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Dossier //// 24.05.2022
La revolución del Bicentenario

El periodista y escritor Jorge Giles realiza un racconto histórico por los hechos e ideas que permitieron las Independencias en Latinoamérica, para luego meterse en esos días que fueron un hito para toda la Patria Grande. 

Por Jorge Giles

Cuatro primeras consideraciones:

a) La explosión popular vivida en la celebración del Bicentenario patrio habría que leerla e interpretarla en clave de memoria popular y revolución inconclusa.
b) Ese pueblo volcado en las calles, en Mayo de 2010, demostró que hay una latencia y pulsión transformadora que atraviesa la historia argentina y latinoamericana desde su misma génesis.
c) Las batallas culturales no se ganan ni se pierden de una vez y para siempre; se libran todos los días. 
d) Ninguna revolución, ninguna transformación, ningún cambio de modelo socio económico a favor de las clases populares se hacen con miedo. “El miedo sólo sirve para perderlo todo”, enseñó Belgrano. 

No hay revolución que no se reconozca en los antecedentes que la precedieron. Entender la masividad popular, con sus rasgos peculiares de libertad y de alegría plebeya, que se manifestó en las calles de Buenos Aires del 21 al 25 de Mayo de 2010, implica necesariamente entender que esa masividad era la expresión de un pueblo que se reencontró a sí mismo en las políticas públicas del gobierno de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández de Kirchner.

Con el mismo prisma deberíamos leer lo ocurrido en el Centenario de la Revolución (1910) y en la propia Revolución de 1810. Allá vamos.

Cuando nuestros patriotas fundadores declararon aquel primer grito de libertad ese frío 25 de Mayo de 1810, no estaban sólo aprovechándose de la coyuntura propicia que brindaba la invasión napoleónica a España y el desalojo de Fernando VII del poder; esa fue la circunstancia más propicia del momento; pero mucho antes, en 1804, se había producido en América la consagración de la Revolución del pueblo negro y mulato en Haití, de la que llegarían noticias al Rio de la Plata.

En 1806 y 1807 sucede la resistencia criolla triunfante contra las primeras dos invasiones inglesas; un rasgo de identidad común había nacido en ese pueblo.
Pocos años después, en 1815, el Libertador Simón Bolívar, así como antes Francisco Miranda, estuvo en Haití y desde allí, con el apoyo de las autoridades locales, organizó y emprendió la campaña militar para liberar por segunda vez a Venezuela de la opresión colonial española. 

El presidente haitiano, Alejandro Pétion, también dio asilo y apoyo a nuestro Manuel Dorrego.

Hay una carta escrita en abril de 1817 por Juan Martín de Pueyrredón dirigida al presidente Pétion en la que el Director Supremo de las Provincias Unidas, amigo del Libertador José de San Martín, le propone al haitiano aunar esfuerzos para consolidar la revolución americana y especialmente nuestra independencia, tan amenazada en esos años.

Saltando en el tiempo, diremos que el segundo jefe del General Juan José Valle en el levantamiento del 9 de junio de 1956 contra la “revolución fusiladora” de Aramburu y Rojas, el General Raúl Tanco, recibió junto a otros compañeros suyos el asilo hospitalario de la embajada de Haití en Buenos Aires. Nada es casualidad.

Nos detuvimos en señalar estos datos casi olvidados, no por una digresión histórica de ocasión, sino para hacer, al menos, un modesto homenaje a la eterna deuda que la Patria Grande guarda con el sufrido y heroico pueblo de Haití desde los albores de nuestra revolución y nuestra independencia. 

Las rebeliones de Túpac Amaru y Túpac Catari en el Alto Perú y años después la Revolución de Chuquisaca del 25 de Mayo de 1809 con el protagonismo de Juan José Castelli y Bernardo de Monteagudo; las victorias criollas de Bolívar en Venezuela; la del Cura Miguel Hidalgo en México al grito de “Libertad e Independencia”; la de Bernardo O’Higgins en Chile; el proyecto de nación soberana del Paraguay, aplastado luego por las fuerzas reaccionarias de la Triple Alianza comandadas por Mitre, son algunos de los eslabones de la historia a mencionar para comprender que la victoriosa, y más tarde derrotada, Revolución de Mayo nació y se desarrolló a lo largo del siglo XIX de la mano de esos procesos liberadores en la América criolla.

Quizá por eso mismo la derrota de gran parte de esos procesos de cambio radical se hizo sentir por muchos años; hasta más de un siglo después.

En ese período de la historia, por acá pasó el fusilamiento de Dorrego; pasó la usurpación inglesa en Malvinas; pasaron los unitarios del centralismo porteño triunfantes después de la batalla de Caseros; pasó la represión al campo federal y popular; pasó la masacre de los gauchos y caudillos del norte, como el Chacho Peñaloza, ejecutada por los coroneles de Mitre y festejada por Sarmiento; pasó el genocidio de los pueblos originarios en la “campaña del desierto” del general Roca; pasó la represión salvaje de los obreros y peones rurales de La Forestal en el norte santafesino y de la Patagonia Trágica; pasó la entrega colonialista y cipaya de los conservadores y oligarcas a la corona británica. Antes y después del Centenario de Mayo pasó la muerte en este país que se vendía como “crisol de razas”.

El primer Centenario se dio en ese marco de hegemonía de esas clases dominantes, por un lado y la resistencia de los excluidos, por el otro. Esa élite se sentía tan afrancesada como británica y tan herederos de Rivadavia como de Bartolomé Mitre. La oligarquía consolidaba su modelo de país exportador de productos primarios, con una macro economía que no cesaba de crecer, especialmente en la exportación de carne y cereales. Pero ese crecimiento no era con el pueblo adentro, sino afuera. Sobraban los trabajadores, los proletarios inmigrantes, los artesanos, los sobrevivientes de los pueblos originarios; sobraba el pueblo. Y el modelo se sostenía a base de miseria, explotación sin disimulos y represión militar y policial. Un año antes de la anunciada fiesta del Centenario, el tristemente célebre Coronel Ramón Falcón, jefe de la policía de Buenos Aires, encabezó la represión sangrienta contra los trabajadores que se movilizaban ese 1° de Mayo de 1909. El saldo reconocido fue de 8 trabajadores asesinados y 40 heridos. Se declara de inmediato una huelga general y del 3 al 10 de mayo se vivirá la más importante y combativa movilización de esos años. La llamaron “La semana roja”. El gobierno conservador, pese al repudio popular, ratificó en su cargo a Falcón y provocó que el 14 de noviembre de ese mismo año el anarquista de origen ruso-ucraniano, Simón Radowitzki, haga “justicia por mano propia” matándolo en nombre de sus compañeros mártires obreros. Para vergüenza ciudadana, en pleno siglo XXI, una de las principales avenidas porteñas se sigue llamando Avenida “Coronel Ramón Falcón”; es de desear que esto no siente un precedente y así nos evitamos que dentro de cien años alguna arteria principal se llame “avenida General Videla”, por ejemplo.

En ese clima de rebeldía y exclusión se dicta el Estado de Sitio y se aprueba la “ley de defensa social” que incluía la pena de muerte a los que se manifestaran contra las autoridades. Mientras la oligarquía celebraba encerrada en los salones fastuosos su exclusivo y excluyente Centenario, las clases populares eran ferozmente reprimidas en las calles de todo el país.
Estos antecedentes deben ser observados inexorablemente para hacer el contraste con lo que iba a suceder en el segundo Bicentenario patrio y valorar así la verdadera dimensión histórica de ambos acontecimientos.

Suceden después los gobiernos de Hipólito Irigoyen y Juan Domingo Perón. Suceden los golpes sangrientos cívicos militares de 1930, 1955 y 1976. Sucede el bombardeo a la Plaza de Mayo.

Sucede la Resistencia peronista. Sucede la desaparición de nuestros 30 mil compatriotas. Suceden las primeras rondas de las Madres de Plaza de Mayo. Sucede la guerra de Malvinas y los 649 combatientes muertos por el ejército usurpador inglés. Sucede el neoliberalismo y la hiperinflación. Sucede Menem. Sucede De la Rúa. Y sucede en este brevísimo conteo, la rebelión civil del 19 y 20 de diciembre de 2001.

Fue entonces, cuando parecía que la derrota popular era en toda la línea y se imponía como un latigazo el “que se vayan todos”, que apareció en el horizonte político Néstor Kirchner, primero y Cristina, después. 

Ellos dos patearon el tablero de todas las convenciones del “posibilismo” y el “acuerdismo” político y presentaron un nuevo formato de gobierno con contenido latinoamericanista, democrático, soberano, participativo, nacional y popular. Fueron dos presidentes distintos con un mismo proyecto de país inclusivo. Le dijeron “No al ALCA” en la cara del mandamás del imperio. Néstor en Argentina y Lula en Brasil, liquidaron a dúo sincronizado la deuda externa con el FMI; y nos desendeudamos de esas cadenas de la dependencia. Re Malvinizaron la Causa por nuestra soberanía en el Atlántico Sur. Mandaban y se unían en la UNASUR con los presidentes que se parecían a sus pueblos: Hugo Chávez en Venezuela; Manuel Zelaya en Honduras; Evo Morales en Bolivia; Rafael Correa en Ecuador; el Obispo Lugo en Paraguay; Tabaré Vázquez y José Mujica en Uruguay; Néstor recupera, para la memoria, a la ex ESMA y baja los cuadros de los genocidas; Memoria, Verdad y Justicia es una política de Estado; Cristina enfrenta decididamente la rebelión de la pata sojera-ganadera del poder real; los oligarcas del campo se oponen a que el Estado aplique retenciones a la soja; se manifiestan en las rutas violentamente; la prensa de los poderosos medios de comunicación, encabezados por Clarín, los aplaude y estimula y a la vez atacan indecorosamente a la presidenta de la democracia; y contra lo que aconsejan los mediocres que acatan sin chistar los manuales de la “corrección política”, Cristina y Néstor redoblaron la apuesta y fueron por más.

Así fue que se aprobaron leyes y políticas estatales como la Asignación Universal por Hijo, la Ley de Matrimonio Igualitario, la re estatización del Sistema jubilatorio y la consecuente eliminación del despojo a los trabajadores que ejecutaban las AFJP; la apertura y continuidad de los juicios de lesa humanidad contra los genocidas de la dictadura; la democrática Ley de Medios; la justa distribución del ingreso que nos permitió llegar al ansiado fifty-fifty; la recuperación de YPF y Aerolíneas Argentinas, entre tantas otras medidas que moldearon y encarnaron el proyecto político liderado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Fue justamente ella junto al Secretario General de la Presidencia, Oscar Parrilli, los arquitectos de los Festejos más multitudinarios que recuerde el país en toda su historia.
En todo el país fueron 106 los eventos realizados. 

En la inauguración festiva del 21 de Mayo de 2010, en la Ciudad de Buenos Aires, señaló Cristina: “Este va a ser un Bicentenario con un sesgo de pertenencia y de identidad a nuestra región, a la América del Sur…Yo quiero convocar en estos 200 años a todos los argentinos a construir un país en el cual todos podamos sentirnos parte de él”.

Desde ese primer día y hasta el maravilloso cierre del 25 de Mayo una multitud llenó las calles, las plazas y las avenidas circundantes con el Paseo del Bicentenario en la avenida 9 de Julio en Buenos Aires. El espíritu revolucionario se percibía en el aire, en las miradas, en los cánticos, en la actitud de esas diez millones de personas movilizadas durante esos cinco días. Brillaron los artistas populares y las distintas muestras artísticas que desfilaron.

Participaron delegaciones de todas las provincias argentinas y delegaciones hermanas de América Latina y el Caribe. Tres escenarios montados sobre el Paseo del Bicentenario, el escenario principal en la Plaza de la República. Dos millones y medio de argentinos en el cierre. Se realizaron los desfiles federales, de integración regional, de los transportes de ayer y hoy, de la Constitución y la Democracia, de la Industria nacional, de los Inmigrantes, de los Pueblos Originarios y Afro descendientes, del Cruce de Los Andes, de la Vuelta de Obligado y el gran desfile final del Bicentenario que estuvo a cargo de los y las artistas del grupo Fuerza Bruta. El paso de la carroza doliente de las Madres de Plaza de Mayo y la intervención artística dedicada a homenajear a los Héroes de Malvinas que pelearon en la guerra contra el usurpador inglés, arrancaron tanto aplausos como lágrimas de emoción de la multitud.

Al recordar a esa muchacha llamada “la Argentina” que, sostenida por una grúa mecánica, volaba sobre la multitud nos volvemos a conmover y a esperanzar en que alguna vez será posible volver a ese país inclusivo que tuvo su Fiesta en el Bicentenario.

En el cierre de la última noche actuó Fito Paez acompañado por una gran orquesta y los otros artistas que habían participado de los Festejos. Cuando terminaron de entonar las canciones del músico rosarino y después el Himno Nacional argentino, con ese coro de millones de compatriotas, Fito exclamó a viva voz varias frases que quedaron para siempre en nuestros corazones: “Somos millones y ni un solo incidente. Esto es una maravilla. Nos sentimos parte. Nos sentimos una patria. Ganamos las calles. Nos merecíamos ser felices como hoy”. “Argentina, Argentina”; “Y ya lo ve el que no salta es un inglés” fueron las consignas entonadas por la multitud. Y estaba todo dicho.

Tarde en la noche, Néstor Kirchner mostró en la intimidad de su hogar su convicción de que esa vez el pueblo argentino ganó la batalla cultural contra sus enemigos históricos. Apenas cinco meses después, su corazón dijo basta y se quedó para siempre entre nosotros. 

Una vez más, el pueblo movilizado resolvió las contradicciones y escollos de la coyuntura, apuró los pasos de la dirigencia, clarificó el panorama a sus amigos y sus enemigos y señaló en fin, el horizonte de la revolución inconclusa. 

Así lo hizo también el 19 y 20 de diciembre de 2001; y en la Plaza colmada que el 27 de Octubre de 2010 despidió a Néstor Kirchner; y en esa otra Plaza colmada que agradeció a Cristina por su gestión de gobierno el 9 de Diciembre de 2015.

Como se demostró en 2010, el espíritu popular revolucionario de la Revolución de Mayo sigue latente entre nosotros. Aunque muchos dirigentes, por ignorancia, por miedo o por complicidad con los poderosos, lo sigan negando.