclavitud y condiciones precarias de trabajo, y sin embargo vemos que no se generan políticas abolicionistas o prohibicionistas. Al contrario, se tiende a querer legislar para obtener derechos a través del derecho laboral. En el trabajo sexual, en cambio, se legisla a través del derecho penal, negando el derecho a las trabajadoras sexuales  y empujándolas a mayor clandestinidad y a un marco de ilegalidades. Nosotras no somos víctimas de trata. Somos mujeres, mujeres trans, hombres y otras identidades de género que decidimos ejercer el trabajo sexual y la lucha que llevamos adelante se trata de querer mejorar nuestras condiciones de trabajo.

APU: ¿Qué implica que la legislación se realice a través del derecho penal?

GO: Implica un entorno prohibicionista. En Argentina, la prostitución está regulada desde el derecho penal, y si bien el ejercicio del trabajo sexual por personas mayores de edad no contempla delito alguno, todos los espacios en los cuales podamos llevar a cabo nuestro trabajo están prohibidos. Cabarets, casas de citas, clubs nocturnos y todo lugar privado donde se pueda llevar adelante la prostitución. Quiero decir que ni siquiera han dejado el marco para que las compañeras puedan trabajar de manera autónoma, de manera independiente y organizada entre ellas. Está totalmente prohibido el trabajo sexual puertas adentro, por lo que la única salida posible es la calle. Sumado a eso, en 18 de las 24 provincias argentinas está penalizado hacer uso público para ofrecer trabajo sexual callejero, y en la mayoría de las provincias está penalizado con arresto. Es decir, las compañeras van presas. 

APU: ¿Cuáles son los riesgos de que el abolicionismo derive en prohibicionismo?

GO: El mayor riesgo es pensar que el sistema penal va a solucionar un problema social como la trata de personas. Apelar al prohibicionismo es un error porque entrega mayor poder a la justicia machista y patriarcal, que históricamente fue denunciada por los movimientos de mujeres, para que sean ellos quienes persigan, hostiguen y procesen a mujeres de bajos recursos, pero ahora con el amparo de la ley. 

APU: ¿Qué es para vos, entonces, el trabajo sexual? 
GO: Es un trabajo. Es una opción laboral que muchas mujeres decidimos para nosotras frente a las pocas opciones laborales que tenemos por el solo hecho de haber nacido mujeres de clase obrera en una sociedad machista y patriarcal en donde los trabajos destinados para nosotras son feminizados, precarios y mal pagos. Y es, sobre todo, una emancipación económica que nos ha ayudado a dar mejor calidad de vida a nuestras hijas e hijos, o a poder terminar los estudios, y por eso lo reivindicamos tanto. 

APU: ¿Cuándo comenzaste a reconocerte como trabajadora sexual?
GO:
Al principio lo vivía con mucha culpa y vergüenza. Por mucho tiempo lo oculté a mi familia y a mi hijo. Salía de mi casa con ropa “normal” y después me cambiaba en el hotel, escondía el dinero que ganaba, tenía dos celulares, uno “legal” para la familia y otro para clientes, y tenía mucho miedo de que mi familia se enterase de que soy prostituta. Lo mismo con mi hijo. Tenía miedo de que se avergonzara de que su mamá sea una puta. Lo primero que me generó una conciencia de clase fue insertarme en el mundo sindical. 

APU: ¿Qué significa ser puta feminista y peronista?

GO: Ser puta feminista tiene que ver con una identidad de todo el colectivo de trabajadoras sexuales. Somos feministas porque respetamos la autonomía de los cuerpos de las mujeres. Nosotras hablamos de poder decidir frente a las pocas opciones que tenemos. Usamos la palabra “puta” para sacarle toda la carga peyorativa y nos reapropiamos de la injuria. Las grandes batallas también las damos desde lo discursivo y para eso necesitamos al lenguaje. Y con “peronista” me refiero a algo que tiene que ver conmigo. Cuando ingresé a AMMAR yo sabía que nuestra causa era justa y que teníamos que generar alianzas porque entendía que somos parte de una clase trabajadora y que tenemos que luchar para que nuestros derechos sean reconocidos. 

APU: ¿A qué te referís cuando hablás de la ‘desacralización de la concha’?

GO: Muchas veces me pregunto qué es lo que genera negación con el cuerpo de la trabajadora sexual. Evidentemente, hay un valor agregado que se le da a la genitalidad de la mujer. En todo caso, todos los trabajadores y trabajadoras ofrecemos una parte del cuerpo a cambio de una remuneración económica. Le ponemos un precio y recibimos un salario. La empleada doméstica y el albañil trabajan con la mano. Hay otras personas que explotan su capital erótico, como las modelos, las vedettes y las promotoras. También hay quienes explotan sus conocimientos por haber tenido la posibilidad de acceder a una carrera. Y otros explotan sus piernas, como los jugadores de fútbol. Pero eso no genera cuestionamiento alguno ni genera tensión dentro del feminismo. Entonces, lo que veo es que la mirada está puesta en la genitalidad de la mujer. Es como si pudieras explotar cualquier otra parte del cuerpo, pero no la “concha”. 

APU: Entonces, ¿cuál es ese valor agregado que se está dando a la genitalidad femenina?

GO: El valor es el mismo que el de cualquier otra parte del cuerpo. Cuando se niegan a que la trabajadora sexual tenga buenas condiciones de trabajo, es porque siguen sosteniendo patrones socioculturales arraigados que reproducen el mandato de que la mujer tiene que ceder su sexualidad por amor, por gratitud o cuando haya un compromiso sexoafectivo con otra persona. Ese es el lugar histórico que ocupa la mujer, como si fuera un ser que no procede ante el deseo o el placer. Y todo lo que se salga por fuera de esa norma no es aceptado. 

APU: ¿Por qué las trabajadoras sexuales se salen de esa norma?

GO: Primero, porque traemos el poder de decidir sobre nosotras mismas. Después, porque explotamos la genitalidad y hacemos de ella nuestra propia empresa para sacar una remuneración, lo que genera emancipación económica. Nos dicen ‘tu trabajo es explotado’, pero nosotras queremos la autonomía total del trabajo, y ahí es cuando nosotras, organizadas, hacemos nuestra lucha contra el capital.