¡Ay, Moreno de mi vida!

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¡Ay, Moreno de mi vida!

23 Mayo 2026

«No te imagines que puedo estar un instante sin pensar en vos (...) Me dicen que el día que te fuiste, cuando te llevaban al barco, el cielo se puso negro y hubo una tormenta temible.». Guadalupe Cuenca, carta del 20 de abril de 1811, en E. Williams Álzaga (Comp.), “Cartas que nunca llegaron” (1967).

En los días previos a la Revolución de Mayo, cuando la incertidumbre colonial amenazaba con adormecer las conciencias, la agudeza intelectual y el fervor político de Mariano Moreno operaron en las sombras de la Semana de Mayo. Él entendió que la caída de España no era una crisis para lamentar, sino una oportunidad; no demandaba una transición burocrática, sino una ruptura radical. Este pensamiento lo transformó de inmediato en acción desde las páginas de “La Gaceta de Buenos Aires”, utilizando el periódico como una tribuna doctrinaria para despertar el espíritu público, combatir la moderación temerosa y dotar a la insurrección de una dirección implacable. Su pluma y su palabra prepararon el terreno para el estallido, transformando el descontento disperso en una estrategia de poder.

El 25 de mayo, al asumir la secretaría de la Primera Junta, Moreno asumió también la responsabilidad de ser el alma intransigente del nuevo gobierno. No buscó el consenso con el antiguo opresor, sino la consolidación de la soberanía popular a través de una acción drástica y una audacia sin concesiones, convirtiéndose en el intérprete necesario de esa fuerza plebeya que latía en las calles.

Sus raíces

Mariano Moreno nació en Buenos Aires en 1778, en el seno de una familia de la clase media colonial, de esa burocracia menor que arañaba la dignidad con ingresos magros. Hijo de un funcionario de las cajas reales de origen español y de una criolla devota, el joven Mariano conoció desde temprano los límites que la estructura económica del virreinato imponía a las ambiciones del intelecto. A diferencia de otros próceres contemporáneos, cuyos linajes terratenientes o comerciales aseguraban un pasaje dorado transatlántico, Moreno no pudo viajar a Europa. La metrópoli borbónica y sus luces parisinas quedaron vedadas para aquellos cuyos bolsillos no resistían el costo de un pasaje en bergantín y una estancia en las Universidades de Salamanca o Alcalá de Henares.

Sin embargo, la carencia material no impidió el despliegue del genio. Sus primeros pasos formales los dio en el Real Colegio de San Carlos, donde la disciplina era estricta y los textos sagrados convivían con los primeros atisbos de una modernidad que se filtraba de contrabando. Allí aprendió que la palabra no era un adorno cortesano, sino la estructura misma de poder, lista para ser desmontada.

Ante la imposibilidad económica de cruzar el océano, el destino lo condujo hacia el norte: la Universidad de Chuquisaca, en el Alto Perú, un hervidero de tensiones latentes donde los jóvenes plebeyos ilustrados se encontraban bajo el frío cielo andino. En ese entorno donde Moreno experimentó un quiebre fundamental gracias al encuentro con el canónigo Matías Terrazas, que le abrió de par en par las puertas de su biblioteca privada. En ese espacio, Moreno quedó embelesado por los volúmenes prohibidos que el contrabando ideológico y la introducía en el continente.

Ahí leyó con pasión a los autores fundamentales de la Ilustración: Montesquieu, Voltaire, Raynal y Diderot. Pero fue el pensamiento de Jean-Jacques Rousseau el que provocó en su estructura mental un bio-diseño absoluto. “El Contrato Social” se convirtió en una revelación semántica: Moreno entendió que la autoridad monárquica no provenía de un diseño divino inalterable, sino de un pacto social entre hombres libres que la tiranía colonial había corrompido y confiscado.

La formación de Moreno en Chuquisaca no se agotó en la abstracción filosófica. Al salir de la biblioteca, el joven abogado chocaba de frente con la explotación sistemática de los pueblos originarios en los socavones de Potosí. Su sensibilidad y su rigor jurídico convergieron en 1802 en su célebre tesis doctoral, Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios en general y sobre el particular de yanaconas y mitayos. En este
documento, Moreno utilizó el propio derecho indiano para demostrar la ilegalidad y la perversión de las instituciones coloniales de opresión. En su “Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios en general y sobre el particular de yanaconas y mitayos”, afirmó: «Desde el primer descubrimiento de estas Américas empezó la malicia a perseguir a unos hombres que no debían su desgracia sino a la flaqueza de sus fuerzas (...) Se les arranca de sus hogares, se les transporta a climas diversos, y allí se les sepulta en las entrañas de la tierra, donde expiran millares de hombres antes de haber cumplido el tiempo de su mita... El servicio personal de los indios es una flagrante violación de los derechos naturales y de las mismas leyes que los soberanos han sancionado para su protección, convertidas en letra muerta por la codicia de los magistrados».

Este trabajo no fue un simple ejercicio académico, sino la asunción de un hombre comprometido con su tiempo. Moreno vio en el sufrimiento del indio la prueba definitiva de que el sistema virreinal no admitía reformas superficiales, necesitaba una transformación que devolviera la soberanía a sus legítimos dueños.

El Retorno y la Trinchera Porteña

Al regresar a Buenos Aires, Moreno se presentaba como un estratega que dominaba el verbo y los resortes del derecho. Cuando los sucesos de mayo de 1810 precipitaron la crisis del imperio, su figura emergió con la fuerza de un veredicto inevitable. Designado Secretario de Guerra y Gobierno, Moreno asumió la conducción política de la Revolución con una claridad y una urgencia que desconcertaron tanto a los realistas como a los sectores más conservadores del criollismo, encarnados en Cornelio Saavedra.

Desde su bastión gubernamental, Moreno multiplicó las funciones del Estado naciente: fundó “La Gaceta de Buenos Aires” para combatir el secreto de Estado; creó la Biblioteca Pública, donando sus propios libros, bajo la premisa de que un pueblo sin educación está condenado a la servidumbre; e impulsó la creación de fábricas de armas y la reorganización de las milicias. 

Su concepción de la política era drástica: la revolución era un hecho consumado que debía defenderse con el rigor de la ley. Moreno lo expresó con mucha lucidez en las páginas del primer número de La Gaceta de Buenos Aires, el 7 de junio de 1810, al plasmar una advertencia que resuena hoy con la fuerza de una profecía perpetua sobre la necesidad de la ilustración popular: «Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos, sin destruir la tiranía».

Comprendía que la verdadera independencia no se alcanzaba simplemente sustituyendo a las autoridades coloniales, sino demoliendo la estructura mental de la sumisión.

El Destierro y el Océano

El choque de modelos entre la prudencia saavedrista y el ala radical morenista terminó por desgastar su posición dentro de la Junta. En un movimiento táctico destinado a alejarlo, Buenos Aires lo envió en una misión diplomática hacia Inglaterra; un destierro elegante disfrazado de servicio a la patria. Moreno aceptó, consciente del riesgo, y se embarcó en la fragata Fame en enero de 1811.

Su cuerpo, minado por las fiebres y por una dosis letal de un emético administrado por el capitán del barco en extrañas circunstancias, no resistió. El 4 de marzo de 1811, Mariano Murió en alta mar. Su cadáver, envuelto en una bandera inglesa, fue arrojado al océano Atlántico, en un escenario de absoluto silencio.

Mientras se hundía en las profundidades de las aguas, en Buenos Aires, Guadalupe Cuenca, su compañera y esposa, escribía cartas desesperadas. Aquellas cartas, cargadas de un amor inquebrantable, cruzaban el océano buscando a un hombre que ya era solo memoria y espuma. Guadalupe ignoraba la viudez; su pluma trazaba líneas de afecto y resistencia familiar frente a las persecuciones políticas de sus enemigos en la capital.
La verdadera emancipación se tejió desde abajo, uniendo los destinos individuales de los oprimidos en un solo grito colectivo que, finalmente, le dio sentido a la patria naciente.

Laura Ossorio es Docente de Literatura; Colaboradora del Área de Investigación del Instituto Nacional Juan Manuel de Rosas.